|
|
 |
|
El pequeño Dargat va por primera vez a la ciudad en ella su padre lo introduce en una estraña casa donde debe afrontar una prueba
Mi infancia la pasé en una casa en las montañas, donde mi padre cultivaba la dura tierra para mantener a su familia.
De cuando en cuando mi padre desaparecía durante un par de semanas, aunque yo siempre lo relacioné a la llegada de un jinete mandado por el conde. Cuando volvía solía traerme juguetes y golosinas que no se hacían en la cuidad y por la noche, él contaba historias de grandes ciudades, de torres altas y cúpulas de oro.
Mi padre cuando estaba en casa me enseñaba a usar el arco y a montar a caballo con el viejo relámpago.
En el verano de mis trece años mi padre me llevo a la ciudad, a vender la cosecha que aunque no había sido excesivamente buena nos serviría para subsistir durante el resto del año sin muchos lujos. Los días anteriores había oído a mis padres discutir sobre mi educación y no sabía si esto era por lo que mi padre me llevaba a la ciudad por primera vez. Tras malvender la cosecha mi padre fue a ver al conde a su castillo a mi me dejó en las cocinas donde me hinflé a comer dulces, pollo y pan blanco que las cocineras tan amablemente me dieron.
Por la tarde mi padre y yo nos adentramos en los laberínticos barrios bajos de la ciudad. Después de caminar un largo trecho mi padre entro en un callejón, se paro ante una puerta, llamó, se abrió un mirador del que salio un “pasa” gutural, se oyó abrir varias cerraduras. Mi padre paso y yo entre en la casa no sin mirar antes al personaje que se encontraba detrás de la puerta. Este, grande y muy musculado, tenia una piel olivácea y una mandíbula cuadrada, llevaba en el cinto una espada y junto a la pared se veía una ballesta lista para ser disparada. Por una puerta apareció un hombre vestido de terciopelo rojo, que se acerco con rapidez a mi padre y le extendió la mano.
- ¿Qué tal se vive en las montañas en verano Moldren?
- Bien, no hay tanto ajetreo como aquí en la ciudad.
- Veo que te has traído al chico, quieres que empiece ya a conocer el oficio.
- Si ya tiene la edad apropiada para comenzar con el adiestramiento.
- Bueno pues no te entretengo más, y suerte con la prueba muchacho.
Pese a saber de lo que hablaban seguí a mi padre a trabes de la casa hasta una habitación donde encontramos tras una gran mesa a un hombre calvo con la mirada perdida en la lectura en los documentos.
Mi padre carraspeó para atraer su atención. El hombre, sin separar la mirada ni un momento de los manuscritos, dejo escapar un sí interrogativo y tras empapar la punta de la pluma en el tintero que reposaba encima de la mesa apuntó algo en el papel y miro a mi padre.
- Quiero inscribir a mi hijo.
- ¿Nombre… del niño?
- Dargat Trozar
- Esperad aquí a que salga el maestro instructor.
|
 |
| |
|
|
|
|
 |
|