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Las Cuatro Historias: Una búsqueda (XVII)


Relatos de Fantasía

20-07-2003 11:31
Por: Valente

Ana y Pedro consiguieron escapar de La Roca Madre y ante ellos se presentaba un futuro incierto. El resto de sus amigos, atrapados por los sílices tendrán un encuentro muy especial.

XXII

las cuatro historias: una búsqueda (xvii)
Pasaron dos días sin incidentes en el interior del carro, que había seguido su lento pero constante camino hacia aquel enigmático lugar llamado “El Nexo”. Durante este tiempo los presos habían cruzados escasas palabras con sus secuestradores, pero habían aprendido bastante de sus costumbres y jerarquía y descubierto sus nombres. Durante todo este tiempo habían intentado descubrir una manera de escapar, pero la celda era tremendamente resistente y estaba magníficamente preparada para evitar cualquier intento de fuga, pues se había forjado en una sola pieza, con lo cual no existían puntos más débiles en su estructura.

El monótono ruido de las ruedas se había convertido en las últimas horas en el único sonido en el interior de la celda. Los compañeros seguían atentamente con la mirada el perfil de lo que habían creído distinguir como un bosque días atrás y no pudieron librarse del estupor que les generaba aquella asombrosa imagen. El supuesto grupo de árboles no era más que una increíble congregación de rocas de un profundo color verde oscuro alineadas caóticamente, de manera que, desde la distancia, daba la impresión de tratarse de una gran arboleda. Sin embargo, ahora que se hallaban a escasa distancia de la pequeña caravana, su espigada forma producto de la erosión supuso un duro golpe para los amigos, que tenían esperanza de encontrar el menor signo de vida en aquel oscuro y triste lugar.

Vieron pasar las verdes rocas, que de cerca parecían estatuas sin acabar de cincelar, en completo silencio. Álvaro trató de entender, apoyada su espalda en un lado de la jaula, la angustia que oprimía su estómago en aquel momento. Parecía como si la forma de aquellas rocas hubiera sido provocada por una cruel broma del destino, que pretendía mostrar a todo aquel que todavía guardara esperanzas que no había posibilidad de salvación: en aquel mundo sólo había muerte y desolación.

Ellos seguían vivos, sin embargo. Creyeron que la falta de alimentos podría haber acabado con ellos, pero sus captores les proporcionaron un tipo roca blanquecina y blanda y les aseguraron que les mantendría en pie y les proporcionaría todas las sustancias que su cuerpo necesitaba. La primera vez que la probaron les dio la impresión de que masticaban arena húmeda, pero, al menos, como descubrieron después, conseguía su propósito. No habían sentido hambre ni flaqueza en ningún momento y cuando te acostumbrabas a su sabor rancio y aprendías a tragarla apenas sin masticar para que no se disolviera, se transformaba en un mero e incómodo trámite que se debía cumplir para sobrevivir.

Los sílices, como los había bautizado definitivamente Isabel, eran unos silenciosos secuestradores. Hablaban apenas para intercambiar algunas órdenes y consejos y caminaban separados, cuando salían de su pequeño carro cubierto , sin siquiera mirarse ni acercarse. Si no los hubieran visto discutir el primer día hubieran pensado que eran autómatas programados. De todos ellos, los que tenían la piel transparente y no translúcida parecían poseer un mayor rango, pues nunca caminaban ni realizaban labores de vigilancia. También entre estos dos existía una jerarquía, pues el que presentaba reflejos violáceos obedecía las órdenes del que era completamente transparente.

Durante los dos días de viaje habían estado hablando e imaginado sobre el lugar donde les llevaban e incluso habían preguntado a los seres de sílice sobre él, pero no recibieron más que una fría mirada de aquellos ojos que reflejaban con intensidad cualquier luz que incidiera en ellos. Estaba claro que habían sido advertidos y que no cruzarían palabra alguna con ellos. El Nexo, pues, se había convertido en un misterio que sólo el tiempo parecía capaz de aclarar y que sirvió para entretener a los cuatro amigos, que no pararon de elaborar cábalas y teorías sobre lo que podían significar los hechos que estaban viviendo.

A pesar de estar encerrados el trato que habían recibido era bueno y en ningún momento habían sufrido vejación ni insulto alguno salvo en la disputa con el “violáceo”, como habían llamado al primero de sus captores que habían visto. El único problema eran los golpes y contusiones que les incomodaban, sobretodo a Luisa y Javier; además de las extrañas pesadillas que sufría éste último y que, día a día, aumentaban en intensidad, dejando visibles marcas en el joven, tanto físicas como mentales. Sumido en un sopor entre el sueño y la vigilia cada vez que trataba de dormir, el joven apenas estaba completamente lúcido unas pocas horas al día y sus ojos se habían hinchado y ennegrecido con enormes ojeras. Cualesquiera que fueran las imágenes que lo flagelaban noche tras noches iban en aumento, aunque al despertar fuera incapaz de recordarlas más que como marcas grabadas en su subconsciente.

Isabel intentaba aliviar al joven con sus constantes sonrisas y ánimos y, en la mayoría de las ocasiones conseguía arrancarle alguna sonrisa o comentario mordaz que recordaba al Javier de siempre: alegre y bromista. Sin embargo nada podía impedir que el cansancio y la angustia minaran su resistencia y pareciera más consumido por el cansancio. Sus compañeros observaban su evolución, sintiéndose impotentes por no poder hacer nada por ayudarlo.

Luisa se sacudió la ceniza que tiznaba su cabello y se sorprendió al comprobar la pequeña explosión de polvo que provocó. En los primeros momentos en aquel mundo no pasaban dos minutos sin que se llevara la mano a la cabeza para quitarse de encima aquella ceniza, ahora sin embargo, casi se había olvidado de ella. Estaba hablando con Javier sobre uno de sus guardianes, un ser mucho más bajo que sus congéneres y riéndose a gusto de su pequeña estatura como un método para hacer pasar el tiempo. Isabel pronto se había unido a la conversación, dando aquella divertida sensación de que no se enteraba casi de nada de lo que se hablaba. Era complicado entenderse con una persona que se tomaba cualquier conversación de forma literal, sin apreciar los diversos matices que permite el lenguaje.

-Mirad –la voz de Álvaro hizo que sus compañeros cesaran su conversación y levantaran la cabeza, mirando en la dirección que los ojos de su amigo señalaban. Tras haber superado una pequeña elevación, el carro se encaminaba hacia una pequeña congregación de montículos de piedra. Una observación más meticulosa permitió a los amigos descubrir que aquellas elevaciones eran en realidad los habitáculos de unos seres que no tardaron en salir al exterior, alertados por la llegada de la caravana.

-Joder... –musitó Luisa, echándose la mano a la boca y mirando a Javier, que permanecía en silencio, aunque visiblemente agitado- no puede ser cierto.
-¿A qué te refieres? –Álvaro miraba con asombro la figura de los monumentales criaturas que empezaban a congregarse a ya escasos metros de distancia de la caravana. Llevaba suficiente tiempo en aquel recóndito paraje como para esperar cualquier aparición y descubrimiento, aunque fuera tan espectacular como la visión que se desplegaba ante él. Sin embargo, la inquietud de sus amigos le preocupaba y despertaba terribles sospechas. Sus pensamientos se dirigieron a los acontecimientos que habían vivido Javier y Luisa el día que llegaron a aquel lugar y al violento encuentro que le narraron que habían tenido con un monstruo de similares características a los que estaban viendo ahora mismo.
-Está ahí –dijo simplemente Javier, señalando a uno de los enormes brutos reunidos con un movimiento de su cabeza. La caravana se detuvo en ese momento y se adelantaron los dos sílices al mando de la expedición, que habían salido de su carro. Pero ninguno de los capturados prestó atención a las palabras que cruzaron con el que parecía el jefe de aquella aldea. Su atención estaba centrada en otro de los seres de ceniza, cuya envergadura destacaba incluso entre sus iguales. Su terrible rostro estaba desfigurado por una profunda herida, que cruzaba su lado izquierdo, dejándolo tuerto y reduciendo su ojo a una negruzca mancha sanguinolenta. El ojo sano, sin embargo, estaba fijo en Javier y Luisa, que comprendieron nada más ver la rabia, ira y triunfo que destilaba aquella media mirada, que se encontraban en peligro.
-Lo que faltaba. –comentó tranquilamente Javier, suspirando después al hundir los hombros con cansancio- un feo monstruo que me hace guiños…

XXIII

El sol acababa de ocultarse tras el horizonte, pero una violenta explosión tiñó de púrpura la tierra y las diminutas pavesas que llovían del cielo, que parecían lágrimas de sangre. Ana se preguntó si algún ser inmortal lloraba y su llanto caía directamente sobre ellos. La imagen del extraordinario paraje le parecía extrañamente embriagadora, como si aquel lugar formara parte de las entrañas de algo misterioso y antiguo, cuya naturaleza era demasiado compleja para que pudiera entenderla y abarcarla.

 

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