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Nuestro grupo de héroes no tuvo bastante con lo de Yaal, y ahora acaban de meterse en otro gran problema...
La fortaleza se llamaba Gul Argoth, al menos eso decía la gente del pueblo. Contaban que a hacía unos 30 años estaba llena de orcos que aterrorizaban los alrededores, siendo estos liderados por una especie de nigromante. Pero algo había ocurrido y los orcos parecían haber desparecido.
Durante unos años no ocurrió nada pero hace una década una plaga se extendió por la aldea (llamada Wetwon, por cierto) y muchos la atribuyeron a "algo" que vivía en las ruinas del castillo. Así comenzaron a extenderse los rumores de la maldición. La gente del pueblo había contratado a un grupo de aventureros para que averiguaran que ocurría en Gul Argoth pero solo uno volvió con vida... y presa de la locura, balbuceando incoherencias. Luego, otra plaga se desató matando a muchas personas y a la mayor parte del ganado de la aldea, mientras que otras personas desaparecieron. Mucha gente ya había abandonado el pueblo y la situación era muy mala cuando llegamos nosotros.
En el grupo seguimos los de siempre: Wachiel (noldor animista), Greuri (enano guerrero), Hyeth (rohirrim guerrera), Tom (hobbit explorador) y yo, Derion (dunadán guerrero).
Al llegar a Wetwon no tardamos enterarnos de la situación. Aún estabamos bastante tocados por lo de Yaal, pero las promesas de oro y los rumores sobre un gran tesoro oculto en Gul Argoth pudieron con nuestra prudencia (si es que no aprendemos, un día de estos la codicia nos mata). Así emprendimos el camino a la fortaleza en ruinas. No tuvimos muchos problemas a la hora de entrar: tras unas tiradas de percepción nos convencimos de que no había ningún tipo de vigilancia, además, la puerta estaba abierta.
No teniamos ni idea de que nuestro principal problema no iba ser el entrar... sino el salir.
Ya dentro, nos adentramos poco a poco en la fortaleza, hacía abajo, a las catacumbas. El porque decidimos ir a las catacumbas y no a los pisos superiores se lo debemos a los "razonamientos" de Wachiel. Según él, si había algún tesoro o si había una fuerza maligna en la fortaleza, cuanto más abajo mejor. Y acertó.
Tras un largo rato caminando casi a oscuras sin que ocurriera nada, y con los nervios a flor de piel, oimos una especie de jadeo o respiración entrecortada: nos estaban siguiendo. Nos escondimos como pudimos en el estrecho pasillo y esperamos, hasta que vimos algo arrastrandose. Hyeth se abalanzó sobre él y lo inmovilizo; y digo "él" porque era un hombre, un anciano, vestido con una cota de malla y con una espada roñosa, sin duda uno de los aventureros desaparecidos hace unos años. El pobre desgraciado hacía tiempo que había perdido la cabeza y no paraba de repetir una palabra: "Ellas, ellas...", tras los cual salió corriendo, perdiendose en la oscuridad. No teniamos ni idea de a que se refería. La tuvimos poco despues, cuando al proseguir el camino caí tontamente por una grieta bastante grande y quede atrapado en una gigantesca tela de araña. Al instante mis compañeros me arrojaron la cuerda que Tom siempre lleva consigo y comenzé a trepar poco a poco, mientras veía como una araña unas cinco veces más grande que yo se acercaba. El bicho me atacó y a duras penas (y con mucha suerte al tirar los dados) conseguí esquivar su ataque. Ya a salvo, comprendimos las palabras del viejo. Greuri propuso salir de allí pero la verdad es que no sabiamos muy bien por donde ir, estabamos perdidos y solo podiamos seguir adelante.
Seguimos caminando y comenzamos a percibir una especie de resplandor dorado que aumentaba de intensidad poco a poco, hasta que llegamos a una cámara que contenía el mayor tesoro que jamás halla visto en mi vida de PJ. Estabamos todos con una sonrisa tonta en los labios cuando nos dimos cuenta de que se acercaba a nosotros desde el alto techo una auténtica legión de arañas gigantes. Estabamos preparados ya para el que iba a ser un dificil combate cuando una voz hizo retroceder a los aracnidos. Sentada en un trono dorado pudimos ver a una mujer joven de piel pálida.
Era la hija del nigromante que vivía antes en Gul Argoth y nos contó como había aprendido a usar a las arañas. Por lo visto, pese a su aspecto, ella era una mujer muy vieja que en uno de sus viajes se había encontrado con un "dios araña" al que acabó rindiendo culto "en las entrañas de la tierra". Con el tiempo, y tras la muerte de su "dios", este le transmitió lo que ella llamaba su esencia. Así, con un ejército de arañas malignas totalmente leal acabó con la vida de su padre y se hizó con el control de la fortaleza, pero su padre antes de morir la maldijo, provocando que ella jamas pudiera volver a ver la luz del sol, por eso enviaba a sus "chiquitinas" (así llamaba a las arañas, que de chiquitinas no tenían nada) en busca de comida. Y nosotros eramos ahora el primer plato del día. La nigromante comenzó a transformarse delante de nosotros, convirtiendose en la mayor araña de todas las que había allí. Un enfrentamiento directo con ella o con sus "chiquitinas" era un suicidio seguro.
Necesitabamos una vía de escape y rápido... fue entonces cuando Hyeth vió una puerta al fondo de la sala que parecía dar a unas escaleras de caracol que ascendían. Con muchas dificultades llegamos allí y comenzamos a ascender, acabando con toda araña que se nos pusiera delante. Así llegamos hasta una apertura que nos llevó al patio del castillo y corrimos hacia la salida, donde el puente levadizo comenzaba a levantarse. Llegamos a tiempo y salimos de Gul Argoth cansados, heridos y alguno posiblemente envenenado. Estuvimos unos días más en el pueblo para recuperarnos. No cobramos la recompensa y lo único que pudimos hacer fue advertir a sus habitantes y decirles que se fueran lejos de allí. Nosotros no tardamos en irnos.
Quizá algún día volvamos a Gul Argoth e intentemos matar a la nigromante y conseguir algo del gran tesoro que vimos allí. Pero eso será en otra ocasión.
Yo, personalmente, no quiero volver.
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