Un Rey para la Reina (1 de 3) |
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06-03-2003 17:48
Por: Valente
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Se trataba sin duda de un golpe del destino, o, al menos, eso es de lo que intentaba convencerse para acallar los gritos de su conciencia. Por último, abrió una pequeña bolsa de cuero que el hombre llevaba colgando del cinto y el resplandor áureo que provenía del interior hizo que sus ojos se abrieran desmesuradamente y que sus posibles dudas morales cayeran en un completo silencio. Había una cantidad impresionante, como nunca había visto, de pesadas monedas de oro. Ducados. Suficiente como para poder pasar el resto de su vida sin trabajar. Incluso para comprar un título de hidalgo urbano. Las manos le temblaban y cerró la bolsa inmediatamente, atándola al cinto de nuevo.
Se levantó y vio la armadura en el suelo. “¿Y si...?” Se tentó. El hombre que la había portado tenía una corpulencia muy parecida a la suya. Se decidió a ponérsela, quería ver cómo le quedaba. Tras unos largos minutos de pruebas e intentos fallidos, consiguió entender cómo funcionaba el sistema de sujeciones, correas y cinchas y logró ajustársela medianamente bien al torso. Al menos no se caía. Le quedaba espléndida y comprobó que podía ver su reflejo en la pulida superficie del peto. Tenía el rostro completamente afeitado y llevaba su pelo castaño muy corto; una pronunciada mandíbula y rasgos cuadrados y marcados. Sus ojos eran azules, eso le habían dicho, no demasiado grandes. Su boca era pequeña y siempre tendía a la sonrisa o a un divertido mohín de contrariedad, dándole un aspecto a veces infantil. Definitivamente tenía un buena estampa vistiendo aquella coraza. “Muy regio” se dijo para sí.
Se ciñó el cincho con fuerza a la cintura y se acercó, tambaleándose por el peso de la armadura, que oscilaba al no estar bien sujeta, al caballo, que apenas bufó, sin levantar el hocico de una brizna de hierba fresca, cuando estuvo a su lado.
-Bien, amigo, te voy a montar –le dijo al animal- no hay otra manera de llevar todo este equipo y seguro que es muy fácil. Espero que colabores –al ver que el noble bruto apenas se movía y parecía dócil, se dispuso a subir a la silla. Lo había visto hacer alguna vez y no parecía muy complicado.
Apoyó el pie en el estribo y en ese instante el animal levantó la cabeza e irguió sus orejas en un gesto de alerta. Sin darle importancia, Francisco intentó ponerse sobre la silla, pero le falto impulso y, a medio salto, se vio atraído inexorablemente hacia el suelo sobre sus posaderas. Contuvo el reniego que pugnaba por salir de su garganta y se levantó, llevando sus manos en un gesto de dolor y contrariedad a la parte afectada por el golpe.
Tras más de una decena de intentos y distintos golpes, aguantados con estoica paciencia por el caballo, consiguió encaramarse. Tardó unos instantes en sentirse completamente seguro sobre la silla y sujetar las bridas con torpeza. Las agitó y tiró del bocado hacia atrás, pero no consiguió que su montura reaccionara de ninguna forma.
-¿Arre? –dijo, dudoso, ante la inmovilidad- ¡arre! –repitió con mayor énfasis, tirando con más fuerza de las riendas. Viendo que no conseguía nada, apretó con sus rodillas los flancos del animal y esta vez el animal se lanzó a galope en un instante, levantando el polvo bajo sus cascos y un grito de sorpresa y terror del hombre que lo montaba.
-¡Ahhhhh! ¡No! ¡Para! ¡Estúpido cuadrúpedo! –La voz de Francisco se perdió en el prado, mientras ambos, jinete y cabalgadura, desaparecían del lugar a gran velocidad.
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Apenas compuesto por una docena de casas rústicamente levantadas, se levantaba la villa, sobre una colina que proporcionaba a sus vecinos una espléndida vista de las cercanías; la mayoría de ellos se dedicaba a las labores del campo, salvo un hombre que decía venir de alta cuna y tenía suficientes rentas como para permitirse no trabajar. El hombre en cuestión, Don Mendo para los habitantes de la villa, tenía una hija, Cecilia, pretendida por la gran mayoría del grupo de jóvenes que vivían en el lugar del lugar. Sin embargo, su padre no parecía dispuesto a entregar su mano a ninguno de ellos y su hija colaboraba en que tal decisión se cumpliera: ninguno de los zagales le resultaba atractivo.
Don Mendo, además de vivir de las rentas y cuidar de su hija se había atribuido el cargo de alcalde y juez, de tal forma que era él quien decidía sobre cualquiera de los asuntos que incumbían a la administración y justicia de la población. Era él, por ejemplo, quien había mandado la petición a La Almunia para que el Rey honrara al pueblo con su presencia. Tanto había ahondado su auto impuesta dignidad en su ego que creía realmente en la posibilidad que su propuesta fuera aceptada y el rey se dignara a comparecer. Tal era la importancia que se otorgaba y que sus conciudadanos también habían acabado por creer que se merecía.
Muy lejos de la ilusa vanidad del poder, en los campos cercanos a la villa, donde solían reunirse los niños para jugar, Jaime, un fantasioso mozalbete de apenas diez años, soñaba con futuras gestas protagonizadas por él mismo. Agitaba el brazo lanzando estocadas con su ilusoria espada hacia poderosos enemigos y diversos monstruos, que su mente perfilaba frente a él. Decidió detener su batalla al descubrir en la lejanía una pequeña nube de polvo para poder averiguar qué se escondía tras aquel inusual acontecimiento. Se acercó corriendo y poco a poco se fue distinguiendo el motivo de aquel fenómeno. Se trataba de un jinete que cortaba el viento con su montura. Las distancias entre ellos se fueron acortando de manera vertiginosa hasta que se encontraron. El jinete detuvo su montura, o eso le pareció al niño, aunque también le dio la impresión que estuvo a punto de caer de la silla y que no tenía una posición muy equilibrada sobre ella. Aún así, se trataba de una imagen espléndida que enardeció el corazón del joven, iluminando sus ojos con admiración. Un pensamiento rondaba por su cabeza, haciendo que se dispararan su imaginación e ilusión: Había oído que el Rey llegaría al pueblo y ¿quién podía ser este poderoso y armado caballero sino el Rey?
-¡Su Majestad! –Exclamó, iniciando con sobrecogida torpeza la reverencia que le habían enseñado en los últimos días en caso de que se encontraran en la situación de tener que recibir a Su Alteza. Le extrañó en un principio que no viniera acompañado de una impresionante comitiva de caballeros, potentados y soldados ataviados con sus mejores galas, haciendo ostentación de poder y riqueza. Pero, sin duda, no tardarían en llegar. ¿Tal vez el Rey había decidido adelantarse para conocerlo o nombrarle caballero? Semejante idea le hizo casi marearse de satisfacción.
Francisco había logrado que aquella endiablada y tozuda bestia detuviera su loco galopar, que lo había arrastrado a lo largo de todo el camino hasta allí, helando su sangre de miedo. Tardó unos segundos en darse cuenta que frente a él había un niño haciendo extraños gestos con la cabeza y no paraba de exclamar: “¡Su Majestad!” inclinando en cada exclamación la cabeza.
-Perdona, rapaz, ¿dónde me encuentro? –preguntó, mirando con curiosidad los ademanes de su interlocutor, que levantó la cabeza con evidente nerviosismo, sin saber si debía seguir con sus movimientos o no.
-¿Dónde estamos dice? Majestad, ha llegado a Brea –Francisco abrió los ojos ante el nombre de la villa. Recordó entonces que era hacia allí donde tenía que haberse dirigido para entregar la contestación del Concejo. Miró la pequeña aldea y se encogió de hombros. Ya que estaba allí podría cumplir su cometido. “Al menos –meditó- no podrán decir que no cumplo con mis obligaciones”
-Eh, chico, avisa de mi llegada a... –Francisco se detuvo a pensar en el nombre de la persona con la que debía hablar y cuando lo recordó chasqueó sus dedos con satisfacción, haciendo que Jaime diese un salto del susto- Don Mendo. He de hablar con él.
Tardó unos segundos su comentario en hacer efecto, pues el niño seguía temblando, con la boca abierta y los ojos tremendamente abiertos; tan abiertos los tenía que no hubiera sido extraño que se le hubieran escapado de las órbitas. Instantes después, el joven corría desbocado hacia las casas que había asentadas sobre una colina cercana.
-¡El Rey! ¡El Rey! –gritaba, con toda la fuerza que le permitían sus pulmones, para pasmo de Francisco, que nada pudo hacer por acallarlo, pues estaba demasiado lejos para que lo oyera sobre sus berridos; y tampoco pudo alcanzarlo, pues el caballo se había detenido de nuevo, completamente inmóvil a cualquier orden. Simplemente pudo decir para sí mismo, mientras se rascaba la cabeza:
-¿El Rey?
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