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Siniestro (1 de 2)


Terror y Supense

30-03-2005 11:00
Por: Valente

Esta es la primera parte de un relato que he escrito, espero que os guste. He vuelto a un tema que ya toqué hace poco, espero que esté a la altura.


techEsta es la primera parte de un relato que he escrito, espero os guste. He vuelto a tema ya toqu
El suelo crujía bajo los pasos de Andrés, que caminaba absorto en la danza de las hojas arrastradas por la brisa. El húmedo camino estaba completamente alfombrado con los colores y los olores del otoño, que aquel año parecía alargarse eternamente, como la ausencia de un amante. Los árboles se inclinaban sobre él, altivos y orgullosos incluso en su desnudez, creando las sombras que en breve transformarían aquella tarde en noche.

Se detuvo frente a la gran valla blanca que daba paso a la casa de sus vecinos. Cubierta por un cañado, apenas podía imaginarse lo que se escondía tras ella. Los tupidos setos situados a cada lado, custodiaban igualmente celosos los jardines que debían extenderse tras ellos. Los Carvajal –así se llamaban los propietarios- eran reservados e introvertidos y todo cuanto poseían estaba resguardado por un muro de privacidad. Ni siquiera había un timbre en la puerta con el que poder llamar.

Parecía increíble que nunca hubiera mantenido una conversación con ellos en los dos años que habían pasado desde que ocuparon el viejo caserón que colindaba con su propia casa. Sólo algún ocasional “Hola y adiós” y poco más. La pareja vivía en un mundo aparte, del que sólo salían para realizar aquellas tareas estrictamente necesarias para su supervivencia. Si no recordaba mal, tenían un hijo pequeño, de unos doce años, pero tampoco el chaval era muy hablador ni sociable.

Empezó a caminar, sin identificar muy bien el motivo por el que se había detenido segundos antes. La fachada del piso superior de la vivienda sobresalía sobre las puntiagudas púas de la reja metálica. Las ventanas estaban iluminadas como ojos resplandecientes y creyó intuir el paso de una sombra sobre una de ellas. ¿Cómo harían sus vecinos para recibir visitas si no tenían timbre? Se preguntó de repente. Él recordaba haberlos ido a visitar el día en que se mudaron allí, pero entonces la puerta estaba abierta. Le saludaron nerviosamente cuando llegó hasta la entrada y le despidieron precipitadamente. Sin duda, no querían ni esperaban visita alguna.

Con la llegada de estos recuerdos, Andrés giró instintivamente la cabeza hacia la entrada y se encontró con algo inesperado. Había un objeto rectangular, apoyado contra las delgadas barras de metal, justo bajo el picaporte. Un rayo de sol se reflejó sobre su superficie, cegándolo. Era un cristal o espejo…

Miró alrededor y se detuvo completamente, esperando escuchar algún ruido que delatase a la persona que había dejado aquello allí. ¿Cómo era posible? No había oído absolutamente nada. Quienquiera que hubiera abandonado aquello, había desaparecido en apenas unos instantes, sin hacer ruido alguno. Debía haber sido alguno de los vecinos, cerrando la puerta tras de sí. Mirando todavía en derredor, se dio la vuelta y se acercó hasta el misterioso objeto para observarlo más de cerca.

Se trataba de uno de aquellos espejos antiguos, de estilo barroco, rodeado por un marco repleto de filigranas doradas. Era el típico elemento decorativo que se colgaba en las paredes, sobre algún mueble, para dar la sensación de que la habitación era más amplia. Éste era particularmente hermoso, aunque una de sus esquinas estaba quebrada, como si se hubiera caído al suelo. ¿Lo habrían tirado por eso? Se puso de puntillas para intentar ver sobre los setos, pero éstos eran demasiado altos y aguzó el oído, pero no descubrió absolutamente nada.

-¿Señores Carvajal? -Preguntó sin que nadie le respondiera. Su voz había sonado débil, apenas un rumor sobre el viento. Miró de nuevo el espejo.

Era bonito. Sus piernas se reflejaban sobre la pulida superficie, ligeramente ahumada. Debía medir más de un metro de alto y algo menos de ancho. Siguió el contorno de las volutas grabadas sobre la madera con el dedo.

Fue entonces cuando decidió llevárselo.


techEsta es la primera parte de un relato que he escrito, espero os guste. He vuelto a tema ya toqu
Miró a un lado y otro, sintiéndose como un ladrón y se agachó para coger el marco por debajo. No había razón alguna para realizar aquello, pero cuando todavía trataba de pensar porqué lo hacía, ya estaba alejándose de la verja, a paso tal vez más rápido de lo normal, y cargando con el voluminoso objeto lo mejor que podía. Aunque resultaba difícil pasar desapercibido, Andrés trató de dibujar una expresión indiferente y despreocupada en su rostro, sudoroso por el esfuerzo.

Atravesó el centenar de metros que separaban la finca de los Carvajal de la suya propia. Por suerte no se encontró con nadie. Cuando llegó a la entrada, dejó el marco en el suelo y sacó las llaves del bolsillo de su pantalón. Le temblaban ligeramente los dedos y le costó acertar con la cerradura del candado. Por fin soltó el cierre y de un empujón abrió una de las hojas del enrejado. Volvió a cargar con el espejo y recorrió el sendero empedrado que lo separaba de la puerta de su casa a paso más tranquilo, con una sensación de victoria y exaltación, como si hubiera vivido una excitante aventura.

Entró en su casa, sin saber si debía llamar a su mujer. No había pensado lo que tenía que decirle. Apoyó el marco contra la pared y trató de averiguar si había alguien en casa. Sonaron unos pasos apresurados en el piso de arriba y el crujido de una puerta abriéndose. Pronto vio a su hijo aparecer corriendo, escaleras abajo, lanzándose hacia él con los brazos abiertos.
-¡Papá! –gritó Alberto, saltando sobre su pecho para que su padre lo cogiera en brazos. Andrés sonrió con satisfacción y acarició el pelo rubio del pequeño, mientras le sostenía con la otra mano.
-¿Qué tal la excursión? –le preguntó, dejándolo de nuevo en el suelo y pensando que el chaval cada vez pesaba más.
-¡Muy bien, Papá! Vimos un caballo ¿sabes? ¡Son enormes! –el niño abrió las manos enfatizando sus palabras.
-¿Ah, sí? ¿Y qué más viste?
-Hola Andrés –le saludó la voz de Esther, rompiendo la conversación entre padre e hijo. El hombre alzó la cabeza y miró a su mujer, que llevaba puesta todavía la ropa de calle, aunque se había quitado los zapatos y caminaba

 



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