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Reknac es un asesino a sueldo letal, pues tiene una característica inusual en ellos, es un psíquico, por lo que tiene poderes de telepatia y telequinesia
Capítulo 5: Reknac
Los sesos de un hombre estaban esparcidos por toda la sala. Junto a una masa amarillenta que había sido una cabeza se hallaba el resto de su cuerpo, convulsionado por el dolor. Sobre el cadáver, flotaba un hombre robusto, que hacía muecas de dolor mientras miraba, entre furioso y aterrado, a un tercer individuo. El personaje en cuestión miraba fijamente al hombre con sus ojos luminosamente blancos, carentes de retina. La falta total de pelo en todo su cuerpo, sus ojos y sus orejas puntiagudas le delataban. Se trataba de un psíquico de nivel 1, y se hallaba en una de sus misiones como asesino a sueldo. En ese momento, el psíquico tenía alzado un brazo hacia el hombre flotante y, tras cerrar la mano lentamente pero con fuerza, la cabeza del humano reventó, tal como le había paso al otro cadáver. El psíquico liberó su mente y el cuerpo sin vida del hombre que acababa de matar cayó sobre el cadáver de su compañero.
Como era bien sabido por unos pocos, al principio los cazarrecompensas habían aparecido para ayudar a combatir al Imperio Galáctico, pero pronto surgieron matones que se dedicaban a aceptar misiones por motivos puramente económicos. Reknac se hallaba en este grupo, aunque pronto dejó de aceptar misiones comunes y se dedicó únicamente a aquellas en las que tuviera que matar a alguien, convirtiéndose inmediatamente en un asesino a sueldo. Dada su condición de psíquico de nivel 1, se convertiría en un asesino extremadamente peligroso. Además, no se conocía ningún psíquico de nivel 1 con el mismo potencial mental que Reknac. Si no era el asesino más letal de la galaxia, le faltaba poco.
Reknac miró por última vez los cadáveres de los dos hombres y sonrió con morbosa crueldad. El psíquico dio media vuelta y abandonó la estancia. Por fin había terminado su última misión y lo que más deseaba en ese momento era regresar a su casa, en el planeta Merm. No es que echar de menos a sus compatriotas, a los que detestaba por su bondad y por no aprovechar el elevado potencial mental de su pueblo para conquistar la galaxia. Por eso, a menudo colaboraba con el Imperio.
Reknac salió del palacio del reino Edora, donde había asesinado al Rey Ugok y a todo ser vivo que había encontrado allí, y regresó al lugar donde había dejado su nave. Ugok era uno de los principales enemigos del Emperador, por lo que el malvado tirano decidió dar por terminadas las disputas y envió al psíquico a cumplir su trabajo.
La nave Reknac se encontraba muy cerca del palacio real. Se trataba de una esfera plateada con dos amplios alerones. Reknac entró en trance e, inmediatamente, la puerta de la nave se abrió hacia un lado. El psíquico utilizó sus poderes mentales para levitar y entrar en el vehículo. Una vez dentro, la puerta se cerró a sus espaldas y el habitante de Merm se adentró aún más en el corazón de la esfera.
Después de un tiempo, Reknac llegó al centro de pilotaje. Curiosamente, allí no había ni un solo botón de control. Sólo había indicadores, una pantalla circular y un asiento. El psíquico se sentó en el sillón y cerró los ojos. Un tubo gris terminado en un artilugio agujereado semejante a un embudo invertido salió del techo y se acomodó en la cabeza de Reknac. El psíquico abrió los ojos, que brillaron con una leve luz blanca. En ese momento, la esfera empezó a temblar, se separó un poco del suelo y salió disparada hacia arriba, girando a gran velocidad sobre sí misma y perdiéndose en el cielo.
Cuando la nave alcanzó el espacio y abandonó la atmósfera de Shon, el planeta del reino Edora, Reknac programó el ordenador para que regresase a su hogar y retiró el artilugio de su cabeza. Había utilizado mucha energía mental y se sentía un poco cansado, por lo que se recostó en el asiento y dormitó un poco.
Como el vehículo de Reknac era muy rápido, característica propia de las naves de los psíquicos, en pocas horas llegó al planeta Merm. En este punto, Reknac se despertó y se acomodó nuevamente en la calva el artilugio que pendía del tubo gris. Entonces, el psíquico canceló el piloto automático y pasó a control mental. Con unas pocas maniobras, Reknac entró en la atmósfera, descendió varios kilómetros y, por fin, aterrizó en frente de la enorme mansión que tenía como hogar. El psíquico apagó todos los sistemas y salió de la nave. Realmente le complacía estar de nuevo en casa.
Reknac llegó a la puerta de su casa y fue atendido por Rufus, su criado. Era un psíquico de nivel 10, por lo que Reknac lo despreciaba. El 10 era el nivel más bajo en la escala de los psíquicos. Rufus recogió el equipaje de su señor y lo llevó a sus habitaciones. Mientras subía por las escaleras para ir a los aposentos, Rufus le iba contando cosas que habían sucedido mientras Reknac había estado fuera.
- ¡Ah, se me olvidaba! –concluyó el criado-. Esta mañana ha recibido usted una llamada.
- ¿Quién era? –preguntó el asesino.
- No lo sé, señor –respondió Rufus-. La llamada fue a través de su videófono privado.
- Eso significa trabajo –murmuró Reknac-. Lleva mi equipaje a mis aposentos. Estaré en mi estudio. Quizás ese posible cliente vuelva a llamar.
Rufus hizo una profunda reverencia y siguió subiendo las escaleras, mientras que Reknac daba media vuelta y las bajaba. Ya abajo, el psíquico abrió una puerta a su derecha y entró en una especie de despacho, con una bella mesa sobre la que reposaban un montón de papeles y un videófono. Todas las paredes estaban ocupadas con estanterías repletas de libros y preciosas plantas decoraban el lugar. Reknac se dirigió a la mesa y observó el videófono. La pantalla estaba negra, lo que significaba que nadie estaba intentando contactar con él en ese momento. El asesino se sentó en una silla de madera noble y clavó su mirada en la ventana de la habitación, que daba a la calle. Allí fuera vio un psíquico saliendo de un taller. Era un joven de pelo negro, cara simpática y de estatura media. Era Folian, un psíquico de nivel 2, inventor y aventurero. A pesar de que sentía un gran respeto por él, Reknac odiaba a Folian con todas sus fuerzas. En ese momento, la alarma del videófono sonó y la pantalla se iluminó con una luz roja. El asesino pulsó el botón de descolgar y una cara apareció en la pantalla. Era el rostro del doctor Fryar, el brazo derecho del Emperador.
- ¡Doctor Fryar! –exclamó Reknac-. Es un honor visualizarle de nuevo. ¿En qué puedo ayudarle?
- Sabes muy bien en qué –dijo Fryar, sonriendo-. Tienes que matar a alguien. Alguien que quiere atentar contra los intereses del Emperador.
- Ese alguien, ¿tiene nombre? –preguntó Reknac, devolviéndole la sonrisa.
- En realidad, es esos alguien –dijo el doctor-. Tienes que matar a dos asquerosos rebeldes. Mejor dicho, a un asqueroso rebelde. El otro no es más que un simple cazarrecompensas.
La cara del psíquico se tornó seria y miró fijamente al videófono.
- No trate de simples a los cazarrecompensas –replicó-. Son más peligrosos que muchos expertos guerreros, además de estar mejor armados. Bien, ¿quiénes son esos dos objetivos?
- Precisamente, tenemos imágenes de ellos –dijo Fryar-. Nos las mandó nuestro topo en la base del profesor Krane. En seguida se las envío.
La pantalla del videófono se volvió nuevamente negra, pero la luz de estado seguía encendida, lo que significaba que la conexión no se había cortado. Un momento después, el videófono escupió por la ranura del fax dos fotografías a color. Reknac cogió y miró las fotos justo en el momento en que el doctor Fryar volvía a aparecer en la pantalla.
- ¿Y bien? –preguntó el doctor-. ¿Los conoce?
Reknac miró durante un momento el videófono y después volvió a concentrarse en las fotografías. En una aparecía un ser humano ataviado con un traje raído, adornado con numerosas máquinas como un lector en su ojo izquierdo y un brazo mecánico. En la otra vio a un androide muy similar a los androides imperiales.
- El humano es Nah Klawks –dijo el psíquico-. Un excelente cazarrecompensas. El mejor, después de mí. Tiene mucho dominio con toda esa maquinaria. Le respeto, pero no me cae bien. El robot no me sé quién es.
- Es PX-32 –respondió Fryar-. Es el peor enemigo del Emperador. Es aún más peligroso que esos patéticos estúpidos de la base del profesor Krane. ¿Y bien?
- Y bien, ¿qué?
- ¿Aceptas la misión? ¿Sí o no? ¡Así de sencillo!
- Hablemos primero del precio –dijo Reknac-. ¿Cuánto estáis dispuestos a pagarme?
- Se le pagará bien por este asunto –dijo Fryar-. Estamos dispuestos a ofrecerle diez millones de créditos. ¿Acepta?
Reknac miró pensativamente al doctor Fryar y respondió:
- Desde luego.
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