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Ariadna, la Túnica Roja


Relatos

27-07-2005 12:34
Por: Darlantan Silver Frost

Relato corto de fantasía medieval que forma parte de un mundo-receta creado por mí a partir de D&D, Dragonlance...

Una joven hechicera Túnica Roja sale a dar su paseo rutinario por la ciudad. En su tranquilo camino debe afrontar una lucha con tres minotauros. Termina con una breve espacio amoroso.

Forma parte del regalo de cumpleaños que hice a una amiga.

El silencio reinante era roto por el suave trazo de la pluma sobre el pergamino. Unas delicadas manos hacían danzar al instrumento de escritura en un baile continuo, mediante movimientos gráciles y refinados de la mano. Iban surgiendo decenas de letras, de una elegancia y perfección innegables. Poco a poco, el papiro fue llenándose de frases arcanas, cuyo significado sólo magos de cierto poder y categoría son capaces de entender, y menos aún de ejecutar el hechizo que encierran sus mágicas palabras. El proceso no era fácil, cualquier mínimo error al escribir un vocablo, o una mancha de tinta podían significar un pergamino desperdiciado, peor aún, un irreparable tiempo perdido. Horas después, la pluma reposó en el tintero, a la vez que las frases del papiro empezaban a brillar gradualmente, irradiando destellos verdes, rojos y azules. Cuando llegaron a su punto de mayor resplandor se apagaron bruscamente, quedando terminado el pergamino con el conjuro en su interior.


techRelato corto de fantasía medieval que forma parte un mundo-receta creado por mí a partir D&
Suspirando levemente, la figura se levantó de la silla mientras observaba calculadoramente el entorno. Era una atractiva mujer, concretamente Ariadna, una joven hechicera perteneciente a la orden de los Túnicas Rojas, magos de poder neutral, tanto benigno como maligno. Un largo y liso cabello, negro como el azabache, caía en cascada serpenteando hasta la mitad de la espalda adornando una cara de bellas y atractivas facciones. Concretamente, su mirada era puro misterio y profundidad, su reservada sonrisa sentimiento, unión. Hasta el campesino menos civilizado reconocía que se encaraba con alguien de autoridad al observarla. De talla media, vestía una túnica de un rojo muy vivo que dejaba entrever una proporcionada figura, ceñida a la cadera por un argénteo cinturón, con rubíes engarzados. El tejido de las mangas y de cintura para abajo era muy holgado, como suelen gustar los magos. Lucía un generoso escote, exótico nexo entre un ser que podía ser atento al mundo, o absorto completamente.

Se llevó la mano al cuello y frotó su talismán protector. Después, recorrió la sala llena de estantes a rebosar de libros, la mayoría volúmenes mágicos de un incalculable valor, herencia de su padre. Pero si algo realmente poderoso había recibido de su progenitor, un poderoso Túnica Negra, ese era el báculo que ahora sostenía. Apagó las velas, descendió por las escaleras hasta el primer piso, se puso su capa carmesí y salió al exterior.

El sol, perpendicular al suelo desde su astral lugar, consiguió cegarla durante unos instantes. Cuando hubo recuperado la visión, murmuró varias palabras mágicas para activar las defensas que protegían su hogar de posibles ladrones, tan comunes en esos días. Como todo el mundo sabe, los instrumentos que manejan los magos no son simples baratijas, llegan a ser caros como palacios, destructores como el mayor de los desastres naturales.

Realizó su paseo rutinario por la ciudad. Las calles serpenteaban en direcciones irregulares, caóticas, todas distribuidas alrededor de la plaza principal, junto al Palacio del Amanecer. En sus alrededores estaban las viviendas de los ciudadanos más acaudalados y las más exteriores pertenecían a los estamentos moderados. Aquellos más miserables, campesinos en su mayoría, tenían su lugar al otro lado de la muralla. Olvidando el desequilibrio económico de sus habitantes, la ciudad era próspera y hermosa, con sus edificios de mármol blanco, relucientes bajo el astro rey cual blancos caballeros de escudos relucientes. Cada año acudían más forasteros para montar sus negocios, incluso Ariadna pudo ver varios enanos, elfos, gnomos, medianos e incluso algún feo semiorco, todos aceptados en aquella poderosa urbe, baluarte del progreso de la humanidad, que se había hecho un sitio en Dialadan, como era llamado el continente, y establecido una gran civilización.

Cruzó la plaza a pasos bien medidos y observó varios templos dedicados a los dioses. Fieles devotos acudían a dirigir su plegarias, pero ella sólo rendía culto a Magus, deidad mayor de la magia, y a sus tres hijas, cada una diosa de un tipo de poder. A veces la joven se preguntaba si no se parecería a su diosa principal, Lundarias, la Roja. Sus pasos la llevaron hasta los aledaños de las imponentes murallas. A unos seiscientos pies podía ver la ronda de los caballeros que custodiaban la ciudad, embutidos en aquellas centelleantes y pesadas armaduras, orgullo de una floreciente y cauta ciudad. Paseaban por las murallas y dirigían sus miradas hacia el horizonte, siempre atentos, pese a que en aquellos días reinaba la paz.

Un alarido desgarrador consiguió sobrecogerla y alertarla, devolverla bruscamente a la realidad. Miró a su alrededor y no detectó nada. Blandiendo su bastón mágico, permaneció escuchando. No tardaron en repetirse esos gritos y el inconfundible llanto de una mujer. Por esa zona no había nadie, pues hoy era jueves, día de mercado. Se metió por una calle, la cruzó y desembocó en un estrecho callejón.

La inhumana situación que se le presentaba casi la hizo vomitar, gritar de odio y temor. Su ira no tenía límites, cualquiera hubiera afirmado que era un poderoso ser divino. El brillo de sus ojos podía ser comparado con el ardiente sol, su expresión, la exótica fragancia de la muerte. Una bella joven, de figura y atractivo envidiable, yacía tirada en el suelo contra la pared. Sus escasas ropas estaban rasgadas y mugrientas, su cuerpo semidesnudo arañado y magullado, no hacía falta imaginar sus curvas. La sangre bañaba su fina piel.
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Parecía rendida de agotamiento, lloraba de forma obsesiva. Tres grandes minotauros la golpeaban y evidentemente intentaban abusar sexualmente de ella.

−Malditos –musitó Ariadna.

No se percataron de su presencia, tan enfrascados estaban en la muchacha. Su fétido aliento exhalado mostraba su disfrute, su horrenda lujuria. Eran seres de más de dos metros, fuertes como toros. Su figura parecía humana, si bien más peluda y una cabeza bovina, coronada por unos impresionantes cuernos. Dos de ellos eran de piel casi negra y tamaño típico para los de su raza. Un tercero era enorme e increíblemente fornido, expresión fiera y piel parda casi roja. Se veía en él un líder, un trastornado guerrero o bárbaro. Habían muchos minotauros buenos, este no era el caso. Pobres criaturas, la hechicera no tendría piedad, sus grandes hachas no la amedrentarían ante tal abuso.

Estos pensamientos duraron apenas dos segundos, cuando Ariadna empezó a concentrarse e invocar su poder. Una hoja seca crujió al ser aplastada mientras se encaraba a los minotauros. Ya no era invisible, sus enemigos pudieron percibirla y por un momento su cara fue la viva expresión de quién pensaba que era feliz y descubre que aún el mundo le da algo mejor. No tardaron en mudarla. La hechicera llamó al báculo de su padre, pocas veces había tenido que hacerlo. El poder fluyó por el bastón como una cascada de energía, formando una bola de fuego dorada, cuyo tamaño iba en aumento. Sin perder la concentración, lanzó la fulminante bola al minotauro más poderoso. Fue a impactarle de lleno en el pecho, le ardieron los pulmones y todo el cuerpo se abrasó, en décimas de segundos la antes imponente bestia se deshizo en cenizas. Los dos compañeros, atónitos e indecisos, rugieron de rencor. Pertenecían a una raza guerrera, así pues superaron la congoja rápidamente y se lanzaron a la carga, enarbolando sus brutales hachas.

- Estúpida criatura asesina, ¡morirás, por Sargas que arderás en el abismo hasta el fin de los días! –gritó el que estaba más alejado, mientras que el otro ya estaba a pocos pasos de ella.

No había tiempo para respuestas pues podía perder la concentración, perder la vida. Casi sintió pánico al ver cómo uno de los luchadores embestía contra ella dispuesto a ensartarla de una brutal cornada. Sin perder la calma, silbó una frase fugaz muchas veces ensayada, y esperó maldiciendo que no se hubiera equivocado. Los magos al conjurar deben tener un control perfecto de la pronunciación, entonación y ritmo de cada palabra, si no, el hechizo se contrarresta o incluso tiene un fatal desenlace. Su cuerpo se volvió etéreo un instante antes de que el enemigo más cercano le golpease en la carga. Tan rápido iba el animal que al atravesar su inmaterial figura cayó al suelo derribando barriles y algunas basuras a su paso. Pareció que había quedado aturdido.

- ¿Dónde estás, bruja cobarde? –gruñó el compañero de los agredidos, atento a cualquier signo de existencia– sólo los de tu especie tienen tal deshonor, eres despreciable.

La mujer ni se movió. Mientras canturreaba de forma casi inaudible observó a su único rival, mirando también a la víctima, que jadeaba en el suelo buscando a su oportuna salvadora. Al acabar de conjurar perdió la etereidad y suspiró viendo como sus fuerzas la abandonaban, invertidas todas en el esfuerzo de lanzar sus hechizos. Su padre hubiera podido mantener seis conjuros mucho más poderosos que aquellos a la vez, mas ella no era él ni tenía su edad. La criatura esperó sosegadamente para ver las intenciones de la Túnica Roja.
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Esta vez, de sus manos emergieron brillantes rayos, que chisporrotearon por las yemas de sus dedos como danzarines. De forma súbita, la joven lanzó su poderosa corriente de un fulgor azul, cargada de electricidad, pero su objetivo, preparado de antemano, pudo responderla con una daga lanzada fuertemente. El rayo, mucho más rápido, chocó contra el minotauro, calcinándolo y lanzando su cuerpo varios metros por los aires. La fina daga, de envenenada y vengativa intención, cortó el aire hasta llegar y alcanzar por los pelos a la hechicera, que gritó al sentir el dolor mientras la daga hería de refilón su brazo y rasgaba su bella túnica. No cesó su movimiento hasta chocar impotente contra la pared de piedra. Del corte empezó a manar sangre mientras la daga aún rebotaba en el suelo. Cuando por fin reposó tranquila pero aún mortífera, la sangre empapaba la manga del vestido, mezclando su intenso color con el del fino tejido.

Durante el intercambio de golpes el otro minotauro se había recuperado, y pretendía sorprender por la espalda a su enemiga. Ariadna había perdido la concentración, se encontraba exhausta y herida. En esos breves instantes la bestia recortó distancia y trató de golpear a su despistada víctima. De forma refleja, la mujer saltó a un lado intentando evadir el eminente golpe. El experto minotauro ya había previsto esta reacción, y repitió el ataque, esta vez fintando. En su estado, ella no era capaz de visualizar bien el combate, de hecho aún en sus mejores condiciones no era rival para su contrincante en lucha cuerpo a cuerpo. Bloqueó el golpe torpemente con su bastón, la fuerte vibración producida por el choque la obligó a soltarlo, con las manos vacilantes y temblorosas. Esta vez sí, su enemigo rotó rápidamente y asestó un golpe seco y preciso en su espalda con la parte plana del hacha, y Ariadna cayó al suelo rodando, fruto del violento ataque. Ambas jóvenes estaban ahora jadeantes, acostadas el suelo, mientras el minotauro empezaba a reír. La Túnica Roja luchó por mantener la conciencia, dura empresa. La otra bonita joven imploró la ayuda de los dioses de antaño.

−¡No! –gritó la chica, mientras aún lloraba.
−Es el fin querida, −hablaba el minotauro a Ariadna– morirás, mas conténtate con que tus carnes abandonen la tierra libres de abusos, has luchado bien. En cuanto a ti... −señaló a la otra− cuando acabe esto recibirás triplicado el sufrimiento que mis hermanos y yo te íbamos a infligir.

Levantó el hacha ejecutora por encima de la cabeza, su hoja brillaba bajo el sol, pidiendo sangre. Empezó a bajarla con todas sus fuerzas, buscando un golpe mortal que partiría en dos incluso a un roble. La decapitación nunca llegó a ocurrir. Sonó un brusco crujir de huesos mientras que, exhalando un último gemido de sorpresa, aquel inmenso monstruo se derrumbó contorneándose en el suelo con un espléndido espadón encajado de costado a costado. Resultaba irónico observar como la joven hechicera, en teoría más débil, yacía en el suelo, herida pero hermosísima, mientras el feroz bandido bañaba el suelo con su oscura sangre. El espadón parecía angelical incluso clavado en aquel cuerpo, la daga se asemejaba al colmillo de la pesadilla, aún estando fuera del alcance de cualquier posible esgrimidor.

Ariadna alzó lentamente la vista, para ver como un caballero le tendía la mano caballerosamente, de forma galán. La asió como pudo y fue levantada con suavidad y firmeza. Se detuvo para observar a su salvador, y en él reconoció a Darlantan, el poderoso paladín de la Reina Earëlla, un elfo que había amado y adorado en su infancia.
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Era la pura representación de la luz y la justicia en un caballero. Unas enormes, blancas y pulidas armaduras protegían su cuerpo, que se adivinaba apuesto, su capa azul oscuro ondeaba al leve viento, su impenetrable escudo reposaba en total quietud sobre su fuerte brazo. La cara era severa, recia y amable. Cabellos dorados y profundos ojos verdes finalizaban el aspecto celestial del guerrero.

El valiente se permitió una sonrisa de placer y pura alegría, su mirada era intensa, emotiva. De un saquillo del cinturón, sacó una linda margarita que brillaba mágicamente, y se la entregó a la dama. Esta no pudo reprimir sus sentimientos, le costaba mucho no llorar y abalanzarse sobre el elfo. Emocionada, pronunció:

−Te quiero.

Y dicho esto perdió las fuerzas y casi cayó, mas ahí estaba su amado, que no dudó en acogerla en sus brazos, levantarla en peso y, besarla intensamente. El contacto de los labios fue dulce, los minutos permitidos al amor se antojaron fugaces, insuficientes. Mas sus corazones se llenaron de pasión y su ritmo cardiaco aumentó, el roce de la suave piel de la muchacha era embriagador, su mirada, un encantamiento.

Pasado este corto tiempo el sentido del deber irrumpió en la mente del paladín. Condujo a la otra muchacha al palacio, donde fue atendida hasta recuperarse como si de una princesa se tratara. En cuanto a Ariadna, la llevó hasta su casa, nombró las palabras secretas que desactivaban las trampas mágicas y entró con la hechicera. No buscaba robarla ninguno de sus libros o artefactos arcanos, si acaso su corazón. Cuando la hubo tendido en la cama, conjuró varios hechizos de magia curativa, su especialidad. Vigiló personalmente a su paciente, y observó cómo en poco tiempo la Túnica Roja sanaba. Su herida se cerró limpiamente, sin huella.

Cuando nuestra protagonista despertó, estaba desorientada. Descansaba sobre la cama tal cual recordaba estar vestida. Pensó en los últimos episodios de su vida y creyó en la suerte, la casualidad, y el amor. Se levantó y buscó por la casa a aquel maldito elfo que la había cautivado. Tan sólo encontró una nota escrita con fina pluma, que decía así:

El mundo hoy ríe,
pues es tu cumpleaños,
la gente sólo sonríe,
y todos lucen sus mejores paños.

Hace dieciséis años naciste,
más que nunca el sol brilló,
ningún sueño perdiste,
por ello el mundo durmió.

Disfruta de tu vida,
aprovéchala,
no sea alma perdida,
rétala.

Sólo esto te digo,
eres una chica encantadora,
a quien lo niegue yo maldigo,
se feliz aquí y ahora.
...

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   es bueno el principio
07-09-2005 03:19
yo pienso que el principio es bueno pero para haber escrito una novela de ciencia ficción, con más batallas y menos romance si me hubiese gustado que no hubieses puesto te quiero y hubieses recitado un poema de allá ya nada más falta.:-O

   bueno...
28-08-2005 15:55
Yo creo que se hubiera tenido que hablar en un principio del elfo, dar a conocerlo un poco más en el principio de esta historia. El combate es muy cutre, cierto, pero compensado con el inmejorable principio. Y por último, el final es muy malo.

   .
24-08-2005 00:27
Me ha gustado bastante su relato . Pero aún así hay algunos detalles que no me acaban de convencer : en el desarrollo el texto está muy recargado , da una sensación de lentitud , el combate es bastante aburrido , y la introducion del personaje final , el caballero elfo , da como una sensacion de cambio de velocidad .


Salu2

   Bueno.
06-08-2005 04:06
El inicio es muy bueno, tiene una calidad muy buena. Diría que excelente.

El desarrollo es bueno, pero la batalla es mediocre.

El final, es increíblemente malo.

En conclusión, un inicio escelente, un desarrollo regular, un final pésimo.

Muy bien descrito, muy bien narrado. Excepto por el final. Poema malo.

Un saludo.

   Típico...
27-07-2005 15:08
Me ha gustado pero lo encontré demasiado típico, el lenguaje que usas y las frases resultan demasiado recargadas, utilizas expresiones muy enrevesadas para explicar algo simple y pones demasiados adjetivos. Te entretienes mucho con detalles insignificantes lo cual recarga la historia y la hace pesada de leer.

La aparición del paladín al final para salvar a las dos mujeres me parece que resta toda la importancia a la verdadera protagonista del texto, Ariadna, que al final tiene que ser salvada y remolcada por un personaje q no ha pintado nada en la historia hasta el final en que se lleva toda la gloria... Eso me rechina un poco.

Por lo demás, la idea del texto está bien, me ha gustado en general menos por lo que te he comentado, te expresas bien pero recargas demasiado, debes dejar que el texto sea más sencillo, no por ello queda menos llamativo, ok? Un saludo!

   el final quizá no encaja
28-07-2005 12:57
Lo he leído y me ha gustado, eso sí, parece que está un poco recargado, con las frases llenas de joyas. Es decir, que ornamentas mucho lo que dices... por ejemplo en esta frase:

En esos breves instantes la bestia recortó distancia y trató de golpear a su despistada víctima.

Lo de despistada parece que sobra, porque ya has dicho antes que la chica no se encontraba en condiciones de reaccionar.

Respecto al final, no sé, creo que estoy de acuerdo con MALA27. De pronto aparece de la nada un tio que eclipsa toda la escena, incluyendo a la chica que está en el suelo muy malherida. Pienso que hubiera sido mejor que Ariadna terminara su combate con los minotauros. Está claro que no iba a ser un combate sencillo, no se los iba a cargar con un par de pases mágicos pero si podía ser una reyerta equilibrada en que ella hiciera acopio de sus últimos recursos para vencer.

Bueno, esta es mi opinión. En líneas generales el relato me ha gustado.

   bien
28-07-2005 22:28
Me parece una buena historia y casi hasta el desenlace, bien llevada. Lo descriptivo y los detalles, me parece bien, ya que ambienta la historia y lo mete a uno mas en ella. El final no me gusta, daña la historia, demasiado romanticón. Era mejor que la otra chica le hubiera hechado una mano así fuera en un detalle mínimo que le permitiera a la túnica-roja recuperarse y finalizar el encuentro con su contrincante.

   RE: bien
04-08-2005 20:49
me a encantao es imaginativa y una historia bonita.el poema tuvo que pensar bastante.se lo a currao asi de simple.no me gusta hablar mucho pero creo que lo dejo claro



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