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Las Cuatro Historias: Una Búsqueda (XXIII)


Relatos de Fantasía

12-12-2003 21:09
Por: Valente

Miró a sus compañeros y recordó las palabras que el sílice violáceo le había dedicado a Javier la primera vez que se encontraron: “El único que nos interesa es él”. Si él era quien les interesaba ¿Qué harían con el resto de sus amigos? Un escalofrío recorrió su espalda, al descubrir con pavor que hasta entonces no había meditado sobre aquel asunto como se merecía. Hasta entonces no les habían hecho nada, pero nadie le aseguraba que estuvieran seguros. Volvió a mirar las armas que los apuntaban con un extraño brillo en sus ojos que hizo que los sílices se cuadraran y afianzaran en su posición, alertas ante el cambio que se había producido en el joven.
-Álvaro, ¿qué ocurre? –musitó Javier, que se encontraba justo a su espalda.
-Nada, nada –dijo Álvaro, cauto ante la proximidad de las lanzas- me ha parecido ver algo. No es nada –concluyó con un gesto despreocupado.
-Nos están haciendo esperar y éstos no sueltan una palabra. ¿Qué diablos hacemos aquí? –murmuró Javier, aunque parecía claro que nada de lo que dijera podía interesar a sus guardianes. Luisa acercó la cabeza para escuchar mejor la conversación e Isabel se giró también para poder participar. Los cuatro amigos formaban ahora un círculo, sin dejar de prestar atención a los sílices que los rodeaban.
-Supongo que ahora vendrá alguien… -pensó Luisa, frunciendo el ceño- Alguien que nos informará lo que quieren de nosotros.
-Llevamos ya unos cuantos minutos bajo esta bóveda. ¿Querrán impresionarnos? La verdad es que el mosaico es la leche –resumió con sencillez Javier- ¿será verdad lo de la ciudad que cuelga directamente sobre el abismo?
-Puede ser. Después de lo que hemos vivido, empiezo a creer que todo es posible –dijo Álvaro, sin dejar de mirar en una y otra dirección.
-¿Incluso que España gane un mundial de fútbol? –bromeó Javier, con su característica sonrisa y sus ojos azules siguiendo la mirada de Álvaro.
-No te pases –rió Luisa- Eso sí que es increíble.
Las bromas se vieron cortadas al instante cuando Álvaro se puso rígido al descubrir que en la sala había entrado alguien. Todos se dieron la vuelta en la dirección a la que el joven miraba y contemplaron al recién llegado, que se acercaba con paso tranquilo hasta ellos.

Se trataba de un sílice dorado extremadamente hermoso. Sus afilados y punzantes rasgos estaban perfectamente labrados sobre su cristalina piel. Era muy alto y sus miembros eran fuertes y proporcionados. Su cabeza, con brillantes y grandes ojos, nariz puntiaguda y una boca sinuosa, era de forma ligeramente romboidal. Lo que podía haber sido su pelo, si no hubiera estado compuesto por cuarzo, era una extensión esculpida sobre su frente que simulaba un caótico y puntiagudo peinado. Como todos los sílices, no vestía más ropa que las correas de donde pendían sus armas; en esta ocasión una espada y una daga, ambas introducidas en una vaina doble de cristal, profusamente adornada con relieves. En una de sus manos portaba una vara de marfil, que golpeaba contra la palma de la otra de forma rítmica.
-Tú debes ser Álvaro –dijo el sílice señalando al joven con su bastón, deteniéndose a escasos pasos del grupo. El resto de las criaturas de cristal se hicieron a un lado, abriendo un hueco en su círculo de lanzas para que el que parecía su líder pudiera parlamentar libremente con los apresados.
-¿Qué queréis de nosotros? –preguntó Álvaro sin molestarse en contestar y adelantándose un paso.
-Sólo te queremos a ti. Tus amigos no entraban en los planes, aunque eso poco importa ahora. Los motivos por los que te hemos apresado los descubrirás en breve. He venido a decirte que tienes que venir conmigo, tus acompañantes se quedarán confinados, para asegurar tu buen comportamiento –la voz del sílice sonaba tremendamente fría como si estuviera leyendo una simple nota.

Álvaro se mordió los labios cuando vio que los sílices grises estaban perfectamente dispuestos ante cualquier contingencia y miró a sus compañeros, tratando de adivinar sus pensamientos. Todos ellos parecían confundidos y no supo interpretar nada que pudiera ayudarlo a tomar una decisión. Se dio la vuelta de nuevo y volvió a enfrentar su mirada a la del sílice.

-No me moveré de aquí hasta que me digas qué pretendes –resolvió, apretando los puños, impávido ante la amenaza de las armas de sus captores, que parecían bailar en torno suyo como escorpiones en busca de algún lugar donde pinchar su piel.
-Tu posición no es inteligente. No tienes fuerza para respaldarla. Si no quieres que tus amigos sufran me acompañarás sin ponerme ningún problema –contestó el sílice dorado, volviendo a golpear la palma de una de sus manos con el báculo.
-No me iré hasta que me prometas que no sufrirán ningún daño. Si se te ocurre tocarlos, juro que me mataré para que no consigáis nada de ti –dijo Álvaro, acallando las protestas de Javier con un gesto y pidiéndole con la mirada que le dejara hablar.
-Me parece justo. Te prometo que no tocarán a tus compañeros. Aunque –su mirada se afiló ahora con un brillo irónico- no te confundas, no lo hago por tus bravatas; lo hago porque no tengo interés alguno en que tus amigos padezcan ni sufran.

Álvaro escuchó el discurso y asintió, relajando los hombros, sintiendo el peso del grillete de sus manos. A su espalda, sus amigos trataron de convencerle para que no se fuera. Las voces de Luisa, Isabel y Javier insistiéndole para que no se dejara engañar sonaban ya muy lejanas en su conciencia, casi apagadas por sus propios pensamientos. “Es el momento” Se dijo, con una sonrisa amarga. El camino que tenía por delante debía recorrerlo por sí mismo; sin arrastrar a nadie más. Suspiró, sin siquiera darse cuenta que sus compañeros eran detenidos por los guardias cuando intentaban sujetarlo para que no se fuera. Caminó tras el sílice dorado, que se había dado la vuelta y empezado a andar indicándole que lo siguiera, con la vista fija en la puerta a la que se dirigían y tras la que se abría una inextricable negrura.

 

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