|
|
 |
|
Os ofrecemos el relato ganador de la categoría Leviatán dentro del Certamen Relato Joven. ¡Entrad y disfrutarlo!
Onicocriptosis
1
El dedo robusto, perteneciente a una mano de hombre entrado en canas, viudo y sin más distracción que un trozo de plástico con los pezones rosas, dejado en el hueco entre el armario de su cuarto y la pared, tocó con prudencia la costra oscura que había nacido en el dedo homónimo de su otra mano.
Exclamó un grito bronco dirigido al techo color salmón y le dio un puñetazo a la cómoda, cuya lámpara vibró apenas lo justo para caer al suelo y romperse. Maldijo su mala baba dirigiéndose de nuevo al techo, harto de tantas incursiones de cuello torcido, con todo tipo de salmodias impúdicas:
¡Cabrón! ¡bastardo! ¡deshecho de hamburguesería! ¡ojalá te entierren vivo en una tumba y te pudras poco a poco!
Solía insultarse muy a menudo, cada día, algunas veces descargaba su furia contra la cómoda y otras se mordía el puño hasta sangrar. En todas había una alta probabilidad de que también acabara mordiéndose las uñas.
Qué gran placer, aquél de morderse las uñas… crujientes, como una patata muy frita, y sin nada de colesterol ni excesos de grasa. Pura fibra. Él era de los que se las llevaban a la boca y las reducía a un fino polvo que distribuía con su lengua e ingería en forma de pasta.
Había empezado de pequeño, cuando la muerte de su padre le había supuesto un latigazo en la forma de vivir. El carácter de sus entonces trece años había sido el normal de cualquier niño de su edad: alegre, gamberro, capaz de poner un petardo en el puré de guisantes del abuelo sólo por ver cómo su cara arrugada se llenaba de masa verde y maloliente. Luego, tras el entierro, al ver el cadáver tieso de su padre metido en el nicho, su hábito inició una cuenta hacia adelante.
Cuando se acordaba de esa escena no se deseaba un entierro en vivo, pero ni aunque le ofrecieran todos los diamantes dejaría de… ¿cómo lo llamaban? Onicofagia… ése era el término culto.
Onicofagia…
Había tratado de dejarlo, pero todos los métodos fracasaban. Había empezado a fumar y en un par de años había abandonado, por temor al cáncer de pulmón y demás enfermedades de nombre fúnebre. Sólo porque un día se le ocurrió leer todos los componentes de un simple cigarrillo. ¡Por Cristo! Aquello parecía la lista de los materiales usados en la construcción de una carretera. De una jodida autopista.
Por desgracia, no existían contraindicaciones para su hábito. No salían unos dientes podridos en tu caja de 20 uñas comprada en el estanco con un mensaje que dijera:
Comerse las uñas provoca caries. Consulte a su dentista y evite comer más de dos paquetes al día
No lo había. Sí leyó una vez que habían inventado una especie de esmalte que untado sobre su alimento preferido le insuflaba un sabor repugnante. “Mierda de perro mojada en vinagre”, pensó, según su punto de vista, tras comprobar de primera mano [de primera uña] los efectos.
Había tirado el frasco a la basura sin pensarlo. Fue con esa acción cuando se dio cuenta de que su problema era grave, la clase de problema que obliga a un juez a subirse a un taburete y rodear su cuello con la aspereza de una soga para atar yates.
¿Qué podía hacer?
¿Qué podía hacer cuando la tabla que le separaba de un agujero de miles de kilómetros de profundidad estaba empezando a resquebrajarse y a ser pasto de la carcoma?
Con toda seguridad aparecería otra chiflado víctima de la serendipia y le daría otro producto milagroso.
“Frótate las encías con esta pasta y sentirás náuseas cada vez que les des un bocado. Con el tiempo sentirás tanto asco que, incluso, puede que sufras fobias agudas. Terapia de aversión, ¿sabes?”
Probablemente acabaría por romperle las gafas de un puñetazo y por meterle la pasta por el ojete. Terapia de aversión. No volvería a ofrecerle chismes extraños en su puñetera vida.
2
Sin embargo, a pesar de su desconfianza, sí acudió a una terapia de grupo que tenía lugar cerca de su edificio, a pocas manzanas. Pensó que la dirigiría un tipo con barba gris, muy tupida, y una pipa que chuparía con énfasis. La terapia llevaría por nombre: “El hábito. Análisis y cura.”, igual que en los cientos de libros de autoayuda escritos por y para inadaptados sociales.
El hombre de barba y pipa le miraría, tras echarle el humo a la cara, y le preguntaría acerca de su problema para explicarlo delante de todos los presentes. Empezaría a hablar, pero le detendría con un desatascar de flema:
-Lévantese.
Le diría, y él le haría caso y se quedaría de pie delante de numerosas caras de gente deprimida sin otra cosa que hacer que acudir a terapias de grupo. Empezaría a hablar, tímido y limpiándose el sudor de las manos metiéndolas en los bolsillos de atrás.
-Me llamo –aquí diría un nombre falso- Augusto Lama. Tengo 56 años y desde los 13 no he podido dejar de morderme las uñas.
Mostraría sus manos impolutas y el corrillo de gente estúpida lanzaría oes de preocupación y comprensión. Luego volvería a su sitio y el hombre le señalaría con la pipa y empezaría a hacerle preguntas.
El caso es que, más o menos, no fue así. La terapia la llevaba una mujer muy delgada, enjuta, con el pelo lacio y apariencia de desear estar colgada por las orejas de una palmera antes que estar allí. Mascaba chicle con desidia.
Él entró en la sala mordiéndose las uñas y sometiéndose al juzgo poco claro de otras catorce personas sentadas en círculo. Había una silla libre, para él. Se asombró de la rapidez, pues había pedido su ingreso sólo media hora antes, en una especie de sala de recepción donde una máquina cárnica de gafas caídas apuntaba datos con un ordenador pasado de rosca.
-Bienvenido –le dijo de mala gana la mujer enjuta, que apoyaba una carpeta sobre sus pechos menudos.- Soy Engracia Marín, la conductora de esta terapia, le ruego que tome asiento –señaló con la carpeta, adoptando la postura de cualquier guía turístico que señala algún monumento famoso y descascarillado.
Él se sento en su hueco y miró a todos con las manos entrelazadas, en un intento de causar buena presentación. Máscaras de carnaval, todas esperando con una sonrisa lasciva sus primeras palabras.
-Si hace el favor, expónganos su tema.
Por alguna razón, la mujer decía “tema” en vez de problema, tal vez dando ya su primera lección, logrando así que el paciente dejara de tener ese concepto de problema.
-Mi nombre es…
-Levántese -le interrumpió, casi en un cacareo hosco.
-Mi nombre –repitió- es Augusto Lama. Tengo 56 años y mi problema,
-¡Tema! –cacareó.
-… mi “tema” son las uñas.
-¿Uñas? –volvió a cacarear, algo sorprendida, como si en vez de un hombre hubiese entrado un camello sin jorobas. Arrugaba la frente y mascaba a gran velocidad-. ¿Está usted afirmando que el motivo de su visita es que se muerde las uñas?
-Sí.
-¿Usted cree que la gente viene aquí porque se muerde las uñas? ¿Cree que hacemos terapia de grupo para la gente que se muerde las uñas?
-Bueno, no sé, tal vez si me deja continuar…
-Señor Lama –hizo una pausa-. La gente viene aquí porque padece algo contra lo cual no se puede afrontar en solitario. Aquí ha venido gente enamorada de sus perros, que se siente frustrada porque su vida está vacía o porque ha sobrevivido a algún atentado terrorista y necesita explicar a los demás lo que tiene por dentro.
-¿Me he equivocado de sala? ¿Es eso? –preguntó, aún de pie, señalando la puerta de entrada.
-Le daré un consejo. Háblelo con sus familiares; seguro que ellos pueden darle una respuesta. ¿De acuerdo?
-¿Me está echando del grupo?
-¿Lo duda? –respondió, desenroscando unos cabellos de su oreja.
No necesitaba más palabras de aquella gallina de corral; se despidió de ella sin tiempo a más soliloquios, mostrándole el dedo corazón y un , que siempre era una manera elegante de despedirse de alguien que te ha caído mal y se fue dando un portazo. La mujer siguió agarrada a su carpeta, con expresión de “¿qué es aquello tan grande y redondo que se ve en el cielo?” y mirando a sus atónitos pacientes.
Le habían ignorado; no bastaban las indicaciones quiméricas en las cajas de 20 uñas del estanco, la foto de una muela con caries y los consejos del dentista. De ahí la veradera gravedad de su problema:
No era un problema.
No para los que acuden a una terapia de grupo y reciben oes de preocupación y comprensión, no para gente que se tiraba a sus perros y creía que su vida era una pamema sin ningún sentido.
No para los gilipollas.
Regresó a su casa, metiendo muy fuerte cada mano en su bolsillo y agarrándose de la tela, y se emborrachó con los restos de su mueble bar.
3
Ansiedad; depresión. Válium, alguna ración de cocaína y muchas horas tumbado en el sofá, vencido, de baja, sin otra compañía que una muñeca de pezones rosados y un mando a distancia al cual empiezan a fallarle las pilas.
En otras palabras: soledad. Uno ve bajo otro prisma su adicción cuando está solo. Empezó a esnifar cocaína una semana después de acudir a la terapia, aconsejado por ese pequeño monstruo marrón acurrucado en su conciencia. Para él no era su verdadera adicción, tan sólo una simple distracción pasajera.
Observó de nuevo la costra negra, la tocó y de pura rabia lanzó el mando a distancia contra la pantalla del televisor, que estalló en cientos de añicos grises los cuales, durante un brevísimo instante, constuvieron imágenes inconexas de un telediario aburrido.
¡Ojalá te entierren vivo en una tumba y te pudras poco a poco!
Acudió al baño, a por su dosis reclamada. Extendió una linea generosa de arena blancuzca y arrimó una de sus fosas nasales armado con un canutillo hecho con un billete de 20 euros, tapando el otro de los agujeros y aspirando con vehemencia.
Un estallido acudió a su cerebro, desahuciando al monstruo marrón, y comenzó a sangrar por la nariz, en abundancia. Sentía la garganta rasposa de tanto aspirar. Cogió un trozo de papel que pendía, marchito, junto a la taza y lo aplicó allá donde el río tenía más caudal. Luego, pasada la hemorragia, lanzó la pelota sangrante a la papelera junto a sus compañeras, formando un lecho de rosas también marchitas.
Se dirigió al dormitorio. Hacía días que, esparcidos por el suelo, descansaban pedazos de lámpara. Se postró en la cama y comenzó a comerse las uñas, a gran velocidad, observando el techo color salmón pero sin decirle nada, callado. Poseso de su locura.
Empezó a mordisquear también su dedo de color anochecer, sin percatarse apenas del intenso dolor que llegaba hasta el codo. El meñique imitaba ya los tintes obscuros de su primigenio hermano, por ahora sólo amoratado pero en un futuro endrino.
Sintió ganas de vomitar; la habitación empezó a rodar a la velocidad de una bala de rifle de francotirador. Acabó por vomitar poco más que bilis sobre la cama, pringando las sábanas, bajo la atenta mirada de su amiga plástica, y se quedó dormido, empapado con su jugo.
4
Amaneció. El sol se filtró por una rendija de su cuarto, que hedía mal, mucho peor que el esmalte de uñas. Uñas… ennegrecidas, casi invisibles, transparentes, pegadas sobre un trozo de carne pútrida. Vigilado por su techo color salmón.
Observado por su muñeca de pezones rosados, escondida en el hueco entre el armario y la pared.
Tumbado sobre su cama, sin respiración, víctima de una prolongada inanición.
Onicofagia…
|
 |
| |
|
|
|
|
 |
|
|
|
| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
 |
| Tema: |
Autor: |
Fecha: |
|
Uñas... |
|
|
14-10-2005 22:11 |
|
La atmósfera es realmente muy buena, pero no te lleva a ninguna parte. Sí, deacuerdo, tienes un tio comiéndose las uñas totalmente aislado y... es difícil introducir algo que cambie la situación.
Desde mi punto de vista tienes dos formas de resolver el final. La primera, un final conceptual. Aprovechas todo el despliegue narrativo para hacer una reflexión sobre las adicciones, sobre la soledad o lo que quieras. No la fuerces, per déjala surgir, está escondida.
La otra solución es mas arriesgada pero también más interesante; y si alguien entra en su círculo de aislamiento? su ambiente funciona porque está solo pero... hagamos entrar una prostituta en la habitación. O un vecino. Cuando rompas su aislamiento será cuando empiece ese "conflicto latente", incluso esto podría hacer evolucionar al personaje hacia un punto interesante. Nose, piénsalo.
|
|
Mmmmmm... NO |
|
|
26-08-2005 17:15 |
|
El relato realmente no me ha gustado practicamente nada, tiene muchos recalcos innecesarios que hacen el texto un rato pesado. Una cosa es explicar algo y otra es decir detalles asta la saciedad de tal manera que cuando llegas de nuevo a la historia no te acuerdas de por donde iba. Intenta mejorar eso para la proxima vez, este puede ser un buen paso que, perfeccionandolo, te haría hacer obras mejores. Pero la actual... lo siento pero a mi parecer deja mucho que desear. No te rindas
|
|
¿Terror y/o fantasía? |
|
|
31-07-2005 14:19 |
|
Detalles:
- toda seguridad aparecería otra chiflado víctima---“chiflada”
- causar buena presentación---“buena impresión” sí que lo he leído muchas veces, pero “presentación” jamás
-contra lo cual no se puede afrontar en solitario---creo que era “que no pueden afrontar en solitario”
-mostrándole el dedo corazón y un ,---falta algo, ¿no?
-que siempre era una manera elegante de despedirse de alguien que te ha caído mal y se fue dando un portazo.---creo que esto habría que rescribirlo
-constuvieron imágenes---“contuvieron”
A ver, el relato comienza con mucho gancho, a mí desde luego me ha atrapado. También me han encantado los puntos golfo-cínicos como lo del ojete y la terapia de aversión. Todo se va siguiendo muy bien durante las dos primeras partes, pareciendo que va a ser una cosa larga, seguir la curiosa vida del tipo a través de su extraña visión; un acierto según mi forma de verlo.
Pero después llegamos al tercero y el tipo está en su casa sumido en un acelerado proceso de autodestrucción… ¿Por qué se ha acelerado de esa manera? No es que haga falta explicarlo todo, pero tal como se llega aquí creo que sí. Aparte, ¿cocaína? Creo que lo que se representa es más de alcohólico, y de cocainómano sólo si llevara ya mucho tiempo con eso. En fin, es como un acelerón que pegas de pronto… Pero nada comparado con el final. Más que sorprendido me ha dejado estupefacto. ¿Así y ahora muere el tío? No sé…
En fin, que he me gusta el estilo de la redacción y me atrapa, pero el tema y su resolución a partir de la tercera parte y sobre todo en el final me deja un poco fuera de juego. Y bueno, ¿terror? Para nada, esto era un “diletante” de los de toda la vida, no le veo elemento alguno de terror para clasificarlo de esa manera.
Bueno, esa es mi opinión.
Un saludo.
|
|
Diferente |
|
|
29-07-2005 15:14 |
|
He de reconocer que el relato es bueno. Dejando al margen la finalidad del mismo (algo que sólo tú puedes considerar que se ha logrado, o no), está escrito con un lenguaje sencillo y absorvente.
Dices que no te gusta el final. Yo te invito a que lo modifiques hasta conseguir lo que pretendías. Por otra parte a mí me ha parecido un buen final, y una curiosa trama (el echo de que su mayor problema radique en que nadie lo consideraría un problema).
En lo único en que discrepo es en el género, yo no lo hubiese clasificado en terror/suspense, pues ni hay suspense ni mete miedo.
Tal vez en otros relatos (tema libre).
Un saludo
|
|
Estremecedor... |
|
|
20-07-2005 20:59 |
Tu relato me ha provocado una muy inoportuna náusea, y no, no es porque no me haya gustado, que lo ha hecho y mucho, sino porque el tema es, y está tratado, de tal forma que me induce un malestar muy molesto... si era esto lo que pretendías, conmigo, al menos, lo has logrado...
El uso de expresiones más o menos obscenas introduce al lector en la mente de tu extraño personaje... y no lo deja escapar... La mugre, que invade y rezuma de la vida de este desdichado, se queda impregnada en la piel del lector durante bastante tiempo.
Escribes muy bien, pero, por favor, avisa cuando el relato sea de esta índole... no todos los estómagos pueden soportar tamaña afrenta a su equilibrio...
Enhorabuena.
Byes!
|
|
Hmm... |
|
|
08-07-2005 01:25 |
|
Es un relato duro, de esos que no dan concesiones, y por lo mismo despiertan emociones encontradas entre los colegas. No es un tema de medias tintas, o lo amas o lo odias. Así de simple y violento. Escribes bien, aunque me pareció notar alguna cosilla mínima. En todo caso no es lo importante, sino reconocer que fuiste capaz de convertir un tema de escasa importancia en el retrato de una obsesión enfermiza. Un acierto, brother. Así que eso, avisa cuándo mandes más cosas a la sección.
Un abrazo.
|
|
RE: Hmm... |
|
|
08-07-2005 01:35 |
|
|
|
A ver |
|
|
17-06-2005 14:44 |
|
Ingenioso e interesante, aunque no del tipo de relatos que a mí más me divierte (reconozco que me van los temas más clásicos-típicos).
Logra hacer relumbrar un halo de desesperación extrañamente claustrofóbico, bien logrado en mi opinión.
No se hace pesado, aunque a veces el lenguaje empleado parece un "poquillo" soez, pero creo que es parte del estilo y de acorde con el tema.
Namás de momento.
|
|
No sé si es un relato de terror... |
|
|
15-06-2005 11:12 |
|
...pero resulta aterrador.
Me ha parecido escalofriante y fascinante. Cuando he terminado de leerlo una sensación de incomodidad tremenda no me abandonaba.
Discrepo con el Barón de la birra -aunque sea el autor- y con Alex en que la enfermedad del protagonista adquiere un papel demasiado importante. Es una situación extrema y aparentemente absurda que precisamente por ello nos puede hacer reflexionar sobre el prójimo y la subjetividad de los problemas -o sus síntomas-.
Creo que si se hubiera elegido otro punto de palanca o se hubiera generalizado el discurso hubiera perdido su fuerza al devenir discurso la reflexión. A mí me gusta así.
Un saludo
|
|
A mí tampoco me gustó |
|
|
13-06-2005 15:53 |
|
{message_hidden_body}
|
|
Vale, hay que poner tema |
|
|
13-06-2005 16:14 |
|
Y después de este desliz, he aquí lo que quería decir. Que a mí el relato no acababa de gustarme precisamente porque cuando se lee, la idea de la onicofagia toma demasiado protagonismo; una de las frases clave es:
"De ahí la verdadera gravedad de su problema: no era un problema".
Es decir, cómo son las cosas insignificantes, las que pasan desapercibidas o ignoradas, las que pueden llevar a estados extremos e incluso hasta la muerte.
|
|
Error |
|
|
09-06-2005 20:42 |
|
Entre <> falta una frase, que ha desaparecido por motivos desconocidos por mí. Debería decir "Comerse las uñas provoca caries. Consulte a su dentista y evite comer más de dos paquetes al día".
|
|
RE: Error |
|
|
12-06-2005 22:07 |
|
Ya está arreglado.
Aprovecho para dar mi opinión en la respuesta. Personalmente no he hallado el texto de mi agrado, puesto que el tema en cuestión se me antoja, cuanto menos, de escaso interés.
El texto comienza como acaba, tan sólo es una visión parcial de la vida del protagonista. Ciertamente algo ocurre y el autor ha tenido arte en contarlo. Pero a mi parecer narrar la autodestrucción de alguien bajo "ese" motivo, "esa" enfermedad, resulta casi ofensivo para los familiares de las personas que caen en la misma dinámica del protagonista por motivos más serios. Alguno puede que piense: "Es una excusa la Onicriptosis"... puede que sí. Pero a mi no me gusta. Como digo tan sólo es una opinión personal lo que expreso.
|
|
Podria Saber algo:: |
|
|
10-06-2005 05:00 |
|
Yo envie un relato, y tuve la desdicha de olvidar la edición de doble espacio en el texto pero cumpliendo a su vez con el numero de palabras.
Quisiera saber si mi relato fue omitido por este error.
Muchas Gracias. A todos menos a uno-
|
|
Podría saber algo:: |
|
|
10-06-2005 05:07 |
|
Yo envie un relato, y tuve la desdicha de olvidar la edición de doble espacio en el texto pero cumpliendo a su vez con el numero de palabras.
Quisiera saber si mi relato fue omitido por este error.
Muchas Gracias. A todos menos a uno-
|
|
|
|
|
|