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Un texto con varios años de antiguedad, que escribí como trasfondo a mi banda de skavens de Mordheim.
Era impresionante. Los túneles recorrían toda la montaña, aparentemente muerta y desolada. En ese lugar, cubierto por varios metros de nieve, se escondía la ciudad subterránea más grande jamás creada. El diseño de la estructura estaba más allá de la comprensión de cualquier ser humano. Esas patéticas criaturas del exterior no sospechaban que su momento sólo era pasajero, que los auténticos habitantes de la tierra, los skavens, pronto recuperarían lo que les pertenecía por derecho. Mientras avanzaba por la interminable madeja de túneles hacia el refugio de Krostar los pensamientos sobre la grandeza de su raza le iluminaban. Los skavens llevaban cientos de años preparándose para su destino; heredar lo que les pertenecía por derecho. A pesar de todas estas ideas estaba inquieto. Como asesino del clan conocía los riesgos de salir a la superficie, por lo que no le agradaba en absoluto la misión. Aún recordaba el desastre ocasionado por su hermano de cría Skarpur en el poblado humano cercano a la montaña. Tan sólo una rata tan loca como él podía considerar útil atacar un asentamiento aislado. Pero el ansia de sangre dominaba a algunos skaven.

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El camino era enmarañado y oscuro, pero él lo conocía a la perfección. En su mente estaba dibujado cada palmo del interior de la montaña, se había criado en ella. Aunque algunas cosas habían cambiado desde su marcha a los lejanos templos de entrenamiento en Catai, los túneles básicos no habían sido modificados, por lo que no le había sido difícil orientarse. Sin saber exactamente el motivo, el retorno a lo que había sido su hogar le recordaba todo lo acontecido en el pasado. Los últimos recuerdos en la montaña eran los que más se agolpaban en su mente.
Él era conocido como Klint, el más pequeño y débil de toda la guardería. Por eso era constantemente objeto de burla y acoso. En cambio, Skarpur era la rata más fuerte del lugar. Grande, rápida y con un instinto asesino difícil de igualar. Desde muy joven se veía venir que sería un maestro asesino. Nadie lo dudaba. Por eso no comprendía por qué siempre había sido su protector. En lugar de humillarlo, como el resto de ratas de la guardería, salía en su defensa. Nunca le dejaba combatir, Skarpur luchaba en su lugar. Por eso nunca nadie supo si era un buen combatiente. Hasta un día que se quedó sin protección. Cinco ratas le acorralaron en un túnel sin salida. No quería combatir, de hecho nunca había tenido la oportunidad de hacerlo hasta ese día. Skarpur luchaba por él. Aun así el combate fue breve, sus rivales no esperaban resistencia y por eso les sorprendió que dejara fuera de combate a dos con movimientos precisos y directos. El resto, haciendo alarde del temperamento skaven, huyó.
La noticia corrió como la espuma y llegó a oídos de Niklaus, el encargado de determinar quién sería entrenado para maestro asesino. Aún recordaba el feroz combate contra Skarpur para obtener dicho honor. No podía olvidar cómo su antiguo protector intentaba acabar con él, sin acordarse de esa amistad que les había unido. Skarpur ya no lo consideraba como a un débil al que proteger, ahora era su rival, al que debía eliminar. Mucho tiempo después del combate, el brazo que le había roto Skarpur durante el combate, se resentía en las noches frías. Sin embargo, había sido él quien había vencido, obteniendo el derecho a ser entrenado por los maestros de Catai. Su rival recibió el mismo honor, pero la derrota le pesaba más que cualquier losa.
La guarida de Krostar era lujosa, quizás la mejor de toda la montaña. Tan sólo debía haber cuatro o cinco skaven en toda la ciudad subterránea que pudieran jactarse de semejante lujo. Al fin y al cabo era el Vidente, regía los destinos de todos los skavens que habitaban los túneles. No alcanzaba a comprender el motivo por el que le había hecho llamar. Krostar tenía a su disposición a más de una veintena de asesinos, incluyendo a Skarpur. Esperaba que el brujo le aclarara éstas y otras dudas.
Krostar apareció, precedido por tres hermosas hembras de cría. Una de ellas de apresuró a preparar un diván para que su señor se acomodara. Las otras dos portaban unas vasijas, llenas al parecer de diversos licores. El viejo brujo se acomodó en el diván mientras sus criadas salían de la estancia. Durante unos segundos se quedó quieto, observando a Klint sin decir palabra. El asesino rompió el silencio.
– ¿Para que me has hecho llamar maestro Krostar? – preguntó directamente, olvidando que era su interlocutor quien debía comenzar la conversación.
El vidente, haciendo caso omiso de la pregunta, cogió una de las vasijas y le dio un largo trago. Volvió a dejar la vasija con deliberada lentitud.
– Es evidente – dijo –. Los detalles de la misión han de ser confiados al líder de la misma – y añadió con algo de sarcasmo –. ¿Acaso no eres Klint?
El asesino asintió con la cabeza. El vidente prosiguió.
– Como ya habrás oído hay una ciudad humana – aclaró –, ahora en ruinas, que parece poseer el mayor yacimiento de piedra bruja jamás descubierto. Tu misión consiste en ir a ese lugar y recuperar toda la piedra bruja que sea posible.
La conversación fue interrumpida por una hembra, que entró en la estancia portando un mensaje. Krostar lo leyó y soltó un insulto en la lengua de los humanos. Ordenó a la criada que se retirara y se llevara las vasijas de licor. Cuando volvieron a estar solos continuó.
– Debemos movernos con cautela. Ya hemos enviado a varios grupos con la misma misión – hizo una pausa para mirar al techo de la gruta –. Pero tú tienes además otro cometido: entre las ruinas de la ciudad se dice que habita uno de los dioses de los humanos – y añadió –, se hace llamar Señor Oscuro y se dedica a acumular piedra bruja. Quiero que descubras si es cierto y para qué la quiere.
Krostar guardó silencio, esperando las preguntas del asesino. Klint, tras pensarlo detenidamente, se decidió a preguntar lo que llevaba tiempo rondándole por la cabeza.
– ¿Por qué has hecho traerme desde Catai, teniendo muchos asesinos a tu disposición?
El vidente lo miró a los ojos, enseñando sus dientes en un pobre intento de imitar una sonrisa.
– Porque quiero a los dos mejores asesinos que hayan sido criados en esta montaña para esta misión – dijo con naturalidad, a sabiendas del significado de sus palabras –. Skarpur ya está allí.
La noticia de que su antiguo amigo se encontraba en la ciudad le supuso un golpe. No deseaba volver a toparse con él. Temía que si se encontraban se viera obligado luchar de nuevo. En los largos años de entrenamiento en Catai había aprendido que los combates sin sentido suponían un gasto de energía a evitar. Krostrar interrumpió sus pensamientos.
– Te he asignado a la misión un brujo joven e inexperto – hizo una pausa –. Se le conoce como Jurak. Espero tus informes lo más pronto posible. Ahora vete – reforzó sus palabras con un gesto.
Klint salió de la guarida del vidente. Tenía un mal presentimiento sobre la misión.
* * *
Jurak estaba dormido. A pesar de la intuición natural de los skaven para detectar cualquier movimiento, por silencioso que fuera, el joven brujo no captaba nada. Su sueño era profundo y agitado. Desde que le habían comunicado que debía ir a la ciudad humana unas extrañas visiones se agolpaban en su mente. Destrucción y caos se mezclaba con un aroma inconfundible, el de la piedra bruja. En sus sueños siempre aparecía un ser desconocido, que no pertenecía al mundo, aunque que ansiaba dominarlo. Le llamaba y le instaba a reunirse con él.
Un golpe brusco le sacó de su letargo. Rulik, uno de los skavens negros asignados a la misión, acababa de lanzarle un trozo de roca. Jurak se levantó sobresaltado, dispuesto a atacar al responsable. Pero al ver quién había sido se retuvo.
Klint acababa de entrar en el refugio, seguido de tres alimañas. Lo que más sorprendía a Jurak era el pequeño tamaño del asesino. No comprendía cómo un skaven tan pequeño, aparentemente débil, podía ser el líder de la expedición. Aunque todos le tenían respeto, incluyendo a Rulik, que nunca se acobardaba ante nadie. Según había oído, Klint era el mejor maestro asesino de la montaña, incluso mejor que Skarpur, considerado el más fuerte.
El asesino se acercó a Jurak y lo observó detenidamente.
– ¿Sabes por qué te han asignado a esta misión? – preguntó de improviso.
El joven brujo no tardó en responder.
– El maestro Krostar ha determinado que para llevar a cabo el objetivo de encontrar al Señor Oscuro será necesaria la ayuda de un brujo – dijo con la agilidad de haber ensayado antes dicha respuesta.
El asesino pareció quedar satisfecho con la respuesta y, antes de que Jurak pudiera proseguir, le dio la espalda.
– Ya sabéis cuál es nuestra misión – dijo dirigiéndose a todos –. Yo soy el líder de este grupo. Si alguien no está de acuerdo será mejor que lo diga ahora – desafió a los skavens negros con la mirada –. No quiero problemas cuando estemos en la ciudad de los humanos.
Todos asintieron. Klint ordenó a las alimañas que iniciaran los preparativos finales antes de marchar y, tras echar un último vistazo, se fue por donde había venido. Mientras el asesino se dirigía a su guarida de descanso repasaba mentalmente a los miembros de su grupo. Rulik y Klandas eran los dos skavens negros, grandes y fuertes. Aunque no estaban entrenados en las artes de Catai, eran combatientes duros. No era partidario de incluir acechantes nocturnos bajo sus órdenes, pero reconocía que Klak y Sork eran buenos exploradores y podían ser de utilidad para buscar piedra bruja. Jurak era demasiado joven e inexperto para que se le asignara a la misión. Eso le extrañaba, un brujo más adulto podía ser mejor elección, pero no podía elegir. Por suerte las alimañas eran sus criados de siempre, por lo que confiaba en ellos más que en el resto. En total el grupo estaba compuesto por nueve ratas, un número pequeño para una misión tan importante. Pero al parecer la clave pasaba por ser discretos. No podía olvidar la sensación de que ir a esa ciudad humana era un error, y que se terminaría arrepintiendo.
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