El declive del Imperio (III): Esto no ha hecho más que empezar |
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26-04-2005 17:40
Por: ladyagatha
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El caballero aún no ha salido de la capital del Imperio y ya tiene problemas para controlar a sus compañeros. Adurei es más peligroso de lo que aparenta. ¿Podrá Edver sobrevivir a este viaje?
El viaje hasta el bosque aún no ha comenzado y el desconcierto inunda el corazón del caballero ¿Que secreto escondía la mirada triste de la hija del emperador?
Puede que se haga un poco largo, pero merece la pena saberlo
Edver salió de la Sala de Estrategia refunfuñando entre dientes, con Pronais pisándole los talones mientras canturreaba una desquiciante melodía. Cuando llegaron abajo sin dirigirse ninguno de los dos la palabra, Edver se detuvo en seco al escuchar como Pronais se reía a carcajadas.
- ¿Se puede saber de qué te estas riendo? – preguntó sorprendido.
- De tu inestabilidad emocional, dragón. ¿Acaso crees que vas a engañarme? Tus intenciones para con estos dragones son algo curiosas. Se notaba demasiado que tratabas de salvarles la vida a esos supuestos parientes tuyos. ¿Qué es esto, algún tipo de altruismo draconiano? – pero no terminó la frase. Edver se volvió hacia él, con una celeridad asombrosa y agarrándolo por el cuello de la capa, lo estampó contra el muro.
- Escucha listillo, ándate con ojo si no quieres encontrar un misterioso apéndice de acero en el pecho – amenazó lo más convincentemente que pudo. Edver no era del tipo de personas dedicadas a la extorsión. Pero el carácter de Pronais era demasiado duro, y no se amedrentaría con facilidad.
- Control, caballero, control. Si me matas tan pronto no podrás disfrutar de mi agradable compañía. ¿Sabes una cosa? Me extraña mucho que hayas vendido a los tuyos tan fácilmente. No me fío de ti – Edver trataba de controlar su rabia. Sabía perfectamente que Pronais solo lo estaba provocando. Y él no dejaba de sonreír. - Te advierto que si traicionas al Imperio, no dudaré en colgar tu cabeza en mi sala de trofeos. Y créeme que no me apiadaré de ti, por muy Caballero Blanco que seas – amenazó con una extraña emoción contenida y un brillo desconcertante en sus rojizos ojos.
- Ni yo tampoco de ti, Alto Elfo, – dijo Edver soltándolo tan de repente que Pronais acabó en el suelo - aunque seas lo ultimo que queda en este mundo de esa raza a la que perteneces –dijo poniéndose a su altura. Sabía que no debía hacerlo, pero ya estaba bastante harto de que le llevara la delantera.
-Atrévete a repetir eso y no volverás a ver la luz del sol, porque te sacaré los ojos - dijo Pronais levantándose y llevando la mano al mango de su cimitarra, pero sin llegar a desenvainar. Se acercó lentamente a Edver y lo miró directamente a los ojos. Su mirada era realmente aterradora. Pero Edver sostuvo esa horrible y enfermiza mirada rojo sangre firmemente, sin pestañear un solo instante. Los dos trataban de contenerse, si bien Pronais era más tranquilo y le gustaba provocar y Edver se dejaba llevar rápido por esas provocaciones.
- Pues tú dame motivos suficientes para que te mate aquí mismo – le dijo el caballero al cazador mientras se fulminaban mutuamente con la mirada. Resuelto a no volver a reaccionar ante sus provocaciones, Edver le dio la espalda, y continuó con su camino.
- No trates de evitar lo inevitable, caballero dragón. Tarde o temprano esos dragones van a morir. Y seré yo quien los mate, pues no consiento que esos seres caminen por la misma tierra que yo camino. -Edver se detuvo y se volvió lentamente hacía Pronais. Si el viaje hasta el bosque iba a comenzar de esa manera, prefería no pensar que podía ocurrir una vez hubieran llegado allí. - Ahora que he conseguido captar de nuevo tu atención, dragón, déjame decirte que para infiltrarnos en ese lugar no debemos llevar nada que nos relacione con el Imperio, por lo que será mejor que no lleves puesta esa resplandeciente armadura o durarás menos que un dragón en mis manos. Yo traeré los caballos, en una hora en la Puerta de Ëride, al oeste- y dicho esto se dio la vuelta y se marchó, dejando a un Edver confuso. Pero cuando el cazador llevaba andado un trecho se detuvo y se volvió hacia el caballero, con esa sonrisa de suficiencia tan terrible. – Por cierto, guárdate las espaldas. No sé cuánto tiempo podré aguantar sin matarte. Me dejo llevar demasiado por la emoción, son cosas que pasan – y despidiéndose alegremente se marchó.
Sintió de repente unos irrefrenables deseos de darse cabezazos contra el muro de su habitación. Estuvo un rato a oscuras, meditando en silencio y controlando su desaliento. Repasó mentalmente los hechos. Primero, debía infiltrarse como un espía entre un poblado dragón, que seguramente le importaba bien poco llevarle la contraria al Imperio. Segundo, debía llevar consigo a un asesino de dragones tan despia-dado, que en cuanto se descuidara un instante, lo asesinaría por la espalda. Tercero, había conocido a un monje renegado, cuyo único objetivo en ese momento era acabar con el Imperio lo más rápido posible, y que además era un hombre-lobo. En resumen, conjuraba contra su reino y además debía servirlo para no levantar sospechas, y debía hacerlo a merced de los suyos, a costa de los dragones. Ni él mismo sabía lo que estaba haciendo. Tampoco entendía que era lo que debía hacer. Pero es que no entendía nada de nada. Sólo estaba seguro de una cosa: no traicionaría a los dragones. Es más, tampoco iba a entregárselos al Imperio, como le había prometido al Emperador. Sus planes eran otros. Pero sus planes podrían frustrarse a causa de ese maldito Pronais. Debía llevar cuidado. Aún recordaba esa mirada de asesina avaricia de sangre, una mirada deseosa de matar. Estaba rodeado de problemas. Y el muro resultaba tentador. No iba a resignarse, su optimismo le permitiría enfrentarse a cualquier adversidad.
Salió de su habitación velozmente sin detenerse para nada. Iba ataviado con una enorme capa con capucha sujeta por un desgastado cinturón de cuero, del que colgaba su espada y unas bolsitas que contenían un montón de plantas medicinales, por que estaba seguro de que harían muchísima falta. Unas enormes botas de cuero le cubrían las piernas hasta las rodillas, necesarias para esconder en cada una de ellas una daga, de lo cual también estaba seguro que iba a necesitar. En uno de sus guantes ocultaba un estilete de acero, y en el otro un cuchillo de hoja de plata. Y bajo la ropa llevaba oculta la coraza de su armadura de caballero, elemento imprescindible en este viaje debido sin duda a la arriesgada misión de llevar consigo a su archienemigo el cazador de dragones. Además de las dagas, el cuchillo y el estilete, bajo la capa enganchando a las sujeciones de la coraza, guardaba dos cuchillos largos cuya hoja estaba fabricada con acero blanco, un metal con propiedades mágicas y curativas.
Ensimismado mientras se planteaba la posibilidad de llevar otro arma más, no se dio cuenta de por donde iba y acabó justo en medio del Jardín de la Realeza. El olor de las flores lo devolvió de golpe a la realidad. Parecía el claro de un bosque mágico. De un tapiz de verde hierba que cubría toda la floresta, emergían numerosos setos de flores desconocidas, otorgando una infinita armonía al conjunto. Los almendros, símbolo del Imperio, estaban en flor, y el contraste entre la madera negra de sus troncos y las flores blancas y rosas de sus copas, albergaban en cualquier corazón un atisbo de esperanza, aunque no se hubiera perdido. Proporcionaban una agradable y acogedora sombra sobre los bancos de mármol azul y gris. Los ánimos de Edver se recobraron cuando se detuvo indeciso en aquel lugar. ¿En que estaría pensando para llegar hasta allí? Los caballeros no podían estar allí, estaba prohibido. Si lo descubrían, podría tener un gran contratiempo. Cuando supo donde estaba y adonde debía ir, su corazón se encogió al escuchar pasos amortiguados sobre la hierba y susurrantes voces. E iban en su misma dirección. Antes de hacer nada ni pensar siquiera, se lanzó contra uno de los bancos y pegando un brinco se escondió detrás de un seto de rosas, no sin antes clavarse la mitad del rosal en el cuerpo. Se agachó completamente hasta quedar tumbado sobre la hierba, y esperó a que los pasos se alejaran. Pero los pasos se dirigieron hacia donde él estaba y dos personas fueron a detenerse justo en el banco que estaba delante del rosal.
- …Pues espero que Edver consiga resolver este asunto. Sus elocuentes artes servirán de mucho en esta empresa. Confío en que pueda salvarles la vida a esos dragones, aunque sea a costa de su libertad – dijo una de las voces. Edver se echó las manos a la cabeza al reconocer a Gabriela, la hija del Emperador.
- Casi prefiero que mueran en combate. He luchado contra ellos y son demasiado orgullosos como para luchar para el Imperio. Anteponer su libertad por encima de todo es algo que ellos no podrán soportar. El Imperio los mantendrá como mercenarios, atados a su servicio. Y un esclavo dragón no es lo más recomendable dada nuestra situación – comentó la otra voz. El corazón de Edver latió con tanta fuerza, que se llevó las manos al pecho para atenuar el ruido. La otra voz pertenecía a Wulfgar, el Gran General del Imperio.
- ¿No creéis que ha sido bastante retorcido enviar a Pronais junto a Edver? Espero que a ninguno de los dos se les pase por la cabeza matar al otro – dijo Gabriela.
- Confío en Edver. El que realmente me preocupa es Pronais – dijo pensativo el general. - Su tempe-ramento racional resulta bastante desconcertante. No suele dejarse llevar por las emociones excepto si se encuentra en presencia de un dragón. Vos solo lo habéis visto en su estado normal, serio y formal, o sonriendo con malicia de vez en cuando. Pero cuando se enfrenta a un dragón, su mente cambia, y se convierte en una maquina de matar. Su furor le lleva al extremo de no distinguir entre amigos o enemigos. Y hasta que no ha acabado con su presa, no recupera esa sangre fría que ya conocéis. Entonces se vuelve de nuevo imperturbable. Debo reconocer que hasta a mi me ha dado miedo en varias ocasiones. Yo soy humano y no tiene nada contra mí. Si os digo la verdad, admiro esa valentía en Edver al marchar con él – Edver sintió un pinchazo de orgullo al escuchar las palabras del general. - Me asombra que se lo haya tomado tan bien. Será que no lo conoce tanto como… – de repente se calló. El silencio se hizo tan tenso, que se podría haber cortado con un cuchillo de untar mantequilla. Edver contuvo la respiración, y deseó con todas sus fuerzas que no lo hubieran descubierto. - ¿Qué os sucede Gabriela? – dijo Wulfgar con un atisbo de preocupación en la voz. Edver se levantó cautelosamente para ver que es lo que estaba ocurriendo. Observó como los dos estaban de pie, mirando hacia el rosal. Gabriela se había abrazado a si misma y temblaba, con una mirada de terror en los ojos. Wulfgar la miraba descompuesto, con los brazos listos por si se desmayaba. Era la primera vez que Edver veía al general con la mirada turbada.
- Mi padre me envía a la muerte – dijo ella con voz temblorosa.
- ¿A que os referís con eso? – preguntó Wulfgar al mismo tiempo que Edver lo preguntaba mental-mente. De repente, Gabriela se desplomó y Wulfgar la cogió antes de que llegara al suelo. - ¿Qué os su-cede? ¿Os encontráis bien? –preguntaba angustiado el general.
- Mi padre hubiera deseado que yo muriera en lugar de mi hermano – dijo mientras por sus mejillas se deslizaban unas angustiosas lágrimas. Edver recordó aquel doloroso acontecimiento. En... ¡un momento! ¿No había dicho Gabriela que su caravana partiría hacia Anthilión? ¿Como no se había dado cuenta antes? Fue precisamente en el Valle de Anthilión, un valle pantanoso, donde cayó derrotado el heredero del Imperio. Un ataque sorpresa había destruido el campamento principal y a toda la milicia, comandada por el caballero Fawn y su hermana Gabriela. Las noticias que llegaron fueron desalentadoras, no hubo ningún superviviente. Pero a la capital regresaron Gabriela y su hermano herido de muerte. A los cinco días, el joven heredero del Imperio murió desangrado. Las heridas que había recibido no cicatrizaban, por lo que no pudieron hacer nada para salvarle la vida. – Cada día que pasa, me lo reprocha una y otra vez, y aún me guarda rencor por ello.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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excelente |
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11-07-2005 18:00 |
la historia es larga, pero cuanto más la leo, más me gusta! Los personajes son geniales.. estoy ansioso por ver la paliza que le darán Edver y Anji a Pronais!!!
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Geiun/m |
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28-05-2005 12:07 |
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Si alguien sabe algo sobre geiun/m que respoda mi mensage (a la espera)
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Esta wapo |
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11-05-2005 11:34 |
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El relato esta bastante wapo,pero lo k me pregunto es...Por ke escribes cosas como "despia-dado","tempe-ramento" y tal? lo haces para resaltar algo en la forma en k lo dicen? o es ke el guion viene de cuando lo tenias,a lo mejor,escrito en tu ordena al cambiar de linea k se ha kedado al subirlo a ociojoven?
Nos vemos
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RE: Esta wapo |
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13-05-2005 16:52 |
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Yo tambien me lo he preguntado un par de veces...
En mi ordenador está justificado y con guiones, supongo que será por eso...
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RE: Esta wapo |
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13-05-2005 16:52 |
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Yo tambien me lo he preguntado un par de veces...
En mi ordenador está justificado y con guiones, supongo que será por eso...
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RE: Esta wapo |
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13-05-2005 16:51 |
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Pues yo tambien me lo pregunto...
En mi ordenador lo tengo justificado y con guiones, supongo que será por eso, porque no me gusta poner guiones ahí en medio que no vengan a cuento.
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RE: Esta wapo |
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13-05-2005 16:49 |
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Pues yo tambien me lo he preguntado varias veces...
Es que en mi ordenador lo tengo justificado y con guiones, supongo que será por eso...
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K fuerte |
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03-05-2005 09:18 |
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Dios mio dios mio. Es la primera vez que leo un cuento de estos de stoy impresionada. Que peazo de ca.... que es ese Pronais (lo he escrito bien?)
Pobre Edver, me apiado de él
Me gusta mucho el royo ese que se trae con la pricesita (si se le puede considerar rollete, claro)
Espero que acaben juntos Je je je
EN el fondo soy una sentimental
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Muchas gracias, pero antentos a esto |
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29-04-2005 15:37 |
Vereis, queridos lectores. Me alegra que tanto os haya gustado esta movida y no os preocupeis que en mas de una ocasión van a llover hostias entre estos dos.
Debido a problemas con la cohesión de la historia, no voy a poder incluir aquí cierto capítulo que escribí en lo referente a la batallita que Gabriela tiene en el Valle de Anthilión.
Por lo que los interesados (os lo recomiendo), os pongais en contacto conmigo en gataminerva@hotmail.com para enviaroslo.
Solo si os interesa, claro.
Muchas gracias por vuestro apoyo
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Vaya tela |
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27-04-2005 21:41 |
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Menudo viajecito se divisa a lo lejos, jeje. Si no llueven ondanadas de hostias (como dice un amigo) entre estos dos... me da que se hacen íntomos, xD.
Muy chulo el relato, me ha gustado tanto como el anterior.
¿Lo mejor? El tratamiento psicológico de los personajes.
¿Lo peor? No encontrar de un primer vistazo que criticar, arg, con lo gratificante que resulta criticar!, jejeje.
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Esto va a más |
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28-04-2005 15:09 |
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Fantástico, cada vez me gusta más, los personajes son muy creíbles. Además, se está poniendo muy interesante, me gusta como vas añadiendo complejidad a la historia.
Lo malo que le he visto son las reflexiones de Edver que rompen un poco el ritmo del relato, creo que deberías replantearte la forma de introducirlas en la historia para que todo que se adapte más al ritmo que le das al relato. Pero, en fin, sólo es mi opinión.
Un saludo. Y sigue así, que lo llevas muy bien encarrilado.
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