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Lung, que estaba tumbado en una de las camas del cuarto, mirando el techo, se incorporó y miró a sus compañeros.
-No os preocupéis por los Siete –dijo-. No son tan poderosos como la gente cree. A menudo, Satán utiliza el miedo y la persuasión para vigilar sus tesoros, en lugar del verdadero peligro.
-¿Conociste a los Siete? –preguntó Drutt, acercándose al grupo.
-Sí –contestó el Maestro-, hace ya mucho tiempo. Y tengo que deciros que no me costó demasiado evitar sus garras. Puede que su aspecto sea amenazador, pero no así su verdadero poder.
-Desconocía esa historia, Maestro –comentó Drutt-. Cierto debe ser que ese encuentro ocurrió hace mucho tiempo, puesto que la barrera de hielo duró más del mil años.
-Yo tampoco sabía nada de eso –dijo Tamik-. Veo que estáis preparados para el viaje. Entonces debemos irnos ya a dormir. Tanto vosotros como yo y Drutt tenemos que partir por la mañana temprano.
-Escucha, Tamik –dijo Drutt sonriendo ampliamente-, ¿eso no debería decirlo yo?
El Guerrero del Dragón miró con sorpresa a Drutt durante unos instantes y soltó una carcajada.
-Sí, tienes toda la razón –dijo aún riendo-. Da tú la orden.
-De acuerdo –respondió Drutt e, imitando la voz de Tamik, continuó-. Debemos irnos ya a dormir. Tanto vosotros como yo y Tamik tenemos que partir mañana temprano.
Todo el grupo estalló en carcajadas, despertando a Leonel, que los miró con ojos somnolientos. Lanzó un gruñido y volvió a dormirse. El resto de sus compañeros le imitó y todos ellos se quedaron profundamente dormidos.
Al día siguiente, todos los miembros del grupo se levantaron al amanecer, tal como habían decidido a la noche. Leonel se despertó relajado y alegre, y en seguida salió de la casa a disfrutar de la hermosa mañana que tenía delante. Fue seguido por sus compañeros, a quienes no les importaría dormir un rato más. Afuera ya les estaba esperando Rimaraf, agarrando una sucesión de ropas de abrigo. Detrás de él estaba todo el pueblo. El viejo druida se acercó a sus huéspedes y alargó el brazo con le que asía los abrigos.
-Aquí tenéis –dijo-, vuestros trajes hechos a medida. Llevan vuestros nombres, así que no debe de haber confusión. Tenéis chaquetas, pantalones, guantes y bufandas. Tengo que deciros que estas ropas son para llevar encima de la que lleváis ya. ¡Ah, se me olvidaba! Toma, Lobo, tu uniforme.
-Gracias, Rimaraf –respondió el hombre-lobo, cogiendo la ropa que le entregaba el anciano.
-Espero que descubras quién eres en realidad –dijo Rimaraf-. En serio te lo mereces –se volvió a Lance-. Bueno, creo que será mejor que partáis cuanto antes. Esto es una carrera contra el tiempo. El Demonio Rojo se está preparando para lanzar su ataque a Nortia. Debéis partir antes de que sea demasiado tarde.
-Nosotros también debemos dejaros –dijo Drutt, antes de que Tamik pudiera abrir la boca-. Nos habría gustado seguir vuestras aventuras, pero aún tenemos cosas que hacer. Los ejércitos del Demonio Rojo aún se están expandiendo, y hay que impedirlo. Yo y Tamik debemos volver a la colina.
-No te preocupes –dijo Lance-, lo comprendemos. Pero creo que esto no es un adiós, sólo un hasta luego.
-Es posible que tengas razón –respondió Drutt-. En fin, ya hemos perdido demasiado tiempo. Que tengas toda la suerte del mundo, amigo mío. Partid en paz.
-Escuchad las sabias palabras del líder de la colina –dijo Tamik-. Estoy seguro de que nos volveremos a ver. Hasta la vista, amigos.

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Los seis compañeros se despidieron de sus dos guías y de Rimaraf y del resto del pueblo, e inmediatamente empezaron a caminar rumbo al norte. Drutt y Tamik avanzaban hacia el sur, acompañados de un grupo de guerreros de Tauton que les ayudaban a transportar los cadáveres de Elmer y Atcor. El sol brillaba radiante en el cielo, pero aún así las temperaturas era muy bajas y, a medida que avanzaban por el zigzagueante camino, éstas iban bajando con rapidez, por lo que se vieron obligados a ponerse las ropas de abrigo. En algunas zonas ya podían ver algo de nieve. Lung marchaba delante y con él iba Lot, que conocía algo más que el resto de sus compañeros las leyendas que circulaban por el Bosque Gris. Los otros les seguían en fila y Leonel cerraba la marcha. No le apetecían transformarse en murciélago y quería estirar un poco las piernas. En horizonte podían ver la Montaña Pálida, en cuya cima se encontraba el Bosque Gris.
Llevaban varias horas de marcha cuando el tiempo cambió. Un fuerte viento empezó a soplar hacia el sur y el sol se ocultó tras unas espesas nubes negras. El viento helado soplaba desde la Montaña Pálida y parecía que ninguna ropa pudiera protegerlos contra aquellas agujas penetrantes. Incluso Lobo, con su amplio pelaje, temblaba de pies a cabeza. La marcha se hacía lenta y agotadora, mientras el frío se hacía más y más intenso. El Maestro Lung y Leonel eran los únicos a quienes no parecían afectar las gélidas condiciones de aquellas regiones. Era avanzada la tarde cuando empezó a nevar con fuerza, lo que les dificultaba el avance por el estrecho camino de tierra. La nieve era cada vez más alta y los pies de los seis compañeros se hundían profundamente en ella.
Cuando llegó la noche, la compañía fue afortunada y pudo encontrar un hueco profundo en medio de los macizos árboles que había a los lados del camino. Los árboles impedían la entrada del viento, así que Leonel fue capaz de encender un buen fuego y, por primera vez desde que salieran de Tauton, el grupo notó algo de calor.
Al día siguiente, la compañía salió del hueco y descubrió complacida que el viento había amainado y que ahora soplaba hacia el este. Además, las nubes eran menos espesas y en algunos momentos asomaba el sol. Con aires renovados, Lance y sus compañeros siguieron avanzando hacia el norte, donde podían ver, ahora muy cerca, la gran Montaña Pálida. A medida que avanzaban, el camino iba cambiando, volviéndose más irregular y pedregoso. A Lance le daba la impresión de que eran los restos de un antiguo camino, en otro tiempo ancho y bien trazado, que iba desde Tauton hasta la Montaña Pálida. Hacia el mediodía llegaron a las faldas de la montaña y descubrieron agradecidos que el camino aún continuaba subiendo la ladera, aunque estaba cubierto de nieve. Marcharon durante dos horas más, siempre subiendo, pero más lentamente a medida que la ladera se hacía más empinada y el camino estaba más cubierto de nevada. Pararon para descansar y comer en un recodo de la pendiente. Aún les quedaba algo de la comida que les había preparado el padre de Elmer, y la comieron con ganas, aunque ya había perdido parte de su buen sabor. Media hora después, los seis compañeros estaban avanzando de nuevo a través de la nieve. Al principio marcharon rápidamente, pero pronto el camino se hizo abrupto y dificultoso. Serpeaba una y otra vez, siempre subiendo, y en algunas zonas desaparecía enterrado bajo la nieve. El viento volvió a pegar con fuerza hacia el sur y empezó de nuevo a nevar, ligeramente al principio, apretadamente después. Treparon trabajosamente por una cuesta empinada y se detuvieron arriba unos instantes. La vista era hermosa y aterradora al mismo tiempo. Estaban a una altura impresionante, y si caían nada podría salvarles. Después de disfrutar del paisaje, la compañía siguió ascendiendo por la empinada ladera de la Montaña Pálida. Al atardecer, el viento y la nieve amainaron un poco, pero pronto la tormenta volvió con renovada furia. El viento silbaba como un fantasma y la nieve se convirtió en una muralla cegadora. Avanzar se hacía casi imposible y la marcha se hacía más lenta que el recorrido de un caracol. Incluso Lobo, Leonel y aún Lung se veían obligados a entornar los ojos y a encorvarse. En un momento dado, Lance dio un mal paso y estuvo a punto de caer al abismo. Pero Kara, que estaba delante de él, le agarró por el colgante que llevaba al cuello y, tirando con todas sus fuerzas, impidió la caída. Sin embargo, aún estaban en peligro. De repente, casi sin darse cuenta, llegaron a la cima. Lo que vieron les dejó mudos por la sorpresa.
Se encontraban en un vasto y enorme bosque que lo ocupaba todo. Sin embargo, había algo distinto en ese bosque. Todos los árboles estaban completamente congelados y la hierba no era más que pequeñas hojas de hielo, dándole al lugar una coloración gris. Habían llegado al Bosque Gris.
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