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El hacha de Krom y la enorme espada de Urka se cruzaron una y otra vez, resonando con el chasquido del acero. Los dos eran terriblemente fuertes, y cada golpe detenido hacía que sus brazos se entumecieran y las armas amenazaran con salir despedidas. Sólo el griterío de los orcos se sobreponía al entrechocar de las armas, y los jadeos de los oponentes. Golpes iguales, paradas iguales. Cada uno era la oscura sombra del otro. Pero en un combate tan igualado, es el guerrero más astuto el que sale victorioso, y la inteligencia de Urka no era superior a la del orco medio (esto es, un completo idiota). De modo que cuando el Gran Señor de los Ejércitos lanzó un espadazo dirigido a la cabeza de su enemigo, Krom se agachó, aferró su hacha con fuerza y dirigió un terrible golpe hacia el cuerpo, momentáneamente indefenso, de su oponente. El hacha rajó el vientre de Urka, y desparramó sus intestinos por el suelo. Por un instante, el Gran Señor se mantuvo en pie, aturdido, sin comprender qué había pasado, pero entonces Krom propinó un segundo golpe y hundió su arma en el pecho de su enemigo con tal fuerza que el hacha atravesó su torso y emergió por la espalda.
Uhanxi se levantó pesadamente, mientras sacudía la cabeza intentando aclararse. El terrarón se dirigía hacia él, rugiendo de furia y anticipación. Ya podía sentir la sangre de su oponente corriendo por sus mandíbulas. El ogro se preparó para el encontronazo, pero la rapidez no era su principal ventaja, y el terrarón fue el primero en atacar. El impacto arrancó la carne y el músculo, destrozó fibras y se llevó consigo gran parte de la sangre de su oponente. Pero, en pie todavía, Uhanxi descargó un golpe con todas sus fuerzas y su furia contra las mandíbulas que lo habían herido. Y tales eran la fuerza y la furia del ogro, que el hueso cedió bajo su golpe, astillándose y fracturándose, e hiriendo la carne que lo rodeaba. La sangre manó abundante, mientras el gigantesco terrarón era alzado del suelo por el impacto y caía hacia detrás, de espaldas y pataleando de dolor. Pero Uhanxi estaba agotado, a duras penas podía ya moverse y, tras su proeza, sentía el dolor de las heridas mucho más. De modo que no pudo esquivar el coletazo que lo alcanzó en el pecho y lo derribó.
El terrarón, con la vista nublada por el terrible dolor, notó el impacto del ogro y casi se permitió esperanzarse. Si podía levantarse, entonces podría matar a ese bruto y machacar todo lo que se interpusiese en su camino. El terrarón no tenía más objetivos en su vida que la caza y la supervivencia, pero su apetito era insaciable. Poco a poco, consiguió comenzar a voltearse. Iba a desmenuzar a ese ogro, lo iba a destrozar...
Pero entonces, el hacha de Krom se hundió en su cabeza y todo se volvió oscuro.
El orco victorioso abrió las manos, soltando el hacha. Dirigió un rápido vistazo a Uhanxi, para asegurarse de que todavía respiraba. Sus heridas eran muy graves, pero los clérigos de la ciudad las curarían. El ogro había sobrevivido y él... él...
No se oía ni un sonido, los orcos estaban expectantes.
Krom alzó los brazos, abriéndolos en cruz con las palmas hacia arriba. Su boca se abrió, dejando ver claramente sus colmillos amarillentos, para gritar salvajemente.
-¡Krom Mandíbula de Hierro, Gran Señor de los Ejércitos!
El griterío de los orcos demostró su aprobación.
***
Durgin gruñó... casi podía sentir el fétido olor de los orcos. Paso a paso, aferrando su escudo y su hacha con fuerza, la ciudadela orca estaba cada vez más cerca.
-Durgin...
El enano siguió caminando hacia el frente. Todo lo que tenía que hacer era llegar y machacar unas cuantas cabezas. Por lo común, los enanos no son especialmente agresivos, pero los orcos eran su ancestral enemigo, y los habían odiado desde que el mundo era mundo.
-Durgin...
Y en verdad se merecían ser odiados. Los orcos eran salvajes que solo buscaban el derramamiento de sangre para su disfrute. Además, habían herido a Pook. Merecían la muerte, en venganza por todas las vidas que habían segado a lo largo de la Historia.
-¡Durgin!
El enano se volvió, sobresaltado no por el grito, sino porque algo lo había golpeado. Aferrando su hacha, se preparó para golpear a su atacante.
-Al fin me has escuchado –murmuró Finzo, mientras sostenía en la mano una segunda piedra, casi idéntica a la que había lanzado contra la dura cabezota de su viejo amigo-. ¿Debo suponer que pensabas entrar en la ciudad por la puerta principal y empezar a matar orcos?
A decir verdad, el enano ni siquiera se lo había planteado. Estaba demasiado emocionado con la idea de enfrentarse a ellos. De todos modos, el plan tampoco parecía tan malo.
Finzo pareció leerle los pensamientos, porque, inmediatamente, siguió hablando.
-Tengo que recordarte que es la capital de todos los orcos de este lado del continente. Con toda probabilidad, superará una población de cinco mil. Tal vez incluso llegue a los diez mil. Nos superan en una proporción de dos mil a uno.
-Tal vez... –murmuró el enano, imaginando su propia y gloriosa muerte rodeado de cadáveres orcos.
-Tengo que recordarte otra cosa más, –dijo el diminuto mago, exasperado-, si mueres inútilmente, no podrás cumplir tu promesa de rescatar al príncipe.
-Además, nuestra votación también cuenta –dijo Thalia, harta de que la dejasen al margen-. Y yo no estoy dispuesta a morirme.
Durgin miró hacia Neigeborne, pero la semidrow estaba como ausente, enfrascada en sus propios pensamientos, le pareció. Y dado que Pook no estaba en condiciones de decidir nada, el enano tuvo que aceptar a regañadientes.
-Muy bien, gnomo entrometido ¿y qué propones que hagamos?
Finzo sacudió la cabeza. Podrían intentar infiltrarse con un conjuro de invisibilidad, pero el mago estaba convencido de que en una gigantesca ciudad orca habría clérigos o hechiceros que los descubrirían. Además, ni siquiera sabía cómo era la ciudad.
-Soy un mago ilusionista, no un adivino. Tendría que ver la disposición de la ciudad antes de poder trabar ningún plan.
-¿Y qué propones exactamente? –dijo Thalia, que había llegado a la misma conclusión que el gnomo-. ¿Qué nos acerquemos hasta la ciudad para que nos pillen y nos hagan pedacitos?
-¿Prefieres el plan de Durgin? –preguntó Finzo, irónico-. ¿No? Entonces no tenemos opción.
***
Los pasos de Krom lo llevaban a través del bosque a las afueras de Garad, a la Casa de los Jefes. Era su derecho como Gran Señor de los Ejércitos, y el mismo Gablag el Sanguinario lo había invitado a la reunión. Por lo común, las reuniones orcas de las Casas de los Jefes se limitaban a comer carne de caballo y beber cerveza. En ocasiones, incluso, se permitían tratar algún tema de estrategia militar, es decir que en estos momentos discutían sobre cuantos humanos eran capaces de matar el primer día de ataque al Trirregne. Por lo común, la cifra especulada superaba con creces el número de habitantes del reino entero.
De todos modos, asistir a la Casa de los Jefes seguía siendo un gran honor. Solo Skarabba el Asesino, el supuesto señor de todos los trasgos (un títere de Gablag), los siete Grandes Señores de los Ejércitos y el propio Señor de la Guerra podían asistir a tales reuniones, si bien es cierto que el Sanguinario no había ido a ninguna.
Krom ya podía ver la Casa, situada al pie de una colina. Era de construcción tosca, pero imponente, un palacete de cimientos de piedra y paredes de hierro negro, sin más decoración, tallas o símbolos que una horrible cara a la que le faltaba un ojo, pintada de rojo en la fachada. El orco alzó la cabeza, orgulloso, y apretó el paso. Pero entonces alguien se interpuso en su camino.

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El trasgo estaba colgado de un árbol, valiéndose de las piernas para sujetarse, de modo que quedaba cabeza abajo. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, y su sonrisa, casi de oreja a oreja, dejaba ver sus afilados dientecillos. Los ojos amarillos le brillaban, alegres, y su larga coleta llegaba a la altura del pecho de Krom.
-Salve, Gran Señor de los Ejércitos –dijo Rekhar-. Parece que te han ascendido. Quizá ahora pases de centinela a cocinero, mi enhorabuena.
Con un rugido de furia, Krom intentó hundir la cara de Rekhar de un puñetazo, pero el trasgo no se iba a dejar coger dos veces. Antes de que el señor orco llegase a tocarlo, Rekhar se plegó sobre si mismo y alcanzó la rama, encontrándose rápidamente fuera del alcance de su oponente.
-¡Tranquilo Krom! –rió el espía-. No he venido solo para reírme de ti. Vengo para avisarte.
-¿Para avisarme de qué, kóbold orejudo? –gruñó el guerrero orco, tratando de contener la rabia-. ¿Qué podrías decirme que yo no sepa?
-Que te encaminas a una trampa, idiota –dijo Rekhar, triunfalmente-. ¿Ni siquiera lo habías pensado, verdad?
Por un momento, Krom se olvidó de sus ansias de matar al trasgo, soltó el mango del hacha arrojadiza que iba a utilizar, y miró a su interlocutor con un gesto estúpido, como el que Uhanxi presentaba a perpetuidad. ¿Una trampa? ¿Qué quería decir con eso?
-Piénsalo, Krom. Piénsalo. Hace solo un año eras un humilde sargento, y has subido puestos tan rápidamente que ya eres un Gran Señor de los Ejércitos, y estás al mando de una décima parte de todos los ejércitos de este lado del mundo. ¿Qué podrías llegar a hacer si Gablag te deja el camino libre? Tal vez incluso llegases a suplantarlo... ¿no lo entiendes? Tiene que matarte ahora.
El orco apenas pudo pronunciar palabra. Pero el espía siguió hablando.
-Si vas a esa Casa, habrán varios asesinos esperándote.
Aturdido, Krom miró a Rekhar como si lo viese por primera vez en su vida. ¿Podía ser cierto? Y aunque lo fuera...
-¿Por qué me cuentas esto? –murmuró el orco-. Siempre hemos sido rivales.
-Soy un trasgo muy compasivo –rió el espía.
-¡Maldito seas, no te creo! No has dicho más que un montón de estupideces. Los trasgos sois unos mentirosos, y tú eres el mayor mentiroso de todos.
Rekhar se rió a carcajadas, hasta el punto de que estuvo a punto de caerse del árbol. Pero aún le quedaba una última carta por jugar. Bajo sus risas, Rekhar frunció el ceño. Si esto no salía bien, todo el plan, el meticuloso plan que había trazado paso a paso, caería.
-Soy el mayor mentiroso del mundo, pero eso no importa ahora. Ve a esa reunión si quieres, yo no te lo voy a impedir. Pero quizá aceptes llevar a tu ogro como guardaespaldas... solo por si acaso dijese la verdad.
Y dicho esto, Rekhar saltó a otra rama y se alejó de árbol en árbol, con su agilidad de gato. Krom se quedó sumido en sus pensamientos intentando decidir qué hacer.
Solo por si acaso, había dicho... por si acaso.
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