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Esta historia esta hecha pa que destaque entre las matanzas q estan armando las demas historias XD
Amanece en la costa. El reflejo de las estrellas en al agua el sustituido por los pálidos rayos del sol. Observo el puerto de la Provincia de la Esperanza desde el galeón El Moribundo. Cientos de personas se hallan en el muelle. Cincuenta de esas personas subirían a bordo del barco con armas en su equipaje. El resto eran parientes o amigos que venían a despedirse o, simplemente, personas que venían a ver zarpar al galeón. Me apoyo en la borda del barco y observo la multitud que se abraza entre lágrimas. Se siente el miedo latir en el aire. El miedo de no volver a ver a los valientes guerreros que ciegamente partirían a la guerra junto a mí. Un joven se despide de su amor con un beso y le promete volver. “Necio” – Pienso. – “Vas hacia una guerra que no comprendes y a la que no estás preparado. No pienses en volver, mejor, piensa en cómo vas a hacerlo.”
Erik se coloca a mi lado y me dice que todo está preparado para partir. “¿Preparado? ¡Ja!” – Pienso. – “Sólo tú y yo estamos preparados. Los demás no tienen ni idea, viejo amigo.” Me giro y miro los oscuros ojos de mi compañero pelirrojo.
- Que todos suban a bordo. – Digo. – Cuando el sol termine de salir, desplegad las velas y partiremos.
Erik asiente y entra en el interior del camarote. Al rato se escucha la voz del capitán avisando a los jóvenes para que subieran a bordo.
Miro de nuevo la tristeza que se apodera del puerto. Los abrazos se separan. Las lágrimas caen al suelo. Los besos se rompen en sonoros chasquidos.
La tristeza del ambiente me hace pensar. Me hace recordar. Me recuerda cosas que me marcaron la vida. Recuerdos en los que me despertaba vacío, solo y sin esperanza cuando Cyllan me dejó. Ni una nota de despedida, ni un solo adiós. Estaba solo. Ese fue el día en el que morí y me llamé “Ala de cuervo.” Ahora, sin que nadie excepto Erik y yo lo supiese, íbamos a cruzar la frontera espejo e íbamos a buscar a Cyllan en la Ciudadela de Traición, pues había recibido un mensaje anónimo diciendo que allí se encontraba ella. Miro con desprecio a los jóvenes que me seguían en esta aventura suicida sin saber la oscura verdad de su motivo. Muchos morirían físicamente, y sus almas serían atrapadas por catalistas oscuros y serían transformadas a Caos, en cambio yo no tenía alma. Cyllan la poseía y ella no estaba. El simple hecho de carecer de alma ponía en peligro mi existencia en todos los planos y destruiría todo recuerdo que el mundo tuviera de mí. Ahora yo era perseguido por la guardia del Reino de Orden, pues mi simple existencia rompía con las leyes de éste mundo en el que todo lo que había en él eran almas. Yo era un vacío en un mar de estrellas, y estaba condenado. Me perseguirían hasta condenarme a la petrificación en vida o al exterminio total. La cuestión era que debía encontrar a Cyllan y volverme a unir con ella, y no me importaba poner en peligro mi existencia por ella.
El último guerrero sube a bordo del galeón y tal como había calculado, el sol termina de salir. El Moribundo leva anclas y se aleja lentamente hacia el sur, hacia la frontera del espejo, hacia el Reino de Caos. Miro a las personas que se despiden con la mano desde el puerto. Tal vez no vuelva a ver el muelle. Tal vez no vuelva a ver la Provincia de Esperanza. Tal vez no vuelva a ver el Reino de Orden. En el fondo no importa. Nunca dejé nada allí como para añorar aquel lugar y no hice nada para que me añoren ahora. Partimos hacia la frontera del espejo, donde nuestro mundo se refleja.
Al amanecer del quinto día vemos a lo lejos ya el enorme muro de espejo. A medida que nos acercamos a la frontera, nuestro barco empieza a reflejarse en el muro de cristal. Los hombres jóvenes e inexpertos que nunca habían cruzado la barrera de espejo se asoman maravillados para ver su reflejo. De pronto, todos dejan de sonreír. Mis labios se tornan en una sonrisa. De satisfacción ante el horror que expresan los rostros de los novatos. En la imagen del espejo empiezan a diferenciarse los detalles. El galeón está en ruinas. Las velas negras, con oscuros símbolos y runas del Reino de Caos están rasgadas y el mascarón de proa, q presentaba el torso de una mujer, se encuentra agujereado por la carcoma y erosionado por el choque eterno del agua. Figuras en negras armaduras sonríen con malicia ante los caballeros asustados de El Moribundo. Sonrío. El espejo refleja la imagen según lo que aparecería al otro lado. Diferencio entre las figuras de negra armadura al hombre alto, de pelo blanco largo y armadura verde oscuro que era yo cuando me había convertido en la mano derecha del Señor de Odio.
Los hombres veteranos se preparan para el choque contra el espejo. El capitán del barco ordena arriar las velas y advierte a la tripulación de que se agarre a algo. Los capitanes y hombres experimentados avisan a los novatos de los efectos alucinógenos del espejo. Erik se coloca a mi lado. Él y yo hemos cruzado el muro espejo tantas veces que éramos inmunes al efecto demencial que suponía pasar de un reflejo a otro. Miro a uno de los jóvenes novatos que se había situado a mi izquierda, agarrado a la polea del ancla. Su rostro está sudando y sus ojos se abren desmesuradamente ante el inminente choque. Erik me mira y sonríe. Veinte metros. El chico traga saliva: ¿Cómo podía una embarcación atravesar un sólido muro? Diez metros. El chico se agarra cada vez con más fuerza. Cinco metros. El barco va a chocarse, el casco se romperá y la tripulación caerá a las aguas heladas para morir desesperadamente ahogados. Cuatro. El chico cierra los ojos. Tres metros, dos, uno... dos.
El espejo rompe la realidad. Sonrío. Los efectos empiezan a notarse. Veo escenas de mi vida. Distingo entre la marea de imágenes instantáneas mis anteriores viajes a través del muro espejo. El espejo me reconoce. Sabe quien soy. El Moribundo desaparece para dar paso a un vestíbulo oscuro, débilmente iluminado por una antorcha. Una enorme puerta negra aparece ante mí. La abro sin titubeos y aparece una imagen. Una chica llora profundamente.
- ¡Cyllan! – Susurro.
Me acerco a ella y la estrecho entre mis brazos. Ella apoya su cabeza en mi hombro. Beso su rostro una y otra vez.
- Azrael. – Dice ella.
Cyllan me abraza y sus lágrimas se escurren entre las juntas de mi armadura y empapan mis doloridos músculos, cansados pos la batalla.
- Cyllan. – Susurro. – Hacía tanto tiempo que te amaba.
- ¡Suéltala! – Exclama una voz. Cyllan suelta otro sollozo.
- Lo siento. – Me dice al oído. – Nunca debí haberte dejado.
Me giro, sabiendo que me encontraría con el hombre que me había alejado de Cyllan.
Allí estaba. Un hombre bajo pero musculoso, de pelo negro corto y cara sonrojada. Él era el culpable de todo. Él retenía a Cyllan en la Ciudadela de Traición.
- Saludos, Azrael. – Dice. – Has tardado en venir.
- Hola Tchzar. – Respondo con desprecio.
- ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
- Suelta a Cyllan. – Ordeno.
- Ya no eres mi general, Azrael. – Responde con una sonrisa. – No tienes poder sobre mí. Abandonaste Caos y yo ocupé tu lugar. – Señala a Cyllan, que ahora se hallaba sollozando a mi espalda. – Tu alma se quedará aquí.
Miro a Tchzar a los ojos.
- Por encima de mi cadáver.
Tchzar sonríe.
- Que así sea.
De pronto, en las manos de Tchzar aparece una enorme hacha de doble filo. El guerrero se coloca en posición de combate.
- ¿Me estás desafiando? – Pregunto, aunque ya conocía la respuesta.
Tchzar salta sobre mí con el hacha en lo alto. Yo me lanzo a la derecha para esquivar el golpe. Tchzar invierte la dirección en el último momento y lo desvía hacia mí, esta vez en un corte horizontal. De nuevo, de un salto me coloco fuera del alcance del arma y me alejo de mi contrincante y antiguo camarada.
Pongo mi mano sobre la empuñadura de mi espada y Matadioses sale de su vaina. A pesar de mi cansancio, cojo el arma con ambas manos. Tchzar sonríe de nuevo.
- Empieza el juego.
Tchzar se abalanza hacia mí, esta vez en otro corte horizontal. Levanto la espada a mi izquierda y paro el golpe. Tchzar da giro sobre sí mismo para atacar por mi otro flanco pero, de nuevo, Matadioses intercepta el ataque. Mis músculos parecen a punto de estallar con cada golpe que paro, pero el pensamiento de Cyllan me hace seguir en pie.
Tchzar empieza a dar giros sobre sí mismo, dando múltiples golpes con su hacha en diferentes niveles, dando giros en tornillo. Los paro todos de forma casi instintiva.
Tchzar abandona el ataque y salta hacia atrás para evaluar la contienda. Su rostro está algo más colorado de lo normal, pero no refleja cansancio alguno. Yo, en cambio, tengo los brazos magullados debido al cansancio y la continua lluvia de golpes.
Tchzar salta de nuevo sobre mí, ahora con el hacha atacando por debajo, en un corte vertical ascendente. Intento saltar hacia atrás, pero mis piernas me fallan y caigo al suelo. Ahora, Tchzar tenía el hacha alzada para efectuar un ataque con el filo trasero de su arma mientras yo me encuentro tirado en el suelo. El hacha cae. Levanto la espada e intercepto el golpe. La fuerza del ataque es demasiado grande. Suelto un gemido cuando noto la queja de mis músculos. Consigo parar el golpe justo cuando el enorme filo del hacha se halla a pocos centímetros de mi rostro.
Tchzar se aparta de nuevo. Su rostro sigue sonriendo. Mi cuerpo apeas se tiene en pie. El guerrero hace un amago de atacar con el hacha y yo levanto a Matadioses para presentar batalla.
Tchzar se acerca rápidamente con el hacha atacando horizontalmente por mi izquierda. Coloco la espada y paro el golpe. Su cuerpo choca contra el mío y me golpea el estómago. Cuando se me aclara la visión, Tchzar tiene agarradas mis dos manos por las muñecas con uno de sus brazos, mientras que el otro agarra el hacha con fuerza.
- Ahora Cyllan es mía.
Intento liberar la espada para atacarle, pero su brazo tiene inmovilizadas mis dos manos. Tchzar sitúa el hacha a mi espalda. Miro a Cyllan, que está observando la escena con horror. Noto un fuerte dolor cuando el filo del hacha me corta los omóplatos...
...Tres metros.
Abro los ojos. Me hallo en el suelo de El Moribundo. Al parecer, el muro de espejo me había jugado una mala pasada. Habíamos cruzado la frontera. Cuando me levanto, veo a los jóvenes guerreros que miran a su alrededor, aturdidos tras el choque con el espejo. De pronto me topo con Erik, que me mira con preocupación.
- ¿Qué has visto? – Pregunta. – Es la primera vez en diez ciclos que el espejo te afecta de manera tan notable. ¿Qué te ha enseñado?
Por mucho que intento saber lo ocurrido durante el cruce no puedo recordar nada.
- No lo sé. – Respondo. – Tengo un borrón en la mente.
Erik se conforma con la respuesta.
A los siete días, el vigía avista tierra. Todos los guerreros se asoman a la proa del barco para mirar. La enorme Ciudadela de Traición se alza ante nosotros. Me levanto de mi asiento y me coloco en la proa del galeón. Todos los hombres me miran. Sus miradas reflejan el miedo a lo que pueden encontrar en la oscura ciudad.
- ¡Guerreros! – Llamo. - ¡Compañeros! ¡Hermanos míos! Hemos llegado. La Ciudadela de Traición se halla allí delante. Hermanos míos, me habéis seguido hasta aquí sin saber la misión. Os habéis dejado llevar por la mano de un necio como yo. No sabéis el porqué de nuestra marcha.
- ¡Te seguimos porque confiamos en ti, capitán! – Exclama de pronto uno de los jóvenes.
- ¡Te seguiremos a dónde sea, mi general! – Grita otro.
- Eres Azrael y sabemos que nos llevarás a la victoria.
- Tres hurras por el general Azrael “Ala de Cuervo”
- ¡Hurra!
Sonrío, esta vez mirando con tristeza a los cincuenta guerreros que habían puesto su confianza en mis manos. No podía defraudarles.
- Hermanos míos. – Digo, ahora con tono afectuoso. – No os fallaré. Debemos llegar a la catedral negra de la ciudad. Una vez allí crearéis un cerco alrededor del edificio hasta que yo salga. – Me giro hacia Erik. – Tu te quedarás con ellos, viejo amigo. Debéis impedir que nada ni nadie hostil entre en la catedral. – Me dirijo de nuevo a la tropa. – Si no salgo yo de la catedral debéis huir al barco. Coged a los muertos e incapacitados. No pienso dejar que ninguna de vuestras almas sea atrapada por un catalista de Caos.
El barco toma a tierra a las afueras de la ciudad. La tierra es negra, de los pelados árboles cuelgan luminosos cirios, enormes fuegos se alzan sin previo aviso del suelo alrededor de una calzada de piedra y ceniza. Las tropas desembarcan. Recuerdo aquél sitio. ¿Cuántas veces había pasado por aquella calzada al mando de los ejércitos de Odio? La tropa de guerreros se pone en movimiento. Erik se coloca a mi lado con su larga pica apoyada en su hombro.
- Erik, cuando lleguemos a la catedral la mitad de nuestros hombres estarán incapacitados. – Digo. – Debes impedir que el grupo superviviente se desmoralice.
- No creo que sea necesario mi apoyo. – Responde con confianza, señalando a los caballeros. – Saben que muchos de ellos morirán, pero saben que tú llevarás sus almas de nuevo a Provincia de Esperanza para su reencarnación. – Erik sonríe. – Así podrán decir que murieron una vez al lado del gran Azrael “Ala de Cuervo.” Te seguirán hasta el fin del mundo y más allá.
Sonrío con tristeza.
- Eso es lo que temo.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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lo lamento |
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14-04-2004 16:18 |
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por varias razones.
la primera es que tenía una crítica completa sobre tu relato, pero se me desconectó el "ordenador" en el último momento y no recordé el guardarla, así que no tengo más remedio que ser breve
la segunda es con respecto al relato. No me ha gustado en absoluto.
Los cambios de tiempo hacen que uno rechine los dientes. Hay fallos en la puntuación -aunque de poca importancia-, frases adornadas sin ningún sentido o expresiones desacertadas, y un "q" en lugar de "que" muy al estilo messenger.
hacia el final el relato es soporífero, sobretodo la parte en la que repites todo añadiendo algunos pocos detalles insignificantes. Parece que el relato aburría hasta al que lo estaba escribiendo.
Vale que ocurra lo mismo, una vez en ilusión y otra en realidad, pero describir lo mismo es ridículo y muy aburrido de leer, sobretodo en un relato tan corto.
en tercer lugar lo siento por la crudeza de mi crítica, pero realmente el relato me ha parecido muy malo. Como contrapunto ,y si sirve de algo, diré que la idea del espejo es muy buena. Yo la sacaría del resto y la conservaría, como lo único a conservar, claro.
Un saludo.
P.S - ¿qué es eso del concurso de relatos?, eso me pasa por desaparecer...
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RE: lo lamento |
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14-04-2004 18:07 |
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vete a cualquier foro, y mírate el 2º post ( que es un post fijo) de valente...
por cierto, yo todavía no sé si mi relato llegó..
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ya |
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09-04-2004 23:35 |
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ya, pero me da que no podían los que se presentaban, pero bueno, por lo que puso dragónelfico no creo que supiese lo del concurso...
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¡¡Vaya!! |
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09-04-2004 04:40 |
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Creí que no se podía opiniar en los relatos del concurso
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UFF... NO ESTA MAL, PERO |
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09-04-2004 01:51 |
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Hay veces que cambias el tiempo verbal, lo que hace que la lectura no termine de gustar.
¿Que es eso de que antes el prota era el jefe del caos?, no se a mi me ha parecido que cogeaba, por que no explicas ni como se cambió a los buenos.
Eso de resucitar a los muertos también me parece un poco extraño.
Además ¿para que sirven los mutantes? yo creo que es para que los buenos que mueren al principio no se sientan tan mal por no matar a ningun caballero de caos, y es que los mutantes morian con soplarlos, o es que eran ortopedicos. No se, como ejercito yo no me pillaba una orda de mutantes.
Lo que más me a gustado es lo del espejo, que hace que los guerreros más jovenes se asusten, además lo del combate premonitorio esta bien.
En definitiva, esta bien, pero si hubieras explicado las causas un poco más estaría mejor.
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Esta bien |
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08-04-2004 22:26 |
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El texto esta bien narrado y escrito, no e podido ver ninguna falta ni palabras que falten por despistes, etc.
Lo de narrarlo en primera persona esta bien pero tal vez deberias eliminar las partes en las que habla el protagonista y despues aclaras poniendo "Digo", porque ya savemos que el que esta hablando es el.
Un saludo y espero la segunda parte pronto.
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Lo del espejo del caos mola |
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08-04-2004 19:25 |
Lástima que al final todo quede en una masacre. Deberías tener cuidado con los tiempos verbales. Cambian tanto como la lealtad del protagonista.
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