El Testigo (cap.2) |
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28-04-2005 18:16
Por: Mik616
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Segundo capítulo: "En el cementerio"
Después de unos cuantos paseos de rehabilitación muscular, y unas cuantas caídas aparatosas más, decidí salir cagando leches de allí. No sólo por el hecho de que no pintaba nada quedándome, sino por la certeza de que, si me descubriese alguien, podría montarse un pollo de mucho cuidado. Era bastante obvio que debía huir, pero no podía correr el riesgo de ser captado por las cámaras de seguridad del hospital, si es que las tenía. En todo caso no podía arriesgarme, así que decidí saltar por una de las, asquerosamente pequeñas, ventanas del baño. Menudo suplicio. Colarme por aquel minúsculo respiradero me costó más de dos horas de tirones, culebreos y jadeos, que me quitaron las ganas de volver a tener ideas brillantes. Una vez en el exterior, y oculto tras unos arbustos, llegué a la conclusión de que ni había cámaras de seguridad, ni guardas nocturnos. Dos horas había permanecido colgado de la ventana del baño gimiendo y maldiciendo sin que nadie apareciese. Como era de esperar, el razonamiento lógico deductivo había llegado cuando ya no hacía puñetera falta.
Renqueando y algo encorvado me perdí en la oscuridad de la noche. Podía volver a mi piso, pero sin la llave sería muy difícil poder entrar. También tenía la opción de forzar mi coche que, probablemente, estaría en el desguace, o probar suerte en el café Copacabana. Aunque para pasar desapercibido lo mejor sería buscar algo de ropa. La gente solía escandalizarse si veía a un hombre desnudo, y aun más si descubrían que estaba muerto. Y la verdad es que la sutura que me cruzaba el abdomen de arriba abajo no ayudaba en absoluto. Tenía un punto a mi favor: estaba a las afueras del pueblo, muy cerca del cementerio, y, por esa zona la gente no solía salir de casa por la noche. Por el contrario, tampoco solía tender la ropa a esas horas. “¿A dónde voy ahora?“, pensé, “Si, por lo menos, supiese quien soy, tal vez se me ocurriese algo”.
—¡Eh! Chico —gesticuló un viejo borracho que, acurrucado en un rincón poco iluminado, le daba el único uso que se le podía dar a un porrón de vino tinto—. ¿Por qué andas desnudo? ¿Te han robado la ropa?
—¡Ñigh!
—Ah, ya veo. Eres mudo, ¿no?
Sabía que no tenía sangre, ya que el maldito forense me la había quitado toda para hacer dios sabe qué con ella; sin embargo, algo me hirvió por dentro con tanta fuerza que, sin pensarlo dos veces, pateé el suelo, histérico, y, para rematar, la farola más cercana. Al hacerlo tropecé, como suele ocurrir siempre que se patea cualquier cosa inamovible, y caí de costado sobre un montón de hierros oxidados, con tan mala suerte que uno de ellos me perforó el cráneo atravesándolo de lado a lado.
—¡Joder! —exclamé enfurecido.
—¡Eh!, chico. Has hablado.
—¡Joder! —volví a decir entusiasmado, mientras intentaba desclavarme agarrando el hierro con ambas manos.
—¡Dios mío! —exclamó el viejo borracho.
Con mucho cuidado deslicé la oxidada barra a través de mi cabeza hasta que salió por completo. Al parecer el pegamento que me habían puesto como sangre evitaba la pérdida de masa encefálica, y de prácticamente cualquier sustancia que me quedase dentro. Así que, en pocos minutos, volví a estar como nuevo. El pobre vejete, que lo había visto todo, permanecía inmóvil con la vista perdida y la cara tan verde que parecía una planta haciendo la fotosíntesis. Por fortuna no estaba muerto; sólo idiotizado, así que aproveché la ocasión para hacerme con sus harapos (por llamarlos de alguna manera). No me admitirían en un casino, pero pasaría desapercibido como un vagabundo más. Menos da una piedra.
Durante varias horas vagué sin rumbo, pensando cuál podía ser mi siguiente paso: no podía volver a mi piso; no podía recuperar mi coche; y, menos aún, entrar en el café Copacabana, ya que alguien podría reconocerme. Estaba completamente perdido y, durante esas horas, me limité a ejercitar mi lenguaje hasta recuperarlo casi por completo.
Era la tercera vez que pasaba por la puerta del cementerio cuando vi a un hombre de mediana edad que asomaba la cabeza por encima del muro, con las manos apuntaladas bajo las mejillas. Apoyado sobre el muro y con los ojos muy abiertos, observaba el exterior con interés. A pesar de todo tardó un rato en verme y, al comprender que había sido descubierto, se ocultó con rapidez. Esperé por si se asomaba de nuevo, pero acabé por cansarme y decidí seguir mi camino.
—¡Psss! —silabeó cuando ya me iba. Me di la vuelta y, haciéndome el interesante, miré a ambos lados de la calle para luego señalarme a mí mismo con cara de bobo.
—Sí, tú —susurró—. ¿Le has visto?
—¿A quién?
—A él.
—¿Quién es él?
El hombre se volvió a ocultar y, al poco tiempo, se asomó por la puerta del cementerio.
—Tú estás muerto, ¿verdad?
Estuve a punto de salir corriendo de allí, pero me pareció estúpido tener miedo. ¿Qué podía hacer? ¿Matarme? Menuda tontería.
—Sí —respondí.
El hombre hizo señas para que me acercase, pero no estaba muy por la labor.
—¡Vamos, vamos! Que no tenemos toda la noche —dijo mientras abría la puerta un poco más.
Al final decidí entrar por dos motivos: el primero era que no tenía nada mejor que hacer; y el segundo, que era la primera persona que no se desmayó al conocer mi naturaleza. Pronto descubrí por qué.
Cuando entré cerró la puerta con suavidad y volvió a situarse en el muro. Con las dos manos se agarró la cabeza y, estirando los brazos, la asomó por encima de los gruesos bloques de granito que protegían al cementerio del exterior. La situación me pareció grotesca, y a mi mente volaron los grabados, hacía tiempo olvidados, de la época más oscura de Goya. Mi nuevo compañero era robusto, menudo, calvo, siniestro, de nariz aguileña, aunque él la denominaba griega; paticorto, de tez cadavérica (como todos), amable, risueño, algo idiota y, ante todo, sucio, desaliñado y harapiento. Vestía, como yo, unos ropajes de mendigo que, al parecer, le había robado a un viejo borracho de porrón de vino tinto, hacía algunos años.
—Me llamo Jorge Panza Oronda —dijo tendiéndome la mano—. Y todos se burlan de mis apellidos. Mi padre se llamaba Antonio Panza Sánchez y mi madre Teresa Oronda Puente. Era algo inevitable. Incluso el cura no pudo reprimir una risa estúpida al bautizarme. ¿Y tú cómo te llamas?
—Malnosequé. Supongo.
—Pues sí que se lucieron con tu nombre.
Estuvimos un buen rato apoyados en el muro, charlando. El tío era simpático; había nacido en un pueblecito cerca de Benavente. Su padre trabajó el campo toda su vida. Durante la guerra civil le quitaron los camiones que tanto sudor le habían costado y no tuvo más remedio que volver a robarlos. Toda una odisea porque la mitad de ellos estaba en poder de los rojos y la otra mitad de los nacionales. Se confeccionó dos uniformes, o los robó, no lo sé, y recorrió media España hasta recuperarlos. Extorsionó, mató y delinquió por ellos. Pero en el camino se dio cuenta de que ya no le gustaba su vida de agricultor. Se dio cuenta de que ganaba más dinero con esa otra vida, la del hombre sin escrúpulos. Así que se deshizo de su honradez y se hizo rico. Acabada la guerra se compró el título de conde y montó una fábrica de papel y tres destilerías ilegales, con las que engordar su, ya creciente, capital. En el 84 el estado le expropió todo por ciertas incoherencias en su declaración de la renta que nunca se llegaron a aclarar. El pobre viejo murió de un ataque al corazón al conocer la noticia, y por la edad, supongo. El joven Jorge se quedó solo (su madre había muerto en la guerra) y diez años después unas hamburguesas en mal estado le llevaron a la tumba. No era una historia muy buena, pero, por lo menos, era una historia. Cuando me preguntó qué había sido de mi vida no supe qué contestarle. Mi vida era oscuridad, un vaso vacío, un libro en blanco. Me dijo que no me preocupase, que a todos les había pasado lo mismo. Durante los primeros días no recordaron nada. Era lo normal, pero que, poco a poco, iría recuperando la memoria.
—¿Todos? —pregunté—. ¿Es que hay más?
—Oh, sí. ¡Claro! —dijo Jorge sonriente—. Está el holandés Hans, Antonio el abogado y..., y...
—¿Y?
Jorge sacudió la cabeza y se golpeó con fuerza las rodillas en un gesto que me pareció bastante cómico. Después se puso a dar saltos a mi alrededor como un perro al que le van a tirar una pelota y, con efusividad perruna, esa efusividad estúpida que sólo un perro puede poseer, me agarró de un brazo y tiró de mí para que le siguiese.
—Ven conmigo. Te los presentaré.
No tuvimos que andar mucho para encontrarlos. Hans, el holandés, estaba en cuclillas sobre una lápida, mientras filosofaba sobre la mísera existencia de un puñado de hierba. Era increíblemente, excesivamente, desproporcionadamente alto, y, con sus enormes manos, realizaba complicados malabarismos en el aire. Su cabello, cano, escaso; sus ojos grandes, profundos. Todo en él era anómalo. Sus facciones denotaban una extraña atemporalidad. Ora sonreía tímidamente y aparentaba ser un niño que jugaba con algo sin prestarle la debida atención; ora su rostro se endurecía y sus facciones se arrugaban mostrando a un anciano cansado que trataba de descubrir la verdad de las cosas observando un pedazo de suelo. En cierto sentido recordaba a Boris Karloff en la película de Frankenstein. A su lado, totalmente absorto en el discurso de Hans, estaba Antonio, el abogado, el yonqui frustrado. Tenía el pelo largo y ondulado, rojizo y enmarañado, que le cubría los hombros y parte de la espalda. Su rostro estaba consumido, como si una diminuta aspiradora en su estómago tratase de succionarle las mejillas. Sus brazos eran finas cañas de bambú, al igual que sus piernas y su cuello. Era tan delgado que parecía más una momia que un abogado. Estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, y sus ojos negros no apartaban la vista del puñado de hierba con el que jugaba su compañero.
—Piensa que eres césped —decía Hans—; agarrado con desesperación al suelo para que no te lleve el viento, y continuamente, diariamente pisoteado, aplastado, entumecido, magullado por miles de pies indiferentes. Y otra vez pisoteado, y desbrozado, y cercenado por el jardinero que viene una vez por semana al cementerio. ¿Te das cuenta de lo que debe sufrir? ¿Puedes llegar a imaginarte lo dolorosa, lo rastrera que puede llegar a ser la vida de un hierbajo? —Antonio asentía y, como arrepentido, se acurrucaba todavía más sobre el cuadrado de mármol en el que estaba sentado.
Hans fue el primero en saludarnos. Olvidando, al parecer, todo lo que había dicho, saltó con extravagante agilidad sobre la hierba y vino a nuestro encuentro. Antonio, que a partir de ahora llamaré Toni, por darle el gusto, se dirigió hacia nosotros saltando torpemente de piedra en piedra, para no pisar nada que estuviese vivo.
Lo cierto es que eran buena gente. Toni había nacido en Orense. Perteneciente a la clase media, tuvo una vida tranquila y parcialmente segura (y digo parcialmente porque cualquiera que salga a la calle se arriesga a cualquier cosa), como casi todo el mundo. A los dieciocho años se fue a Coruña para estudiar derecho. Nunca terminó su carrera. La mente maleable de Toni fue guiada por manos rastreras que lo convirtieron en un yonqui. Murió de sobredosis a los veintiún años. En realidad no llegó a convertirse en un yonqui propiamente dicho. Bueno, nunca lo fue, porque murió al probarla por primera vez. Pudo ser LSD, MDMA, GHB, ketamina, morfina, TSD, heroína, speed, éxtasis, ayahuasca, psilocibes o mataratas. No se le ocurrió preguntar. El pobre no llegó a ser más que un yonqui frustrado.
El caso de Hans era muy diferente. Tan pasional y, a la vez, tan frío. Y esa cadencia en la voz que te amodorraba y entumecía la mente. Su voz debió ser como la de Carlomagno. Una voz de conquistador encerrada en un cuerpo de fontanero. Su historia era realmente curiosa. Había nacido en Holanda, pero no le gustaba su vida, ni nos contó nunca que le pasó allí. Lo importante es que vendió todo por un sueño: una casita prefabricada, un seiscientos color cetrino, una bicicleta de montaña, sillas, su cama, una mesa de plástico verde, un sofá de plumón, un cuadro inédito del Greco y unas cuantas tonterías más. Con el dinero se compró un barco de vela al que llamó Henoch. Hans quiso ser como ese holandés errante del que hablan las leyendas y viajar por todo el mundo. Teniendo como hogar la tierra y como carretera el mar; en busca de aventuras y penurias, de lugares recónditos, exóticos, vulgares, peligrosos, aburridos, fascinantes, pobres y ricos. Quería verlo todo, olerlo todo, saborearlo; quería sentir a todos los seres de la tierra y ser el primer hombre que lo conociese todo. Una fuerte galerna hizo encallar su barco en un curioso pueblecito costero. Los lugareños le acogieron como a uno más y, durante un tiempo, mientras se hacía a la idea de que lo había perdido todo, le cuidaron con mimo. Después le ofrecieron un empleo que no pudo rechazar y vivió el resto de sus días como fontanero. Fueron sus años más felices. Aunque siguió ahorrando para comprarse otro barco, murió en el intento. Era una historia fantástica y por eso no me la creí. Al menos no al cien por cien. Había algo: un destello huidizo en sus enormes cuencas oculares, una frágil sonrisa, un gesto peregrino con la mano. Hans ocultaba algo todavía más increíble que la historia de su vida. Algo que uno tiene en la punta de la lengua pero que no le sale o no quiere creer, de esas cosas que, una vez contadas, te hacen exclamar: ¡Claro! ¿Cómo no me di cuenta antes? A pesar de todo no dije nada. Aun estaba muy aturdido y únicamente me dejaba llevar. Demasiadas emociones para una sola noche. Fue entonces cuando Hans dijo que debíamos acostarnos. Aún faltaban unas horas para el amanecer, pero podíamos charlar en el ataúd. Nadie protestó. Es curioso que un muerto viviente tenga necesidad de dormir, pero así es. En realidad es menos sorprendente que el hecho de que pueda existir un cadáver que hable y ande.
El sarcófago que eligieron para mí era tan estúpidamente cómodo que nadie lo creería. A excepción del propietario, que estaba en los huesos y, de vez en cuando, se me clavaba alguno, todo lo demás era magnífico. Rebosaba templanza, silencio, olvido. A punto estuve de quedarme roque, pero la voz chillona de Jorge interrumpió mi letargo.
—Hans, cuéntanos alguna de tus historias.
—Tal vez prefieran dormir.
—Yo no —dijo Toni.
—¿Y tú, Malnosequé? ¿Te apetece escuchar una historia? Las cuenta muy bien —preguntó Jorge.
Estaba cansado, sin embargo, por no caerles mal en la primera noche, decidí aceptar.
Un cuento antes de dormir no hace mal a nadie, pensé, después de todo es sólo eso, un cuento.
Qué equivocado estaba.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Duda existencial |
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24-09-2005 13:31 |
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Ya que te han señalado casi todos los aspectos, buenos y malos de la entrega, voy a tirar por otros derroteros para no hacerme pesado.
¿Tienes claro quién era el personaje antes de morir?
Lo digo porque sabiéndolo se solucionarían todos tus problemas sobre expresiones vulgares o no, y sobre cómo se toma los encuentros.
Aunque no se acuerde de nada podemos suponer que conserva su carácter, porque, si no, qué más da de quién sea el cuerpo.
Un saludo y me voy a por la tercera
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RE: Duda existencial |
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25-09-2005 14:55 |
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Ahí has dado en el clavo. Esta novela ha sido la segunda que he conseguido terminar y la única de la que me siento un poco orgulloso, pero cuando la escribí cometí casi todos los errores de un escritor novel. Entre ellos el detalle de no tener ni idea de quien era (o más bien, quien había sido) el protagonista.
Así que tuve que reescribirla, cambiar detalles del principio para que se ajustasen al final, etc,etc. Es probable que parte de esa incertidumbre se haya transmitido al lector en estos primeros capítulos
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Bueno! |
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14-09-2005 20:35 |
El Barón se dispone a hacerte un comentario de esta tu segunda parte de "El Testigo". Allá voy.
-A la primera frase le quitaría las comas.
-"así que decidí saltar por una de las, asquerosamente pequeñas, ventanas del baño"
-Un nuevo error de adverbios en mente. Yo restructuraría la frase: "así que decidí
saltar por una de las ventanas del baño..." y haría una comparación o algo por el
estilo de "tan pequeña como [a gusto del escritor]". Captas la idea, ¿no? Además dices
que es un minúsculo respiradero; o sea que optaría por quita lo de asquerosamente
pequeñas.
-"ni había cámaras de seguridad, ni guardas nocturnos"
La coma.
-"de forzar mi coche que, probablemente, estaría en el desguace"
Fíjate que yo este adverbio no lo quitaría. Dudo de la coma porque es más bien
una aclaración, pero sin embargo ganaría en fluidez.
-"La gente solía escandalizarse si veía a un hombre desnudo, y aun más si
descubrían que estaba muerto"
Yo esto lo pondría en presente, pero me gusta mucho la frase por lo de "y aun más si
descubrían que estaba muerto". Mmm, aún sin acento.
-"muy cerca del cementerio, y, por esa zona"
La coma de antes del y le resta fluidez. Hay otro caso igual un poco más adelante.
-La parte del borracho me ha encantado. Remarcable. Lo de "desclavarme" me ha
rechinado.
-Una aclaración sobre las comas, sobre lo que a mi gusto está bien y lo que fuerza
la lectura:
"Así que, en pocos minutos, volví a estar como nuevo" No sé si está mal, pero
después de la pausa que haces para recalcar que pasaron unos minutos dices poco
y la veo forzada. Algo parecido al "y, menos aún," que gastas más adelante.
"El pobre vejete, que lo había visto todo, permanecía inmóvil..." Esta me parece que
está bien colocada.
-¡Le roba la ropa al vagabundo! XD
-"Manos apuntaladas bajo las mejillas"
Apuntalar puede usarse como sinónimo de sostener o afirmar, pero en sentido figurado. De ahí que la encuentre inapropiada.
-"silabeó"
¿silbó?
-Genial cuando se encuentra con Jorge Panza Oronda y su descripción.
-¿Por qué cuentas la historia de su padre y no la de Jorge? Luego de las historias de
los otros tres muertos vivientes destaco las descripciones, pero no me acaban de gustar.
Las trabajaría más.
-"Era increíblemente, excesivamente, desproporcionadamente alto"
Te muestro dos de los inconvenientes del -mente:
-Palabras muy largas, sobre todo "desproporcionadamente"
-Causa un efecto sonoro bastante... ¿desagradable? A mí no me gusta.
-"Sus facciones denotaban una extraña atemporalidad"
Creo que te refieres a que está más pasao que el hullahop, pero no logro saber qué
cualidad del holandés fiambre querías destacar.
-"Ora... ora"
Creo que fuiste tú quien me recomendó no usar el adjetivo "obscuro" porque estaba
bastante desfasado. Te digo lo mismo: ¡pareces un castellano del siglo quince!
-"Era tan delgado que parecía más una momia que un abogado"
Bueno, es un muerto, tampoco es tan diferente XD
-"Antonio, que a partir de ahora llamaré Toni"
A quien a partir...
-Otra cosa, tu sabiduría sobre drogas me trae intrigado...
-"A excepción del propietario, que estaba en los huesos"
Genial, genial, el mejor humor que he encontrado en el relato. Es el primer okupa
zombie que he visto en mi vida.
Esto en cuanto a estilo; resumen: cuidaría más las comas.
En cuanto a historia me ha encantado. Da un giro interesante respecto a la primera parte, aborda de forma más directa el tema de los muertos vivientes. No hace falta que te diga mi interés por este tipo de relatos... mi avatar lo dice todo...
Bueno, un saludo y espero leer mañana la tercera parte.
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RE: Bueno! |
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15-09-2005 13:15 |
Ante todo, gracias por tomarte tan en serio el comentario. Tomo nota de tus correcciones que me han sido de gran ayuda para pulir el texto.
En cuanto a mi sabiduría sobre las drogas, tampoco creas que sé tanto, supongo que indagué un poco por curiosidad, la cual se limitó (en parte) a su composición química, sus efectos en el cuerpo humano y, en algún caso, su síntesis.
De todos modos te aclaro que soy químico.
Un aludo y nos leemos
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El humor… |
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01-06-2005 00:53 |
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… me encanta.
Mik, pisha, tú lo que eres es un cachondo mental con más cinismo que Catón.
Al final va a resultar que la novela es de humor. Tantos dobles sentidos, tantos puntos buenos, las situaciones que a partir del muerto viviente puedes montarte como te dé la gana, los personajes que nos estás pintando… Me gusta mucho la redacción, rica, cuidada, quizá con alguna erratilla por ahí y algún que otro momento algo espeso, pero todo muy profesional… ¡qué envidia!
La historia va avanzando muy bien, con mucha intriga, despertando curiosidad e interés línea a línea. En fin, que todo sigue por el buen camino. A ver qué nos depara el resto, pero las cosas pitan de lujo.
Y esa es mi opinión.
Un saludete, pisha.
P.D. A ver si mañana te comento los detallas, que ahora estoy frito.
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RE: El humor… |
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04-06-2005 11:20 |
Gracias por pasarte, pisha!!!
Me alegra que os gusten los toques de humor, creo que es lo más complicado (literariamente hablando) y no estaba seguro de si harían gracia.
En cuanto al género... fue difícil decidirme. La coloqué en terror porque tiene partes un tanto fuertes (sobre todo el IV capítulo), pero si me preguntasen cual podría ser el género de la novela diría que es una tragicomedia bíblico filosófica (aunque no soy amigo de encasillar en géneros).
Por cierto, tú no tienes nada que envidiarme, pero al decirlo me has puesto el ego por las nubes, je,je,je.
Un saludete afectuoso.
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RE: El humor… |
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05-06-2005 22:32 |
Mik616 dijo: Gracias por pasarte, pisha!!!
Me alegra que os gusten los toques de humor, creo que es lo más complicado (literariamente hablando) y no estaba seguro de si harían gracia.
En cuanto al género... fue difícil decidirme. La coloqué en terror porque tiene partes un tanto fuertes (sobre todo el IV capítulo), pero si me preguntasen cual podría ser el género de la novela diría que es una tragicomedia bíblico filosófica (aunque no soy amigo de encasillar en géneros).
Por cierto, tú no tienes nada que envidiarme, pero al decirlo me has puesto el ego por las nubes, je,je,je.
Un saludete afectuoso.
Algún detalle…
-También me han raspado un poco las salidas de tono del principio, más por la diferencia con el resto que por sí mismas, pero tampoco una cosa…
- , asquerosamente pequeñas,---me han chocado un poco estas comas.
- supiese quien soy---“quién”
- silabeó cuando ya me iba---silbó
-¿El padre de Jorge va a volver a salir? Es que si no me parece un poco excesiva tanta explicación.
- Aun estaba muy aturdido---“aún”
… de los pocos que puedo sacar a tus textos.
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Zombis a la española |
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24-05-2005 11:08 |
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Ta chulo, no es el típico relato de muertos vivientes. Sigue con esto, que es gracioso.
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RE: Zombis a la española |
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04-06-2005 11:08 |
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Me alegra que te guste, Semper!!!
Y creo que habrá partes que te gustarán especialmente, las partes que, probablemente no cuajen en el resto de lectores. Me propuse dar veracidad de rigor científico a un mundo completamente fantástico, y la explicación puede resultar pesada. Pero bueno, ya se verá cuando se publique el capítulo V.
Un saludo
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kike |
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19-05-2005 03:46 |
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sy tu bellesa fuera pecado vvv dios no te lo perdonadya
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Quiero ser un zombi |
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10-05-2005 17:03 |
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Gracias por esta historia de zombis, espero con ansias la continuacion. Apesar de algun que otro fallo de estilo, sin niguna, importancia, por lo demas es una historia muy completa, y sobre todo muy graciosa, que creo que es lo apropiado para los zombis, que para mi son los bufones del genero de terror,
Un saludito, me ha gustado mucho
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RE: Quiero ser un zombi |
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18-05-2005 17:25 |
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Gracias por pasarte, Chimo, y por comentarlo, que tengo entendido que ya leías artículos pero no los comentabas.
Veo que el principio de esta novela tiene buena acogida, a ver que sucede con el final.
Un saludo
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Me sigue gustando |
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09-05-2005 13:35 |
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"Que venga Jerjes y me baje de la nube."
Vaya mala fama que tengo.
El capítulo me ha gustado mucho. Coincido con DOB en que, al principio, el lenguaje utilizado me ha descolocado un poco, ya que se me había quedado otra impresión del capítulo anterior. La historia de Jorge tampoco me ha parecido brillante, ni el fondo ni la forma, y además, tampoco es principalmente su historia, sino la de su padre. Fíjate que la historia de Toni viene a ser la misma, pero está mucho mejor contada.
En cambio, el personaje del holandés me ha encantado, y ahí le he cogido el punto al capítulo. Supongo que dará mucho juego en la novela.
En fin, a pesar de que conocemos ya la premisa fundamental del relato, no ha dejado de sorprenderme y he disfrutado leyéndolo. Me ha sabido a poco, así que, ¡adelante con la siguiente entrega!
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RE: Me sigue gustando |
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18-05-2005 17:19 |
Hola Jerjes!!!
No tienes mala fama, hombre, sólo que tú, además de destacar la virtudes, destacas los defectos, y eso está muy bien porque, aunque baja la moral, te ayuda a mejorar.
Me alegro que te haya gustado este capítulo. Reconozco que la historia de Jorge no es en realidad de Jorge, sino de su abuelo, y no está muy lograda. Un detalle que debo revisar.
Gracias por el comentario
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Bendito humor negro |
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02-05-2005 19:11 |
Pues, que el humor y el cinismo me encantan. La prosa, como siempre fluida y sencilla en general
Hace unos días que leí la otra entrega, no obstante creo recordar que el narrador utilizaba un registro normal, pero siempre correcto y sin expresiones populares. Por eso no me cuadran estas expresiones: "cagando leches", "pintaba nada", "montarse un pollo de mucho cuidado". En mi modesta opinión no cuadran con el tono del relato, a mí me hicieron deterne la lectura para pensar en ellas.
"En todo caso no podía arriesgarme, así que decidí saltar por una de las, asquerosamente pequeñas, ventanas del baño". Yo diría que el "asquerosamente pequeñas" no está bien metido, lo pondría en otro lugar aunque después la frase se completa, el "las" solo no hace la lectura agradable.
“Si, por lo menos, supiese quien soy, tal vez se me ocurriese algo”. El "quien" lleva tilde.
"Con mucho cuidado deslicé la oxidada barra...". Yo diría barra oxidada, el adjetivo antepuesto le da cierta intención poética, no sé, creo que está fuera del cinismo del relato.
"Menos da una piedra". Creo que no es necesario introducir esta frase tópica, dilo de otro modo.
"Vestía, como yo, unos ropajes de mendigo que, al parecer, le había robado a un viejo borracho de porrón de vino tinto, hacía algunos años.". El "como yo" y el "al parecer" en tan poco espacio me parecen excesivos, yo suprimiría "al parecer".
"Era increíblemente, excesivamente, desproporcionadamente". Mucha mente, suena cacofónico.
"Sus brazos eran finas cañas de bambú". Creo que también esto se sale del tono, ¿qué necesidad tiene de decir finas cañas de bambú? Brazos delgados, y punto.
"Era una historia fantástica y por eso no me la creí.". Y aquí dejo de leer. Estoy yo leyendo tan tranquilo, encantado, y derrepente me recuerdan que hay que ser escépticos, ¿por qué iba yo a perder el tiempo ni un minuto más en la historia de un cadáver, cuando sé perfectamente que no es verdad? No sé, a mí me incitó a dejar de leer. Describe a Hans de otra manera, en lugar de partir de esa frase.
Y ya está  Esperando la tercera parte.
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RE: Bendito humor negro |
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03-05-2005 15:37 |
Tomo nota, D.O.B.
Reconozco que el lenguaje se vuelve un poco más coloquial en este capítulo, probablemente sustituyendo las expresiónes por sus homólogos conservadores se solucione, aunque todavía tengo que ver como, porque quiero que tengan la misma fuerza.
Por otra parte, algunos de los detalles que me corrijes no estoy seguro de como prescindir de ellos. Reconozco, por ejemplo, que "oxidada barra" si puede tener un deje poético que no pretendía. En cambio, la expresión "menos da una piedra", no es que sea tópica, o típica, es que se trata de un dicho popular muy extendido. Desde luego que se puede prescindir de el, pero debería sustituirlo por uno inventado que significase lo mismo.
"Era una historia fantástica y por eso no me la creí.". Y aquí dejo de leer. Estoy yo leyendo tan tranquilo, encantado, y derrepente me recuerdan que hay que ser escépticos, ¿por qué iba yo a perder el tiempo ni un minuto más en la historia de un cadáver, cuando sé perfectamente que no es verdad? No sé, a mí me incitó a dejar de leer"
¡¡¡AHRGG!!! Si eso es cierto, ya mismo borro esa maldita frase.
Gracias por los comentarios, que nunca están de más, ayudan a pulir el texto y dan ideas para mejorarlo. ¡Genial!
Un saludo
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Bueno, bueno, bueno |
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01-05-2005 20:02 |
Meca, tio, me está gustando mucho. Es muy entretenida y el tema es muy original. espero seguir viendo las continuaciones de esta historia por aquí
saludos
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RE: Bueno, bueno, bueno |
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02-05-2005 18:19 |
Gracias de nuevo Krematori.
No puedo asegurar que todos los capítulos te gusten, pero si puedo asegurarte que llegaré hasta el final.
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He aquí el segundo capítulo |
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28-04-2005 18:20 |
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Y en la tarde el comentario, brother. Y en menos de una semana el tercero, ¿sí? Un abrazo.
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RE: He aquí el segundo capítulo |
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29-04-2005 14:44 |
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Espero ansioso tu crítica, Vari. Siempre lúcida y siempre aportando algo de lo que no me había dado cuenta (si no siempre, casi siempre).
Un saludo brother.
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