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Cuando la plata se tiñe de rojo


Otros Relatos

15-05-2005 15:28
Por: Fandro

La afrenta a un hombre provoca una trifulca en una villa y pronto la muerte encamina sus corceles hacia ese sitio. Esto marca el inicio de una terrible contienda entre pueblos que dependen uno de otro.

Había cantado ya el soberbio gallo y terminaba de despuntar el sol cuando montó Teóstemo su negro corcel. Pendenciera expresión mostraba aquella mañana cuando inició el recorrido hacia Clematonia seguido de nueve de sus hombres. Le acompañaba Febro,
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montado en un blanco caballo de gruesas patas. Tras él, Glomio, Ecmetón, Heracio y Serbio jineteaban robustos potros de marrón pelaje. Jovanio, Lecto, Bonifemio y Drosio cerraban la marcha e impresionante polvareda levantaban los cascos de sus grises corceles. Así avanzaban los diez altaneros jinetes que armados ascendían por los poco pronunciados montes que recorrer era preciso antes de arribar a la villa en la que las artes y ciencias florecían. Saltaban las piedras y volaban las aves ante la proximidad de las fuertes bestias, el estrépito de sus pesados cascos y las voces los que las montaban turbaban el apacible ambiente y hacían temblar la tierra.

Arribaron a la aldea seguidos por las negras nubes que a la tormenta preceden y con poco agrado fueron vistos por los locales, pues prepotente como pocos era aquel acaudalado hombre recién llegado, de más corta que larga edad, lleno de soberbia por la riqueza que su padre poseía. Desdeñosas miradas arrojaron a los habitantes de aquel lugar que bien una ciudad podría haber sido, pues grande y hermosa se erguía. Las anchas y limpias calles flanqueadas eran por no suntuosas pero sí bien construidas casas que mostraban las influencias culturales tan variadas de quienes allí habitaban.

Oscuros secretos albergaban en sus corazones los que moraban en Clematonia, mas fue la paz hallada en ese lugar lo que permitió la convivencia y engendró el respeto entre ellos todos, pues indiferente les resultaba el pasado de sus vecinos por turbio que fuera.
Perturbaba el estruendoso trotar de los caballos aquella preciada tranquilidad que solía imperar en la gran aldea. Inusual mas no novedosa era la presencia de los indeseables hombres cuyos corceles con presteza avanzaban y a su paso cimbraban el arenoso suelo. Cesó su andar cuando frente a una apartada casa de verde tejado se hallaron. Desmontó Teóstemo y un rayo anunció su llegada, seguido por el retumbante trueno que a la tierra sacude y le infunde temor.

Subió las escaleras y con energía golpeó la puerta de la morada de Boedro, quien a la plata daba forma como pocos y cuyas magníficas obras adornaban muchos palacios del reino. Rechinaron los goznes y en el umbral apareció Incah, hermana de Boedro. Gran sobresalto tuvo al reconocer a los inesperados visitantes, pues altos y robustos eran aquellos hombres que a su puerta llamaron armados con lustrosas espadas.

Tardó la voz en volver a su garganta, mas finalmente habló la mujer: –Buenos días, ¡oh! Teóstemo. Honras mi casa con tu presencia aunque imprevista sea, mas cruza el umbral y permíteme brindarte los dones de la hospitalidad para que después me reveles los motivos de tu visita.

Arrogante respondió aquel: –Incah, no es grata mi estancia en tu casa y mientras más pronto parta más complacido he de sentirme. He venido a tratar asuntos con tu hermano, el artesano Boedro, cuya presencia exijo aquí en este momento.

Logró la joven ocultar su indignación ante las ofensivas palabras que el prepotente hombre profiriera y a quien le tenía la menor estima, mas el miedo siempre le mantuvo prudente en sus expresiones.

–Desafortunada es la hora en que llegas, señor, ya que ausente se encuentra mi hermano. Partió cuando el sol apenas despuntaba e ignoro dónde podrías hallarle.

Incrédulo Teóstemo, hijo de Magro, le miró con torva faz y de esta forma le habló: –No intentes engañarme, mujer, que bien conozco a Boedro y sé que oculto se encuentra dentro de estas paredes, temeroso de mí por no poder pagar lo que a mi padre debe.

Contestó Incah con semblante afligido: –Equivocado estás, señor, pues cierto es lo que te digo y no debes dudar de mí.

Por el brazo asió el hijo de Magro a la joven y le habló de esta manera: –¿Por qué habría de creer en tus palabras? No es posible confiar en los que en Clematonia habitan ya que siniestros pasados a cuestas llevan y por eso abandonaron sus natales tierras, donde con seguridad eran repudiados, mas ahora, asentados en las cercanías de la gran Pauda, gozan inmerecidamente de las riquezas de ésta y aún así ingratos se muestran para con quienes la mano amiga les tendieron.

Percibió Incah el viciado aliento de Teóstemo, pues a pesar de que el sol no alcanzaba aún el cenit, influenciados por el vino se hallaban él y los hombres que le acompañaban. Sorprendida gimió la mujer: –¡Por favor, Teóstemo! No me lastimes, pues con la verdad te hablo y si mi hermano estuviese aquí ya ante ti se habría presentado.

–¡Qué cosas dices, mujer!
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–habló el ebrio soberbiamente mientras forcejeaba con la mujer a la que por muchísimo superaba en fuerza–. Si Boedro frente a mí estuviera no tardaría en usar sus escurridizas piernas para alejarse más rápido que el viento dejándote a tu suerte. Dicho esto, sacó a la indefensa Incah de la casa y la arrojó por los escalones que crujieron cuando la joven rodó por ellos.

La mayoría de la gente que en aquella parte de Clematonia su casa había levantado trabajaba en las minas de plata, por lo que no muchos fueron los que se congregaron alrededor de la injuriada joven, mas con cautela retrocedieron cuando Teóstemo y sus acompañantes se acercaron, pues armados estaban estos hombres de anchos tocados y gruesos mantos.

Se dirigió con autoridad el alto Febro a los curiosos: –Vuelvan a sus asuntos, que lo que aquí ocurre no es de su incumbencia y pronto arrepentido estará aquel cuya audacia le impela a quedarse.
Crispados los puños y con el corazón afligido por la impotencia, retrocedió un poco más la pequeña multitud.

Sobrepasando su tolerancia, estalló Incah, que del arenoso suelo se levantó: –Cruel y despreciable borracho, semejante a los buitres, que los dioses te maldigan a ti y a tus allegados. Vienes a mi casa con aire prepotente a exigir el pago de una deuda que cien veces ya habría sido saldada con los trabajos que mi talentoso hermano ha hecho casi por la fuerza en tu imponente mansión sin recibir recompensa por tan notables obras.

Más hosco aún se tornó el semblante de Teóstemo quien replicó: –¡Cuán necias son tus palabras! Impagable es la deuda de todos ustedes para con Pauda, el oasis entre las montañas. Privilegiados son aquellos cuyas manos tocan la preciosa plata que en esta tierra abunda y que a los nativos pertenece, y nadie más privilegiado que Boedro, que de la predilección de mi padre, el excelso Magro, gozaba cuando necesario era realizar alguna importante obra, tanto así que no dudó en prestarle mil monedas a tu hermano, quien ahora, pasados cinco meses, no se digna a pagar y de mí se esconde.

Insensato fue Boedro cuando pactó con aquel hombre al que la avaricia le corroía las entrañas y le impelía a actuar con perfidia. De antemano sabía Magro que el artesano incapaz de pagar sería, pues muy grande era aquella cantidad que el hermano de Incah habría de emplear para comprar un rebaño y establecerse como ganadero en la no muy lejana Zacatia, su natal tierra, de donde huyera su padre mucho tiempo atrás. Mas funesta fue la suerte de Boedro, pues en misteriosas circunstancias murieron sus reses, que tanto esfuerzo le costaran y, aún cuando pudo haber saldado su deuda, el artero Magro, de manera deliberada, redujo la paga que el artesano recibía por gastar su fuerza en las profundas minas, planeando mantenerle sujeto a un lastre hasta que el aliento le fuera consumido por el tiempo.

–Complacido estaría tu padre si pudiera poseer el alma de un hombre tan esforzado como mi hermano –dijo Incah con áspera voz–, quien por mucho le supera en inteligencia. Mas por infortuna es el viejo Magro, semejante a los salvajes perros, el que posee la plata que sin los que en Clematonia su morada tienen, no sabría diferenciar de las vulgares piedras, pues tan incapaz es él como su odiosa estirpe.

Tan asombrados estuvieron los concurrentes como el propio Teóstemo de la audacia de las palabras que del mismo corazón de la joven emanaran y que arrastraran consigo el tenso silencio, el cuál desgarrado se vio ante la estrepitosa bofetada que hiciera caer a la valiente Incah.

Encolerizada la turba se abalanzó contra el violento hombre, mas su avance detuvo cuando Febro desenvainó la filosa espada y brilló ésta con la intensidad del altivo sol. Pronto le emularon Glomio y Drosio y sus semblantes belicosos se tornaron.

Indignante espectáculo fue el que se le mostró a Boedro cuando arribó al lugar. Vestía un grueso manto gris bellamente bordado y holgados pantalones de seda, al estilo de su natal Zacatia. La robusta vara de bambú que llevaba consigo el artesano superaba su estatura y fue lo primero que el infame Teóstemo vio entre la multitud cuando aquel con ira habló:
–¡Teóstemo! Sólo teniendo cien bocas podría maldecirte cuanto mereces. Cruel y aborrecible como ninguno eres. ¿Cómo pudo agraviarte la frágil Incah para que de esa forma le maltrates? –abriéndose paso entre los que observaban se situó a prudente distancia del hijo de Magro, pues el talento con el que sus manos a la resplandeciente plata daban hermosa forma muy superior era al que mostraban en la lucha–. Apártate de mi hermana y encárame, pues son los asuntos que conmigo tienes los que sin duda han traído tu funesta presencia al umbral de mi casa.

Con terrible expresión miró Teóstemo al audaz Boedro, el de prodigiosas manos, mas pronto tornó su semblante en una maliciosa sonrisa.

–Es tu rostro el que mal de mi grado deseaba ver, escurridizo gusano, pretencioso soñador, ¿Acaso olvidas la deuda que con mi padre tienes y que por cinco meses al día de hoy no has sido capaz de saldar? Raquítico esfuerzo has puesto en tus labores y distraída ha sido tu atención por menesteres que nada provechoso te han dejado.

Herido sintió el artesano su corazón, mas firme se mostró ante aquel hombre que le ofendía y al que así le replicó: –La deuda contraída fue con Magro y será con él con quien la trate, no con su hijo que muy inferior le es en prudencia y recato.

Irónico contestó Teóstemo: –No hay qué tratar, bien sé que del ganado que te hiciste ni una sola cabeza sobrevivió a tus malos cuidados, pues la habilidad de artista que los dioses te otorgaron compensada fue al crearte inútil para el desempeño de cualquier otro oficio.
De entre sus ropas sustrajo el hijo de Magro un legajo al momento que sus hombres intercambiaban pícaras miradas que sin duda reflejaban la vileza de sus pasadas acciones, pues fueron ellos quienes trajeron la funesta muerte al vacuno ganado de Boedro varios días atrás, cuando bajo el negro manto de la noche que todo oculta, envenenaron el agua que la sed de las bestias apaciguaba.

–Agradecido deberías mostrarte ante mi magnanimidad, Boedro –dijo–, pues he aquí una salida a tus desventuras. Es un decreto sellado por el regente, lo que le concede suprema validez. Si con tu insignia lo marcas, saldada estará la deuda que tienes con mi familia, mas comprometido estarás a no abandonar Clematonia, pues al llamado de mi padre tendrás que acudir sin demora mientras vigor quede en tu cuerpo y el tiempo no te robe la lucidez.


techLa afrenta a un hombre provoca una trifulca en villa y pronto la muerte encamina sus corceles h
Jactanciosa era la mirada de Teóstemo y sus hombres, semejantes a los buitres en sus almas, aunque apuestos fueran en su exterior. Amargo silencio se apoderó del lugar donde indignados, pero temerosos, los clematonios presenciaban la consumación de una injusticia. Lastimeras lágrimas derramaba Incah, que en el arenoso suelo reposaba. Torva era la mirada de Boedro, el de prodigiosas manos, que sentía escapar el alma de su cuerpo con cada latido de su corazón, el cual hacía arder sus entrañas en aquel aciago momento, tornando su trigueña piel tan roja como la sangre que veloz le recorría las venas y amenazaba escapar por sus poros. De inmediato comprendió el perverso ardid del que había sido objeto. Impotencia absoluta sintió el artesano, mas en ira se volvió lo que su cuerpo inundaba y que habría de acarrearle mayor infortunio.
Así habló Boedro: –Malditos sean tú, tus acompañantes y el que te engendró. Ve y dile al nefasto Magro, a quien compararía con las serpientes si estas no resultaran agraviadas, que antes moriré que ser esclavizado por un hombre tan vil y de alma tan podrida como los cadáveres de mis reses.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
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15-06-2005 10:24
El estilo que has usado no me gusta. Creo que se interpone entre la historia y el lector, que es precisamente lo opuesto a su función. Si pones tantos adjetivos, al final lo verdaderamente importante queda oculto.

   Muy interesante.
16-05-2005 14:58
Has empleado un lenguaje bastante complejo a la hora de narrar. Sin embargo, aunque a veces chirría un poco, consigues que el lector se enganche a la historia con facilidad.
Una historia que entretiene y te deja con ganas de saber el final.

Espero la continuación.



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