Migajas de Dioses (II) |
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25-04-2005 23:36
Por: Valente
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Alejandro se une al peculiar grupo de apóstoles de El Ungido. La peregrinación se verá interrumpida por algún desafortunado encuentro.
Capítulo 2
Alejandro abrió los ojos con dificultad. Un agudo dolor atravesó su cabeza, como si la noche anterior hubiera consumido grandes cantidades de licor. Tenía la boca seca y los labios agrietados, lo que reforzó la idea de que había pasado toda la noche en alguna posada, endosándose entre pecho y espalda güisqui de patata hasta desfallecer. Una buena hipótesis sin duda, si no hubiera sido por el hecho de que no se acordaba absolutamente de nada. Y cuando decía nada, era nada.
Solamente su nombre flotaba solitario en lo que debía haber sido el mar de su memoria, pero allí acababan todos los recuerdos sobre sí mismo a los que podía acceder. Se llevó la mano a la cabeza cuando un nuevo pinchazo atravesó su sien para clavarse en el lugar donde se estaban gestando sus pensamientos.
-¡Se ha movido! –exclamó una voz claramente femenina- ¡Ya ha despertado!
-Tranquila, mi buena Luara, dejémosle un tiempo hasta que se encuentre bien –dijo una voz suave y tranquila, tal vez con un ligero tono condescendiente.
Alejandro se incorporó, buscando a los propietarios de aquellas voces. Parpadeó para enfocar su turbia mirada y las oscuras siluetas que había distinguido en un principio acabaron tomando forma. Había tres personas mirándolo atentamente; dos hombres y una muchacha.
Su vista se detuvo en la joven. Sus vestiduras evidenciaban que pertenecía a una clase humilde, probablemente se trataba de una campesina. A pesar de su aspecto poco cuidado y desaliñado, no se le podía negar cierto atractivo. Tenía las facciones redondeadas y dulces, con unos grandes ojos claros y una nariz respingona. El pelo negro le caía en suaves ondas, algo lacio, hasta los hombros. A pesar de que una tosca túnica la cubría desde el cuello a los pies, se notaba en sus brazos descubiertos que estaba bien alimentada: rellenita sin llegar a estar gorda.
A la derecha de la muchacha se encontraba un hombre maduro. Era bastante alto y fornido. Su piel tenía una extraña tonalidad rojiza oscura y su corto y rizado cabello destellos verdes. Al igual que la muchacha, vestía de forma modesta y descuidada. De hecho, parecía que el hombretón era un familiar cercano, ya que tenía los mismos ojos y algunos rasgos de su rostro eran muy semejantes. Aún así, lo que más destacaba en él eran sus dos grandes y desproporcionadas manos, que colgaban a la altura del comienzo de sus muslos y que abría y cerraba constantemente, como si estuviera nervioso.
Finalmente, completando el trío, había un hombre delgado, de piel pálida y pequeños y profundos ojos negros. Su melena caía, brillante, hasta unos centímetros por encima de los hombros. Su aspecto, en general, era mucho más cuidado que el de sus dos acompañantes, lo que creaba un fuerte contraste entre ellos. Su túnica estaba blanca e impoluta como si fuera nueva y parecía de buena calidad. Estaba cruzado de brazos, pero sus manos reposaban sobre sus antebrazos, mostrando unos dedos finos y alargados.
-¿Quiénes sois? –preguntó Alejandro, poniéndose finalmente de pie. Le costó mantener el equilibrio y se tambaleó hasta que se apoyó en un árbol. Una suave ráfaga de viento alivió en parte las náuseas que estaban invadiendo su estómago. Trató de recordar qué estaba haciendo allí, pero su cabeza estaba atravesada por un punzón, que una mano misteriosa removía cada vez que trataba de acceder a sus recuerdos.
-¿Seencuentrabien, señor? –barbotó uno de los hombres, acercándose a él. Alejandro alzó la cabeza para mirar el rostro de la persona que había hablado tan rápido que no le había dado oportunidad a entender nada.
-¿Se encuentra bien, señor? –volvió a preguntar Marcus, esta vez tratando de vocalizar correctamente-. No tiene muy buen aspecto –concluyó, mirando a sus dos acompañantes.
Alejandro seguía demasiado confuso como para responder. ¿Quiénes eran aquellas personas? ¿Qué estaba haciendo allí? Únicamente recordaba haber caído sobre una hoguera y después haber perdido el conocimiento. Antes de eso no había nada. En el enorme vacío de su mente flotaba solitario su nombre, como si fuera la única rama tras un naufragio.
-Mi buen amigo ¿cómo te encuentras? –Alejandro miró al hombre que había hablado. Esta vez había sido la persona de tez pálida y ojos negros y profundos. Se había acercado hasta él y le había puesto una mano sobre uno de sus hombros.
-¿Yo? Bien, bueno… ¿Quiénes sois? –le contestó el monje, que también deseó preguntarles si sabían quién era él mismo. Sin embargo no lo hizo. El dolor de cabeza comenzaba a desaparecer y en su lugar se había alzado un muro de negrura que le resultaba imposible atravesar. La sensación era incómoda pero soportable.
-Somos amigos tuyos. Tienes que estar tranquilo.
-Bueno, “amigo” es unapalabramuyseria –dijo Marcus, volviendo a aplastar unas palabras con otras, fruto de la precipitación.
-¿Amigos? ¿Os conozco de algo? No recuerdo nada –admitió por fin Alejandro, mirando con desconfianza a aquellas personas. Había algo en sus tripas que le decía que no conocía de nada a aquellas personas. Una intuición débil y poco fiable, pero que sin embargo era lo único que tenía para tomar una decisión.
-Sé que no recuerdas nada. Pero no te voy a mentir. Nunca nos habíamos visto en persona, pero hace mucho tiempo que te busco. Los Dioses te han elegido. Mi nombre es Baruc, y soy su representante en este mundo.
-¿Los Dioses? –dijo Alejandro, como si la mención de los Seis Poderes hubiera despertado algún tipo de reminiscencia. Los Seis que eran Siete. Sí, había algo sobre ellos que él sabía. Trató de adentrarse en ese repentino pensamiento, pero de nuevo un agudo dolor en su cabeza le advirtió que no podría avanzar más. Parecía como si alguien se hubiera introducido en su cabeza y manejara a su antojo todo cuanto podía recordar o hasta dónde podían llegar sus propios pensamientos.
Los ojos del monje se cruzaron con los de Baruc. Cayó en su embrujo instantáneamente y se sumergió en su interior, como si deslizara por un resbaladizo tobogán. Aquella mirada le estaba diciendo algo. Sabía que tras esa oscuridad infinita se encontraba todo cuanto había perdido, todo cuanto ansiaba recuperar, pero también supo que no le sería sencillo recuperarlo, pues su poseedor le exigiría grandes sacrificios para aceptar devolvérselo.
Retrocedió un par de pasos, liberándose de la mano que se posaba sobre su hombro y escapando de la atracción de aquellas dos pequeñas pupilas. Miró sorprendido al que se había denominado elegido de los Dioses. Su rostro estaba sereno y parecía observarlo con interés, pero había algo más en aquella persona, difícil de precisar, que le inquietaba y asustaba, a pesar de no conocerlo apenas. Sus rasgos eran semejantes a los de un felino: fríos y calculadores, controlando en todo momento la situación.
-Creoqueelgolpe le debe haberdejadotonto, apenas habla y no parece recordar nada –dijo el campesino, del que casi se había olvidado, a pesar de ser muchísimo más corpulento que su compañero.
-Sus recuerdos volverán, Marcus –contestó Baruc, entrelazando sus manos con un gesto suave, casi hipnótico-. Si hace lo que los Dioses esperan de él, ellos le recompensarán –dejó flotar la última frase, con una sonrisa que hubiera podido resultar inocente, si no fuera por la frialdad con la que sus ojos la acompañaban.
-¿No es maravilloso, padre? El Ungido conseguirá ayudarle a él también –dijo la joven, que se había acercado hasta los tres hombres y miraba con adoración a Baruc.
El estómago de Alejandro se contrajo en un espasmo involuntario. En aquel mismo instante descubrió que estaba completamente solo y perdido, a la merced de aquellos tres extraños.
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Al monje no le costó mucho descubrir que si había alguien a quien debía tener en consideración era a Baruc. Luara y Marcus parecían dos meros comparsas más en los planes de El Ungido. Lo supo con hablar con ellos unos minutos y descubrir cómo habían acabado acompañándolo. También le confesaron que eran padre e hija, como había sospechado desde un primer momento. Mientras que la muchacha parecía francamente ilusionada con la aventura y con todo lo que rodeaba al misterioso profeta, a Marcus se le notaba ciertamente contrariado. Agobiado sin duda por las perspectivas de lo que le parecía una peligrosa locura.
-YlosSupresores, no teolvidesde los Supresores –le decía el padre a su hija con grandes aspavientos, cuando ésta narraba cómo habían llegado hasta aquel bosque-. Mis tomates, perdidosparasiempre.
-Papá, creo que un tomate no se puede comparar a servir a los Dioses. Ellos te eligieron y tú sigues empeñado en unas simples hortalizas –contestaba Luara, indignada por las palabras de su progenitor-. ¿Qué diría mamá si escuchara tus continuas irreverencias?
Marcus callaba ante estas apasionadas palabras y otras similares que le dedicaba Luara cada vez que se quejaba de haberse separado de su huerto, sus hortalizas y, en definitiva, de su vida. Lo hacía con una mezcla de congoja y desesperación grabada en su rostro, como si no pudiera o no quisiera discutir con su hija por temor a defraudarla.
Alejandro escuchaba atento estas discusiones, buscando conocer más sobre sus nuevos acompañantes. A medida que pasaban las horas acudían a su mente más recuerdos, pero ninguno de ellos sobre su anterior vida. Todo eran conocimientos, aparentemente inconexos. Desde algunos tan detallados como el nombre de todas las capitales de Tartessos, hasta otros más superficiales como los siete tipos de inhubestias que poblaban las oscuras sombras del mundo.
Del que no sacaba información alguna era sobre Baruc. El autodenominado elegido de los Dioses no paraba de repetir manidas frases hechas sobre la divinidad y sobre el destino, sin que éstas encajaran necesariamente siquiera en una teoría coherente y ordenada. Sin embargo, había que reconocer que no había situación alguna que no se esperase o que no controlase completamente. ¿Era acaso un simple charlatán de feria? Alejandro, en otras circunstancias, no hubiera dudado en afirmarlo o al menos eso pensaba. Podía no guardar recuerdo alguno sobre él mismo, pero su mente seguía funcionando a la perfección y creando imágenes y opiniones a partir de sus propias impresiones.
Unas horas después de haber despertado, Alejandro sabía que Baruc estaba en medio de una santa peregrinación a Anagra, cuya finalidad escondía hábilmente bajo innumerables sentencias y confusas aseveraciones de índole espiritual. Pero también sabía o, mejor dicho, intuía, que si quería recuperar sus recuerdos, debía seguirle el juego. Si lo que le habían contado Marcus y su hija era cierto, tenía la capacidad de manejar grandes poderes e incluso podía conceder cualquier tipo de deseo a quien se lo pidiera. Decidió, pues, acompañarles en aquel viaje, esperando que finalmente recordaría o que El Ungido le ayudaría a recordar.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Todavía estamos en el comienzo |
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30-05-2005 20:09 |
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Un segundo capítulo muy interesante. La acción de la lucha está muy bien llevada, pero espero que seas consciente de la duda que has inducido en el lector sobre la honorabilidad de Baruc. El hecho de que no les ayude le ha dejado en mal lugar.
Por lo demás, mantiene el nivel de calidad y engancha. No se puede decir nada más porque, en realidad todavía estás presentando a los personajes, pero nada de la historia.
A ver el siguiente capítulo.
Eso sí, hay unos detallitos que corregir:
Creo que quedaría mejor el diálogo de Marcus si unieses las vocales en una sola y te comieses alguna letra, de esta forma:
En vez de: "Perdone que le moleste, pero ¿dóndeestamosexactamente? –preguntó Marcus"
poner:"Perdone que le moleste, pero ¿dóndestamoxactamente? –preguntó Marcus"
La frase se entiende perfectamente y define mejor la voz atropellada de Marcus.
"El campesino había embestido como un toro al ver a su hija en peligro y ahora <<se>> golpeaba frenéticamente el cuerpo de su enemigo con sus enormes puños."
El <<se>> sobra.
"Luara, que hasta entonces no había entendido cuáles eran las verdaderas <<atenciones>> de la criatura, comenzó a gritar completamente desesperada, tratando de librarse de aquellas manos que trataban de desnudarla."
Querías decir <<intenciones>>, ¿no?
"Supo que en breve serían suyos. Sus manos pétreas se cerraron con fuerza, dispuestas a <<asentar>> un golpe en cuanto se pusieran a su alcance."
¿No quedaría mejor <<asestar>>?
"Tratábamos de recoger algo de comida como nos había pedido Baruc y apareció. Estábamos tan ocupados que <<no>> nos dimos cuenta de que se acercaba hasta que estaba casi a nuestro lado"
Te faltaba ese <<no>>
Pues eso, un saludo
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30-04-2005 19:13 |
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Como ya te ha comentado gutxi esos pequeños errores en ese pasaje, no voy a decir nada al respecto. Tambien jerjes tiene razon, describes dos veces el ataque de alejandro, provocando una confusion en el tiempo de la historia, que me ha parecido como si hubiese vuelto al parrafo anterior. De todas formas esta escrito con muy buena calidad y no le falta de nada aunque los acontecimientos, a mi parecer, van un poco lentos. Espero la proxima entrega.
Un saludop.
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mmmhh... ^____^ |
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29-04-2005 05:02 |
a ver, valente...
antes de nada, aclarar que me parece muy bueno...
pero...
Argumentalmente creo que está muy bien, vas desarrollando la historia con interés y me gusta lo que voy leyendo...aunque creo que Baruc se me aparece en este capítulo totalmente diferente a como lo hacía antes... parece como si de repente hubieras decidido que alejandro es el bueno a mitad de novela...
Además, creo que te falta una revisión bastante profunda. He visto repeticiones, bastantes fallitos y una redacción que en ocasiones no me ha convencido demasiado, no tan cuidada como suele serlo la tuya, sobre todo en la parte del bosque. La pelea no es tan fluida y la explicación de las inhubestias se hace un poco forzada...
Pero que conste que te juzgo en función de lo que espero de ti
Como muestra un botón:
Marcus saltó sobre la criatura, derribándola y cayendo sobre ella, consiguiendo además que la joven recuperara el control sobre(DE) sí misma. El campesino había embestido como un toro al ver a su hija en peligro y ahora se(SE? CREO QUE SOBRA) golpeaba frenéticamente el cuerpo de su enemigo con sus enormes puños. Luara se acercó y trató (FALTA UN DE) colaborar con su padre propinándole(LE, A LA CRIATURA SE REPITE, NO?) patadas a la apestosa criatura, al mismo tiempo que gritaba pidiendo ayuda.
Pero te repito que me ha encantado y muchas gracias por compartirlo! ^_______^
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GENIAL |
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27-04-2005 13:45 |
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Muy bueno, en la línea del primer capítulo. Me he quedado con ganas de saber más porque apenas ha avanzado la historia.
Como pega, te diré que el ataque de la criatura me ha parecido un poco largo, aunque no llega a hacerse pesado.
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Muy bueno |
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28-04-2005 12:09 |
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Me ha gustado mucho esta parte. Parece que tienes encarrilada la novela, con buen ritmo y personajes bien definidos. La escena de acción está bien, pero no entiendo por qué explicas dos veces el ataque de Alejandro, si ya estaba claro. En mi opinión es un pasaje innecesario.
Esperaremos con ansia la tercera parte.
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Vaya festín que me voy a dar, je, je |
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27-04-2005 15:10 |
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Hmm, se estaba pasando la hora, pero por suerte ya tenemos el segundo capítulo, así que lo leo y te cuento. Un abrazo, brother.
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