Mas valioso que el oro (capitulo segundo) |
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17-06-2003 19:35
Por: Spollo
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El Orgullo de Rotterdam llega a Isla Martinica donde los acontecimientos pondran en peligro las vidas de los cuatro naufragos.
Mas valioso que el oro (capítulo segundo)
“De lo que aconteció a los cuatro en isla Martinica”
Corria el 13 de Mayo del año de nuestro señor 1671, un glorioso dia que recordaré toda la vida. Cuatro años habian pasado ante mis ojos sin ver el rostro de mi amada Anette y, por fín, nos encontrábamos a pocas millas del ansiado reencuentro. Conforme nos acercábamos a tierra firme, la gente se agolpaba en los muelles para ver la majestuosidad del Orgullo en todo su esplendor.
Para hacer más triunfal la llegada, ordené a mis oficiales de artillería que procedieran con veintinueve salvas por banda, una por cada miembro de mi tripulación perecido en el glorioso ombate y otra por cada uno de los heroes que habiamos encontrado en nuestro viaje.Las salvas de cañonzos fueron respondidas desde la costa con otras que procedian de la unidad de mosqueteros de la guardia de la familia De Parnand, la familia de Anette y toda la gente de a bordo estalló en gritos de jubilo y canciones. Poco antes de desembarcar, y como muestra de gratitud, invité personalmente a la boda a los cuatro naufragos y les ofrecí refugiarse en nuestra mansión hasta que pudiesen rehacer su vida. Quizá este gesto salvó la mia una vez más.
Toda la tripulación se calzó sus mejores galas antes de salir del Orgullo y se preparó para darse un verdadero baño de masas pues, en los muelles, la gente comenzó a rodearnos y como si de heroes locales se tratasen Louis, Norberto, Wankka y el mudo fueron levantados en volandas y lanzados una y otra vez hacia el cielo. Segundos después se hizo un gran silencio, la gente empezó a apartarse mientras ruido de tambores se oían en la cercanía. Mi corazón comenzó a latir muy deprisa, mi respiración se bloqueaba y me sentí ofuscado, quizá por que ya era sabedor de lo que iba a pasar a continuación. Tras el abanico de gente que se iba apartando fue apareciendo un carruaje blanco adornado en marfil y maderas nobles tirado por cuatro caballos de porte español precedido por la unidad de mosqueteros que dio las salvas desde tierra, me quedé paralizado ante tan grandioso espectáculo.
Saltándose todo en protocolo que dicta la ocasión, Anette, bajó del carruaje en marcha y casi a empujones con los guardias se abalanzó a mis brazos y nos fundimos en un largo beso. Realmente era una bella mujer y tras esos cuatro años sin verla me lo pareció aún más. Su larga cabellera negra y rizada brillaba como el azabache y su tez seguia blanca como la arena a pesar del sol caribeño. Miré a sus risueños ojos que eran de un gris azulado y vi como lagrimas de felicidad brotaban de ellos, mis ojos no aguantaron mucho mas sin romper a llorar.
Tras el reencuentro llegaron las presentaciones y tras las presentaciones, el banquete de bienvenida.
Los cuatro invitados de honor recuperaron con esa comida todo el peso que habian perdido vagando sin rumbo en el oceano. Parecian titanes comiendo pues, cada uno de ellos, dio buena cuenta de la ración de cuatro hombres comilones. Incluso Lorient, que tenia unos modales exquisitos en la mesa, comió tanto como los otros tres pero sin mancharse ni un pelo de la camisa.
Pasaron todos la primera noche en la habitación de invitados de la mansión De Parnand y tras esa noche empezarían los preparativos de mi boda para la cual quedaban ya solo dos días más.
Los invitados comenzaron a llegar en vistosos barcos con el primer rayo de luz y entre ellos se encontraba alguien que merece la horca más que ningún otro pero de esto me enteraría demasiado tarde. A bordo del Sea Crushader, mi antiguo segundo de abordo, ahora capitán de un bergantín repleto de filibusteros sin escrúpulos.
Ese día los cuatro naufragos salieron a conocer la isla y de ellos no supe más hasta el día de la boda.
Lorient me contaría lo sucedido con ellos unas horas antes de dirigirme a la capilla, sus palabras fueron estas:
Nos encontrábamos mis compañeros y yo comprando viandas y ropas para la boda cuando un mozalbete de la zona me entregó una carta en nombre de un viejo amigo. La carta estaba sellada y lacrada con el blasón de una familia que, aunque me resultaba muy familiar, no pude reconocer plenamente. En la carta estaba escrito lo siguiente:
“ Jolgorio y alegría llenaron mi ser cuando tuve noticias de tu llegada viejo amigo.
Puede que el destino nos separase pero por fin llego a mis oídos algo acerca de un
Louis de Holanda, mi tierra natal, quizá no me recuerdes pues yo trabaje para tu padre
gran señor donde los hubiese. Todavía no salgo de mi asombro ante lo sucedido pues soy incapaz de creer que el capitán Louis fuese un filibustero como todo el mundo creyó en su momento por eso huí también antes de ser condenado a galeras o lo que es peor, la horca. Te pido disculpas por la forma de contactar contigo pero los males de la edad me ha postrado en silla y tengo que valerme de mis subordinados como contacto con el exterior. Hoy he organizado una comida en tu honor y me gustaría que acudieses y así recordar al capitán y honrar a la antigua tripulación que hizo grande a tu padre y su flota de barcos mercantes.
Si decides venir dirígete a la mansión Pederssen situada al Noroeste de la ciudad, en las afueras.
Tus amigos tambien estan invitados.
Espero que no te causen molestia los deseos de un pobre viejo.
Tras esas palabras se estampaba la firma de Johan Van Pederssen, un viejo marino que trabajó con mi padre antes de que esa rata de Jean Pierre le hiciera caer en la trampa que lo condenó a la horca. Este acto vil le sirvió para evitar mi boda concertada, pues ansiaba las riquezas de mi prometida sabiéndose que tenía las de perder y de este modo perdí mi nobleza, mi familia, mi hogar, mi posición y mi credibilidad y me vi obligado a probar suerte en las americas. Si tan solo pudiera demostrar que esa rata es el culpable de todo!, pero ese es otro tema, a lo que iba.
La carta de Von Pederssen me trajo una inmensa alegría y de buena gana acudímos a la cita, hacía largos años que no tenia noticias de ningún marino de mi padre creia recordar que todos habian sido ahorcados, al parecer este escapó de Holanda antes de ser ejecutado. Nos dirijimos hacia la dirección expuesta en la carta y pronto encontramos la mansión.
Se erigía a pocos metros de un acantilado por el que se veian acercarse los barcos a puerto, era un espectáculo digno de reyes observar como las olas rompian formando grandes cantidades de espuma.
Guardando la puerta de la mansión se hallaban dos alabarderos cruzando las armas justo por encima del umbral los cuales al acercarnos nos preguntaron por nuestros motivos.
-Soy Lorient Louis, de los Louis de Holanda. Les dije.-Venimos porque el señor Pederssen así lo desea. Acto seguido les mostré la carta y uno de ellos nos condujo por los lujosos pasillos de madera y baldosas, todos ellos con tapices de más de un siglo de antigüedad, hasta el salón donde nos encontraríamos con nuestro anfitrion. El guardia se retiró y yo golpeé tres veces la puerta y pasé.
Entramos en el gran salón y alli a lo lejos una figura permanecía de espaldas a nosotros mientras acariciaba a un gato.
-Pasad,pasad. Dijo el hombe.-Pasad y tomad asiento. Segundos después de estas palabras una veintena de mosqueteros irrumpieron en la sala apuntándonos con sus armas. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando al darse la vuelta el hombre de la silla aparecio ante mis ojos la sonrisa malévola de Jean Pierre Le’Gagnian. Obligados por los hombres del odioso francés arrojamos las armas al suelo.-Bon Jour señor Lorient. Dijo ahora mostrando su verdadero acento.-¡Cuanto tiempo sin verle!, quizá demasiado. ¿Acaso le vas a negar el saludo a tu viejo amigo Jean Pierre?. Tras esas palabras la unica respuesta que salió de mi boca fue un salivazo que le alcanzó en plena mejilla.
Dos de los guardias me agarraron y otro de ellos me golpeó con la culata del mosquete en la cara derribandome por completo.
-¡Sacre Bleau!, hasta las ratas vienen a molestarme cuando estoy de vacaciones, encerradlos, y encargaos de que mañana salgan en el primer barco que se dirija a europa donde serán juzgados y condenados a morir en la horca.¡Hasta que nos veamos en el infierno señor Louis! ¿o debo decir, sucio pirata?.Tras estas palabras soltó una enfermiza carcajada y desapareció por la puerta principal. A nosotros se nos encerró en los calabozos de la mansión, en unas lugubres celdas separados unos de otros. Para colmo comenzó a llover con fuerza y el agua se colaba por los barrotes de los ventanales que daban a la calle a la altura de la calzada.
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