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Tolkien: Hombre y Mito (Parte III)


Opinión, Opinión

08-04-2003 23:16
Por: Hansi Kursch

Tercera Parte y Conclusión de este ensayo mío Sobre Tolkien.


techTercera Parte y Conclusión de este ensayo mío Sobre Tolkien. Si no os habéis leido los anterior
Pero Tolkien tenía que revisar el texto, una y otra vez, hasta sentirse satisfecho del todo, y esto llevó muchos meses. La obra sólo quedó terminada en el otoño de 1949. Tolkien entregó la versión completa a C.S. Lewis, quien respondió, después de leerla:

Mi querido Tollers:
Uton herian holbytlas, en verdad, He bebido de la rebosante copa y satisfecho una larga sed. Una vez que se remonta la empinada cuesta de la grandeza y el terror (aliviada por verdes valles, sin los cuales sería intolerable), casi no tiene parangón en toda la gama del arte narrativo que conozco. Pienso que se destaca por dos virtudes: la pura subcreación –Bombadil, los habitantes de las tumbas, los Elfos, los Ents-, que parece brotar de fuentes inagotables, y la construcción. Y también las gravitas. Ninguna novela puede rechazar con más confianza la acusación de “escapismo”. Si se equivoca, se equivoca precisamente en un sentido opuesto: la postergación de las victorias de la esperanza y la despiadada acumulación de desastres sobre los héroes son casi todas penosas. Y la larga coda después de la eucatástrofe, te lo hayas propuesto o no, produce el efecto de que la victoria es tan pasajera como el conflicto, y que (como dice Byron) “no hay moralista más severo que el placer”, dejándonos una impresión final de profunda melancolía. Por supuesto, esto no es todo. Hay muchos pasajes que yo hubiera deseado que escribieras de otro modo u omitieras directamente. Si no incluyo ninguna de mis críticas adversas en esta carta es porque ya has oído y rechazado la mayoría (rechaza es tal vez una palabra demasiado suave para tu reacción, al menos en una oportunidad). E incluso si todas mis objeciones fueran justas (lo que es, desde luego, improbable) los fallos que creo encontrar solo podrían demorar y dañar la apreciación: el esplendor sustancial del relato puede acabar con todos ellos. Ubi plura nitent in carmine non ego paucis offendi maculis. Te felicito. Todos estos largos años que has invertido en ella están justificados.
Tuyo, Jack Lewis




Tampoco Tolkien pensaba que fuera perfecta. Pero dijo a Stanley Unwin: “Está escrita con la sangre de mi vida, gruesa o delgada, como sea, y no puedo hacer otra cosa”.
Le había llevado doce años escribir El Señor de los Anillos. Cuando lo terminó, Tolkien estaba cerca de los sesenta. Por supuesto, deseaba ver su gran obra impresa. Pero no estaba seguro de querer publicarla con Allen & Unwin. Tolkien había encontrado ahora a alguien dispuesto a publicar El Señor de los Anillos junto con El Silmarillion.

Con el paso de los años, Tolkien se había resentido con Allen & Unwin por haber rechazado el Silmarillion en 1937. Era una lástima, ya que Tolkien ansiaba por encima de todo verlo publicado. Se podía decir que El Señor de los Anillos era un relato independiente, pero que incluía oscuras alusiones a la mitología de El Silmarillion, lo que merecía que ambos libros fueran publicados juntos. De modo que cuando Milton Waldman, de la editorial Collins, se enteró de que había una larga continuación de El Hobbit, expresó su interés; y pidió a Tolkien el manuscrito. Pero no se trataba de El Señor de los Anillos sino de El Silmarillion. Esta obra mitológica superior, comenzada en 1917 con El Libro de los Cuentos Perdidos, estaba incompleta, aunque Tolkien había vuelto a trabajar en ella mientras completaba su trabajo con El Señor de los Anillos.
No se parecía a ninguna otra cosa que éste hubiera leído: era una narración en términos arcaicos sobre heroísmo, elfos y poderes malignos. Waldman comunicó a Tolkien su gusto por esta obra y su intención de publicarla, siempre que la terminara. Tolkien estaba encantado, así que invitó a Waldman a Oxford y le entregó el manuscrito de El Señor de los Anillos. Waldman lo llevó para leerlo durante las vacaciones.

A principios de 1950 casi lo había terminado, y otra vez manifestó a Tolkien su entusiasmo: “Es una verdadera obra de creación” –dijo, aunque también habló de su preocupación por la gran extensión del libro, puesto que después de la guerra, habían descendido mucho las reservas de papel y, por tanto, su coste se había encarecido notablemente. En cuanto a la viabilidad comercial del manuscrito, el presidente de la compañía, William Collins, había expresado su deseo de publicar cualquier cosa del autor de El Hobbit. Todo parecía preparado, pues, para una asociación entre Tolkien y Collins.

Así que tan pronto como le fue posible comenzó a intentar deteriorar por medio de varias cartas sus relaciones con Allen & Unwin. Tolkien escribió en 1950 a esta editorial para informar de que su obra estaba finalmente terminada. En esa carta, Tolkien insistía, de manera persistente y pertinaz, en que quería publicar juntas las dos obras, El Silmarillion y El Señor de los Anillos. Como respuesta, obtiene de Stanley Unwin que efectivamente la extensión era un problema, pero que podía permitirse publicarlo en varios tomos, a lo que Tolkien se niega rotundamente desde un primer momento. Así que Unwin manda una carta a su hijo Rayner pidiéndole consejo, obteniendo algo así como contestación:

El Señor de los Anillos es un gran libro, a su extraña manera, y merece ser publicado. Nunca sentí que me hiciera falta del Silmarillion para comprender la obra. Así que aconsejo publiques el libro con los materiales más importantes de El Silmarillion y, si fuera posible, recortándolo.

Stanley Unwin remitió, con poco tino, esta carta a Tolkien. Como es normal, Ronald enfureció. En abril de 1950 escribió que esa carta confirmaba sus peores sospechas, que aceptaban El Señor de los Anillos pero no al Silmarillion, como había hecho en 1937, y al que no tenía intención de reconsiderar. Así que no ofreció en esas condiciones El Señor de los Anillos a Allen & Unwin, y les dio un ultimátum para que aceptara o declinara su oferta de inmediato. Como es lógico, la editorial declinó la oferta de Tolkien.

Así que ahora Tolkien era libre para editar su obra con Collins. Mientras tanto, volvió a cambiar de vivienda. En su interior, Milton Waldman estaba seguro de que su empresa publicaría los libros de Tolkien. Dispuso que Tolkien acudiera a las oficinas de Collins en Londres, y estudió la publicación con el departamento de producción. Todo parecía listo para llegar a un acuerdo para publicar El Señor de los Anillos y El Silmarillion como una sola obra. Sólo quedaba un asunto por resolver: en 1950 Waldman comunicó a Tolkien que El Señor de los Anillos necesitaba “urgentes reducciones”. Fue una desagradable sorpresa. Tolkien respondió que “ya había hecho frecuentes recortes” pero que volvería a intentarlo. Waldman se asombró cuando Ronald le dijo que el Silmarillion, una vez finalizado, sería casi tan largo como El Señor de los Anillos, cuando el manuscrito que había leído era mucho más breve.

El cálculo de Tolkien era, en realidad, alocadamente desacertado. El largo total de El Silmarillion eran una ciento veinticinco mil palabras, apenas nada en comparación con el medio millón que poseía El Señor de los Anillos. Tolkien, para quien el Silmarillion tenía la misma importancia que El Señor de los Anillos, había terminado por creer que debía tener la misma extensión. Así que Tolkien envió a Waldman nuevos capítulos de El Silmarillion, que dejaron “extrañamente confuso” a Waldman. Así que las negociaciones, que habían sido claras y simples, comenzaron a tornarse confusas.

La consecuencia de esto fue que, a fines de 1950, un año después de terminado, El Señor de los Anillos no estaba más cerca de su publicación que a finales de 1949. Stanley Unwin se enteró de esto y escribió a Tolkien porque esperaba “el privilegio de vincularse con su publicación”. Pero Tolkien aún estaba resentido. Su respuesta, amistosa, no hacía la menor alusión al libro.
A fines de 1951 escribió una larga carta a Milton Waldman, esbozando unas diez mil palabras sobre la estructura de su mitología. Pero en marzo de 1952 aún no había firmado contrato con Collins, y El Silmarillion no estaba listo para ser publicado. Tolkien escribió a Collins que había perdido el tiempo. O bien ellos publicaban de inmediato el Señor de los Anillos, o el devolvería el manuscrito a Allen & Unwin. Así que Tolkien recibió de Collins la misma respuesta que de su antigua editorial. Así que Tolkien decidió volver a ponerse en contacto con Allen & Unwin para enviarles de nuevo el manuscrito.

Pero, ¿querrían sus antiguos editores aceptarlo? El 22 de junio de 1952 Tolkien escribió a Rayner Unwin: “En cuanto a El Señor de los Anillos y El Silmarillion, están donde estaban. Uno terminado, el otro inconcluso (o no revisado), y ambos cubriéndose de polvo. He cambiado bastante de punto de vista: ¡Mejor es algo que nada! Aunque para mí son una sola obra El Señor de los Anillos quedaría mejor como parte de un todo, de buena gana aceptaría la publicación de cualquiera de las obras. Los años se tornan preciosos. ¿Qué diría usted de El Señor de los Anillos? ¿Será posible hacer algo para abrir la puerta que yo mismo cerré de un portazo?”
Rayner Unwin sugurió que Tolkien enviara el manuscrito de El Señor de los Anillos por correo certificado. Pero Tolkien sólo tenía esa copia mecanografiada, y no deseaba mandarla por correo, sino entregarla en persona. El 19 de septiembre de 1952 Rayner Unwin fue a Oxford y recogió la versión mecanografiada de El Señor de los Anillos. Rayner decidió no demorarse en volver a leer el voluminoso texto, y procedió a estimar los costes de producción; lo que más le preocupaba era que el libro, una vez publicado, pudiera mantener el precio adecuado para el comprador habitual y, en especial, para las librerías circundantes. Se pensó que la obra podía venderse en tres volúmenes, a veintiún chelines cada uno. Rayner telegrafió a su padre para obtener autorización para publicar el libro, admitiendo que era un “gran riesgo” pero que el libro era la obra de un genio. Sir Stanley respondió que fuera publicado.

El 10 de noviembre Rayner Unwin comunicó a Tolkien que la firma estaba dispuesta a publicar El Señor de los Anillos, pero que Tolkien recibiría la mitad de las ganancias, no el precio de los derechos de autor. Este método era muy utilizado por Stanley Unwin para todos aquellos libros potencialmente antieconómicos. Además, si al final el libro se vendía bien, el autor obtendría mayores beneficios que con un contrato de derechos.
Pronto se difundió, entre los amigos de Tolkien, la noticia de que la obra había sido por fin aceptada. C.S. Lewis observó: “Pienso que la prolongada gestación ha afectado un poco tu vigor: sentirás una nueva madurez y una libertad cuando el libro aparezca”.

Pero Tolkien deseaba, antes de que el texto apareciera, releerlo por completo para corregir cualquier incoherencia. Por fortuna, de todos modos, Rayner Unwin no le había pedido ningún recorte. También le preocupaba la necesidad de un mapa claro y preciso que acompañara al libro, ya que la cantidad de cambios en la narrativa y topografía habían tornado aquel antiguo mapa confuso y erróneo. Por otra parte, había decidido cambiar de casa. En la primavera de 1953 Tolkien adquirió una casa en Headington, un suburbio de Oxford, al este de la ciudad.
A pesar de la mudanza, Tolkien logró terminar la revisión final del primer volumen de El Señor de los Anillos a mediados de abrir. Poco después entregó también el texto del segundo tomo. Había estudiado con Rayner Unwin el problema de los posibles títulos de cada uno de los volúmenes. Aunque se trataba de una narración continua, se pensaba que sería mejor editarlo en tres volúmenes con distintos título, quizá para camuflar un poco la extensión de la obra. Después de largas discusiones, terminaron por concordar en tres nombres para los tres tomos: The Fellowship of the Ring (La Comunidad del Anillo), The Two Towers (Las Dos Torres) y The Return of the King (El retorno del Rey).

Tolkien deseaba que amada obra se publicara tal como él lo había previsto, pero una vez más, muchos de sus planes fueron dejados de lado, a menudo por motivos económicos. Entre los elementos cuyo costo fue considerado excesivo, se contaban la tinta roja para las letras a fuego del anillo, y el proceso de medios tonos de color necesarios para reproducir el facsímil de la Cámara de Mazarbul, quemado y medio roto en las Minas de Moria. Esto lo entristeció, pues había empleado muchas horas en su realización, y todo ese trabajo era ahora inútil. Tampoco se había resuelto aún el problema del mapa, mejor dicho, de los mapas, pues se consideraba imprescindible ahora un plano de la Comarca. Por fin, Tolkien cedió la tarea a su cartógrafo original, Christopher, quien de algún modo logró interpretar los esbozos superpuestos, alterados y con frecuencia contradictorios de su padre, y trazar un mapa general y otro más pequeño para la Comarca, legibles y en letra clara.

El primer volumen de El Señor de los Anillos se debía publicar en verano de 1954, y los dos siguientes con breves intervalos. La edición sería bastante modesta: tres mil quinientos ejemplares del primero y poco más de los otros. Eran más que suficiente para el escaso interés que generaría entre el público, pensaba Stanley Unwin.
Se acercaba la fecha de la edición del primer volumen. Habían transcurrido más de dieciséis años desde que Tolkien comenzara a escribirlo. “Tengo miedo de publicarlo –dijo a su amigo el Padre Robert Murray-, porque será imposible desdeñar lo que se diga. He expuesto mi corazón a los disparos”.

“Este libro es como un relámpago en un cielo claro. Es inadecuado decir que en él vuelve de súbito la novela heroica, magnífica, elocuente, sin el menor pudor, en un período de antirromanticismo casi patológico. Para nosotros, que vivimos en ese extraño periodo, ese retorno, y el inmenso alivio que trae consigo, es sin duda lo más importante. Pero la obra no constituye un retorno sino un avance o una revolución: la conquista de un nuevo territorio”.
Esta opinión apareció en Time & Tide el 14 de agosto de 1954, pocos días después de su publicación. Su autor era C.S. Lewis. Edwin Muir escribió en Observer: “Sólo una obra maestra podría sobrevivir a tal bombardeo de elogios”. Sin embargo, no todas las críticas eran tan favorables. Por ejemplo, J.W. Lambert escribió en el Sunday Times que la obra tenía dos extrañas peculiaridades: “ningún espíritu religioso, de cualquier naturaleza; y, en todos los sentidos, ninguna mujer”. Aunque quizá la observación más aguda fue la del comentarista del Oxford Times: “Las personas muy prácticas no tendrán tiempo para este libro. Pero aquellas que poseen una imaginación despierta se sentirán transportadas, participarán de las peripecias de la búsqueda y lamentarán que sólo queden dos volúmenes por venir”.

Seis semanas después de su publicación, la primera edición se agotó y se ordenó una segunda. Tolkien pensaba que las reseñas habían sido bastante mejores de lo que él esperaba. Los tipógrafos ya habían compuesto el texto del tercer volumen, del que Tolkien había decidido excluir el epílogo, un poco sentimental, donde se habla de Sam y su familia. Pero no se podía imprimir sin los apéndices, así como el mapa de Gondor y Mordor, que ahora Tolkien creía indispensable, y el índice de nombres que prometía en el prefacio del primer volumen.

A mediados de noviembre apareció Las Dos Torres. Las críticas fueron de un tono similar a las anteriores. En enero de 195, dos meses después de la publicación del segundo tomo, Tolkien aún no había terminado los apéndices que con tanta urgencia se le requerían. Había abandonado toda esperanza de hacer el índice de nombres, y dedicó su tiempo a otros textos. Sin embargo, y aunque pensaba escribir “un volumen para coleccionistas” con muchos detalles sobre cronologías, genealogías y topografía, no pudo terminarlo por razones de espacio y volumen del texto publicado. Pero era alentador que los textos preparados con tanta minuciosidad, como los referentes a los Calendarios de la Comarca, los Senescales de Gondor o el Tengwar de Fëanor, fueran leídos con entusiasmo por un gran número de personas.

 

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