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Las Cuatro Historias: Una Búsqueda (IX)


Relatos de Fantasía

12-04-2003 00:20
Por: Valente

Tus casos fallaces, Fortuna, cantamos,
estados de gentes que giras y trocas;
tus grandes discordias, tus firmezas pocas,
y los qu´en tu rueda quexosos fallamos.
Fasta que al tempo de agora vengamos
de fechos pasados cobdicia mi pluma
y de los presentes fazer breve suma,
y de fin Apolo, pues nos començamos.

El Laberinto de la Fortuna o las Trescientas. Juan de Mena.

X
Uno de los hombres que los había arrastrado hasta allí conversó brevemente con el anciano situado frente al portal, que permanecía en un inescrutable silencio, mirando hacia el infinito. Con un gruñido mostró, tras unas cuantas frases, que había entendido al guardia y éste, presuroso, se apartó de su lado para ponerse tras los cuatro amigos, evidentemente aliviado de haber acabado su cometido.

La blanca túnica que portaba comenzó a ondear cuando aquel callado personaje levantó los brazos sobre su cabeza, extendiéndolos hacia ambos lados. Movida y agitada por fuerzas invisibles, semejaba poseer vida propia y estallaba en violentos espasmos, cada vez más intensos y duraderos. El sacerdote comenzó a entonar un cántico casi gutural, que llenó por completo la amplia plaza. A su espalda, un rumor surgió del arco de piedra, incrementándose hasta confundirse con el, ahora bestial e inhumano, ensalmo. Una explosión de energía brotó de la roca viva, obligando a los compañeros a cerrar los ojos y a apretar los dientes hasta hacerlos rechinar. La estática erizó las cabelleras de las mujeres.


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El violento rugido en que se hallaba inmersa la piedra disminuyó paulatinamente junto con la salmodia del sacerdote. Flotando en el aire, ocupando la entrada al portal, brillaba, salida de la nada o del interior de la roca, lo que parecía una cortina de azulada energía palpitante, que despedía regulares y brillantes chisporroteos.

Los guardias comenzaron a empujar a los cuatro amigos en dirección a aquella barrera. Arrastrados a la fuerza, todos menos Álvaro fueron obligados a atravesarla, desapareciendo a continuación, tragados y llevados hacia un lugar desconocido. En el momento en el que el último joven se acercó a la barrera, ésta empezó a palpitar violentamente. El sacerdote, que había permanecido perfectamente quieto tras haber realizado su convocación, abrió los ojos desmesuradamente, mostrando por primera vez algún tipo de sentimiento. Gritó, señalando a Álvaro, algún tipo de advertencia que no llegó a impedir que los guardias lanzaran finalmente el cuerpo del joven a través del vibrante y agitado portal.

Álvaro, inmerso en una extraña, cálida y completamente opaca oscuridad en la que se encontró nada más cruzar el umbral, no pudo ver la tremenda onda de luz que se despidió en su entrada ni ninguno de los efectos posteriores que se produjeron en el patio.

Vagó, planeando en aquél etéreo estado, unos minutos. Era incapaz de mover una fibra de su cuerpo y fue invadiéndole una sensación de calma y paz. Sintió como su cuerpo se apagaba lentamente, sin poder resistirse al influjo del ambiente. Sus músculos, hace escasos momentos tensos, se relajaron y soltaron. Hasta su mismo corazón pareció detenerse, pues apenas lo sentía latir en su pecho.

De repente, en lo más profundo de su conciencia, apareció una pequeña luz que fue aumentando de tamaño como si se estuviera acercando a ella a gran velocidad. Cuando ésta ocupó su mente por completo, desapareció el velo que cubría sus ojos y el estado de trance en el que se encontraba se transformó en una sensación de caída libre que se vio frenada cuando su cuerpo golpeó secamente contra una superficie dura.

Abrió los ojos, levantando la cabeza, mientras sentía arder el lugar donde se había golpeado. Renegó y blasfemó, comprobando que el golpe no le había causado más que algún moratón y contusión sin importancia. Fue entonces cuando lanzó un vistazo alrededor, tratando de averiguar dónde se encontraba. Cuando lo hizo, no pudo creer lo que estaba viendo.

Una inmensa extensión de cenicientas y pedregosas colinas y elevaciones lo rodeaba en todas direcciones. El suelo estaba cubierto enteramente de una capa de polvo grisáceo, sin mostrar indicios de que nada más que roca pudiera nacer de él. El ambiente era pesado y difícil de respirar, pues una constante lluvia de cenizas caía desde el cielo, embotado de negras nubes matizadas con palpitantes fulgores rojizos, dando la impresión de que en su interior se producían enormes explosiones. Sin embargo, nada de esto podía compararse con lo que el horizonte perfilado frente al joven ofrecía. La unión entre el cielo y el suelo era una enorme cascada de aguas mortecinas. Parecía como si el mismo cielo se estuviera desbordando y cayera sobre las montañas en un alud de apagada materia, dispuesto a cubrir la tierra bajo ella.

Comenzó Álvaro a andar, cuando superó el asombro que lo embargaba, dejando profundas huellas a su paso. Miraba a todas partes, buscando a sus amigos. ¿Los habrían mandado allí? Subió por la ladera de una abrupta colina y en varias ocasiones se tropezó, teniendo que ponerse a gatas para mantener el equilibrio. Cada vez que iba al suelo, levantaba una pequeña nube de cenizas que se introducían por todos los recovecos y pliegues de sus ropas. A cada instante le costaba más respirar: a medida que sus pulmones se llenaban de polvo y el esfuerzo de escalar aquella cota se acumulaba en sus músculos.

Durante el ascenso, el joven trataba de despertar del sueño del que se creía víctima. Nada de lo que estaba pasando tenía lógica alguna. Sin embargo, él seguía andando y recorriendo aquellos caminos que le debía marcar una alucinación o tal vez la locura que se abalanzaba sobre su conciencia. Hacia tiempo ya que no buscaba las razones que le impelían a seguir aquel extraño juego del que se sentía un peón, ignorante del gran tablero en el que se movía por deseos y mandatos de otras entidades o personas que ni siquiera conocía; no tenía otra opción, por otra parte –pensó, tras volver a caer y hacerse un corte en la palma de su mano derecha con el afilado borde de una piedra-. Fuesen cuales fuesen las verdaderas características de aquella desgraciada aventura que estaba viviendo, reales o ilusorias, no podía cesar en su empeño de continuar avanzando. No podía decepcionar ni abandonar a sus amigos o a la imagen de ellos, involucrados junto a él y por su culpa en aquel demencial viaje

Arribó a la cumbre. Deseaba encontrar desde las alturas la pista que indicase el paradero de sus compañeros. Sin embargo, en el primer vistazo a las áridas piedras se encontró con una inesperada compañía. Sentada sobre una roca, frente a la caída vertical del lado opuesto de la elevación, estaba Isabel; su piel cenicienta por la constante lluvia de residuos del cielo y su pelo, otrora resplandeciente, caía lacio y también gris por sus hombros, mostrando el perfil meditabundo con el que la mujer observaba algún punto perdido en la distancia.
-¿Isabel? –La voz de Álvaro sonó repetidas veces, en un antinatural eco que pareció extenderse por todas partes. La mujer se volvió hacia él, con el rostro todavía contraído en una seriedad impenetrable. Para aquellos que la habían conocido con anterioridad, aquella máscara les hubiera resultado extraña e inusual hasta el punto de creer estar frente a alguien completamente distinto. Había algo que permanecía oculto a la simple observación y Álvaro no pudo descubrir de qué se trataba. Tal vez fuese la situación que la rodeaba y que apagaba en cierta manera aquella casi irritante alegría que había envuelto a la mujer cuando la conoció en la ciudad.

-¿Isabel? –volvió a preguntar, dado que la mujer lo miraba sin dar muestras de reconocerlo; de hecho, parecía como si sus ojos estuvieran atravesando su cuerpo sin llegar a verlo. Finalmente, con una leve sonrisa que recuperó en parte la luz de su rostro aniñado, la joven dijo:
-Hola, Isabel os ha estado esperando. Isab... –dudó un instante y con un cabeceó rectificó el inicio de su frase- Yo os ayudaré a salir de aquí. Sí, eso haré.
-¿Dónde estamos? –preguntó Álvaro, sin dejar de mirar el rostro de la mujer, intentando hallar sin éxito la impresión que le habían provocado segundos antes, pero ésta había desaparecido bajo la feliz y habitual mueca que él recordaba. Ella, sin darse cuenta de aquel escrutinio, se encogió de hombros y arrugó los labios antes de contestar.
-En una tierra lejana. No lo sé con certeza, pero encontraré el camino adecuado hacia donde sea.
-¿No sabes dónde nos encontramos ni hacia dónde nos dirigimos y dices que encontrarás el camino? ¿Cómo lograrás semejante hazaña? ¿Y qué hay de mis compañeros?
-Cuando no hay camino cierto –contestó la mujer, con un tono de voz que denotaba la sorpresa ante aquella pregunta, como si la considerase estúpida- entonces son los pies de cada cual quienes deben marcarlo. Andaremos. Y aquella es buena dirección –el índice extendido de la pequeña mano de la muchacha apuntó hacia un lugar que Álvaro consideró totalmente arbitrario.
-En fin... ¿Qué más da? Esta mierda no puede ir a peor –dijo finalmente el joven tras pensarlo unos segundos, dando su consentimiento con un gesto cansino de su brazo.

Y así comenzaron a andar, colina abajo, por un tortuoso sendero de afiladas piedras; entre los musicales comienzos de la persistente risa de Isabel.

 

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