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Las Cuatro Historias: Una Búsqueda (XXIII)


Relatos de Fantasía

12-12-2003 21:09
Por: Valente

Increíble... Estamos llegando al final de esta historia ¿Quién lo iba a decir? Tras esta parte vendrá la conclusión, con su debido climax y con el inicio de una nueva aventura ("Un viaje").

Siendo esta entrega algo más larga de lo habitual, la siguiente será casi el doble de extensa que esta. Creo que hay que concluir bien y no quiero separar el epílogo en dos trozos. Espero que a todos os guste esta pequeña historia, que prepara a los personajes para el climax final.

Un saludo.

XXXIII

La ciudad se extendía ante ellos como un hermoso bosque de cristal. Recorrían una gran avenida ante la atenta mirada de muchos sílices, que se habían congregado para observar el lento paso de la comitiva. Los seres de cuarzo formaban una muchedumbre multicolor que asombraba por su diversidad. Había sílices altos, bajos, delgados y gruesos y su piel cristalina y translúcida estaba moteada de una gran gama de colores. La mayoría eran sílices translúcidos, sin veta de color alguna, aunque había una gran cantidad de seres rojizos, verdosos, azulados y, en mucha menor cuantía, dorados y completamente transparentes.

Los altos edificios de la ciudad eran grandes formaciones geométricas de cristal, completamente horadadas para transformarlas en habitáculos. Las más altas debían alcanzar unos cuarenta espigados metros de altura y estaban flanqueadas por varias más pequeñas. Parecían estar agrupadas en barrios por colores y las más altas y hermosas de ellas, eran, en su inmensa mayoría, transparentes o doradas, como si aquellas tonalidades también distinguieran entre distintos tipos de edificios.

La caravana llegó hasta una impresionante pirámide de cristal dorado, cuyo uno de sus lados lindaba con la gran grieta por la que se desbordaba la Marea de Almas, que desde aquella corta distancia, se mostraba como una gelatinosa masa gris cayendo desde el cielo, arrastrando con ella un profundo rumor de voces, gritos, risas y llantos. Aquella terrorífica melodía retumbaba en las mentes de los cuatro amigos, que no pudieron despegar su vista del camino de la inerte masa hasta que esta desaparecía precipicio abajo.

Un grupo de nuevos sílices se encargaron de abrir la puerta de la celda y, tras parlamentar brevemente con el sílice violáceo, los sacaron uno a uno, encadenándolos mediante unas extrañas argollas de un material flexible pero resistente, completamente gélido al contacto. Cuando por fin pudieron salir de la celda y andar, los cuatro amigos sintieron como les temblaban las piernas. Habían pasado demasiado tiempo encerrados y ahora les pesaba la inactividad. Durante los primeros pasos les tuvieron que sujetar las delgadas y estiradas manos de los sílices y prácticamente les arrastraron hasta el interior de la gran pirámide. El rumor de la voces del gentío que se había reunido para observarlos se apagó nada más traspasaron el umbral y, tras recorrer un largo pasillo, entraron en una gran sala circular abovedada, que debía ocupar el centro de la base del edificio. La estancia era enorme, hasta el punto de llegar a medir más de 40 metros de diámetro y estaba completamente construida en mármol blanco y rojo. Las paredes eran completamente lisas y resplandecientes bajo la luz de los diversos hachones, teas, y antorchas que se distribuían por la sala.

Sin embargo, los recién llegados sólo mostraron verdadero asombro cuando alzaron la mirada para contemplar la gran bóveda que formaba el techo. Compuesta por cientos de miles de pequeños trozos de cuarzo multicolor, la bóveda mostraba un bello y sobrecogedor mosaico, que cortó la respiración de los cuatro amigos. En el centro de la circunferencia, se dibujaba con miles de pequeñas perlas una gran torre, que colgaba de una de las paredes de un oscuro abismo. La punta de la torre se perdía en las brumas de una gran cascada que caía del cielo que, sin duda, era la Marea de Almas cayendo hacia la eterna negrura.
Junto a la torre, pendían una gran cantidad de altas estructuras cristalinas, únicamente sujetas con recios soportes clavados en la rocosa pared del cañón, formando una asombrosa ciudad colgante, que mantenía su osado equilibrio sobre la oscura sima para rozar con sus edificios más tendidos la gris cascada. Situada en tierra firme, bordeando el acantilado, se extendía por la llanura otra parte de la ciudad, en la que destacaba una gran Pirámide de cristal dorado, con uno de los lados de su base limitando el final de la tierra y el comienzo de la gran caída hacia la nada. El mosaico, pues, no era más que un gran y artístico bosquejo de El Nexo, que sólo mostraba a aquellos que lo vieran desde el exterior la mitad de su geométrica magnificencia.
Los sílices permitieron que observaran tranquilamente la bóveda, pues los situaron justo en el centro de la estancia y allí los hicieron esperar, sin que nadie dijera nada ni se moviera, con sus captores apuntando a sus estómagos con lanzas de piedra y una mirada fría que parecía indicar que no tendrían problema en hundirla en su carne si se presentaba la ocasión.

Álvaro removía inquieto las muñecas, tratando de evitar la incomodidad de los grilletes. Había mirado unos instantes la bóveda y tras comprender que se trataba de un plano de la ciudad había descubierto, en la milimétrica minuciosidad del mosaico, que las dos ciudades, la colgante y la que se extendía sobre la llanura, se comunicaban por unas grandes pasarelas, sujetas por grandes arcos de piedra y que descendían con suavidad hacia los diferentes edificios suspendidos en la parte superior del precipicio. Del edificio de mayor altura, cuya parte superior lamía la densa masa gris de la Marea, parecía surgir una pequeña plataforma que se adentraba y perdía en las cenicientas brumas.

El joven prestó ahora atención a los guardias que los custodiaban, formando un círculo a su alrededor. Había ocho seres de cuarzo translúcido, ligeramente grises, que mantenían sus lanzas siempre atentas a cualquiera de sus movimientos. No habían intercambiado ninguna palabra ni habían dado instrucción alguna. Les habían conducido hasta allí eficazmente, sin detenerse y sin consideraciones.

“Estos hijoputas no se andan por las ramas” Pensó, con su vista fija en la aguda punta de la lanza que apuntaba su estómago desde escasos centímetros. Todavía no sabía qué querían de ellos y entendió que es lo que precisamente querían los sílices. La incertidumbre los estaba poniendo nerviosos, vulnerables. Todo cuanto había visto en aquel mundo era sorprendente, desde sus habitantes hasta los fenómenos que se producían en él. Estaba claro que les tenían reservado algún tipo de destino poco halagüeño y que supieron de su llegada desde un principio y por ello los fueron a buscar. ¿Sabían desde un principio que iban a llegar? ¿Les habían advertido? Muchas preguntas sin respuesta que suponía que se iban a desvelar en las próximas horas.

 

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