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Un Rey para la Reina (3 de 3)


Otros Relatos

01-04-2003 17:12
Por: Valente

Con esta entrega termino esta historia que he escrito, movido por poderosas razones que nos da la vida de vez en cuando. Espero que hayáis pasado un buen rato con ella.

Nota: El siguiente artículo que escriba será la siguiente parte de mi novela: "Las Cuatro historias".


techCon esta entrega termino historia que he escrito, movido por poderosas razones nos da la vida
Pasaron un par de semanas desde aquel encuentro. Francisco permanecía entre los aldeanos, siguiendo con su engaño. Nadie se había planteado cómo un Rey podía permanecer tan lejos del gobierno de su estado durante todo este tiempo. Eran felices con su presencia y cada día lo agasajaban y miraban con orgullo. Era su soberano, que se ocupaba de ellos y les trataba con amabilidad y preocupación.

Cada día Francisco paseaba por el pueblo, preguntando a aldeanos sobre sus ocupaciones y preocupaciones; interesándose en cualquier aspecto de su vida diaria que pudiera suponer una novedad. Todos ellos, sin distinción, le daban las gracias y le pedían opinión y el que creían su soberano les contestaba siempre de la mejor manera posible.

Aquella mañana la rutina se había completado con total normalidad y aprovechó para acercarse al pequeño riachuelo del que se proveía la aldea del agua para todas sus necesidades. Sabía que Cecilia se habría acercado aquella mañana hasta allí para rellenar las tinajas de su hogar y tal vez para lavar algunas prendas. Con un poco de suerte, estaría a solas y podría hablar con ella sin ojos incómodos ante los que comportarse.

Desde la noche en que ella había reconocido saber su secreto habían mantenido largas conversaciones en los momentos que ambos disponían para encontrarse. La fuerte impresión que la mujer había provocado en Francisco se mantenía e incluso había aumentado. Durante sus charlas habían intercambiado ideas y conceptos sobre lo que significaban o representaban los pasos que querían dar en sus vidas. Francisco habló de sus sueños; de la vida que deseaba y también de cómo había llegado hasta aquella aldea vestido de gentilhombre. Lo que nunca desveló, salvo con confundidas e inconexas palabras, fueron las razones por las que había decidido hacer un alto en su huida tan prolongado.

Ella escuchaba sus palabras, observando el brillo de sus ojos, siempre soñadores y alegres y sonreía, divertida por el énfasis e ilusión que el hombre ponía en sus relatos. Cuando le correspondía el turno de hablar o replicar contaba sus sueños y cómo desearía salir de aquella aldea. No se resignaba a los roles que la sociedad le había otorgado sin preguntarle. A pesar de que Francisco, hombre de la época, se había sorprendido en un principio de las palabras de la mujer, que le abrieron nuevas perspectivas, había acabado admirando la firmeza, sensatez y determinación con las que se desenvolvía a la hora de discutir con él. Un hecho más que demostraba que no se encontraba frente a alguien corriente. En aquel mundo donde se tendía a menospreciar al humilde y sólo existía admiración para los más fuertes, ella sobresalía simplemente con la sencillez de su pensamiento y actos; con el lúcido entendimiento de quien entiende que la verdad es simple.

Llegó al riachuelo y vio a Cecilia de rodillas, dejando que el cántaro bebiera de la corriente. Aspiró con fuerza y se acercó lentamente a la mujer. Ésta levantó la cabeza y al verlo lanzó una amplia sonrisa.
-Mi Rey –dijo con su acostumbrada chanza- ¿qué os trae por aquí? –Francisco frunció el seño y arrugó la nariz en gesto contrariado. En realidad le encantaba verla reír.
-Hola, he venido a... a ver si te apetecía charlar un rato.
-Lo que mi soberano pida es deseo mío –contestó la mujer sentándose y cruzando las piernas. Si alguien la hubiera visto se hubiera escandalizado por su actitud tan poco femenina. El falso rey se sentó a su lado, sin embargo, con una sonrisa incrédula.
-Eres increíble. Tu padre se asustaría si os conociera realmente.
-Y si realmente te conociera a ti, el asustado sería otro –bromeó ella, haciendo que Francisco palideciera durante unos instantes.
-Eres cruel, sin duda, a pesar del aspecto ingenuo y candoroso con el que cubres tu verdadero rostro y que utilizáis como un arma más –contestó él entrando en el juego.
-Nunca me has dicho la razón por la que sigues aquí, entre nosotros, sin vender la armadura y el caballo en Castilla y empezar una vida llena de lujos y riquezas. ¿Qué te mueve a quedarte? –le preguntó ella, cambiando de tema, fijo sus ojos en los de su interlocutor.
-Ya te he dicho que me gusta la aldea, es tranquila y me encuentro querido y respetado. Además aún busco un lugar donde ir, me lo estoy planteando, en breve hallaré la resolución más satisfactoria y...
-No hace falta que hables como un hombre de letras frente a mí, Francisco, te aprecio por lo que eres, no por lo que quieres demostrar –aquellas palabras dejaron mudo al hombre, que agachó la cabeza y empezó a hurgar con los dedos el pedregoso suelo.
-Eh... no me voy porque... –el hombre levantó la cabeza y miró con una extraña resolución a la mujer, aunque las palabras parecían no poder salir por su garganta. Finalmente consiguió que lo hicieran, empujadas por los latidos de su corazón- porque te quiero.
Una vez que hubo hablado cayó entre ambos un pesado silencio. El ligero rumor del agua y los lejanos gritos de los juegos de los niños de la aldea eran los únicos que se atrevían a perturbar la escena. El hombre había dejado de mirar a la mujer y se fijaba en los arbitrarios recorridos del agua sobre las piedras.
-¿Y por eso te has hecho pasar por un Rey? –preguntó ella finalmente, poniendo la mano sobre la mejilla de Francisco y obligándole dulcemente a que lo mirara.
-A medida que te he conocido –contestó él, recogiendo los dedos que se posaban en su rostro entre los suyos- sólo he pensado en continuar esta mentira para estar a tu lado. Quise ser Rey... porque era la única manera de hacerte a ti una Reina.
La mujer abrió los ojos y dejó escapar su risa con tremendo cariño. Su mirada se había empañado de lágrimas y, por una vez, no encontraba lógica ni sentido a lo que sentía, ni palabras para definir su estado de ánimo. En ese caso la risa era la única solución posible. O casi la única.
-Desde que nos cruzmos me has hecho sentir como tal –dijo por fin, mientras una solitaria perla líquida caía por su pómulo, ligeramente enrojecido- nunca te ha hecho falta ningún título para conseguirlo.
-Yo... –Francisco respiraba agitadamente. Ambos rostros se habían ido acercando y ahora estaban a escasos centímetros.
-Mi Rey... –sonrió ella justo antes de que los labios de ambos su unieran en un suave beso.

Sin embargo, poco duró aquella escena, pues rompió el beso y el momento el estruendo que vino a continuación. Sonó una trompeta en la colina y desde la aldea, situada a escasos cien metros, se escucharon grandes voces y alertas. La pareja se levantó con presteza y marcharon de inmediato a comprobar qué es lo que ocurría.

Cuando llegaron a la pequeña plaza donde se solían reunir los aldeanos se encontraron ante una compañía de hombres a caballo. El estandarte que uno de ellos portaba y los colores compartidos en sus escudos de armas indicaban que se encontraban bajo el mando directo de una casa nobiliaria. Francisco adivinó, también por los símbolos heráldicos, que la casa pertenecía al reino de Aragón. Uno de ellos, el que parecía poseer más rango por las distinciones que cruzaban su pecho y los especiales adornos de sus ropajes y armadura, había subido su caballo a una pequeña tarima de madera desde la cual Don Mendo ejercía normalmente su trabajo como juez y alcalde de la aldea.
-¡Villanos! –voceó el jinete, mientras controlaba el nervioso piafar de su montura, mirando en derredor a todos los habitantes de la población, que habían sido reunidos allí alertados por el inusual paso de aquella tropa- Estamos investigando la muerte de Fernando de Molina, que se produjo por los alrededores hará escasas dos semanas. Cualquier información que se nos pueda proporcionar... –el hombre detuvo su discurso cuando descubrió a Francisco, que no había tenido todavía tiempo de reaccionar a las palabras que había escuchado.
-¡Vos lleváis sus ropas y enseñas! –gritó señalando acusador al asustado hombre- ¡prendedle! –ordenó, haciendo que el resto de la compañía se abriera paso, eficaz y ordenadamente, entre los sorprendidos y asustados aldeanos, con los caballos hasta él, formando un círculo alrededor suyo.

La confusión se adueñó de los presentes y Francisco se vio rodeado de lanzas. Los habitantes de la villa comenzaron a reaccionar ante la escena. La agitación iba en aumento y muchos comenzaron a elevar sus voces de protesta. A pesar de las palabras del jinete sobre la tarima y la acusación, sólo alcanzaron a ver a su Rey rodeado por hombres armados.
-¡Tienen al Rey! –gritó uno de ellos, provocando un tremendo griterío de protestas y empujones. Los equinos comenzaron a moverse y retroceder nerviosos ante la presión y agresividad de todos los presentes. Los caballeros dejaron de prestar completa atención a su presa para mantener la formación y controlar a sus monturas.
-¡Detenedlos! –ordenó el líder de los soldados- ¡mantened la formación! ¡Qué no se escape el sospechoso! –tuvo que dejar de dirigir a su compañía cuando varios hombres se arrojaron sobre él, intentando derribarlo de su montura. Se deshizo del primero de un puntapié y evitó el ataque de los demás haciendo recular a su animal. Desenvainó su espada y la blandió en el aire para mantener a raya a cualquiera que pretendiera acercarse. Sus compañeros, sin embargo, estaban en graves aprietos.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   hola
01-03-2004 02:01
no pasa nada valente



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