Elfentanz (IV y último) |
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18-06-2005 17:15
Por: Oscuridad
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Cuarta y última entrega de Elfentanz. No fue escrito para ser dividido en entregas, así que disculpen si se corta el ritmo entre una y otra.
E L F E N T A N Z (IV y último)
Leo no supo qué fuerza guió sus pasos cuando se encaminó esa noche al lugar de la Ronda. Ahora recordaba algo de Yelyena, su extraña amiga del bosque. No mucho, al menos no conscientemente, pero suficiente para permitirle encontrar el claro que llevaba a la Ronda. Extraño que un claro del bosque permaneciera inmutable durante tantas décadas. ¿O tal vez no? Dentro de todo este extraño asunto, resultaba lo menos extraño de todo.
Leo no lograba escuchar nada más que ecos de la Canción. Había perdido mucho de la visión. La vida entre humanos se la había arrebatado. Cuando llegó al claro, le pareció notar extraños destellos a la luz de la luna, pero eso fue todo. No podía llegar hasta aquí y ser derrotado por su propia ceguera. Cerró con fuerza los ojos. “Lo verdaderamente real no es visible”, se dijo. “¿Acaso ves el viento que te alza a los cielos, o la música que exalta tu alma, o el amor que alegra tu vida?”. No supo de dónde salían las palabras, pero parecían apropiadas. Después, se esforzó por recordar un fragmento de la Elfenlied.
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Las ondinas, señoras del reino acuático.
Las dríadas, monarcas del reino vegetal.
Los espectros, temibles mensajeros de la Muerte.
Las hadas, amas del aire y el pensamiento.
Y los elfos, maestros de todo lo invisible,
Amos de todo lo etéreo e irreal.
Espíritus reunidos esta noche.
Extendiendo por los siglos su canción inmortal.
Elfenlied, canto XI ------------------------------
Cuando abrió los ojos, sabía que vería lo que estaba buscando. Incluso a través de sus párpados cerrados, pudo notar el cambio en su percepción.
En efecto, la Ronda se revelaba ante él en todo su esplendor. La Elfentanz, la Danza de lo Invisible. Había pasado tanto tiempo sin contemplarla que la nostalgia le oprimió el corazón. Y él había renunciado a todo esto...
Esta vez, ninguno de los espíritus reaccionó ante su presencia. Al recobrar los recuerdos de su infancia, Leo pudo reconocer a la mayoría. Allí estaban las tres ondinas que vivían en el río. Allí estaba la dríada que habitaba el viejo sauce del oeste. Y acercándose a él, por supuesto, estaba el ama del bosque, su princesa élfica, Ylysse. Espíritus locales, en su mayoría. Cuando los hombres rasgaban los velos de la noche, tal vez le restaran libertad de movimientos a los seres invisibles. Tal vez incluso mataran a algunos. O tal vez casi nada de lo que hicieran los hombres podría afectar a estos seres.
—Has recordado —le dijo Ysabel.
—He logrado hacerlo.
—No es lo mismo ya, joven Markwort.
—Ya no soy joven, para empezar.
—Pero traes contigo a una que sí lo es —replicó Yrina, señalando a una de las bailarinas.
Leo tuvo la impresión de que el corazón se le llenaba de agua fría. Allí, bailando con los demás espíritus, estaba su hija Ellen. Ya no tenía que recurrir a las muletas o a la silla de ruedas para desplazarse. Su piel mostraba ahora la hermosa palidez élfica en vez de la funeraria palidez de su enfermedad. Parecía no percatarse de la presencia de su padre entre los celebrantes.
—No puedes hacerlo —dijo Leo—. No puedes quitármela.
—Por qué no?
—Porque yo no lo deseo.
—Tenemos algo que ofrecerle a tu hija. Lo mismo que te ofrecimos a tí, y tú rechazaste en su momento.
—Ylysse... como quieras llamarte ahora.... Ellen es lo más preciado que tengo. No me la arrebates.
—Tú puedes ver las cosas como las vemos nosotros. Y le transmitiste ese don a tu hija. Reflexiona sobre lo que viste esta noche, y toma una decisión.
La celebración, como de costumbre, desapareció al primer canto del gallo. ¿Quién podía tener un gallo cerca ahora?, se preguntó Leo.
***
Durante un tiempo, el joven Leo asistió a la Ronda todas las noches en que la hubo. Acompañó a los espíritus en sus asuntos habituales. Invisible y etéreo como ellos, los veía provocar pesadillas a los durmientes soplándoles su aliento en las vías respiratorias. Los veía verter polvos mágicos para estropear la leche y los alimentos. Los veía lanzar hechizos de felicidad y buena fortuna sobre un bebé neonato. Estaba seguro de que los había visto cometer fechorías mucho más graves, pero aún ahora no podía recordarlo.
Leo no supo cuándo empezó a percatarse de que se estaba volviendo como ellos. Su piel mostraba ahora el brillo argénteo de la Luna. Sus ojos veían cosas que le resultaban invisibles a las personas normales. Podía escuchar el sonido de la hierba crecer, y sentía el calor del amor en el aire de primavera. Se sentía soñoliento durante el día, despertándose completamente sólo después del mediodía.
Esa noche, la noche final, él había besado por primera vez a Ytresse. El sabor de los labios de la elfa era dulce como la miel. El había mirado a los ojos de su princesa, y había visto en ellos su futuro. El niño Leo Markwort moriría, y un ser invisible sin nombre definido nacería en su lugar. Sería uno con su princesa, tal vez para siempre.
Por la razón que fuera, por una razón que no podía recordar, había rechazado la oferta. Tal vez quedaba en él demasiada consciencia de su propia humanidad para permitirle vivir como un ser etéreo. Tal vez había sido el miedo a lo desconocido.
Cuando empezó a abrir la boca para decir en voz alta "no", se había visto transportado de pronto a su habitación, sin ninguno de sus amigos invisibles.
El joven Leo Markwort durmió por el resto de esa noche, y empezó el camino de regreso a su humanidad, y al olvido.
* * *
—Cómo estás, papá? —preguntó Ellen, saliendo al patio en su silla de ruedas.
—Por qué lo preguntas, preciosa?
—Es por mamá. Cree que algo te está preocupando. Me pidió que viniera a ver si lograba sacártelo del pecho.
—Eso cree tu madre? —preguntó Leo, acariciando el cabello de su hija-. Pues, qué podría estarme preocupando?
—No sé, tú dímelo.
Leo miró los cambios que se habían producido en su hija en el corto tiempo, poco más de una semana, que llevaban en la vieja casa Markwort. Estaba tan débil que ya no podía usar las muletas, teniendo que recurrir a su silla de ruedas. Gruesas ojeras se notaban alrededor de sus ojos. Una tos metálica, desagradable, había hecho aparición. Cualquiera que no la hubiera visto unas noches atrás bailando alocadamente en un claro de luna, habría afirmado que el aire del campo no le sentaba nada bien a Ellen.
¿Cuáles eran las opciones que le quedaban? Un interminable viaje de especialista en especialista, sólo para descubrir (ya habían pasado por eso) que la afección de Ellen era intratable? Qué esperanzas tenía su hija de vivir una vida normal?
También observó en el rostro de Ellen la herencia de Johanna, y le sorprendió notar que sus facciones eran similares a las de Ylysse. Ahora que lo pensaba, había algo innegablemente... élfico... en Johanna. Había buscado en su esposa un reflejo de su primer fallido amor, la princesa élfica que había perdido? Ahora amaba profundamente a su esposa, por méritos propios, pero, quién podía decirle que esos rasgos élficos no habían sido un factor de atracción?
—Ellen... hija —dijo Leo—. Quiero que sepas que yo... no deseo más que tu felicidad. Cualquiera que sea el camino que te haga feliz, quiero que lo tomes.
La muchacha sonrió. Estaba actuando para Leo, o en verdad no recordaba nada de lo sucedido en las noches anteriores? Era posible que, todo el tiempo que Leo había asistido a la Ronda, hubiera salido en la noche sólo para olvidarlo a la mañana siguiente? O era esto producto de alguna diferencia sutil entre su experiencia y la de Ellen?
—Por supuesto, papá. Lo sé.
* * *
Leo pasó la noche sentado en la cocina con una bebida frente a él. Las lágrimas resbalaban por su rostro, pero él no les prestaba atención. Esta noche habría Ronda. Lo sabía, podía sentirlo en su corazón.
Como lo había previsto, alrededor de la medianoche las notas de la Elfenlied fueron audibles en toda la casa. La celebración de los seres invisibles. Leo suspiró. Sabía lo que se le venía encima. En efecto, un sonido proveniente de la habitación de Ellen le hizo volver la cabeza.
Allí estaba Ellen. No la Ellen que él había conocido durante dieciséis años, sino la que él había soñado. Una adolescente sana y vigorosa, de mejillas saludablemente coloreadas y graciosa sobre sus piernas. No se hubiera sorprendido de ver que el cuerpo de la Ellen que él conocía seguía tendido sobre la cama en su habitación.
—Adiós, papá —le dijo ella, besándolo en la mejilla—. Te amo.
Ellen salió por la puerta, siguiendo las notas de la Canción. Sería esta la última noche, la noche de la transformación? Tal vez no. Pero la despedida de su hija, y la terrible certeza en su corazón, decían que sí. Acaso Ylysse había esperado a tener el permiso de Leo antes de dar ese último paso? Ellen no volvería a ellos.
Jugó con el pequeño objeto que estaba en su mano izquierda. Un viejo amuleto, que había sido viejo cuando los crucifijos no se conocían, un talismán que llamaba a la fertilidad y aseguraba (!) hijos sanos y hermosos.
En la mañana, hablaría con Johanna para que se mudaran y vendieran la propiedad. Su segundo hijo (o hija) no sería críado en el campo.
Marzo de 1996
César A. Lezama
http://www.gorka.org
http://darkness.web1000.com/tales/cces.htm
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Precioso |
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11-07-2005 20:21 |
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El relato es precioso, me encanta. El estilo es muy bueno, y el final fabuloso. Gracias por compartirlo, Oscuridad.
Un saludo.
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Disculpas por el retraso... |
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18-06-2005 17:29 |
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Pero aquí está, damas y caballeros, la última parte de Elfentanz. Disfrutadla.
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Simplemente Genial!!! |
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18-06-2005 22:39 |
Como ya te dije en su momento, me alegro de que lo hayas mandado. Es un relato genial y merece la pena que la gente lo lea. Gracias por compartirlo, Oscuridad.
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