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Las Cuatro Historias: Una búsqueda (XII)


Relatos de Fantasía

05-05-2003 21:56
Por: Valente

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día
y podrá desatar esta alma mía
hora su afán ansioso lisonjera

Mas no, desotra parte, en la ribera
dejará el alma en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder respeto a la ley severa.
(...)

Cuartetos del Soneto "Amor Constante más allá de la muerte"
Francisco de Quevedo.

Un pequeño resumen de lo acontecido: Un grupo de jóvenes se ve envuelto en una extraña aventura tras un tremendo atentado que mata a los padres de uno de ellos, Álvaro.
Las revelaciones de un oscuro personaje llamado Julián, llevarán a este joven a investigar la muerte de sus padres, haciendo un extraordinario descubrimiento que le hará atravesar junto a Luisa, Javier y Ana el mundo físico y entrar en un lugar que sólo creían fruto de sus fantasías.

Allí, conocen a una nueva amiga, Isabel, y ,tras haberse visto envueltos en una intriga de Julián, se verán de nuevo transportados al más oscuro rincón de la existencia: Las Tierras sin Destino, donde comenzaran una larga búsqueda de aquello que creían perdido para siempre.
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XV
El cielo negro se iluminó con el resplandor rojizo de una explosión. Había anochecido y sin embargo el pedregoso valle se incendiaba regularmente con las violentas irrupciónes de fulgores anarajandos. Cada vez que esto ocurría el horizonte aparecía como una enorme cascada de sangre, desplomándose sobre la tierra de cenizas. A los pocos segundos llegaba el tremendo rugido de las explosiones, haciendo retumbar la tierra cuando de nuevo una densa capa de oscuridad se había abalanzado sobre el terreno. Luisa trató de hallar el pálido titilar de las estrellas, pero cada descarga de fuego sólo le dejaba ver las encendidas nubes de cenizas cubriendo la bóveda celeste. La Marea de las Almas, ahora un mar de sangre, presentaba un tétrico y amenazador aspecto, como si se tratase del mismísimo Río de los Muertos, iluminado por el reflejo del Averno.

Luisa se arrebujó en los restos de su chaqueta, tratando de encontrar algo de protección contra el viento frío que se había levantado y que se clavaba como alfileres sobre las partes descubiertas de su cuerpo y sus heridas. Observaba el impresionante y pavoroso espectáculo que se desarrollaba ante sí. Le recordaba a las imágenes que había visto en la televisión de los bombardeos nocturnos durante una guerra, sólo que en esta ocasión todas las explosiones se producían en el cielo.

La mujer tuvo un escalofrío, pero permaneció quieta, bajo el silbido del viento, abrazándose y tratando de pensar. Tenía que encontrarle un motivo a todo lo que estaba pasando, pero resultaba difícil cuando todo cuanto te rodeaba parecía sacado de una delirante pesadilla. Recordó, en esos momentos, a la madre de Álvaro, que pintaba escenas muy parecidas a las que actualmente le rodeaban. Al igual que su hijo, aquella mujer de ojos claros, siempre mantenía una expresión melancólica y lejana, que pretendía ocultar bajo una eterna media sonrisa, que no hacía sino aumentar todavía más aquellas sensaciones, eso sí, revestidas de una tierna dulzura que hacían de su rostro algo difícil de olvidar. ¿Qué relación tendrían aquellos gestos y miradas, casi perdidas en el olvido, con lo que les estaba ocurriendo? No lo sabía, pero había acabado por comprender que todo estaba ligado de alguna forma que todavía no comprendía.


techCerrar podrá mis ojos la postrerasombra que me llevare el blanco díay desatar esta alma mía
El viento arreció y Luisa estuvo a punto de volver al refugio donde habían decidido guarecerse cuando Álvaro llegó casi sin hacer ruido por su espalda y la abrazó por detrás, rodeando su cintura. La mujer contuvo la respiración unos segundos, algo tensa por el inusual gesto de cariño de su amigo, pero finalmente se dejó envolver en aquel cálido contacto y cerró los ojos, apoyando la cabeza en el pecho de su amigo.
-Lamento no haber tenido mucho tiempo para hablar contigo en los últimos tiempos –le dijo el hombre en voz baja.
-No pasa nada, yo... lo entiendo –aceptó ella, sintiendo como oleadas de cálido placer subían por sus brazos y su espalda y venciéndose cada vez más al influjo de aquel momento; aspirando el olor familiar de la presencia que la tenía sujeta con dulzura- pero, te echaba de menos.
-Y yo a ti –admitió Álvaro, adquiriendo su voz un tono más neutro, como si de repente hubiera comenzado a pensar- pero ahora tengo... tenemos que esforzarnos en salir de aquí y tal vez no tenga el tiempo suficiente que querría darte. Sabes que eres mi mejor amiga y que eso nunca cambiará. Eres como una hermana y me gustaría que siguiera así.

Luisa se apartó del abrazo, intentando no demostrar con ese acto que aquellas últimas palabras y la manera en la que habían sido pronunciadas la habían afectado. Justificó su postura como un cambio para poder hablar cara a cara, pero durante unos instantes su expresión herida sirvió para que su amigo desviase su atención hacia el suelo. Ella sintió de inmediato el gélido roce del viento sobre su piel, pero supo que el escalofrío que se descargó sobre su piel provenía de la herida que en aquel momento le había provocado la actitud de su amigo. La angustia se concentró en su estómago y tuvo que tragar, intentando recomponerse. Por fin, tras este breve lapso pudo hablar y su voz sonó tal vez tan fría como el puñal que sentía clavado en su pecho. Deseaba gritarle, insultarlo, desahogarse pero en el fondo sabía que todo aquello sólo les provocaría más dolor a ambos.
-¿Dónde están Javier e Isabel? –preguntó, tratando de cambiar de tema y abrazándose los antebrazos. Su pelo negro ondeaba al viento y sus ojos, también oscuros, eran como dos trozos más de la densa noche. Álvaro admiró, como el primer día que la había visto, aquella belleza indómita y exótica y deseó olvidarse de sus dudas y sus problemas para únicamente disfrutar de aquella abrumadora visión, pero finalmente se contuvo, sabiendo que mientras no descubriera qué se escondía en las profundas simas de su espíritu, no podría admitir a ninguna presencia en su corazón sin hacerle daño.
-Están bromeando y tonteando los dos. Son tal para cual –contestó, sin dejar de mirar los gruesos labios de su amiga, todavía embargado por el ensueño de sus pensamientos. Ella lo notó y supo de la lucha interior de su amigo y en parte se regocijó de que él también sufriera, pues se sentía despechada y herida.
-Será mejor que vayamos a dormir –sentenció ella, pasando al lado de Álvaro sin mirarlo- Mañana tenemos mucho que hacer.

Como si aquellas palabras fueran una premonición, una tremenda explosión iluminó el cielo, reverberando en todo el valle el rugido que siguió a la misma. Álvaro se quedó unos segundos quieto, sosegando su espíritu y sintiendo el amargo sabor del remordimiento. Se dio la vuelta y siguió el camino que había tomado la mujer, sin llegar en ningún momento a alcanzarla. En la inescrutable oscuridad oyó lejanas, como un canto incomprensible, las risas de Isabel y Javier.

XVI
Amaneció con los primeros rayos de luz que golpeaban sobre el tapiz de las grises nubes sin llegar a atravesarlo. Isabel fue la primera en despertar y lo hizo entre bostezos y dolores en su espalda. Habían encontrado suficientes hojas para hacer un improvisado catre sobre el que intentar amortiguar la dureza del terreno, pero aún así la experiencia de dormir al raso había resultado especialmente incómoda. El frío se había clavado en su piel como la multitud de pequeñas piedras que sembraban el suelo y cuando había conseguido conciliar el sueño, le habían despertado los gemidos y gruñidos de Javier, que parecía envuelto en oscuras pesadillas y sudaba copiosamente, a pesar del fresco ambiente de la noche.

 

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