|
La historia de los condenados de Ulthuan, la legión No Muerta moradora de la isla, es desvelada parte a parte...
Skrnagask pasó página. Llevaba toda la noche estudiando el Ordrenioum, su gran obra maestra. En ella había escritos todos sus conocimientos sobre la nigromancia, desde los más simples hechizos hasta las complejas mutaciones para crear monstruos de gran poder destructivo.
Su larga vida le había sido muy provechosa, durante más de 150 años (prolongados por su gran arte arcano) hizo enormes descubrimientos y, ahora, había llegado su gran momento…el momento de ponerlos en práctica y conseguir sus más grandes deseos: convertirse en un dios.
Durante sus largas noches en vela, descubrió un volumen polvoriento en uno de los estantes de la biblioteca de su antiguo maestro, al que mató cuando se cansó de él.
Todo el libro estaba dedicado a un recinto sagrado a través del cual se podía invocar a un dios, materializándolo.
Antiguamente era usado por las viejas razas que habitaban en la actualmente conocida como Ulthuan para pedirles que les enviaran comida o cualquier producte que les hiciese falta para sobrevivir en una tierra tan hostil.
El plan se urdió en su mente al instante, reemplazaría a un diós, dejandolo a él en su lugar.
Llegado a este punto, se despertó de su ensimismamiento, recordándose que tenía cosas más importantes que hacer.

|
Dio por terminado su estudió y se dirigió a un balcón situado en la parte delantera de su negra torre. Allí estaban, tal como había previsto. Un immenso ejercito de caballeros se fue dibujando en el horizonte. Decenas de cientos de caballeros fueron desfilando, colocándose cada uno en el lugar que le tocaba dentro de su formación. Por lo que parecía, la Dama del Lago se había dado cuenta de lo que tramaba y, pensándose que la quería reemplazar a ella, había mandado todos los caballeros disponibles para que acabaran con él cuanto antes. De hecho, era Skrnagask quién se había encargado de que pensara aquello. Necesitaba refuerzos en sus largas filas de muertos para realizar su gran empresa.
Con un simple gesto, los muertos empezaron a surgir del suelo. Los había invocado a lo largo de toda su vida, desde que descubrió la enorme necrópolis construida debajo de la torre.
De momento, sólo había despertado a unos 10.000 guerreros, de los cuales muchos se desperdiciaron en sus intentos de perfeccionarlos. Con otros formó una especie de arpías esqueléticas, adjuntandoles unas enormes alas de águila, para que pudieran acabar con las tropas de proyectiles que le molestaran.
En esta batalla las dejó descansar bajo las catacumbas interiores de la torre, estaba seguro de que los bretonianos seguirían siendo tan estúpidos, a su parecer, como para no llevar ningún tipo de máquina de guerra. Como mucho se habrían traido algunos arqueros, que estarían tan cansados después de del largo viaje a pie, que no causarían demasiadas molestis. Prefería guardarse su creación como una arma secreta.
Dio una orden mental y sus tropas empezaron a avanzar, a la vez que los pocos arqueros bretonianos empezaron a disparar, devolviendo algún zombi de donde procedía. No importaba, ya los volvería a alzar.
Finalmente, el estruendo de cascos hizo acto de presencia, justo después del sonido de todas las trompetas del ejercito. Skrnagask conocía bien a los bretonianos y sabía que no era famosos por su paciencia y no desaprovecharían ninguna oportunidad para cargar. Ahí estaba su error y su perdición.
Las impasibles huestes de muertos siguieron avanzando y recibieron la carga de todo el ejercito bretoniano, que los arrolló y trituró, a medida que avanzaban entre su ejército. Destrozaron una cantidad ingente de cadáveres, sus lanzas a la carga eran realmente imparables.
“Serán una magnifica arma de ataque” pensó Skrnagask. “ Ahora!” gritó con otra orden mental.
El duque Treboiseth estaba muy satisfecho con la matanza que estaban produciendo él y sus leales caballeros. Se veía claramente, tal como le había comunicado una doncella de la dama, que este ejército estaba listo para la marcha.
Con la primera carga, ya habían destrozado al menos la mitad de los putrefactos cadáveres y ahora sólo tenían que reagruparse y... De repente, su fiel caballo tropezó con algo y el duque fue a parar de bruces al suelo.
¿Qué había pasado? ¡Nunca antes su caballo se había caído! Entonces lo vio, una manos que surgían del suelo, agarrando todo lo que encontraban y tirándolo para llevárselo consigo en el subsuelo, en la miserable existencia de la no vida.
|
 |