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Gelian miró irritado a su interlocutor, pero pronto desvió la mirada. De todos los hombres que había conocido, el aprendiz de Mago era el único que le intimidaba. Sus ojos revelaban una gran maldad, y no había que olvidar que, aunque todavía era un aprendiz, ya dominaba algunos hechizos poderosos.
-Menos tonterías y al grano -graznó el asesino, intentando mostrarse sereno-, ¿cuál es el encargo?
-No quiero decirlo aquí -intervino Fleck-. Ese caballo, Trueno, podría oírnos.
-¿Y qué? -repuso Gelian-. Tú mismo lo has dicho, Fleck, es sólo un maldito caballo.
-No es un simple caballo -dijo Zelius-. Es el caballo del príncipe Elvián, y dicen las malas lenguas que puede comunicarse con él.
El asesino miró detenidamente a los dos hombres y sonrió.
-Vale, de acuerdo -accedió-. Supongamos que eso es verdad. Acaso, ¿no veis que todos los caballos duermen?
Sin embargo, Fleck se seguía sintiendo intranquilo en el lugar, por lo que Gelian suspiró irritado y aceptó la condición del infante. Así pues, el asesino guió a sus dos clientes por oscuros callejones. En más de una ocasión fueron obligados a detenerse por la presencia de algún soldado de la Guardia Real que patrullaba la zona, momento en el cual Gelian llevaba su mano a la empuñadura de su espada mágica. Cuando veía que el guarda se alejaba, su mano se relajaba, aunque tampoco le importaba verse forzado a matar a uno de ellos.
Y sí, sin ser vistos, llegaron a un tenebroso y sombrío lugar que inquietaba a Fleck y a Zelius, pero no al asesino. Había pasado demasiadas horas en aquel sitio como para asustarse. Era tan lóbrego el paraje que Gelian, embutido como estaba en su traje negro, era apenas visible para sus dos clientes. El asesino se acercó al aprendiz de Mago y al príncipe y les dijo:
-Bien, ¿estáis de acuerdo con este sitio?
-Es perfecto -respondió Zelius-. Apartado y solitario. Desde luego sabes escoger bien tus escondites.
-Menos cháchara -gruñó Gelian-, ¿cuál es el encargo?
Zelius sonrió con malicia y dejó acercarse a su joven acompañante, que miraba directamente al asesino.
-Algo muy malo -respondió Fleck, sonriendo al igual que el aprendiz de Mago-. Quiero que mates a mi padre, el rey Brath.
Gelian miró sorprendido al príncipe. Al cabo de un rato, el asesino sonrió. Nunca había pensado que su joven cliente pudiese llegar a ser tan malvado, y eso le gustaba en la gente. Fleck le acompañó en su sonrisa y se miraron ambos, compartiendo ese momento de maldad.
-Vaya -murmuró Gelian-. Veo que tienes más maldad en tu interior de lo que esperaba. ¿Estás seguro de que quieres que lo haga?
-Sí -respondió el infante-. Quiero el trono, y lo quiero ahora.
El asesino meditó durante unos instantes y, de repente, alzó los ojos antes de decir:
-Está bien, lo haré.
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