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La situación en la que estoy... sería comprometida, si pudiese hacer algo al respecto... odio cuando no puedo hacer nada... los recuerdos no paran de acosarme.
El techo de la habitación, sobre mí se me antoja oscuro y vacío... Carente de toda realidad definida o creación lógica...
Grito de angustia y dolor sin que sonido alguno brote de mis labios, retuerzo sin que mis músculos acucien movimiento alguno... enfurezco sin dejar que ninguna expresión adorne mi cara u ojos vacíos. Estoy clavada.... no... esa no es la palabra que busco... estoy empalada, clavada al somier de una cama, flotando a la deriva en un mar de desesperación y frío dolor que esta estaca me inflinge, impidiendo que mis órdenes lleguen a un cuerpo atormentado y entumecido. Muchas han sido las horas que así he permanecido. Siento, pese a no ver, a mi sire, sentado junto a mí, en un lateral de la mullida cama. No parece importarle que mi sangre cada vez se extienda más y más por la superficie, llegando a manchar sus caras y vistosas vestimentas, al igual que tampoco le importan las volutas de humo que brotas de sus manos, al tomar la mía, a causa de la maldición que provoca mi contacto. Me siento incómoda por el escrutinio al que me someten esos ojos azules. Es como si quisiese saber qué es lo que pasa por mi cabeza con tan sólo mirarme... menudo estúpido. Maldición de la Sangre, mencionan indiferentes de mi estado consciente, pese a mi total cordura, cosa que es aún más horrible... conservo la cordura y la libertad de pensamiento, pese a mi estado...
-¿Es que acaso no entienden lo que pasa?-me gustaría gritarles, con mi habitual tono de reproche- ¡Déjenme en paz! No estoy contaminada por esa dichosa enfermedad ¡Todo esto sólo es porque me estoy muriendo!
Detengo, sobresaltada, mis pensamientos, ya que ni siquiera estoy segura de haberlos formulado yo... gajes de tener un avatar entrometido, supongo, pero esa afirmación... “Me estoy muriendo...”
No puedo dejar de pensar en estas cosas, a medida que mi cuerpo languidece y pierdo fuerzas, y acabo dejando llevar a mi mente recuerdos que creía olvidados... Recuerdos que no estoy segura de que sean míos...
Una niñez en una casa vieja... creo que era de alguno de mis abuelos, pero no recuerdo el nombre de ninguno... mi mente se torna confusa llegado el momento, y soy incapaz de ver los detalles... creo que tendría unos cinco años, pero no estoy segura.
Mi madre está de espaldas a mí (me encanta su pelo. Siempre sedoso y bien cuidado), pero está llorando. No sé por qué, pero lo sé, y temo hacer comentarios, por miedo a que pudiesen dañarla más, así que permanezco callada, jugando en silencio con una muñeca destrozada llamada Luzi... Luzi... ¿Por qué soy capaz de recordar el nombre de una estúpida muñeca y no puedo recordar el nombre de mi propia madre?
Escucho, antes de ver, a mi padre, entrando en la casa con un portazo, precipitándose al interior, derribando con su paso errante el jarrón de la mesita, ese que no me dejan tocar, tronando al romperse en cientos de pequeños fragmentos junto a una maldición de esa voz grave, pero sobre todos esos sonidos, lo que más me impresiona, aquello que provoca que un escalofrío me recorra el cuerpo es esa respiración pesada... resuena en mis recuerdos como ese sonido que recuerda al resoplar de algún raro monstruo salido de películas de dibujos para niños.
Pero esto no es un dibujo, es mucho más real de lo que cualquier historia podría llegar a ser.
Me invade, pese a ser tan sólo un recuerdo, un temor irracional, que me haría encoger si pudiese, y entrecorta la respiración, mientras intento hacerme insignificante, apretando a Luzi contra mi pecho, acunándola para que sienta que está protegida, que nadie le haría daño mientras yo estuviese a su lado, imaginándome invisible por pura fuerza de voluntad.
La sombra que representa a mi padre llegó, entrando como un huracán a la habitación. Mi madre, encogiéndose visiblemente, siguió con lo que estaba haciendo, más apurada que antes. Gritos sin palabras llenan mi mente, mientras olvido la escena, centrándome con desesperación en acunar a la muñeca entre mis brazos, inventando nanas que nunca recibí para que no se asustara y durmiese tranquila...
Luzi me mira, sonriente, escuchando -Tengo que ser una niña buena, (para que papá me quiera) y así Santa Claus me traerá regalos (seré feliz) y me llevará a ver su casa en la nieve (no tendré que llorar más), dejando que me suba en el trineo (seré fuerte), volando por los aires (no tendré miedo), hasta el país donde viven los sueños (estaré siempre contenta), y me dará caramelos (no tendré hambre) y...
Un grito desesperado cruza la habitación, sacándome de mis pensamientos. La escena frente a mí se congela, haciendo que olvide mis sueños y a Luzi... Mi madre cae, sujetando un cuchillo clavado en su pecho, mirando anhelante, al hombre que fue su vida. Soy consciente, una vez más, de la agitada respiración, la mirada agresiva, el porte sudoroso, de la figura en pié, en posesión de otro cuchillo. Tal es mi horror que veo la escena, casi ajena a mi cuerpo, temblando por el miedo... la sangre fluye en un chorro del cuerpo de la mujer tendida, mientras que un segundo cuchillo cae desde gran altura, penetrando en la carne como si de un rayo se tratase, inundando mis oídos, no con un nuevo grito, sino con el estruendo del filo y esa respiración agitada y estridente. Tiemblo, como si hubiese sido yo misma la que recibió el castigo en nada merecido, rompiendo con la sacudida, no la carne, sino el frágil cascarón de mi inocencia.
Escucho, o creo escuchar, palabras de consuelo, pero mi joven mente no comprende todo lo que esa voz supone o conlleva. Tomo la decisión sin ser completamente consciente de ella.
El fuego del hogar se levanta embravecido, acumulándose en un punto, frente a mí, con forma de un gatito que me mira curioso. Unas manos insustanciales que sólo percibo por la luz reflejada sobre ellas acarician con delicadeza, casi mágica, la cabecita de la criatura, haciéndome sonreír. Abro los brazos, para tocar yo también la sedosa piel de la criatura, mas en vez de ello, la criatura salta enseguida, lanzada contra la piel de la cara y pecho, abrazando a mi padre, sardónica copia de los abrazos que nunca recibí, haciéndole aullar de dolor y rabia. Gira un par de veces sobre sí mismo, intentando apagar las llamas, dándose golpes contra las paredes, sin que la criatura le diera cuartel alguno. Veo como mi padre se debate durante lo que parece una eternidad, hasta el punto en que ya no aúlla de dolor, pues es imposible que sea capaz de tal sensación, sino de puro terror al saberlo, hasta que llega lo inevitable, y se rinde. Una vez en el suelo, la criatura estalla después de un largo y lastimero maullido, llenando la habitación de pequeñas lenguas de fuego que nunca llegan a tocarme.
Conmocionada, bajo de la silla y corro hacia mi madre, que mira, sin ver, la pared de enfrente.
-Madre, levántate.
El silencio golpea, implacable
-Madre, por favor, levántate-los ecos de mi propia voz se van apagando- mamá, tenemos que salir de aquí, hace mucho calor...
¿ma-má?
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