Perspectivas |
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12-06-2005 18:30
Por: Fëndor
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Discusión acerca del racismo.
Buenas tardes. Cuánto tiempo que no quedábamos, ¿eh? Madre mía cómo estás de cambiado, ¡si me ha costado reconocerte!, jejeje. ¿Qué que hay de mi vida? No me puedo quejar, con sus más y sus menos pero en resumidas cuentas me va bien, ¿y a ti? Me alegro.
Bueno, sentémonos, ahí parece que hay una mesa libre. ¡Camarero!, ahora cuando pueda nos trae unas cervezas y unas aceitunas para mi amigo y para mí, gracias. ¿Eh?, ah sí, el trabajo. Bien, bien, ahora mismo estoy metido en un artículo sobre el racismo, pero le estoy dando una nueva perspectiva, ¿sabes? Sí, un enfoque más... cercano y... bueno, la idea me la dio mi abuela indirectamente. En serio, no te rías, resulta que el otro día hubo cena familiar y no sé como salió el tema, pero de pronto mi abuela soltó: «el mejor escarmiento es darle la vuelta a la tortilla» y... eso es lo que estoy haciendo con mi artículo y la suerte es que conseguí un caso que me venía que ni pintado, ¿te lo cuento?
* * *
El señor Ernesto Rubio Gutiérrez, era una persona normal como tantas otras hay en el mundo, un administrativo como otros muchos, una persona aseada, respetuosa, católica practicante, un buen samaritano (de esos que se encuentran una cartera con dinero tirada en la calle y la entregan sin tocarla a la policía) y según él, tolerante. Es decir, de los que se sienten ofendidos si les llamas racistas. Pero un día le pasó algo curioso, una experiencia de esas que extreman tus convicciones o las modifican. Veamos qué ocurrió.

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Serían cerca de las 7:15 de la mañana y el señor Rubio se encontraba en el aeropuerto, esperando a coger el avión destino a Perú, un país al que siempre había querido viajar y ahora que había conseguido ahorrar unos dinerillos pensaba ir a pasar su última semana de vacaciones.
Ya había facturado el equipaje, y se encontraba sentado en la butaca más alejada de la entrada de la abarrotada sala de espera, a pesar de que hubiera otra libre en un banco justo enfrente de la entrada, donde esperaban a la llamada de su vuelo un grupo de musulmanes o moros (como solía llamarles).
Como siempre ocurre en los aeropuertos, los vuelos tienden a retrasarse, pero finalmente se produjo la llamada a los pasajeros del vuelo con destino a Perú. Y allí se encaminó impacientemente el señor Rubio, disfrutando cada uno de los pasos que daba, pues ésta era la primera vez que iba a viajar en avión y era toda una experiencia para él.
Una vez en el avión, se acomodó en su butaca, cerró los ojos, inspiró profundamente, abrió los ojos y... ¡VÁLGAME DIOS!, habían sentado en la butaca de al lado a un gitano. No es que le importara tener sentado a su lado a un gitano, porque él era una persona tolerante, pero hubiera preferido a alguien... normal, pues todos saben que los gitanos son unos delincuentes, ¿no?, y el estar sentado al lado de uno le resultaba incómodo.
Finalmente llegó al aeropuerto de Perú, recogió su equipaje, llamó a un taxi y se encaminó hacia el hotel donde tenía reservada la estancia, dispuesto a descansar unas horitas y empezar a disfrutar de sus últimos días de vacaciones.
Hoy hacía el tercer día desde que llegara a Perú y tenía pensado ir a pasar el día a un pueblecito del que le habían dado muy buenas referencias, así que se levantó bien pronto, se aseó, desayunó y bajó a por el autobús que le llevaría al poblado.
Una vez dentro del autobús, se acomodó en el asiento y como sabía que más o menos le costaría llegar unas dos o tres horas, se prometió dormir un rato.
Señor, ya hemos llegado – le despertó uno de los viajeros –, se desperezó un poco y salió del autobús estirando los brazos y respirando profundamente nada más poner los pies en el suelo. El lugar era realmente una maravilla.
Tal y como tenía planeado, el día resultó de lo más gratificante. Pero le pasó algo que ni por asomo se hubiera esperado, y es que al atardecer, mientras paseaba por los atractivos callejones que dibujaba el pueblo, fue asaltado por unos jóvenes. A los cuales se resistió y como recompensa recibió un fuerte golpe en la cabeza.
Al despertarse al día siguiente comprobó horrorizado que le habían quitado desde la cartera hasta los zapatos, pasando por el ¡pasaporte! (que estaba dentro de la cartera), entonces se dirigió rápidamente a la comisaría del pueblo donde dio parte de lo acontecido, pero se topó con un policía poco “solidario y colaborador”, pues resultaba que éste tenía un primo que emigró a España no haría más de 3 años y que había vuelto recientemente. Porque a pesar de tener título universitario, lo único que le ofrecían era limpiar culos de abuelos y unas constantes miradas de desconfianza, así que cuando su moral tocó fondo decidió volver con su familia.
Después de pasar por la comisaría, pensó que visto lo visto, la mejor solución sería coger como fuera el siguiente autobús y presentarse directamente en el consulado español. Pero ahora se le presentaron dos nuevos problemas, el primero era que no tenía dinero y el hambre empezaba a apretar y el segundo era que hasta dentro de dos días no volvía a pasar ningún autobús.
El caso es que empezó a pasearse todo el pueblo buscando alguien que le ayudara, pero en todos los sitios le rehuían en cuanto le veían las pintas que llevaba (descalzo, desaliñado, sucio, ...) y cada vez que se ofrecía a trabajar en alguna tarea le respondían en resumidas cuentas con que no viniera a quitarles sus puestos de trabajo.
* * *
Esto es todo lo que me ha contado hasta ahora. Por lo que se ve, consiguió encontrar al final una familia muy sencilla y solidaria que lo acogió y le ayudó en lo que pudo.
Mañana he quedado otra vez con Ernesto para que me cuente con un poco más de detalle lo que vivió en el pueblecito y lo que falta de la historia hasta su regreso a España.
¿Que qué opina ahora? No tengo ni idea. Ésa es una pregunta que he estado guardando hasta que terminara con su relato, para que no influyera en la narración ni en mi punto de vista, he querido mantenerme neutro hasta ahora. Pero tranquilo, en cuanto termine de contarme todo se la haré, entrando un poco más de lleno en el tema de inmigración y el trato que se les da. ¡Ya veremos qué me cuenta!

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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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sdgksfgmfkvm |
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13-06-2005 16:43 |
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regular
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bien, bien... |
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14-06-2005 13:06 |
Me ha gustado especialmente como introduces el relato, el planteamiento bien, aunque un poco sencillo y predecible, no sé, la esencia de ese tipo de seres que se creen dentro de lo "normal" y todo lo que no se parezca a ellos es "anormal" está captada de una forma demasiado cándida, el tipo es demasiado "pardillo" por así decirlo, o tal vez es que tú lo has querido ridiculizar dándole ese aire de memo redomado.
Una pregunta: llamarle Rubio ha sido simple casualidad, lleva una segunda intención por el tema del relato o es que yo soy demasiado retorcida?  Un saludo!
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RE: bien, bien... |
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15-06-2005 18:03 |
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Jeje, no había pensado lo de Rubio, pero la verdad es que queda curioso, jeje, nuse, me salió el nombre ese solo, no sé por qué.
En cuanto al tipo, lo hice así adrede, tomando un ejemplo real... es que la idea de hacer el relato me vino estando esperando para entrar al médico, que había un tipo tal que así, xD.
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Original |
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14-06-2005 17:39 |
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La forma de empezar y acabar el relato me gusta porque no tiene nada que ver con el hilo de la historia y esto es original (creo, no sé).
Tal y como avanza el relato opino que quizá el título no debería presentarse como relativo al racismo sinó a los prejuicios en general, aunque es verdad que muchas veces los prejuicios van ligados a los colores de la piel.
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