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Un Rey para la Reina (2 de 3)


Otros Relatos

25-03-2003 17:16
Por: Valente

Por un fallo de previsión, la historia ha resultado más larga de lo esperado, por ello he decidido cortarla en tres partes. Sin duda, cuando las palabras están dedicadas a alguien amado fluyen con mayor facilidad.

Espero de veras que os guste.


techPor un fallo de previsión, la historia ha resultado más larga lo esperado, por ello he decidid
Don Mendo casi se cae al suelo de la impresión al escuchar el alboroto y las vivas al Rey. No tenía previsto el acontecimiento hasta pasados unos días. El corazón pugnaba por salir de su pecho y se mezclaban en él el orgullo y la satisfacción. Estiró sus elegantes ropajes y se irguió sacando pecho, dispuesto a ejercer su labor de anfitrión en cuanto saliera por la puerta principal de su hogar. Si todo se realizaba tal y como había dispuesto, los ciudadanos de Brea habrían ocupado sus puestos y responsabilidades según un plan maestro que había diseñado, del que ningún detalle se escapaba.

Levantó las pesadas barras de madera que trababan las hojas de la puerta y pasó al exterior, donde una ola de luz se abalanzó sobre sus ojos, provocando que tuviera que ocultarlos tras uno de sus brazos. Como habitante más importante de la villa, disponía de la vivienda mejor situada: en el punto más alto de la colina, desde el cual podía controlarse la totalidad del pueblo y sus alrededores.

El semblante altivo y digno que portaba en el momento de salir se deformó en una máscara de consternación e incredulidad cuando comprobó que todos los habitantes del pueblo se habían congregado en una vociferante multitud desorganizada y exaltada. La mayoría de ellos señalaba en una dirección concreta y expresaban su nerviosismo mediante gritos eufóricos y hasta histéricos. Don Mendo dirigió su atención al lugar que era indicado por los aldeanos, esperando descubrir una larga procesión de hombres, caballos y carros que formarían la escolta del rey.

Sólo encontró el perfil de una solitaria figura montada a caballo. Debía ser un heraldo, pensó, advirtiendo la próxima llegada del monarca. Se acercó con paso rápido a la multitud para intentar descubrir nuevos datos sobre el visitante. Cuando llegó, comprobó como Jaime, uno de los mozuelos de la aldea, explicaba, con el rostro desencajado por excitación, que había hablado con el Rey.

-¡Amigos! –Don Mendo levantó los brazos y pidió con su gruesa voz que le atendieran- ¡Amigos, atención, si es vuestra merced! –insistió viendo que sus conciudadanos tardaban en reaccionar. Poco a poco éstos fueron prestando atención al hombre más importante del pueblo- ¿Qué ocurre aquí? Jaime, ¿qué has dicho de hablar con el Rey?
-¡He hablado con él! –exclamó el muchacho, acercándose hasta don Mendo en una nerviosa carrera- está ahí –señaló en dirección a la aislada figura en la llanura- ha preguntado por vos. ¡Quiere veros! Ha venido, como nos habíais dicho. ¡Es el Rey!
-¿El Rey? –preguntó Don Mendo alzando la cabeza hacia el lugar indicado, forzando la mirada para ver si descubría algo que no había visto. Tras un exhaustivo reconocimiento seguía viendo únicamente a aquel jinete inmóvil. ¿Acaso había venido sólo el Rey? Lo más probable es que Jaime estuviera inmerso en otras de sus floridas fantasías.
-¿Qué ocurre padre? –una voz dulce y suave le sacó de sus pensamientos y le hizo darse la vuelta. Una joven mujer era la que había hablado. Sus finos y perfilados rasgos se extendían en una cálida y hermosa sonrisa, acompañada de una mirada serena y sincera de sus ojos oscuros. El pelo, moreno, le caía liso en media melena hasta sus hombros, ocultando algunos traviesos mechones su rostro de redondeados facciones. Iba vestida con un sencillo vestido de colores ocres, que seguía y remarcaba las formas de su cuerpo.
-Cecilia, hija – don Mendo, saludó con una amplia sonrisa de apenas escondida satisfacción a su hija. Todos sabían que la adoraba hasta el punto de concederle todo lo que ella le pedía- ven –le pidió a la mujer, que se acercó hasta abrazar a su padre- Jaime dice que ese hombre ha venido a avisar la llegada del Rey.
-¡No ha venido a anunciarlo! ¡Él es el Rey! ¡Con su reluciente armadura y su fiel corcel! ¡Me lo ha dicho! –saltó el niño, con expresión de enfado.
-¿Estás seguro de eso, Jaime? –le preguntó con ternura Cecilia, acariciando el pelo despeinado y negro como el carbón del vehemente mocito.
-¡Sí! –Afirmó con total confianza y multitud de asentimientos el aludido.
-Vayamos entonces a presentarnos al “Rey”, estamos faltándole al respeto haciéndole esperar –sonrió la mujer, ante la sorpresa de su padre, que no supo captar el tono que escondía el propósito de sus palabras. Y, sin esperar respuesta, comenzó Cecilia a andar con paso decidido en dirección al desconocido jinete. Pronto, don Mendo y el resto de los habitantes de la villa la siguieron, entre tropezones y comentarios exclamativos en contenida voz.

Francisco observaba desde la lejanía con perplejidad, el gran revuelo, sin llegar a comprender las causas, que se había organizado en el pueblo por su llegada y, aunque las palabras del niño seguían revoloteando en su cabeza, había decidido permanecer a la espera. Influía en su decisión el hecho de que se veía incapaz de descender del caballo sin caerse o demostrar su falta de práctica. El animal seguía inmóvil, mordisqueando la hierba que tenía bajo su hocico. Comprobó, pasado un pequeño lapso de tiempo, que los extraños habitantes del villorrio se dirigían hacia él, encabezando la marcha una joven mujer que, debido a la distancia, no podía examinar con detenimiento. A medida que se acercaba, el joven fue irguiendo la espalda y redujo su respiración, admirando la imagen que sus ojos empezaban a perfilar con claridad.

Cecilia llegó a la altura del caballero y se sorprendió de su regio aspecto. Llevaba puesta una hermosa armadura con decoraciones doradas, que brillaba con osadía al sol. Su postura sobre el caballo era firme y señorial, aunque su rostro, de facciones inocentes, diese una sensación de proximidad y cercanía que provocaba que, en conjunto, destilara seguridad y sencillez. Un examen más cercano, no obstante, hizo descubrir a la mujer un breve destello de sorpresa asomando en los ojos claros de aquel hombre. Era una mujer inteligente y suficientemente informada como para dudar que el jinete que tenía enfrente se tratase del Rey de Castilla y Aragón. También imaginaba, aunque no hubiera compartido tales pensamiento con su ilusionado padre, que el Rey no se dignaría siquiera a acercarse a su pequeña aldea, desviándose una jornada de viaje de su destino. Entonces ¿quién era aquel hombre? ¿Un enviado?
-Bienhallado, mi señor –se inclinó la mujer en una graciosa reverencia- ¿Qué os trae a Brea, nuestro humilde hogar?
-¡Es el Rey! –saltó Jaime- ¡viene a vernos y a nombrarme su caballero! –Las palabras de Jaime fueron seguidas por gran cantidad de murmullos y exclamaciones que fueron aumentando en intensidad pasando a convertirse en una bulliciosa amalgama de sonidos de sorpresa y emoción. Cecilia vio claramente cómo se dibujaba el asombro en la expresión del caballero que comenzó a levantar la mano y que se detuvo cuando los presentes estallaron en manifiestas muestras de júbilo.

El griterío y las vivas impidieron que la exaltada congregación pudiese atender los gestos de Francisco pidiendo calma y silencio. Muchas de la mujeres rezaban y los hombres se agachaban y levantaban, entre exclamaciones y deseos de vida próspera al Rey, en complicados saludos e inclinaciones. Durante casi un mes, los habitantes de aquella abandonada villa habían alimentado la ilusión de ser visitados por el monarca, ayudados por Don Mendo, que había participado activamente en que ésta fuera creciendo aún más en sus corazones, mediante relatos del gran honor que recibirían y explicaciones de la importancia de aquella visita, que haría que su pueblo fuera recordado por la historia. Ahora que se encontraban ante la posibilidad de hacer posibles sueños y aspiraciones, su alma se cerró a la evidencia y donde estaba un hombre sencillo, vestido con caros ropajes y una pesada armadura que apenas era capaz de llevar puesta, vieron a todo un héroe; monarca absoluto de sus vidas y sus esperanzas.

 

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