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Rescate (Capítulo 6.- El Plan de Rekhar)


Relatos

11-11-2004 14:06
Por: Criatura del Averno

Todos los ardides de un trasgo llevan a un único final. Krom, Uhanxi y los compañeros se enfrentan, al fin, a su destino.

I

Garad era una ciudad gigantesca, tan grande como Hinnuvel. Se alzaba en mitad del bosque, en parte sobre la superficie, en parte excavada bajo ella. Una torre negra, alta y picuda, brillaba con el sol del atardecer. Se elevaba en el mismo centro de la ciudad, y casi parecía como si la propia Garad hubiese sido construida alrededor de ella. Tenía algo que demostraba antigüedad, sabiduría y magia. Definitivamente, no había sido construida por los orcos. Frente a ella, más allá de las murallas que la rodeaban, habían construido un edificio de madera, similar a una enorme jaula para pájaros. Y trazando círculos alrededor de estas dos construcciones, habían miles de edificios, de dura roca y hierro oxidado algunos, de madera, pieles y paja otros. Aquí y allá, y al menos una en cada calle importante, oscuras bocas de túneles subterráneos se adentraban en las entrañas de la tierra, continuando la ciudad bajo la superficie.

Así fue como Finzo Darrin Cron Ziamud Vollmr Trelemec Snide Serina Ria Akwar “el Listo”, mago e ilusionista gnomo, contempló la ciudad de Garad, flotando a casi cien metros de altura sobre ella, protegido de miradas indiscretas mediante un conjuro de invisibilidad, y rezando internamente por que ningún clérigo, hechicero o cualquier otro orco con poder suficiente para verlo mirase hacia arriba.

-Calculando por lo bajo –pensó el diminuto mago, mientras su mente repasaba sus conocimientos de matemáticas, ciencias sociales y estadística-, deben habitar Garad unos quince mil orcos... de los cuales al menos siete mil tendrán aptitudes para el combate, si no más. En cuanto a trasgos... habrá con poco otros tantos. Fabuloso... sencillamente genial.

La ciudad estaba rodeada por una muralla de piedra, alrededor de la cual habían levantado una empalizada. Miles, decenas de miles de árboles del bosque en el cual se alzaba la ciudad orca habían sido derribados para construirla, y para fabricar lanzas, jabalinas, arcos, picas y ballestas. Garad entera era un hervidero y, cada poco tiempo, las puertas se abrían para dejar paso a herreros orcos y trasgos que traían espadas y hachas, armaduras y escudos. Kalos tenía razón. Gablag el Sanguinario se preparaba para la guerra. Quizá incluso era posible que fuera él quien había raptado al príncipe, y no... bueno, pero eso era solo una teoría. No iba a pensar en ello ahora. Tenía otro problema más grave ahora...

La ciudad era casi inexpugnable.

***

-Mil y una y tres –dijo Pook, mientras su cabeza se movía convulsivamente con cada palabra delirada-, y yo no hablo contigo, sino con mis hermanos y mis jabalíes, porque tengo treinta y seis yo todos se llaman “sentido del humor”. Si tuvieras algo más de imaginación, les podrías haber puesto mejores nombres... tito... totitotito...

-Está delirando –murmuró Thalia, preocupada-. No lo entiendo, la herida tiene que haber empeorado.

Estaba inclinada sobre el mediano, sin atreverse a sacarle la improvisada venda por miedo a que le herida se abriese de nuevo. Sus manos le temblaban, no conocía la medicina suficiente para poder ayudar a su pequeño amigo. Se sentía inútil, una carga. Detestaba ser una carga.

Rescate (Capítulo 6.- El Plan de Rekhar)
Durgin, por su parte, miraba hacia el Este. Solo estaban a dos horas de Garad y el enano podía ver la ciudad, a lo lejos. Finzo había volado hacía allá hacía tiempo, y no parecía que fuese a volver pronto. El guerrero empezaba a preocuparse, todo estaba saliendo mal. El ladronzuelo estaba al borde de la muerte, Finzo no volvía y Neigeborne...

Tinieblas estaba recostada contra un árbol, mientras todo daba vueltas a su alrededor. La semidrow no podía entenderlo, sus heridas eran superficiales y habían cicatrizado. Sin embargo, la piel alrededor de las cicatrices era pálida, de un malsano tono grisáceo... y ella sudaba, y veía mal. Incluso le costaba respirar. El dolor de cabeza no le permitía pensar con claridad, se sentía perdida, y ni siquiera oía bien. Poco a poco, se fue abandonando... tenía sueño y quería dormir... sólo dormir...

Pero Thalia no le dejaba, y cada vez que se tambaleaba, la cogía de los hombros y la golpeaba. Era realmente molesto y, si hubiera podido mover un músculo, le habría pedido explicaciones. Por desgracia, no era así.

-Uno de esos malditos orcos tenía que llevar su arma envenenada, quizá más de uno –dijo la humana, frustrada-. Neigeborne tiene una resistencia espectacular, pero el khuul primero, y ahora esto... demasiadas sustancias nocivas para ella.

-¿Y el mediano? –preguntó Durgin, contrariado-. ¿Qué demonios le ocurre?

-Me temo lo peor. No me he atrevido a levantar la venda... pero o mucho me equivoco... o se le ha gangrenado. Yo no puedo tratar esto. Necesitamos a un clérigo, o morirá.

Durgin pateó el suelo. Maldito mediano idiota ¿tenía que plantarse así delante del jefe orco...? El enano apretó los puños. Él había nacido para defender a los suyos, para protegerlos. Se había entrenado para ser un muro de piedra insalvable... pero no estaba sirviendo de nada. Sus compañeros estaban cayendo a su alrededor sin que él pudiese protegerlos. Desesperado se tironeó de la barba.

-Durgin... no es culpa tuya –le apoyó Thalia, depositando su fina mano en el hombro (protegido con su poderosa armadura) del enano.

-¡No, maldita sea! ¡No lo es! Si el médico de nuestro grupo fuera un poco competente, esto no estaría pasando –gritó el enano, señalando a la hechicera con un dedo acusador-. Si sirvieses para algo, Pook y Neigeborne no se estarían muriendo. ¡Maldito el día en que te encontramos!

Thalia dio un paso atrás... luego otro, y luego se marchó corriendo. Tenía lágrimas en los ojos. Durgin respiró profundamente, apretando fuertemente los puños hasta que las romas uñas le hicieron sangrar la palma de la mano. Poco a poco, la cordura hizo mella en su cerebro... hasta que el enano se mordió el labio, apesadumbrado.

-¿Qué he dicho...? ¡Thalia, escucha... no era mi intención! ¡Thalia vuelve! ¡Es peligroso!

Pero la hechicera no escuchaba. Sus piernas, más largas y jóvenes que las del enano, la llevaban lejos, mientras abundantes lágrimas recorrían sus mejillas. Ya era la segunda vez que alguien la veía llorar. Intentando estoicamente secarse los ojos, le hechicera corrió tan rápido como pudo, hacia ninguna parte. Sólo alejándose, intentando reprimir su propio sentimiento de inutilidad. Finalmente, agotada, perdida y rendida, Thalia se paró y se decidió a averiguar dónde estaba.

Justo en ese instante, Thalia oyó un grito de voz aguda y desagradable, y demasiado tarde trató de mirar hacia arriba, cuando oyó el crujir de las ramas de los árboles. Un peso cayó sobre la joven que, perdiendo el equilibrio, cayó al suelo, derribada boca abajo. Antes de que pudiese reaccionar, sintió la punta de un afilado puñal, justo en su nuca. Un fétido aliento inundó sus fosas nasales.

-Ni se te ocurra moverte –dijo su atacante. Casi parecía divertido por la situación.
-¿Qué quieres de mí? –preguntó la hechicera, manteniendo su voz tan serena como pudo.
-¡Tranquila! No quiero hacerte daño, Thalia, yo...
-¿Cómo sabes mi nombre?
-¿Qué querías, tener ventaja sobre mí? Al fin y al cabo tu sabes el mío.

Entre el llanto y la risa histérica, la joven humana reconoció al fin al que la había derribado. Por un momento, se preguntó como había podido olvidar esa vocecilla, aguda, silbante y socarrona. Apretando los puños, solo una palabra más emergió de sus labios.

-Rekhar.

***

-¡Thalia! Escucha, vuelve, no quería decir eso –se disculpó Durgin, avergonzado. Su sentimiento de culpabilidad le había llevado a la ira y el enano estaba sinceramente arrepentido. Los enanos son tan rápidos forjando amistades como lo son forjando enemistades, y tenía a la hechicera por una amiga, y en demasiada estima como para dejar que la capturaran los orcos-. Thalia, tu haces lo que puedes. Si no fuera por ti, Pook estaría muerto y Neigeborne no tendría esperanzas... ¡Thalia!

-¿Quieres proclamar tu presencia aquí a los cuatro vientos, enano? –dijo una voz a las espaldas del guerrero-. No me opongo... pero si quieres que te maten, por lo menos déjame divertirme a mí primero.

Durgin dio media vuelta, para encontrarse cara a cara con un orco grande, vestido con una armadura negra. Portaba un hacha, un hacha gigantesca que empuñaba con ambas manos. El pelo sucio de la melena y la barba la caía sobre los hombros. Tras él se alzaba un ogro gigantesco, un monstruo que casi parecía una montaña de fibras, músculo y tendones en movimiento. Y sin embargo, ninguno de los dos parecía querer atacarle. El guerrero enano dio un paso atrás y se cubrió con su escudo, mientras con una celeridad verdaderamente notable sacaba su hacha del cinto. Pero ninguno de sus rivales hizo movimiento alguno. Extrañado, Durgin no se decidió a atacar.

-¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué quieres? –preguntó Durgin, con voz hosca. Su hacha brillaba, fuertemente sujeta y lista para el combate. Y sin embargo, sonaba confundido. Ahí estaba, delante de un ogro gigantesco y un orco, uno de esos que atacaban a los enanos o los elfos solo por el hecho de existir. Su ancestral enemigo, la raza más odiada por los enanos. Y estaba allí, de pie, hacha en mano, sí, pero sin realizar ningún gesto de ataque. En cuanto a su compañero... parecía esperar una señal.

El orco miró al enano bajando la vista. Su horrible cara se contorsionó en un gesto asqueado por un lado, pero esperanzado por otro.

-Tu ayuda –dijo Krom.

***

Había escapado de la reunión en la Casa de los Jefes por muy poco. Incluso con Uhanxi de su lado, habían estado a punto de matarlo. Gablag se había asegurado de que no hubiese tenido ninguna posibilidad. Si no hubiese sido por Rekhar... nadie en Garad lo hubiese vuelto a ver. Para todos, habría desaparecido “misteriosamente”. Y lo peor, ahora se daba cuenta, era que los orcos no lo hubiesen echado en falta. Habría sido otro más, como tantos y tantos antes que él. Otro que había fallado. Otro que había sido demasiado ambicioso. Otro que no merecía vivir. Por que en la sociedad orca, solo merecía vivir quien decidía el Rey, y nadie más. Pues bien, se iba a asegurar de merecer vivir... por qué él iba a ser el Rey ahora, y los días de Gablag el Sanguinario estaban contados.

Por supuesto, la idea original había sido de Rekhar. Tras su escapada de la Casa, el trasgo volvió a aparecer en su camino, con una clara expresión de “te lo dije” en su brillante mirada. Él había urdido todo el plan, y Krom no podía menos que escucharlo. El espía trasgo lo había salvado, Gablag lo había traicionado. No podía oponerse.

***

-¿Mi ayuda? –preguntó Durgin, confundido-... ¿mi ayuda? ¡Estás loco, orco! ¿Mi ayuda?

-Tu ayuda. Y a cambio –dijo Krom, recordando las palabras de Rekhar-, yo te daré lo que habéis venido a buscar.

El enano retrocedió un paso, como si lo hubieran golpeado físicamente. ¿Qué quería decir eso? ¿El príncipe seguía vivo? ¿Qué clase de ayuda necesitaba ese maldito orco para darles al hijo de DeMoreby? Pero entonces, antes de que le diesen tiempo a contestar, o pensar si quiera en ello, habló una tercera voz, a sus espaldas.

-No puedes entrar en Garad si el Señor no quiere. No sin un ejército a tus espaldas y un ariete ante ti. Pero si el Señor quiere...

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Delicioso
16-06-2005 11:30
Aunque quizás carece de la intensidad del anterior sigue emganchándome y el ratito que dedico cada día a leer cada capítulo resulta muy agradable.

Como punto negativo, el final, esos párrafos tan cortos y tantos saltos entre escenas hacen difícil seguir la acción y la atascan un poco.

Mañana más!!!

   aunque sólo he leído las últimas entregas...
03-12-2004 05:11
creo que escribes muy muy bien. En ésta, enganchas al lector, y de qué manera!, el capítulo está muy emocionante, con la promesa de una batalla espectacular. Muy bien llevada y dejas muchas cosas en el aire a la imaginación, lo que es muy bueno. Lo peor para mí: Es una historia demasiado manida y estereotipada.
Pero muy buena. Espero que sigas escribiendo y gracias por compartirlo!

   Adiero
16-11-2004 00:19
es muy bueno, adiero a la mosion de el dibujante. quiero más!

   No... Mejor!
11-11-2004 15:12
Lo releí... La parte final es sencillamente inmejorable... Me imaginé el juego de las cámaras mientras lo leía.

Así que no te has mantenido. Te has superado.

   Interesante giro
11-11-2004 14:42
Enhorabuena, sigues bien en la línea. Me han llamado la atención dos cosas: el inesperado giro que da el pacto entre los orcoides y los héroes, muy bien llevado aunque con tanta voz saliendo de la trastienda, parecía una sucesión de personajes en una peli de Mel Brooks (no te me ofendas eh ;-) )

Otra de las cosas es la perspectiva cinematográfica, con esos cambios de escena rápidos. Muy interesante.

Lo único que me parece que se ha quedado corto es la entrada en la jaula. Creo que pasas muy deprisa por un momento que creo merecería una narración más detenida. No es el Bernabéu, es la boca del lobo y se van a enfrentar a poco menos que un semidios de la guerra!

En fin, enhorabuena y sigue así.

   Excelente!
11-11-2004 14:38
Sigues con la calidad mostrada en toda la serie. Estoy realmente enganchado.

Deberías buscarte un dibujante que te cree los personajes, por no dejar.

Felicidades, y sigue así!



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