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Durgin, Finzo, Krom y Uhanxi se enfrentan al monstruoso Gablag el Sanguinario. Pero los compañeros todavía no conocen todo el poder del terrible Señor de la Guerra.
El Señor de la Guerra era un orco inmenso. Sobrepasaba los dos metros y medio de altura, y medía al menos metro y medio de un hombro al otro. Vestía una siniestra armadura, no solo negra, sino que parecía hecha de oscuridad. El metal aparentaba atrapar la luz y tragársela, hasta tal punto que era imposible distinguir los detalles de la coraza. En la mano izquierda, Gablag sujetaba un gran escudo de metal, que le cubría todo el brazo, pero con la mano diestra acababa de sacar un hacha de su cinto. El hacha era la única pieza de su armamento que no era oscura, si no todo lo contrario. Era de un metal blanquecino, luminoso. Su hoja estaba perfectamente tallada con el motivo de un dragón escupiendo fuego.
Pero lo más atemorizante de todo su aspecto era su rostro. Parecía que su piel estaba curtida de cicatrices, deformando su cara en una masa casi amorfa, de donde solo podía distinguirse sus rasgos básicos. La boca era grande, y le sobresalían colmillos como de jabalí, sus orejas eran pequeñas y puntiagudas, y su nariz eran dos fosas nasales abiertas directamente en su cara. Su ojo izquierdo estaba vacío, pero no se había molestado en cubrirlo con un parche ni en cerrarlo. Podía verse la cuenca ocular, oscura y semiesférica. Sin embargo, su ojo derecho brillaba con vivacidad y una luz siniestra y rojiza.
Durgin gruñó, mientras se le encendían los ojos. Miraba el hacha de su enemigo.
-Mithril... ese hacha es enana
Pero aún no había acabado de hablar cuando Gablag pronunció una palabra. Su voz era profunda, grave y poderosa. Parecía surgida de las mismas entrañas de la tierra.
-Llama.
E inmediatamente, el hacha se recubrió de un fuego rojizo, que chispeaba y alumbraba el rostro del orco, pero no su armadura de oscuridad.
-Krom –dijo Gablag, mirando a su oponente, que estaba alzado, sujetando su enorme hacha con ambas manos-. Estás muerto.
Los orcos, que se habían mantenido en silencio, estallaron en aclamaciones. Prácticamente toda la ciudad había acudido al enfrentamiento. Era la batalla de la década. En muchos combates de la jaula, los orcos apostaban sobre el ganador, pero no se habían molestado en hacerlo en este. Nadie creía que los compañeros tuviesen la más mínima oportunidad contra Gablag.
Los compañeros tomaron la aclamación de los orcos como una señal de que el combate había comenzado. Uhanxi, Krom y Durgin se lanzaron hacia delante, sujetando sus armas con fuerza, mientras Finzo murmuraba un conjuro. Las grandes zancadas del ogro lo hicieron avanzar más rápido que los demás, mientras rugía y alzaba su inmensa porra, dispuesto a descargar su terrible golpe. Gablag esperaba tranquilamente, con ambos pies separados y la cabeza erguida, mientras los pasos del bárbaro ogro hacían temblar el suelo. Uhanxi alzó la terrible maza sobre su cabeza, empuñándola con las dos manos, y con un fuerte rugido, la dejó caer sobre el cuerpo de su oponente, mucho más pequeño que él.
Gablag, sencillamente, interpuso su escudo.
Durgin, que aun corría hacia su enemigo, vio inmediatamente el error del Señor de la Guerra. Era un golpe terrible, capaz de aplastarle sin problemas todos los huesos a un ser humano. Sus largos años de entrenamiento como guerrero le habían enseñado a esquivar esos golpes, pero nunca pararlos. Lo normal era que el impacto le partiese el brazo.
Pero Gablag se mantuvo en pie, sin moverse. El impacto de la maza ni siquiera le había hecho temblar. Dirigiendo una mirada a Uhanxi, sonrió.

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Más furioso que nunca, el ogro levantó su maza de nuevo y la descargó sobre su enemigo, gritando de frustración. Pero el Señor de la Guerra golpeó el arma enemiga con la suya propia. El estruendoso choque resonó en los oídos de todos los que presenciaban el combate, mientras por unos segundos, ambas armas quedaron enfrentadas. Después, la maza de Uhanxi cayó partida en dos mitades, ambas ardiendo por el fuego mágico del hacha de Gablag.
El bárbaro ogro dio unos pasos hacia atrás, confundido y temeroso. Por primera vez se había encontrado con un oponente al que no podía aplastar. Y tenía miedo. Miró a Krom, esperando que el Gran Señor de los Ejércitos le diese alguna instrucción. Pero en ese instante, el hacha enemiga le golpeó en el vientre, abriéndole un tajo terrible y, claramente, mortal. La herida no sangraba, el propio fuego la había cicatrizado, pero Uhanxi nunca había soñado conocer un dolor semejante. El terrarón parecía un juego al lado del monstruo contra el que se enfrentaba. Tambaleándose, perdido en su propia confusión y el lacerante dolor, el ogro se desplomó entre convulsiones.
La sangre parecía habérsele helado a Krom en las venas. Un golpe, un solo golpe propinado por ese monstruo, había bastado para tumbar a la criatura más fuerte que jamás hubiese conocido. Aterrado, Krom detuvo en seco su carrera y dio un paso atrás. Sujetó su hacha con fuerza, mientras veía como el orco alzaba la vista hacia él, arrancando su hacha del estómago del ogro. Sin saber si avanzar o retroceder, Krom miró al enano.
Pero Durgin no se había parado. Ahora, ya en el combate, el honor era más fuerte que el miedo. Pues los enanos son valientes y honorables, y no se iba a detener por la caída de un ogro estúpido. Ya no corría, sino que caminaba con decisión, golpeando la arena con sus botas a cada paso. Alzando su escudo, lo golpeó con el hacha, produciendo un agudo sonido metálico. Pero sus gritos se oían por encima de él.
-¡Ven aquí! ¡Ven aquí, maldita bestia ladrona! ¡Veamos si tu hacha enana consiente en dañar a uno de los suyos!
Cambiando su objetivo, Gablag comenzó a caminar hacia el enano, y luego a correr hacia él, protegiéndose el frente con el escudo mientras alzaba su terrible hacha, que dejaba una rojiza estela de llamas a su paso. Viendo venir a su enemigo, Durgin se detuvo, echó un pie hacia atrás y se preparó para recibirle como se merecía. Con un grito salvaje, el Señor de la Guerra descargó un golpe mortífero...
...que fue a clavarse en la arena donde, un segundo antes, estaba el enano. Durgin respondió con un golpe de su propia hacha, pero esta rebotó en la dura armadura enemiga. El guerrero notó vibrar su brazo con la energía mágica que despedía aquella cosa, pero no retrocedió. Blandió su hacha de nuevo para detener el golpe que el orco intentaba propinarle. Las chispas saltaron.
-No luchas mal... para ser un enano –dijo el Señor de la Guerra, y su voz parecía un trueno.
-No puedo decir lo mismo de ti –se burló Durgin. Pero sabía que no era cierto. Su oponente era superior a él. Cada golpe detenido le robaba energías, mientras que el orco no parecía cansarse en absoluto. Por un segundo, el entrechocar de los metales se izo más intenso... y entonces Krom entró en combate.
Lanzando un golpe feroz, el orco golpeó el escudo de Gablag, ya aboyado y deformado por el golpe de Uhanxi. Con suerte, conseguiría romper sus defensas. Gablag no podía defenderse por igual de dos oponentes que de uno...
...o tal vez sí.
El Señor de la Guerra luchaba como un torbellino. Paraba los golpes de sus dos oponentes y lanzaba los suyos propios, con una fuerza y un poder inigualables. Los pocos ataques que no conseguía desviar su hacha o su escudo, rebotaban en su armadura. Ni siquiera la poderosa hacha de Krom podía atravesar esa masa metálica.
De pronto, un golpe del hacha de Gablag hirió a Krom en el brazo. Herido a fuego y acero, el golpe era terrible tan terrible que hizo retroceder al orco, dejando al Señor de la Guerra solo contra el enano por unos segundos. Durgin lanzó su ataque y Gablag lo desvió con el escudo, lanzando a su vez el suyo. El enano detuvo el golpe con su hacha, y ambos oponentes, cara a cara, enfrentaron sus armas en un duelo por desarmar a su enemigo. Pero Gablag era el más fuerte, y su hacha hechizada, la más poderosa. Con un gesto decidido, hizo volar la hoja de su enemigo por los aires, lanzándola fuera de la Jaula.
Solo y desarmado, el enano no retrocedió. Se preparó para luchar con su escudo y, si era necesario, con los puños. Hasta la muerte. Gablag alzó su hacha.
De pronto, el Señor de la Guerra lanzó un grito de dolor. Unos rayos de luz pura habían atravesado su armadura y herido su carne. Alzando la vista, el orco vio a Finzo, flotando cerca de la parte superior de la Jaula, y murmurando un nuevo hechizo. Preparándose para hacer frente a este nuevo enemigo, Gablag descuidó uno de sus flancos, y recibió un nuevo impacto. El hacha de Krom le había golpeado.
Fuera de sí por la furia y el dolor, Krom había descargado un terrible ataque sobre el hombro de Gablag, atravesando la armadura e hiriéndole considerablemente. Aprovechando su distracción y atacándole por el lado ciego, Krom había conseguido para él la primera sangre.
Furioso, Gablag se dio la vuelta, tan rápidamente y con tanta fuerza, que arrebató el arma de las manos de Krom, que seguía profundamente clavada en su hombro. Desesperado, y sin escudo para protegerlo, el Gran Señor de los Ejércitos intentó sacar su hacha arrojadiza del cinturón. Pero el Rey orco fue más rápido. Un golpe, un único golpe letal, fue necesario. Dejándose llevar por la rabia que le dominaba, Gablag golpeó el costado de su oponente, atravesando armadura, carne y hueso. Krom no llegó a sentir dolor. Este era demasiado fuerte para que sus nervios pudiesen transmitirlo. El hacha de Gablag recorrió el cuerpo de su oponente y salió por el otro lado, partiéndolo en dos mitades. Por un segundo, el orco se quedó mirando a su asesino, con cara de sorpresa. Luego, se desplomó.
Mientras nuevos rayos luminosos de Finzo le golpeaban, Gablag se volvió para acabar con el enano, mientras desincrustaba el hacha de su enemigo muerto de su hombro. Pero aun le quedaba una sorpresa.
Uhanxi, malherido y furibundo, se había arrastrado hacia él y había alzado los brazos, para atrapar a su enemigo entre ellos. Gablag se vio rodeado por aquellas masas de carne y músculo, gruesas como troncos, y alzado por ellas en un abrazo terrible. El ogro estaba decidido a matar antes de morir, y apretaba con sus brazos el cuerpo del Señor de la Guerra, dispuesto a aplastar su pecho. Rugió, mientras Durgin y Finzo, demasiado asombrados para reaccionar, se quedaban mirando el poderoso ataque.
Sintiendo la terrible presión del abrazo de Uhanxi, y a pesar de que le faltaba el aire, Gablag distaba mucho de estar derrotado. Dejando caer su hacha, que en aquellos momentos no era sino un estorbo, el orco cerró el puño derecho y lo volvió a abrir, invocando las temibles zarpas de los guanteletes. El estúpido ogro no llegó a comprender como el Señor de la Guerra, al que ya consideraba vencido, fue capaz de hundirle la mano entera en el vientre, abriendo su anterior herida y atravesándole el estómago y el hígado. Los brazos se aflojaron y Uhanxi volvió a caer al suelo, esta vez muerto.
Gablag se alzó, tomando aire por el terrible abrazo. Su puño estaba chorreando sangre ajena. Con una mueca de satisfacción, el Señor de la Guerra se agachó a coger su hacha.
-¿Buscas esto? –preguntó Durgin, empuñando fuertemente el arma encendida en llamas. Gablag le miró, furioso, mientras sacaba también las garras del guantelete izquierdo, dejando caer su escudo. Ambos contendientes se lanzaron, uno contra el otro, buscando la muerte de su enemigo.

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Finzo, mientras tanto, lanzaba sus rayos de luz. Era un hechizo débil, casi de aprendiz, pero no podía arriesgarse a invocar nada más poderoso por miedo a herir también al enano. Maldiciendo su suerte, abrió su palma y nuevos rayos golpearon su objetivo.
Pero Gablag ni siquiera los notaba. Lanzaba zarpazos contra su enemigo, mientras esquivaba la mortífera hacha de fuego, ahora propiedad de Durgin. Ya había olvidado, incluso, la herida que Krom le había hecho. En su mente solo tenía cabida la muerte de su enemigo. Tenía que acabar con él. Matarlo. Matarlo.
Durgin lanzó un golpe con su hacha y, apenas lo hubo hecho, se dio cuenta de su error. Había intentado golpear el brazo, justo por debajo del hombro, pero eso le había acercado demasiado a sus garras. Instantáneamente, notó como Gablag le sujetaba la mano diestra por la muñeca, intentando que soltase el hacha. Las garras se hundieron profundamente en su carne. El enano apretó los dientes... no iba a darle la satisfacción de oírle gritar.
El veneno de las garras mareó a Durgin, pero resistió. Era duro como una roca... un enano tenía que ser duro como una roca. Siguió empuñando firmemente el hacha, pero entonces, la otra mano de Gablag lo tomó por el costado. Las garras atravesaron la armadura del guerrero, y le hirieron. La sangre manaba abundantemente por las heridas. Los dientes le rechinaban, el dolor era insoportable. Los dedos se le aflojaron, y su escudo cayó al suelo, pero no soltaría el hacha. Y no gritaría.
Gablag alzó a su víctima del suelo, riéndose con su profunda y terrible voz. Notó como los tendones de la muñeca se desgarraban, y las zarpas se hundían más y más en la carne del costado de Durgin. Su enemigo empezaba a tener calambres y sacudidas. La muerte estaba cerca.
Se oyó una explosión, y la onda expansiva de una bola de fuego golpeó a Gablag en la espalda. Tomado por sorpresa, soltó a Durgin y cayó al suelo. El enano rodó hasta uno de los barrotes de la Jaula, lo partió y quedó fuera, tumbado y herido, pero tratando de levantarse para volver al combate. Poco a poco, el enano se alzó, pasó su hacha a la mano izquierda, que aún no tenía inutilizada y trató de volver a entrar en la Jaula. Pero varias manos y brazos lo detuvieron.
-Has salido de la Jaula... ahora no puedes volver.
Las tinieblas de la mente de Durgin se despejaron. Aunque las heridas le dolían, no quería dejar a su amigo solo contra ese monstruo. No se iba a retirar de un combate. No...
-¡FINZO...!
El gnomo estaba flotando, justo por debajo del techo de la construcción. Abajo, en el suelo, Gablag ya se había alzado, y le miraba con una mezcla de ira y sorna, con su único ojo rojizo.
-Muy bien, gnomo, tu y yo, solos.
Finzo murmuró un nuevo hechizo y lanzó un rayo azulado contra Gablag, pero el orco se hizo a un lado en el último instante, esquivando el ataque en su mayor parte. El rayo hizo volar una considerable parte del suelo, pero apenas alcanzó al Señor de la Guerra más que unas leves quemaduras.
-¿Es lo mejor que puedes hacer? –preguntó Gablag-. Idiota, inútil. Yo he ganado.
-¡Devuélvenos al príncipe, si no quieres que acabe contigo!
Era un farol tremendo, pero Finzo estaba desesperado. No podía sino intentar ganar tiempo. Y además, tenía una teoría...
-¿Príncipe? ¿Qué príncipe? –preguntó el gigantesco orco, extrañado. La cara de ignorancia era tan genuina, que Finzo estaba seguro de que Krom y Rekhar los habían engañado. No estaban tras la buena pista. El hijo de DeMoreby no estaba en Garad-. No se lo que tramabas, gnomo, pero ha fallado.
Y dándole la espalda, se dirigió hacia el cadáver de Krom. En el cinto, aún habían dos hachas arrojadizas, perfectas para que Gablag acabase con el mago, de una vez y para siempre.
La mente de Finzo trabajaba a toda velocidad. El monstruo era rápido, como había dicho Krom. A duras penas podía rozarle con sus hechizos. Mucho menos matarlo. Repasó todos sus conjuros, mientras lanzaba un nuevo rayo. Gablag caminaba tranquilamente, haciéndose a un lado tras cada uno de los conjuros. Ni siquiera se apresuraba en matarlo. Disfrutaba con el sufrimiento del gnomo.
Pero en ese instante, Finzo decidió cambiar de objetivo. Su dedo dejó de apuntar al gigantesco orco, y señaló hacia uno de los barrotes. Murmurando entre dientes una salmodia, el fuego nació allí donde el mago apuntaba, iluminando la Jaula. Finzo movió el dedo y el fuego lo siguió, trazando un círculo alrededor del perímetro de la construcción de madera.
Gablag alzó la vista.
-¿Qué estás haciendo? –preguntó- ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?
El fuego crepitaba mientras consumía los barrotes de madera. La Jaula entera crujió y se tambaleó amenazadoramente.
***
Durgin alzó la mirada... ¿qué estaba haciendo el gnomo? ¿no pensaría...? ¡no sería capaz!
***
El muro de fuego iluminaba siniestramente el rostro de Finzo, que sonreía.
-¿Tu que crees?
-¡PERO TÚ TAMBIÉN MORIRÁS! –gritó Gablag
La sonrisa del diminuto mago se ensanchó, mientras un nuevo crujido inundaba el ambiente.
-Entonces será mejor que Garl, dios de los gnomos, perdone mis faltas –contestó con voz burlona. E inmediatamente, cruzó los brazos sobre el pecho y empezó a hablar para si mismo, como si rezase.
La furia brillaba en el único ojo de Gablag. Corrió hacia Krom y sacó las hachas del cinturón, mientras la salmodia de Finzo inundaba sus oídos.
-¡CAERÁS ANTES QUE YO, GNOMO! ¡TÚ ANTES QUE YO!
Gablag empuñó el hacha y, dándose la vuelta, la lanzó.
-¡TÚ ANTES QUE YO!
El hacha dio vueltas en el aire, mientras el gnomo seguía murmurando. Milésimas de segundo antes de que el arma llegase a su cuerpo, el gnomo dejó de hablar.
El hacha lo atravesó.
***
Durgin contuvo la respiración, mientras miraba la trayectoria del hacha. Miró, anonadado, como el arma atravesaba a Finzo y se clavaba en el barrote que había sobre él.
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Desde su privilegiada posición, Rekhar tenía la boca abierta en una mueca de incredulidad. Nunca había visto nada así
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Gablag abrió su único ojo rojo y brillante, mientras su boca articulaba un grito.
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Finzo había acabado su hechizo en el momento en que había dejado de hablar. Su cuerpo se había transformado en niebla y partículas de gas, que flotaban en el punto donde había estado, segundos antes, su entidad física. El hacha lo había atravesado, pero era tan inútil el intento de herirlo como intentar herir el aire. La Jaula crujió por última vez, y se desplomó. Cientos de kilos de madera cayeron, atravesando el nebuloso cuerpo de Finzo, sobre el indefenso Gablag, que rugía de frustración, rabia y miedo. Con un estruendo similar al de un trueno, la caída Jaula golpeó el suelo, levantando una nueve de polvo a su alrededor.
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Cuando la polvadera se depositó de nuevo, los expectantes orcos pudieron ver a Finzo, que se había materializado de nuevo, flotando sobre los restos de madera. Pero ya no parecía el mismo. Era más oscuro, parecía como si su sombra se extendiese sobre ellos. Su silueta era borrosa y se movía como si estuviera hecho de fuego. Cuando habló, no movió los labios, y su voz parecía salida del mismo averno.
-Soltadle –dijo Finzo, señalando al enano. Los orcos obedecieron sin dudarlo un instante. Finzo descendió del cielo y se puso a la altura del enano-. He derrotado a vuestro Señor, porque soy un demonio venido de los planos infernales –declaró. Y en verdad, parecía un demonio. Los ojos le brillaban, parecían echar chispas-. ¡Ahora salid de mi camino!
Rápidamente, los orcos se apartaron para dejarle un paso hacia las puertas.
-Larguémonos de aquí antes de que se den cuenta que les he engañado –murmuró el gnomo al oído de Durgin-. ¡Vámonos!
Y ambos compañeros marcharon a las puertas, atravesando el paso que le dejaba la multitud. Varios orcos corrían a encerrarse en sus casas. El mago había aterrado a toda la ciudad.
O a casi toda, al menos. Desde la torre, Rekhar los vio marcharse, recordando que había oído cuanto le gustaban a los gnomos los conjuros de ilusión. Sin duda, Finzo era bueno, muy bueno.
El plan no podía haber salido mejor, se dijo Rekhar, cuando Finzo y Durgin hubieron salido de Garad. Se había deshecho de Krom, su viejo oponente y, lo más importante de todo, se había vengado de Gablag. El espía trasgo esperaba una cosa u otra, pero ambas era más de lo que podía pedir. Ahora, Drikker, su padre, estaría tranquilo. Su asesino estaba muerto.
Satisfecho de si mismo, Rekhar bajó de la torre hacia el montón de madera que había sido la Jaula en sus mejores momentos, y trepó por él. El gnomo era un genio, se dijo, y sonrió. Ya sobre la Jaula, miró los escombros. En algún sitio, allá abajo, estaba enterrado Gablag. El trasgo escupió.
De pronto, los barrotes de la Jaula parecieron explotar desde dentro. Rekhar perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, confundido y mirando con ojos desorbitados.
-No, no es posible –murmuró-. ¡No es posible!
Con un terrible rugido de furia, mientras apartaba los barrotes que lo aprisionaban, el Señor de la Guerra se alzó. Le colgaba un brazo, estaba torcido hacia un lado y cubierto de sangre. Tenía tantas hemorragias internas, que parecía sangrar por los mismos poros. Pero estaba vivo. Había sobrevivido a algo que nadie hubiese podido soportar.
El único ojo de Gablag miró al trasgo, que apenas podía moverse de la sorpresa.
-Rekhar... –murmuró-. Llama a un clérigo ¡Ahora!
Mientras el trasgo salía corriendo a las órdenes del Señor, mientras maldecía la resistencia de éste con voz amarga, el orco alzó su mirada hacia las puertas de Garad.
-Esto no ha terminado, gnomo. ¡Esto no ha terminado!
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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A mi no me ha importado el combate |
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17-06-2005 10:02 |
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Tal vez porque me recuerda a mis propias gestas cuando yo jugaba. Creo que está bien narrado y se hace ligero para leer. Creo que para ser un combate nada más el capítulo está muy bien.
Lo que sí es cierto es que ya se echa en falta algún capítulo en el que vuelva a calma y se retome el desarrollo de la trama.
Y mañana, más!!
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pues no me ha gustado tanto... |
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03-12-2004 05:35 |
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ya son unos cuantos capítulos los que he leído y éste es el que menos me ha gustado... lo siento si no te gusta oirlo, porque creo que el conjunto tiene calidad incluso para ser publicado, pero no se debe a que sólo haya combates... parece escrito más apresuradamente y pierde parte de la calidad y la claridad (en muchas ocasiones es confusa la lucha) que lo hacían tan interesante en anteriores entregas...
De todos modos, muy bueno... muchas gracias por compartirlo!
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Muy buena narracion |
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25-11-2004 22:01 |
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Enhorabuena,
no se si sera por las criticas ke te hice en anteriores capitulos o simplemente la practica lo k ha hecho ke mejores tanto.Me ha gustado mucho la narracion,y no soy de los k les importe k haya mucho combate,o poco,mientras ke este bien descrito (para dar un ejemplo,en todas las entregas de tolkien conocidas,excepto kiza El Hobbit,poseen muchos combates muy largos).
Sigue asi.
Saludos
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RE: Muy buena narracion |
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25-11-2004 22:06 |
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Por cierto,
parece ke aparte de mi, nadie mas suele poner criticas...ke haces...les pagas? XD
Excepto kiza Deus,aunke su unica critica es por lo de k haya mucho combate,algo k no se puede evitar si estas narrando una partida (vamos,ke si te metes en un juego de rol,para estar tol dia de chachara,pues como ke no! xD)
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No esta mal... |
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19-11-2004 21:41 |
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...nada mal. Se me hace aburrido tanto combate, pero está muy bien narrado. Espero que sigas publicando historias.
Nos vemos, Criatura.
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Requiem para un ogro |
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17-11-2004 18:12 |
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Aunque a primera vista pueda parecer extraño, tanto Krom como Uhanxi fueron personajes jugadores, no PNJ. Y sin embargo, pese a su escasa duración y su personalidad, que no estaba demasiado trabajada (porque no tenía), Uhanxi ha sido uno de los personajes que más hemos recordado. No por su enorme fuerza (Un dieciocho natural en las tiradas, con el modificador a la fuerza de +10 para los ogros... calculad, jeje), sino por su ridícula inteligencia. Aún hoy, casi dos años después de jugar esa partida, seguimos empleando de cuando en cuando la expresión "estás hecho un Uhanxi" cuando alguien dice o hace una estupidez.
Así que, podríamos decir que Uhanxi es un personaje que, cuanto menos, merecía este post.
Un saludo a todos, y especialmente a los que jugamos esta partida.
Criatura del Averno
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Excelente |
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17-11-2004 13:56 |
Es que si matabas al enano, te dejaba de leer... Todo el mundo mata a los enanos en sus historias.
Sigues con el buen ritmo. No comparto los comentarios de que es mucho combate, pues se sabía que esta entrega sería solo eso.
Pero ahora sí me perdí... Dónde está el bendito príncipe?
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RE: Excelente |
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17-11-2004 14:19 |
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Si lees alguno de mis anteriores comentarios en otras entregas de este relato, verás que dije desde el principio que a mí no me dice nada que un relato sea solo de combates. Dicho esto, añado: en otros comentarios admití que los combates que se narraban eran muy dinámicos y no me hicieron má spesada la historia. Puede que tú supieras que SOLO iba a haber combate en este capítulo (seguro que ya te has forrado jugando a loterías con tus dotes adivinatorias), pero yo no. No sabía si iba a haber un giro distinto en la historia o sólo combate, y quñe quieres que te diga, esta vez el combate se me ha hecho repetitivo y monótono, igual que otras veces se me ha hecho entretenido.
Una última cosa: el hecho de que se sepa que va a haber sólo combate no implica que t etenga que gustar, no? Pues eso, a mí, lo supiera o no, no me entreteienen los combates en un relato.
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RE: Excelente |
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18-11-2004 13:48 |
deus101 dijo: Puede que tú supieras que SOLO iba a haber combate en este capítulo (seguro que ya te has forrado jugando a loterías con tus dotes adivinatorias)
Siempre es un placer hablar con alguien tan educado y abierto a comentarios. Gente como tú es la que hace a nuestra comunidad tan maravillosa.
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RE: Excelente |
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17-11-2004 19:19 |
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Oye Criatura, yo quiero echar una partida contigo ¿eh?
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Bueno... |
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17-11-2004 17:52 |
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Aunque yo no tenga dotes adivinatorias (por desgracia), sabía ya antes de enviarlo que, por lo menos a tí, este capítulo no te iba a gustar. Y sin embargo, creía necesario plasmar el que, tal vez, fuese el mayor de los combates de la partida, y también el más recordado.
Como tu dijiste, Gablag es casi un Semidios de la Guerra... necesitaba un capítulo entero!
Y dicho sea de paso, yo también prefiero los capítulos más narrativos antes de los de combate. Pero creo que queda claro el porqué lo hice.
Espero que te guste más el ocho... ya veremos.
Criatura del Averno
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Para mi gusto... |
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17-11-2004 13:44 |
...está menos entretenido que otras entregas. Lo mejor: el desenlace final y el hecho que vemos plasmados los planes de Rekhar. Lo malo: sigo cansándome demasiado deprisa de tantas secuencias de combate. Creo que la acción es un instrumento para dar forma a la narración, no un fin en sí. Pero weno, es la narración de una partida, tampoco vamos a ser quisquillosos
Un saludo!
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