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El ejército se adentra en territorio enemigo, y Nimbna empieza a mostrar su verdadero potencial.
Habían transcurrido algunos días, y Nimbna por fin acabó de preparar su ritual. Nunca había estado en un terreno tan propicio para su Llamada, y la de hoy podría ser la última que efectuara, justamente por ese motivo.
Pero era tarde para volverse atrás, y además, tampoco quería hacerlo. Sólo su fiel escolta, el caballero no-muerto, seguía a su lado cuando inició su verborrea arcana.
Al principio, su voz sonaba tranquila, pausada, pero poco a poco, a medida que avanzaba en su cántico y percibía la angustia de los Dormidos, compartía también la tortura que les suponía seguir vinculados a la tierra que les vio morir. Su ser, abacorado por el sufrimiento de aquellos que él mismo intentaba erguir de nuevo, le pedía desesperadamente abandonar aquél terrible lugar a su suerte, pero su avidez de poder se sobrepuso a su temor, y siguió adelante, reviviendo en su mente todas y cada una de las muertes aquí acaecidas, pues era ése uno de los requisitos imprescindibles para llevar a cabo el ritual.
Desde que el sol se ubicó en el punto más alto del cielo, hasta casi su ocaso, todo ese sufrido tramo, eso hubo de soportar... pero prevaleció, y empezó a ver los frutos de su agonía momentos después.
Lentamente, pero en una enorme extensión de terreno, empezó a agrietarse la tierra, y manaron de ésta una incontable cantidad de esqueletos, aún con las armas que llevaron en vida, y algunos de ellos, con su armadura y escudo. Parecían mostrar gran respeto no sólo por Nimbna, sino también por su escolta. Reconocen y alaban el valor y la tenacidad del nigromante, cualidades sin las cuales jamás habría logrado invocar su presencia, y por eso han acudido en tan gran número. Nimbna, tras observarles en silencio algunos momentos, aprovechando para recuperarse un poco, les advierte de que les ha llamado para tomar la ciudad en cuyo asedio murieron hace ya mucho tiempo, y que después de ello, al menos algunos rasgarían sus vínculos con esta maldita tierra que tiene aprisionada su alma. Los soldados no-muertos parecían escucharle atentamente, aunque ello no pudiera aseverarse pues carecían de rasgos faciales, por lo que no podían expresar ninguna emoción. Sin embargo, permanecían quietos, mirando directamente hacía la ubicación en la que se hallaba el nigromante, lo que hacía suponer que así era.
Empezaron a acudir diferentes criaturas de las allí presentes, pues su Llamada se había escuchado desde tierras lejanas, más allá de los limites habituales de Nimbna, lo que significa que había logrado perfeccionar bastante su modo de ejercer este rito... o adquirido más poder.
Incluso Wenella estaba sorprendida del gran número de criaturas que seguían acudiendo, hasta el momento en que el sol se asomaba de nuevo en el horizonte, aunque todavía de forma lejana y tímida. Nimbna, al borde del agotamiento, recurrió varias veces a alguna pócima que tenía preparada para la ocasión, pero ya no le quedaba ninguna. Sólo su tenacidad lograba mantenerle de pie, e incluso ésta empezaba a flaquear. Afortunadamente, pudo comunicarse con todos los que habían acudido.
Al final, totalmente extenuado, se derrumbó.
Los tres compañeros llevaban ya un par de días en la capital del reino, y Rhenkar se hallaba todavía recuperando aquello que tan misteriosamente le arrebató el espectro. Elyssa y Srinar se encontraban dando una vuelta por la ciudad cuando, sin motivo aparente, éste se doblegó de dolor, cayendo al suelo y encogiéndose sobre sí mismo. Permaneció en esa posición un largo periodo de tiempo, y los clérigos y sanadores allí presentes, fueron incapaces de hacer nada por él.
Transcurridos algunos momentos, logró incorporarse y decir;
Alguien ha abierto una puerta al Reino de la Muerte. Debe... deberíamos hacer algo... al respecto...
Tú no estás en condiciones de hacer nada. Ya le explicarás todo eso al Sumo Sacerdote de mi templo. Volvamos allí, por si acaso...
No importa lo que dijera, la sacerdotisa le llevaría al templo. Lo ocurrido la asustó lo suficiente como para temer por la vida de su reciente aliado, y no quería correr ningún riesgo.
De lo que Srinar pudo percatarse, aunque cayó inconsciente, fue que lo que quiera que hubiera ocurrido, activó su Nexo con una de las Fuentes de Poder, Muerte. Pero el caudal de energía que le invadió fue brutal, y si algo así volvía a ocurrir no podría soportarlo.
Los Drhugas, encapuchados y con ropas cortadas de modo a hacerles parecer humanos, se ocultaban entre el gentío que había presenciado la escena, y vieron el aura de la Muerte rodear al hasta unos momentos convulsionado enemigo. Aquello cambiaba la estrategia a seguir para eliminarlos, ya que alguien con aptitudes necrománticas podría romper la llave de la Cámara, y si ello ocurría, perderían la posibilidad de llevar a sus antepasados el anhelado descanso.
Los compañeros no eran enemigos por elección, sino por obligación. El objeto que llevó Elyssa al templo era importante para Wenella, y por ello selló la Cámara de los Antiguos, para poder obligar a los Drhugas a darle caza. Aunque éstos tenían la llave, ésta era muy vulnerable a cualquier ataque relacionado con Muerte, fuera éste por vía clerical o mágica.
Mientras meditaban sobre lo que habían visto, decidieron pasar esa noche en la ciudad. Necesitaban reponerse del viaje, y pensar detenidamente su próxima acción. Además, era obvio que sus presas pensaban quedarse allí al menos unos días.
En el templo, Cedsah contemplaba lascivamente el objeto que había traído Elyssa, regocijándose en su tacto, sintiendo el roce de su poder, y lo estrechó firmemente contra su pecho, por miedo a que se le cayera, o alguien pudiera arrebatárselo. Miró de reojo a todos los rincones de su habitación, por si algún astuto ladrón hubiera podido infiltrarse, camuflado entre las sombras que vagaban por ésta. Cerró puertas y ventanas, atrancándolas con muebles y sillas, para reforzarlas en la medida de lo posible. Sólo entonces intentó dormir.
En una habitación cercana, Rhenkar descansaba, pues aún no había recuperado los conocimientos que le fueron brutalmente arrancados el día que se cruzó con el espectro. No muy lejos, Srinar había recobrado el conocimiento, pero todavía se resentía de lo ocurrido. Elyssa permaneció a su lado desde su desmayo hasta el momento en el que abrió de nuevo los ojos, curando las grotescas heridas que poblaban su cuerpo. Su afligida mirada delataba claramente el estado de su paciente, o eso debió pensar éste, ya que le dijo:
¿Tan mal estoy? Supongo que sí, pero debes escucharme atentamente, por que si se repite lo sucedido, no sobreviviré.
El rostro de Elyssa expresaba ahora una extraña mezcla de angustia, dolor y curiosidad, pero no dijo nada.
Te lo dije en serio, Elyssa. Alguien muy versado en Muerte, o muy afortunado, ha atraído hacia este mundo un gran número de habitantes no-vivos. Ignoro cuán cerca o lejos está quién haya hecho algo semejante, pero algo si te puedo asegurar... nadie, sea o no deidad, le ha ayudado en su tarea.
Ahora sí que estaba totalmente confusa... si Srinar estaba en lo cierto, Wenella estaba descartada, y no lograba pensar en nadie que pudiese hacer algo así, aparte de la demente sacerdotisa. Justo en ese momento, Rhenkar entró en la habitación, preguntando a su compañero cómo se encontraba.
Éste contestó que ya estaba casi restablecido, y aprovechó para agradecer a la seguidora de Gelbrasd sus cuidados. Le relató al bárbaro exactamente lo mismo que había contado a ella, para ponerle al corriente de sus sospechas, e intentó levantarse. Comprobó contrariado que no podía siquiera erguirse. Debería descansar y recuperarse, algo que le fastidiaba, pues aunque logró recuperar su nexo con Muerte, aún quedaban Fuentes de las que no podría beber. Y en aquellas condiciones, le sería imposible intentarlo.
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