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La Maldición de los Hijos de Caín: la Inmortalidad.
Amanece...
Sentado sobre el mirador del Puente de Piedra, contemplo el clarear del cielo. Hacía años... siglos que no contemplaba un amanecer, y me parece un espectáculo tan hermoso que creo que lloraría si pudiese hacerlo.
Resulta extraño, casi paradójico que alguien como yo termine de esta forma. Yo, que maté y violé para alcanzar la inmortalidad. Yo, que abandoné familia y amigos para llegar a ser lo que soy.
Porque yo soy un Vampiro, uno de los Condenados. Hace cinco siglos me burlaba de los que se hacían llamar así. "¡Condenados!¡Ja!¡Somos los Elegidos!" solía decir. Pero un día, tras conocer a Verónica, mi amada Verónica, mis ojos se abrieron al fin. No fui capaz de convertirla en uno de los nuestros, porque conocía el sufrimiento que la aguardaba si lo hacía. Así, me vi obligado a contemplar impotente cómo envejecía entre mis brazos hasta morir como una flor marchita.
Juré sobre su cuerpo inerte redimir mis pecados para poder aspirar a verla de nuevo en la otra vida, pero fui demasiado débil y fracasé.
Ahora, más allá de toda redención, espero paciente a que la Muerte venga a por mí y termine la labor que quedó interrumpida hace tantos años.
Mientras los primeros rayos del Sol despuntan tras el horizonte e iluminan las riberas del Ebro, mi piel comienza a calentarse lentamente.
Adiós, Noche.
Adiós, Dolor.
...
Adiós,... Verónica.
...
¿Es una lágrima lo que resbala por mi mejilla?
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