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El robusto hombre se volvió furioso y miró con desprecio al joven príncipe, aunque sin reconocerlo. Agarró con ambas manos el látigo y lo estiró con un movimiento rápido, produciendo un chasquido.
-Lárgate, chaval -gruñó-, si no quieres llevar tú también. ¿Acaso no ves que estoy ocupado?
-Me agradaría saber en qué -dijo Elvián, sereno por fuera, aunque furioso por dentro.
-¿Y a ti qué te importa? -gritó el hombre-. Para que lo sepas, esto es un asunto real, así que… ¡NO TE METAS!
Elvián sonrió con ironía y, tras observar con compasión al caballo, miró al hombre directamente a los ojos y dijo:
-¡Claro! Y como yo no pertenezco a la familia real…
-Exacto -contestó el hombre-. Así que lárgate de aquí antes de que me enfade de veras.
-Tal vez estés equivocado -inquirió el príncipe, sin moverse de su sitio-. A lo mejor sí pertenezco a la familia real.
El hombre miró extrañado al joven y fue entonces cuando se fijó en la curiosa y plateada insignia que llevaba en el hombro. El emblema representaba una pradera inmensa bañada por los rayos de un sol de oro. La enseña convertía al joven en el heredero al trono de Parmecia. Era el príncipe Elvián.
-¡Perdóneme! -suplicó el individuo, arrodillándose delante del muchacho y temblando de miedo-. ¡No… no… no sabía que era usted!
-¡Venga, levántate! -contestó el joven, visiblemente molesto por la actitud de su interlocutor-. ¿Cómo te llamas?
-Grant -dijo el hombre después de levantarse.
-Muy bien, Grant -murmuró Elvián-. Y, ¿a qué viene es paliza que le infringes al pobre caballo.
-Es por el príncipe Fleck.
-¿Fleck? ¿Qué tiene que ver mi hermano en todo esto?
-Él quiere tener este caballo -respondió Grant-. Es el mejor de todas estas caballerizas y, según dicen, también de todo el reino. Pero aún no está domesticado. El príncipe Fleck me ordenó que lo domesticase, aunque tuviera que darle miles de palos, so pena de ejecución. Me dio de plazo hasta mañana.
Elvián miró durante largo rato al hombre, que todavía estaba temblando. Entonces se acercó al corcel y examinó con atención sus heridas. El príncipe se dirigió de nuevo a Grant y le dijo:
-Bien, esto es lo que haremos. Voy a hablarle a mi padre del asunto. Seguro que a mi hermanito le cae una merecida reprimenda. Has de saber que a mi progenitor le encantan los caballos. No temas por tu vida, nadie te hará daños.
-Gracias, príncipe Elvián -contestó Grant, haciendo una profunda reverencia.
-Una cosa más -añadió el joven, cuando ya se dirigía al castillo-. Ese caballo, ¿tiene nombre?
-Claro -respondió el hombre-. Se llama Trueno.
Elvián repitió para sí el nombre del corcel y se dirigió, con paso firme aunque con lentitud, hacia el castillo. El sol estaba desapareciendo en el horizonte y oscuras nubes cargadas de lluvia se acercaba con pesadez. Era hora de regresar a casa.
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