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Un moco sanguinolento brotó de su pelo, tratando de alcanzar un trozo de plomo que había pasado por allí hacía un instante. La pulpa rojiza terminó como una babosa que recorría los azulejos para alcanzar el suelo, mientras la bola metálica tatuaba la porcelana con relámpagos negros.
J caminaba entre la muchedumbre, fijándose fugazmente en todas cuantas caras podía. La riada por la que avanzaba estaba lleno de anónimos seres de los que brotaba un murmullo sin sentido; sin embargo, J se esforzaba por comprender algunas frases sueltas que bullían a su lado, regodeándose en los sinsentidos resultantes de la experimentación.
La mayoría de las conversaciones eran banales, y J dudaba de pertenecer a la misma especie que aquellos insignificantes entes que se hacían llamar 'humanos'. Con una mueca entre el asco, la desesperación y la pura carcajada, intentaba nadar río arriba hasta alcanzar el refugio de su hogar.
--El otro día intentó ligar conmigo, el muy...
--Tienes que vender, y cuanto antes. Es un riesgo...
--...pagos atrasados? Qué hijo de puta! Déja esa...
--Eso es imposible. El veneno lo habría...
--...
Los ecos de las voces resonaban en su cabeza, como tratando de recomponerse en una conversación inteligible antes de verterse por el sumidero del olvido. Casi todo acabaría formando parte del /dev/null de su corteza cerebral, sin que pareciese importarle. Al fin y al cabo, no eran más importantes que un crucigrama, un pasatiempo ridículo con el que amedrentar el aburrido tedio de su repugnante rutina. Y, con todo, estaba desesperado.
Cuando cerró el portal de su edificio, el silencio se volvió casi doloroso. Las voces se extinguían como vapor de agua caliente, para pasar a formar parte de una tranquilidad casi opresiva. El toc-toc de los zapatos era la única conversación que acompañó a J hasta su vivienda, en el piso 14, con vistas a una pared de ladrillo y sin aire acondicionado.
Entró en su apartamento, esperando que pasase algo fuera de lo normal, aunque sabía que la historia se terminaría repitiendo. Se desplomó ruidosamente en el sofá, sacándose los zapatos de dos patadas, y encendió la televisión repantigándose, como era su costumbre. Sin embargo, J nunca miraba la pantalla; sus ojos se fijaban en el teléfono, saltando hacia el notificador de correo electrónico, y de éste al auricular del portero automático. Repetía el ciclo una y otra vez, y cualquiera que lo viese estaría convencido de que esperaba visita. Él sabía que ninguno de los tres cambiaría su estado en mucho tiempo.
La voz de la presentadora inundaba la sala, interrumpida por los patéticos aplausos obligados de un público que apenas se enteraba de lo que estaba ocurriendo en el plató; y a J le parecía felices. Por qué no se unía a la masa y se dejaba llevar por la vacuidad? Por qué su mente se negaba a integrarse en la ignorancia y le forzaba a permanecer en un mundo paralelo supuestamente mejor?
Los minutos caían como gotas de deshielo, demasiado lentos como para no dudar del funcionamiento del reloj. La presentadora seguía luciendo las tetas mientras interrogaba a penosos monstruos que se arrastraban sin pudor por los sofás del escenario. Cada vez había más... 'Es que no se acaban nunca?', pensó J, 'Son como una plaga'. La vista se le desvió desde el teléfono al mando a distancia, pero al momento se arrepintió, consciente de que ningún canal sería muy diferente al actual.
Lentamente, J se levantó del sofá y se puso a caminar hacia la nevera. Tras su puerta dormía un trozo de melón de color dudoso y un yogur natural. En el congelador, una capa de tres centímetros de nieve con sabor a hierro oxidado. Cogió el melón y lo tiró a la basura. Comenzó a explorar las alacenas, poco convencido de lo que se podría encontrar; finalmente se conformó con un trozo de pan. Royéndolo con desgana se encaminó al baño.
J se refrescó la cara en el lavabo, y al levantar la cabeza se encontró con un ser que le miraba fijamente desde el armario. Tenía el pelo negro y desordenado, goteando agua sobre su cara ya mojada y pálida. Sus ojos estaban enmarcados en unas terribles ojeras violáceas, que remarcaban su rostro enjuto. La boca se esforzaba en absorber agua que resbalaba desde arriba, sorbiendo ruidosamente. J y aquella imagen se observaron durante una eternidad.
Abrió la portezuela, y allí estaba el .38 que le tentaba todos los días desde que se había instalado en aquel cuchitril. Como siempre, lo cogió entre sus dedos, acariciándo el acero como si fuese terciopelo. Como siempre, se sentó en la tapa del retrete, mientras seguía palpando cada arista del arma; dio un golpe seco al tambor, que rotó durante un par de segundos. Como siempre, se apoyó la boca del cañón en el paladar, permaneciendo un buen rato en esa incómoda posición. El índice se balanceaba nervioso en la guarda del gatillo, haciendo que el martillo crujiese amenazador debajo de su pulgar.
Y sin embargo, ese día paso algo nuevo.
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