Ahora que estás en un desierto... ¿has comprado algo para beber? |
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01-06-2003 21:43
Por: Tatharina
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No importa que la partida que has preparado sea la mejor que hayas encontrado en toda tu vida. Si tus personajes se empeñan, será un fracaso total.
Aunque parezca mentira, esto me ocurrió realmente en una partida en la que hacía yo de master. El tema era bien sencillo. Antes de quedar para jugar con nuestros amigos, cogí a mi hermano pequeño a parte y le comenté mi plan. Había encontrado en Internet una historia genial para jugar esa tarde. La historia era la siguiente: un Dragón Azul, llamado Vhalaar, harto de pasar hambre en su guarida del desierto de la región de Anauroch, decidió urdir un malévolo plan. Convenció al clérigo de una región vecina de que si le encontraba un grupo de aventureros del que se pudiera aprovechar (entiéndase: ingerir), no se comería a su gente. El clérigo, el Padre Bic, encontró, cómo no, a nuestros queridos amigos, nuestro grupo favorito de aventureros: Áxel (caballero), Ryo (bárbaro), Órpal Breguen (mago), Lao Tsé (monje psiónico), Gael (paladín), Draco Ozkhúritas (explorador) y Legian (un druida del que ya habréis oído hablar). En un momento de descuido de Draco (quizá no resulte muy valeroso, pero el caso es que estaba meando), el Padre Bic lo golpeó por la espalda (en la cabeza, no penséis mal) dejándolo inconsciente. Fue entonces cuando Vhalaar se polimorfó en Draco para llevar a la práctica su endemoniado y cuidadoso plan: arrastraría a este valiente grupo de aventureros hasta las arenas del desierto y, al llegar a su morada, indefensos y debilitados por el calor, se los comería. A partir de ese momento, la misión de Draco consistía en convencer (más bien engañar) a sus amigos para que estos accediesen a ir con él al desierto, con la excusa de salvar al pueblo de nómadas del clérigo de las garras de unos enormes bichos peludos que los tenían atemorizados. El clérigo no viajaría con ellos, pues tenía “cosas que hacer” (entre ellas, reunir una buena suma de dinero como recompensa a los servicios prestados) y le resultaba imposible.
Dicho lo más importante, la historia comenzó de una forma completamente normal. Draco cambió ligeramente su forma de actuar (contestando de mala forma a varios de sus compañeros de viaje durante la aventura, cosa que no era demasiado normal en él), lo que sólo llamó la atención de Lao Tsé quien, además, lo olvidaría pronto, desgraciadamente para él... o para mí. Pensé que nadie me lo iba a preguntar pero, por suerte, Legian lo hizo: “¿Cuánto tiempo nos llevará llegar al desierto?”. “Dos semanas_ le dije (y juro ante lo más sagrado que se lo dije)_. Luego, una vez en el desierto, tardaréis unos 5 ó 6 días en encontrar la aldea del clérigo. Esto sólo en el viaje de ida”. Bien. Parecían convencidos. Mi alegría no tenía fin: aunque no me considero mala persona y no iba a dejar que los matase, por lo menos a todos, lo que está muy claro es que disfrutaría de lo lindo viéndolos SUFRIR luchando contra el dragón. ¿¿Cómo podría prever yo lo que sucedería después?? ¡Ay, qué cruz! El caso es que les di el manual del jugador para que mirasen las armas que querían comprar, la comida, el agua y todo lo demás (teniendo en cuenta que iban a realizar un viaje de, por lo menos 1 mes, entre la ida y la vuelta, al desierto), y me marché a la cocina a servirme un vaso de zumo de naranja. “Recordad que vais al desierto, ¿eh? En el desierto se bebe bastante”_ les recordé antes de marcharme. Me tomé que zumito y luego volví. Me senté en mi “trono” de master (está bien, una silla norma y corriente) y empezamos la partida.
Resumiré el viaje, porque no es lo más importante de la batallita y, además, consistió, básicamente, en encuentros con bichos: algún que otro cazador... los típicos (y muy recurridos) orcos que les piden peaje para continuar el camino... dos serpientes... una cabañita donde encontraron lo típico: pócimas curativas, el maravilloso bastón decorado con extrañas runas que nunca descifrarán pero que los tiene entretenidos... Y poco más de interés. Tengo que decir que, cada cierto tiempo, se encontraban con un riachuelo que les evitaba tener que gastar agua de sus provisiones (NO SOY TAN, TAN MALA). Todo iba muy bien hasta que ocurrió lo inesperado:
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