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My Forsaken Soul


Terror y Supense

12-06-2003 01:06
Por: DarkSlayer

Victima de las mas bajas pasiones de sus semejantes, un hombre pierde todo lo que posee. Buscara justicia… ¿O venganza?


techVictima de las mas bajas pasiones sus semejantes, un hombre pierde todo lo que posee. Buscara
Mi nombre no importa y el de la mayoría de los que aquí nombro importan menos que el mío. Contemplo las estrellas mientras escribo estas líneas, preguntándome si alguna vez encontraré la paz que ahora tanto anhela mi alma condenada y mi cuerpo marchito. Viendo hacia atrás lo que fue mi vida me doy cuenta del tipo de hombre que fui antes de que el destino y sus crueles acciones me cambiaran completamente. Yo he visto en toda su magnitud la maldad que habita dentro de cada hombre. La envidia, la codicia y la avaricia, que cada persona puede albergar nunca ha dejado de sorprenderme, pero ahora que comprendo mejor como me veía la gente, es cuando me doy cuenta de que todos, hasta los hombres más santos, los mejor considerados por su comunidad, tienen un lado oscuro que no suele aflorar debido a que ellos mismos lo desechan como algo indigno de su ser. Lo desechan hasta que algo dentro de su ser les dice que esta “bien” valerse de cualquier método para conseguir lo que se propongan. Esta historia trata de lo que me sucedió a mí; de cómo me vi envuelto en un crimen del que era inocente y de cómo me convertí en lo que soy por acciones que escaparon a mi control.

Mi padre era un mercader modesto cuando yo era niño, y a medida que yo crecía, lo hacía también la fortuna de nuestra familia, y la magnitud de nuestro negocio, del que comencé a aprender sus triquiñuelas tan pronto como supe diferenciar las monedas legales de las de plomo bañado en oro. Yo vivía aun en casa de mi padre, aunque ya había alcanzado hacía años la edad para buscar un nuevo hogar, un lugar donde tener mi propia vida alejado del nido familiar, pero aún así me resistía a abandonarlo, no se si por egoísmo o por miedo a otra forma de ver la vida. Junto a mí, o mejor dicho, bajo mi mismo techo convivía con mi hermano, mi hermana y mi padre. Yo era el mayor de los tres, tenía dos años más que Helena, y tres mas que mi hermano, si bien eso no hizo que mi padre me quisiese más que a mis dos hermanos. No, de hecho yo era quizás el menos protegido de los tres, y como supe más tarde era porque mi padre sabía que yo era quizás el más capaz de valerme por mi mismo y el que más parecido era a mi madre en talante y conducta. Sin embargo mi padre tenía un trato diferente con mi hermano, al que según mi opinión consentía demasiado desde la muerte de mi madre, y con mi hermana, a la que sobreprotegía hasta la saciedad desde que era una niña. No puede decirse que esto me importase mucho en aquella época, puesto que toda mi vida había sido así, y no me parecía nada raro, pero viendo como sucedieron las cosas no dejo de preguntarme que si mi padre me hubiera tratado de manera diferente a mí o a mi hermano, nuestros destinos hubieran dado un cambio a mejor. Yo quería y respetaba a mi padre, y tenía un profundo lazo de afecto con mis hermanos. Pero no adelantemos acontecimientos.

Entonces, hace ya tanto tiempo, yo diría que era atractivo. Si bien puedo decir que no era el varón más apreciado por las burguesas de mi ciudad, se de buena tinta que algunas damas de la alta sociedad hablaban de mi tras sus abanicos mientras pasaba con mis amigos por las terrazas o las plazas que en aquella época eran los sitios de reunión más usuales. Esto bien me importaba poco porque yo en aquella época tenía ojos solo para dos cosas: La una era el negocio de mi padre, que cada día desde que mi padre comenzase a sufrir sus ataques de tos era manejado de manera asidua por mi, y la otra era Jenna, la joven más hermosa que mis ojos hayan visto en todos mis años . Jenna no solo era guapa, aunque en un principio solo me intereso por su aspecto. Tras las primeras conversaciones que ambos mantuvimos me di cuenta de que era inteligente, divertida, sabía de lo que hablaba y entendía lo que le decían, era capaz de captar la más sutil de las bromas y cuando la provocaban, utilizaba sus palabras como el aguijón de una avispa haciendo que quien fuera que la hubiese molestado callara, por que si no, sabía que podría salir dolorido. Tras los primeros días yo salí varias veces picado por ese aguijón, pero tras los momentos dolorosos siempre hay alguien que es capaz de hacer que las heridas duelan menos, y ese alguien fue mi hermana. Ella y Jenna se convirtieron en amigas intimas y yo acabe, como quien dice, colándome en la vida de Jenna por la parte de atrás y poco después convirtiéndome yo mismo en el joven que la acompañaba a los bailes, las cenas, las fiestas… hasta el día en que anunciamos que nos casaríamos… que a la postre acabaría por convertirse en el día en que las ruedas del destino comenzaron a girar en mi contra.

Una joven como Jenna tenía detrás a más jóvenes como yo que minutos tiene un día, pero antes que yo me hubiera convertido en el hombre que caminase a su lado, había otro, algo mayor que yo que lo hacía también. Era un buen hombre, bien considerado en los círculos en los que se movía, con buen corazón con los desfavorecidos, y buen ojo para los negocios. El y Jenna fueron “buenos amigos”, citando las mismas palabras con las que Jenna lo describía, antes de que yo la conociera. Sin embargo, “algo”, no se exactamente que, los separo, y Jenna acabo conmigo a disgusto de ese hombre. Él jamás se digno a hablar conmigo, jamás hizo alusión a lo que se cocía en su interior y en ningún momento deseo nada más que yo muriera desde el instante en que anunciamos nuestro compromiso.

Yo jamás había sido tan feliz como en aquella época. Tenía dinero proveniente del negocio de mi padre, que iba a las mil maravillas tras haber traído varios cargamentos de sedas a muy buen precio. Aun recuerdo que en uno de ellos vino la seda con la que Jenna comenzó a preparar su traje de novia y mi hermana el suyo de dama de honor. Mi padre se comenzaba a recuperar, lentamente, pero se recuperaba, y mi felicidad con Jenna era lo más parecido que había a un cuento de hadas. Todo parecía ir bien hasta que cierta noche, tras haber vuelto a mi hogar me encontré a mi hermana llorando desconsolada, sentada en la escalera, y rodeada de guardias. Cuando me enteré de lo que había pasado quede destrozado. Mientras yo estaba fuera de nuestra casa, habían entrado a robar, mientras mi padre y mis hermanos estaban dentro. Mi hermano había acabado con la cara marcada por una larga cicatriz y desde aquel día tuvo en su brazo la marca con forma de estrella de un estilete. Mi hermana había tenido más suerte, aunque era la que más miedo había pasado y la que peor lo hubiera pasado si no es por la “casualidad”. Solo la intervención oportuna de un guardia que pasaba recogiendo firmas para una petición al gobernador había evitado que fuera violada. Sin embargo el policía no había llegado a tiempo para evitar que mi padre muriera desangrado de un tajo en el cuello. Al día siguiente enterramos a mi padre en el mausoleo de la familia.

Era el hijo mayor por deseo expreso de mi padre me correspondía la mitad del capital de la empresa, de las posesiones inmuebles de mis padres y del dinero que había en las arcas del banco. La otra mitad debía repartirse a partes iguales entre mis dos hermanos, aunque yo decidí cederle algo de mis pertenencias a mi hermana, ya que empezaba a ser pretendida por algunos jóvenes, y era necesario que tuviera una dote aceptable. Tras hablarlo con Jenna, decidimos que lo mejor sería posponer la ceremonia al menos un año más, para que no hubiera ningún problema con la cercanía de la muerte de mi padre, y así quedo cambiada la fecha. Pero después…

Mi hermana y aquel joven guardia, que fue ascendido tras la intervención en el rescate de mis hermanos, comenzaron a verse a menudo de lo yo me alegre, ya que el joven me parecía alguien agradable, de confianza y sin duda, dadas sus aptitudes, llegaría lejos dentro de la milicia de la ciudad, un puesto nada desdeñable. Pero cierto día llegó a mi casa de improviso, cuando aun no había llegado mi hermana de hacer sus compras y hablo conmigo a solas. Sospechaba, según me dijo, que alguien había contratado a aquel ladrón con la intención de asesinar expresamente a los habitantes de aquella casa. Me pregunto que si mi familia tenía algún enemigo, y yo le contesté que sinceramente, desconocía quien podría odiarnos tanto como para desear que muriéramos. El, muy amable en aquel momento, se despidió de mí. Han pasado muchos años y aun recuerdo la expresión de su cara en aquel momento: Su rostro no expresaba nada, ni ira, ni remordimiento por lo que haría a continuación.

Una semana después, vino acompañado por casi veinte agentes que revisaron toda mi casa, poniendo patas arriba todo lo que mi padre y yo guardábamos. Finalmente, uno de los agentes, siempre recordaré su cara dijo haber encontrado un cajón oculto en mi escritorio, y dentro de él, escondidas, deudas de juego por un valor increíblemente alto. El joven guardia a continuación me pregunto que como las había pagado y yo respondí la verdad: que no eran mías, que yo no jugaba y mil cosas más, pero no me creyó… o no quiso creerme. Lo siguiente de lo que tuve conciencia era que estaba en la cárcel acusado de haber ordenado matar a mi padre y hermanos para quedarme con la herencia de mi padre.

El juicio, o su parodia, se celebró una semana después de mi arresto y duró un día. El juez, quizás el más estúpido de la ciudad no dudo ni un segundo en mi culpabilidad. Mi abogado no sabía ni de que era el casó hasta que no llegó a la sala, y el fiscal se ensaño de tal forma con mi “presunto” modo de vida que yo empecé a pensar que, de alguna forma, alguien se había ocupado de tratar de meterme en una celda muy profunda y de tirar la llave al mar. El veredicto no fue una sorpresa para mí, pero no me resultó más fácil oírlo. Muerte. Aun veo la cara de mi hermana cuando me acerque a despedirme de ella: me escupió a la cara, y Jenna aparto la vista de mí. El único que mantuvo fija la mirada en mí fue mi hermano, con una mirada tan fría que hasta que no cambie me dolía el recordarla.

Durante los dos años siguiente, o fueron cuatro, me mantuvieron en una celda minúscula por la que no entraba un mísero rayo de luz que me alegrara la vista, hasta que un día, cuando según mis periodos de vigilia y sueño era casi media noche oí una conversación fuera de mi celda. Era casi la primera voz que no era la mía que oía durante todo mi cautiverio, puesto que los carceleros no me hablaban nunca. Al abrirse la puerta de mi celda pude volver a ver luz, no del sol, si no de un farol, pero a mi me pareció la mayor bendición que cualquier dios pudiese darme. Vi como dos figuras, una de ellas embozada en una capa oscura y la otra la de un carcelero me miraban unos instantes. Entonces el hombre de la capa oscura dijo tan solo tres palabras al tiempo que entregaba un saquito de considerable peso al carcelero. “Me lo quedo”. El corpulento carcelero entro en el lugar en el que durante cuatro años yo había convivido con gusanos y peleado con ratas para que no robasen mi escasa comida o royeran mis ahora destrozados ropajes. Con un golpe de su bastón me dejó sin sentido y lo último que recuerdo fue que me desplome de rodillas sobre el cubilete lleno de agua podrida que me habían dado ese mismo día para beber.

Cuando desperté pensé que no había abandonado mi celda, pero tras los minutos en los que mis ojos se acostumbraron a las penumbras, me di cuenta de que había ido a parar a un lugar completamente diferente. Estaba en un cuartucho, si cabe, aun más pequeño que mi celda, pero con aspecto de ser un lugar limpio. Pase en ese lugar algunas horas hasta que caí dormido en un rincón victima del cansancio. Cuando desperté lo hice solo durante unos pocos instantes y porque mi sueño quedo interrumpido cuando oí como un bote de cristal se rompía dentro de la sala. Solo durante unos segundos puede entrever como se cerraba una mirilla de la puerta y después caí en un estado de inconsciencia. Cuando desperté, me encontraba atado de pies y manos, desnudo y puesto de pie en un aparato que me dejaba colgando de las muñecas. Frente a mi estaba un hombre menudo, calvo y de mediana edad, el mismo que antes había hablado con el carcelero, que afilaba una navaja de barbero con gesto calmado mientras silbaba en tono bajo una tonada bastante alegre. Quizás ese fue el momento de mi vida en que pase más miedo.

Mientras se acercaba a mi con la navaja grite, pedí auxilio, suplique y rogué, y el hombre me miro como la araña mira a la mosca, y me dijo las siguientes palabras, “Grita, grita, aquí nadie te oirá”. La navaja abrió una tira de piel en mi cara y luego otra, y otra y otra… así hasta que la mitad de la piel de mi cuerpo, o quizás toda, no lo se con seguridad, me fue arrancada, pedazo a pedazo y puesta sobre una mesa enfrente mío. El dolor, una sensación tan ardiente e intenso se me quedo grabado a fuego en mi mente y hasta el día de hoy lo recuerdo muy bien. Después de eso, con mi cuerpo recubierto de hilillos de sangre que hacían que el suelo de la sala comenzara a tener un pequeño charco escarlata, y mientras sollozaba porque ya no me quedaban fuerzas ni aire para gritar, el hombre tomo una polvorienta caja y un libro de aspecto mohoso y observó algunas paginas con gran atención durante unos segundos.

 

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