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Última parte del preludio de un vástago recién abrazado, donde comienza a verse su sendero en el mundo. Destinado a cerrar los tres capítulos pero no la vida de este vampiro. La primera parte es “Lo Primero” (publicado en la sección “Batallitas”) ;la segunda parte es “Aprendizaje” (publicado en la sección “Relatos”) y esta última tiene cómo título original “El Sendero” pero he preferido limitarme al primer título para ver si así los publican juntos. A disfrutarlo.
A la noche siguiente me desperté r
ecuperado, pero con mi voluntad apática. Como siempre, me desenterré antes que Kievler. Y note que había un olor extraño en el aire. Nos habíamos alejado tanto del corazón del bosque que estábamos cerca de la granja más cercana al linde.
Con las décadas, el granjero se había convertido en un anciano que se aproximaba a la muerte, aunque gozaba de buena salud, su mujer también estaba teniendo una senectud muy agradable, y su hija tenía una pequeña casa junto a la de sus padres, donde vivía con su marido y una hija de temprana edad.
El olor era madera y paja quemada, una gran hoguera sin duda. Estaba advertido de los peligros del fuego y el miedo que provocaba, pero no dude en al menos saber si los granjeros estaban en peligro.
Cuando llegue al linde del bosque contemplé la escena horrorizado. La pequeña casa de la hija estaba en llamas y ardía vivazmente, en pocos segundos se consumiría completamente. Y de repente los vi. El esposo de la hija del granjero yacía en el suelo en un charco de oscura sangre. El viejo granjero y su anciana esposa estaban abrazados temblando mientras retenían a su pequeña nieta que lloraba profusamente. El grajero tenía algo apoyado en su pierna, quizás un arma, pero no podía verlo con claridad de donde estaba. Tres soldados les acosaban con sus espadas desenvainadas. Les miraban con ojos maliciosos mientras un cuarto ataba a la hija del granjero a su caballo. Sin siquiera pensarlo salí de la espesura enarbolando mi espada y concentrando mi sangre para el combate. Con el asombro plasmado en sus rostros dejaron de apuntar con sus armas a los campesinos y dirigieron su atención hacía mí. Los tres al unísono, con una destreza nacida del entrenamiento militar empezaron a cortar el aire con sus aceros en arcos oblicuos para desgarrarme en pedazos lo más rápido posible. Pero yo sabía la teoría y la puse en práctica. Mi espada empezó a danzar acorde con todos los movimientos de mis enemigos.
Gracias a mi destreza sobrehumana y mi gran habilidad con la espada no consiguieron hendir sobre mi carne ni un solo tajo, aunque me tenían totalmente absorto en parar y esquivar sus ataques. Aunque sabían manejar una espada, uno a uno no hubieran sido rival para mis habilidades, e incluso a los tres les estaba costando ver algún flanco para derrotarme. Pensé que podría mantenerlos a raya hasta que se fatigarán, algo que comenzaba a ocurrir, pero entonces uno de ellos lanzó una estocada que laceró mi brazo izquierdo. Esta herida comenzó a dificultar mi equilibrio y mi espada empezó a resentirse, aunque el baile de aceros no paraba de entrechocar una y otra vez y no parecían haber ganado mucha ventaja con mi herida. Un golpe de razón me entro al sentir un flecha silbar en el aire. Kievler me había entrenado bien para identificar el mundo exterior. Pero la flecha no estaba destinada a mí, tal y como pensé, sino al granjero que había intentado disparar con el arco que tenía. El golpe de razón hizo su efecto y recordé con total claridad la charla de la última noche con Kievler. Sin dudar lance un feroz ataque hacia la pierna del soldado que estaba en el flanco izquierdo, la espada le atravesó sin dificultad y este soltó el arma entre estertores de sufrimiento.
Sin preámbulos sus compañeros me atacaron con un arco descendente en diagonal de derecha a izquierda mientras el otro intentaba atravesarme el corazón. Mi espada salió despedida de la pierna del herido para elevarse en un arco contrario al de mi atacante. El choque hizo que mi fuerza excepcional le lanzará hacía detrás, cayendo sobre sus nalgas. Apenas quedaba tiempo y la espada ya estaba sobre mi pecho. Con un giro desesperado conseguí ponerme de lado mientras la espada cruzaba el sitio donde acababa de estar mi corazón. Aunque la maniobra fue buena, el soldado fue astuto y giro la espada sobre sí misma, rasgándome el pecho. Pero mi constitución sobrenatural absorbió la mayor parte del daño dejando una pequeña magulladura para guardar las apariencias, tal y cómo me indico Kievler. Sin darle tiempo de saber como de grave era mi herida mi espada trazo un arco en movimiento de traslación que hirió al atacante dejándole fuera del combate. Y sin perder ni un segundo, una patada salió disparada a la cara del soldado que apenas estaba protegida por el casco que le cubría la cabeza. Este aún en el suelo no pudo hacer nada para esquivarla y cayo de bruces con la mirada pérdida. No me paré a pensarlo pero me imaginaba lo que podía significar; las palabras de un pequeño mal para ayudar a los inocentes retumbaban en mi cabeza.
Cuando volví a divisar la situación el soldado a caballo había montado he iba a disparar sobre el granjero, que había dejado a su mujer en el suelo con la primera flecha depositada en el brazo. El soldado estaba a punto de disparar y el granjero ni siquiera había cargado el arco. Sólo podía salvarle que fallará o… Antes de ser consciente mi sangre se había transformado en ese temible poder que me hacía ir más rápido que los demás entes. Temía que descubrieran que no era cómo ellos, pero eso no valía una vida. Vi cómo tensaba la cuerda y la soltaba. Y, con una suerte inexplicable, vi también como giraba su cuello sin esperar siquiera si el proyectil llegaba a su blanco. En ese momento, por el rabillo del ojo divisé que el anciano granjero y su nieta se tapaban la cara y se encogían como acto reflejo de protección. Aprovechando la milagrosa cobertura, no dude en interponerme entre el proyectil y su origen.
El golpe perforo el estomago sin dificultad pero mis poderes hicieron de las suyas. Antes de levantarme volví a minimizar los daños para no levantar las sospechas de los granjeros de cómo es que estaba vivo. Para mi sorpresa el anciano había disparado después del soldado y le había alcanzado en toda la espalda. Pero este se desplomo sobre el cuerpo amordazado de la hija del granjero y no cayo del caballo, por lo que el caballo siguió trotando. Sin pensarlo busque con la mirada algo que me pudiera servir, y entonces lo vi. Había un cuervo posado sobre el poste de una valla de la granja que cruzó su mirada conmigo. Ese instante fue suficiente para que extendiera mi poder y capturará su espíritu. Las órdenes fueron: “sigue a la chica hasta su destino y espérame allí, si no llegó antes de que acabe la noche vuelve a buscarme rehaciendo el camino mañana noche”, el cuervo salió volando, pero no había manera de saber si obedecería, y si lo hacía, con cuanta exactitud.
Me daban por muerto y estaban atendiendo al joven esposo de la hija y a la anciana esposa del granjero. Cuando me incorporé un poco el granjero se acerco presuroso a mí y examino la herida.
-Gracias al cielo que solo te ha rasgado la carne… desde luego hijo has tenido una suerte Providencial –dijo con un tono serio y se volvió hacia el cuerpo de su yerno- échame una mano por favor… Me has salvado la vida y ni siquiera se tu nombre... sé que eres un vagabundo… de eso no hay duda… y también que lo has pasado mal… tan sólo hay que ver tu aspecto.
Estaba impresionado y emocionado, y ni siquiera la vieja ropa ajada y ensangrentada, tanto de sangre seca como fresca, que llevaba enturbió mi buen ánimo.
-Me llamo Jim –un nombre común que me había dicho Kievler- Jim de Millstone, aunque me fui de allí cuando era muy joven y es posible que no me recuerden, porque era vigilante de caravanas y…
-¡Vale!... –me cortó- lo siento pero mi mujer está herida y es ya muy mayor, además mi yerno esta herido en el abdomen, puede ser grave.
Pensé que mi excusa había funcionado muy bien, pero que quizás la próxima vez sería mejor limitarse a responder concisamente a lo que te preguntan.
-No te preocupes, también trabajé cómo explorador, traeré hierbas que podrán ayudarles- exclame marchándome hacia el bosque.
Sin dilación empecé a recolectar hierbas del suelo lo más rápido posible. Cuando tuve las que necesite volví a la granja y vi que se habían instalado dentro de la casa del granjero. Entre y comencé a preparar cataplasmas y ungüentos para taponar las heridas y que cicatricen sin que se extiendan a lo largo del cuerpo, lo que es una muerte segura. No aprendí nada inútil con Kievler, de eso estaré seguro hasta el final de mis días.
Cuando empecé a extender los empastes por las heridas de los familiares del granjero me acordé de los soldados que había dejado derrotados fuera. Nadie merecía morir, pero no había tenido más remedio.
Mis pensamientos se fueron volviendo más entusiastas cuando vi que tanto la mujer del grajero como el yerno empezaban a respirar de manera regular, aunque el yerno con más dificultades. Le dije al granjero que cuando despertarán les cambiará los cataplasmas y les alimentará con comida suculenta: carne o pan.
Cuando pregunte cual era la causa de este ataque el semblante del anciano se demudo en una máscara de desesperación y tristeza. Me contó que eran los guardias del priorato de la región que tenían órdenes de matarlos y capturar a la hija del granjero de quien estaba prendado el gordo sinvergüenza del prior. El pretexto era que no habían pagado su diezmo a la Iglesia, algo que el granjero aseguraba que era falso. Y no dudé en creerle, sobretodo después de a ver visto las intenciones de los soldados.
-¿sabes dónde está el priorato?-le pregunté.
-A medio día de aquí a paso de carreta. Por lo que nos queda un día de vida. –dijo tácitamente.
-¿en que dirección? –volví a preguntar.
-Hacía las montañas, al pie de la ladera… -estaba taciturno.
-No te preocupes. Yo me encargaré de traerte a tu hija y hablaré con el prior para que no te haga daño.
Ante el estupefacto granjero me incorporé para marcharme. Cuando me detuvo.
-Cómo señal de agradecimiento ponte al menos esas ropas de mi yerno. Te vendrán pequeñas pero siempre será mejor que lo que llevas puesto. –dijo con un timbre de abatimiento, cómo si no le sorprendiera nada de lo que pudiera decir o hacer. Sumiso acepte y me marche en dirección a la indicada. Me movía por el bosque pues me sentía más protegido que en la estepa. Veía perfectamente gracias al don de ver en la oscuridad que me enseño mi mentor, y la maleza no era problema para alguien tan habituado cómo yo.
Entonces oí unos gritos de esfuerzo. Me dirigí hacía allí evitando cualquier señal que pudiera delatarme y vi un carro embarrado empujado por varios hombres vestidos con túnicas. Gritaban y hacían esfuerzos pero la mula que llevaban no les ayudaba lo más mínimo. Salí saludándoles desde buena distancia para que no me temieran y me acerque a ellos con las manos levantadas en señal de paz. Una vez me examinaron bien me saludaron y me dijeron que eran hombres de Dios y que no tenían cosas de valor.
- Pero… ¿necesitáis ayuda? –pregunte tratando de usar el tono más simpático que pudiera.
- Cualquier brazo es bienvenido –me respondió uno con la barba respingona de color blanco y exiguo cabello del mismo color en la cabeza con forma de corona.
- Primero mirare vuestro animal de carga, no vaya a ser que esté herido –dije dirigiéndome hacía la parte delantera de la carreta.
Le examine detenidamente. Cuando nuestros ojos se encontraron use mi disciplina para ver más allá de su parte física. En pocos segundos, para no levantar sospechas, rompí el contacto sin tener la seguridad de que ayudaría pero sabiendo que estaba hambriento.
- ¿Cómo es que el animal está tan escuálido? –pregunte.
- Es debido a la escasez de comida que sufrimos en el priorato…
- ¿Acaso no os pagan sus diezmos los granjeros que pertenecen a la diócesis?
- No está bien que hable mal de nadie… pero soy el subprior y esto es inaguantable, así que no contendré mi lengua ante la desalmada situación del priorato…
Me contó que el Prior era el tercer hijo de un noble y que este hijo quería competir y ser tan petulante cómo sus dos hermanos mayores. Por lo que había convertido el priorato en una pequeña fortaleza que tenía incluso guardia y todo tipo de lujos, pagada con los diezmos que los granjeros entregaban para la subsistencia de los monjes y la Iglesia donde cumplían el precepto dominical. El priorato de esta región era demasiado pequeño para permitir esta mala gestión y estaba cayendo en una decadencia y corrupción impermisibles. El subprior James, tal era el nombre del venerable hombre, y los monjes en contra del Prior no tenían suficiente poder para quitar al incompetente del prior debido a que su familia era noble. Por lo que habían optado a ayudar a los granjeros a su manera. Cultivando tierras y animales en parte de las tierras que tenían arrendadas y así poder sobrevivir, pero no eran hábiles en el manejo de la tierra debido a que siempre les había sobrado con lo que pagaban los granjeros, por su forma austera de vivir. Hasta la llegada del “pomposo y arrogante prior”.
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