Vincent Garral III: La salida de Paris |
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08-08-2003 01:22
Por: UrULoKi
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La vuelta atrás de la memoria de Vincent sigue avanzando hasta su fatal desenlace. Ahora sabrémos como se reune con sus compañeros de viaje y como se ve inmerso en su fatídica aventura.
La mirada felina de la princesa lo tenía cautivado. Desde que habían descendido de la limusina y fueron acompañados hasta la entrada de la siniestramente bella mansión de la princesa, todo lo había extasiado. Los bellos tapices de las paredes, los largos pasillos llenos de suntuosos muebles, las habitaciones decoradas con todo el poder y el lujo que el dinero puede permitir aunque con el buen gusto propio de un toreador. La mansión donde vivía con su sire le parecía una casucha de campo, en comparación con las bellas estancias que decoraban este palacio. Sin embargo algo no cuadraba en la bella mansión. Demasiados guardias, las armas muy a la vista, algún que otro agujero de bala en los tapices y en definitiva la sensación de que la muerte y la destrucción habían reposado en estos largos pasillos o quizás aún descansaba en una de las habitaciones ocultas. Pero la desconfianza dejó pronto paso al asombro y al éxtasis al contemplar la angelical faz de la señora de la casa. Una piel de color ébano y una figura perfecta eran sólo la antesala de esta extraña cainita. En apariencia, una muchacha de unos 20 años, con una sonrisa tímida y unas formas aún no del todo definidas por la edad, aunque no por ello menos deseables y perfectas. Sin embargo un sólo cruce de miradas con sus ojos negros como la muerte eran suficientes para saber que esta muchacha era mucho más de lo que quería aparentar. La fatalidad del asunto es que también era suficiente para quedar esclavizado a esa mirada de por vida.
Vincent, maestro de la etiqueta y las buenas formas, casi pareció un muchacho torpe y tímido al ser presentado por su sire. Extasiado por la belleza de la princesa y el magnetismo que desprendía apenas había espacio en su mente para cualquier otro pensamiento o raciocinio. Sólo la fría mano de Geraldine sobre su brazo fue capaz de hacerle volver a la realidad y hacer una reverencia cortés con, ¿cómo no?, una sonrisa en los labios.
La blanca hilera de dientes blancos como el mármol y una cuidada sonrisa a medias fue la respuesta de la princesa. Para Vincent la mayor de las recompensas. Entonces sus labios hicieron fluir su melodiosa voz por primera vez, haciendo que Vincent tomara conciencia de que no estaban solos en la habitación. Una muchacha de ojos verdes los miraba con fiereza. Su figura, envuelta en un mar de cabellos castaños, denostaba la fragilidad de una juventud interrumpida y a la vez la dura rabia propia de los inmortales. A su lado un espécimen aún más curioso. Un muchacho aún más joven, no pasaría de la quincena si es que había llegado a ella. El aspecto descuidado y pobre propio de aquellos niños que debieron aprender demasiado pronto leyes de adultos. Una mirada cenicienta, intentando mostrar una dureza que no poseía y que respondía a la mirada curiosa de Vincent y Geraldine con una mezcla de curiosidad y temor. Vincent le dedicó una sonrisa pícara que hizo al pequeño apretujarse contra la muchacha, como si ésta fuera capaz de ofrecerle protección frente a los dos inmortales, que por otra parte, ninguna mala intención tenían para con él.
La voz de la princesa siguió con su cantarina melodía:
-He aquí a vuestra deliciosa compañía. Justine Saint-Claire y Logan Dexter son sus nombres. Cainita y mortal, juntos por un curioso revés del destino. No seáis tímidos muchachos, nada habéis de temer de la señorita Dumont y su amable acompañante. Todos sois hoy invitados en mi mansión y nada malo habrá de pasaros si yo no lo quiero así.
Mientras Geraldine se apresuraba a responder cortésmente yo miraba ahora con algo de desprecio al muchacho y, quizás sí, con algo de envidia por la vida que el poseía, y yo ya no tenía. La cainita no llamaba demasiado mi atención, a pesar de ese aire salvaje y fiero parecía una pobre muchacha de pueblo al lado de las dos maestras de la seducción que tenía a mi lado. Pronto volví a contemplar extasiado a la princesa mientras nos relataba los pormenores de la misión que nos iba a encomendar.
Un asunto siniestro, lleno de falsas relaciones y de promesas incumplidas. Con zonas oscuras y otras aun más siniestras que uno no deseaba siquiera contemplar. Muy a gusto de los antiguos, aunque a Vincent le helaba la sangre el asunto. Se preguntaba como reaccionaría el pobre muchacho ante la revelación del mundo siniestro de los inmortales y el por qué de su presencia junto a ellos. La princesa volvió la conservación hacia la muchacha y sobre su pasado. Una caza de sangre incumplida pendía sobre su cabeza y sin embargo seguía allí, con la cabeza sobre los hombros. Por supuesto la princesa había decidido usar esto a su favor y la muchacha era ahora un mero peón bajo sus designios. Sin embargo a pesar de lo grave de su situación algo en la naturaleza de la ya citada Justine, quizás la estupidez de los necios o la inconsciencia de los ignorantes aún se resistía a obedecer ciegamente a la princesa. No pude menos que asombrarme de oírla alzarse desafiante ante toda una señora de los cainitas y reclamar su libertad.
La miré con tristeza pensando en la horrible muerte que le esperaba por desafiar a la princesa pero ella supo reaccionar con todo el estilo y el buen gusto propio de los Toreador y sólo reaccionó con una sonrisa complaciente. La princesa reveló otra esquina oscura de su relato y le confió, como quien revela una broma graciosa, que el muchacho había sido inoculado por un potente virus y que si ambos no la obedecían nunca tendrían el remedio para dicho virus. Un número fatídico salió de los labios de la princesa, 30, pues eran los días de vida que le quedaban al pobre muchacho. Geraldine y yo no pudimos más que sonreír gustosos ante la pequeña broma de la princesa, incluso habría aplaudido de no ser tachado de grosero si me hubiera atrevido a ello. Cualquier otro clan habría recurrido a la violencia o a la extorsión por medios menos refinados, pero ésta era la gloria de nuestro clan y durante unos instantes sí que me gustó ser un vampiro.
Pero entonces llegó la parte menos agradable de la velada. La cúpula del clan deseaba probar mi valía en un terreno muy alejado de los salones de literatura de Paris, yo sería el designado del clan para encaminar a estos dos inconscientes en la oscura misión que se nos presentaba. Mientras respondía cortésmente emocionado porque se me concediera tal honor no pude menos que turbarme al pensar en el destino que me esperaba. La misión parecía a las claras un suicidio, que mandaran a dos locos bien poco me importaba, pero embarcarme yo en ella era como ver la cara de la muerte. Geraldine también lo sentía así y a pesar de la aparente felicidad en su cara, la fría mano que me apretaba el brazo era quizás demasiado reveladora.
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