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Marius Hegen, sargento imperial (VIII)


Warhammer Fantasy

01-07-2005 12:37
Por: Ilirio

Marius está herido, pero Ulber sigue junto al sargento y por fin la suerte parece sonreirles cuando encuentran una inmensa sala llena de setas multicolores. Sin embargo en la sala hay alguien más.

Si os ha gustado y no conoceis las partes anteriores, podes encontrarlas en los siguientes enlaces:
http://www.ociojoven.com/article/articleview/571679/ (1)
http://www.ociojoven.com/article/articleview/641906/ (2)
http://www.ociojoven.com/article/articleview/685161/ (3)
http://www.ociojoven.com/article/articleview/703405/ (4)
http://www.ociojoven.com/article/articleview/713778/ (5)
http://www.ociojoven.com/article/articleview/781033/ (6)
http://www.ociojoven.com/article/articleview/954520/ (7)

Espero que guste!!

Ulber se giró hacia el lugar del que parecían proceder aquellas musicales palabras. Aunque insólitas como el paraje en que se encontraban, resultaron tranquilizadoras. Relajó los músculos. Toda la tensión del momento anterior se había transformado ahora en impaciente expectación. Sin embargo, para Marius no había cambiado nada. En su cabeza seguía grabada la imagen del joven músico del regimiento, Hegel, agonizando entre lágrimas de puro pánico mientras se oía la risa histérica de la monstruosidad antinatural que le había arrancado las entrañas de un zarpazo poco antes.

- ¡Manténgase alerta, soldado! – ordenó el sargento que, aunque tembloroso, mantenía el brazo herido pegado al pecho y la espada en alto, con la hoja apuntando en la dirección del hipotético oponente – muchos de estos engendros disfrutan jugando con sus víctimas antes de despedazarlas.
- Claro, señor – respondió el alabardero poco motivado, adoptando los mínimos gestos para que su postura pudiera calificarse de defensiva – pero, ¿por qué rayos iba a haberme salvado del veneno entonces?
- No sea estúpido – le reprendió Marius visiblemente alterado – ¿quién podría habitar este Abismo aparte de un siervo del Mal?, no baje la guardia, por Sigmar.


techMarius está herido, pero Ulber sigue junto al sargento y por fin la suerte parece sonreirles cu
A pesar de que aquel argumento era bastante sólido, tampoco consiguió convencer a Ulber. No podía creer que una voz tan dulce pudiera esconder ningún mal. Incluso de una bellísima diablilla de Slaanesh esperaba atisbar su depravada maldad reflejada en algún tinte áspero, o quizás metálico, camuflado entre las mieles que, según decían, vertían en tus oídos antes de sacrificarte a su perverso Dios. Pero no había nada de eso en la advertencia que habían escuchado y si tenía un sexto sentido, éste clamaba que aquella mujer era digna de toda su confianza.

Aguardaron en silencio hasta que una silueta comenzó a perfilarse en la penumbra. Debía rondar los cinco pies y medio de estatura y, a decir por su aspecto esbelto, apenas debía superar las ciento veinte libras. En la mano derecha llevaba el arco con el que imaginaban había disparado antes. Se adelantó un poco más hasta alcanzar un punto en el que estaba segura de que los dos hombres podrían verla bien.

- ¿Convenís ahora, capitán, en que no entraño peligro alguno? – dijo enseñando las palmas de sus manos, que a excepción del arco, no portaban ninguna otra cosa.

La suave luz de la cámara les permitió distinguir una mujer de marcados rasgos élficos, cuerpo perfectamente esculpido, brillantes ojos verdes y melena dorada que, aun recogida en una coleta y pasada por encima del hombro, superaba generosamente la cintura. Su piel, exageradamente pálida por la combinación de un origen claro y la larga ausencia de exposición al Sol, mostraba, no obstante, un saludable aspecto. Y aunque su apariencia era la de una joven mediando la veintena, el uso algo arcaico que hacía de la lengua del Imperio revelaba que en realidad contaba muchos más años de los que aparentaba. Dejando a un lado su indiscutible belleza, lo más llamativo era quizás el atuendo que vestía: camisa sin mangas y pantalones, ambos confeccionados con bastos retales multicolores que contrastaban con el brazalete finamente labrado que lucía en el brazo izquierdo. El arco, constituido por una delgada madera de tejo enrojecida por el paso del tiempo, también parecía de noble factura.

- Para que pudiera fiarme, señora, debería saber quién sois y qué hacéis aquí – contestó Marius, contrariado por tener que admitir que, seguramente, Ulber tenía razón desde el principio.
- Mi nombre es Niëlde Ythallan, de los Ythallan de Tor Achran y antaño fui sacerdotisa de Isha. La historia por la cual vago por estos lugares es asaz extensa mas no tengo reparo en relatárosla, si bien no creo que este sea el mejor momento para ello.
- ¿Asur? – preguntó Ulber, incapaz de contener las ansias de saber más de ella.
- Desde luego – contestó mostrando una amplia sonrisa inmaculada.
- Eso no quiere decir nada – argumentó Marius, incómodo con la interrupción de su subordinado – no sería la primera vez que me veo enfrentado a un Alto Elfo.
- Fueron reyes quienes proclamaron esas guerras, mi señor, y sus guerreros quienes que las lucharon – rebatió Niëlde – Aquí no veo unos ni otros.

Marius abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiera emitir una sola palabra, la mujer continuó:

- No, capitán, no hay soldados pues no hay ejército ni estandarte alguno, tan sólo hombres que no guardan odio, rencor ni motivos para matarse entre ellos.

Marius terminó por aceptar las evidencias y depuso su actitud desconfiada, envainando por fin la espada para satisfacción de Ulber, que se sentía ridículo en aquella pose forzada.

- Marius Hegen, sargento segundo del 4º de espaderos de Ergenheim – se presentó – al servicio de Su Majestad, el Emperador Karl Franz. Y este es Ulber Hestendorff, alabardero del 33º. Mi… compañero.
- A sus pies – saludó Ulber, realizando una grotesca reverencia.
- Formábamos parte de un contingente enviado a estas cuevas para capturar a un enemigo que, tras ser supuestamente derrotado, corrió a esconderse aquí – relató Marius – Pero fuimos emboscados por una horda demonios que nos causó un destrozo considerable. De hecho, hasta donde yo sé, somos los únicos supervivientes.
- De ahí vuestras heridas, presumo. Aceptad mis cuidados, poseo conocimientos de medicina y no preciso ningún componente que no pueda obtener de estos hongos.
- No fue exactamente así – corrigió Marius – Salimos ilesos de la batalla, escapando de la masacre por los túneles. En nuestra huída encontramos el río. Pensamos que los habíamos despistado, pero nos alcanzaron de nuevo y nos vimos obligados a arrojarnos a las aguas para despistar a nuestros perseguidores. La corriente más arriba es muy fuerte, nos arrastró y nos golpeó contra las rocas tanto como quiso. Fue una piedra del cauce la que me hizo esto.
- ¡¿Llegaron por el río?! – exclamó sorprendida – mas entonces, ¿por dónde accedieron a las cuevas?
- Por una boca que debe estar a decenas de malditas millas de aquí. Llevamos varios días aquí, encerrados como sucias ratas – explicó Ulber franco, sonrojándose seguidamente al darse cuenta de lo vulgar del vocabulario que había exhibido en presencia de la dama.
- Derrotamos al Caos frente a las quebradas septentrionales de Yermo Largo. Sus capitanes huyeron por las cuevas que tenían a sus espaldas y nuestras compañías les siguieron. Creo que los bárbaros Sarl llaman a esas colinas Dogâd Ghamazz. Quizás ese nombre os diga algo más.
- En tal caso – dijo asintiendo - créanme, son merecedores de mi más honda admiración. Les ruego se sirvan a acompañarme a mi humilde morada, puedo ofrecerles alimento y curación o cualquier otra cosa que esté en mi mano y les pueda ser de utilidad.

Ulber se giró hacia su sargento encantado con la idea. Marius aceptó la invitación con un leve movimiento de cabeza y unas palabras de agradecimiento, pronunciadas a un volumen casi inaudible. Ulber se le acercó inmediatamente con la intención de servirle de apoyo de nuevo, pero Marius le rechazó, asegurándole que se encontraba en condiciones de andar solo. Quería parecer íntegro ante los ojos de una sacerdotisa, de cuyas intenciones aún dudaba.

Atravesaron la cámara tras ella y luego la siguieron a través de las galerías que se extendían más allá. Estos túneles eran diferentes a los que estaban acostumbrados, las paredes eran de un material más claro y blando en las que el musgo luminiscente crecía con bastante menor profusión. En algunos tramos, la falta de luz era tal que los dos hombres debían agarrarse a su guía para no perderse y tantear el suelo para evitar tropiezos. Marius temía que la elfa saliera corriendo en cualquier momento, riendo como una posesa, dejándolos abandonados para siempre en algún oscuro recoveco en el que quedarían a merced de unos demonios que, suponía, les acechaban en silencio.

Sin embargo, ninguno de tan funestos pensamientos se hizo realidad y en apenas media hora de alegre paso llegaron a su destino, un lugar al que Niëlde llamó cariñosamente hogar. En realidad, no eran más que un par de pequeñas cavidades comunicadas entre sí a las que se accedía desde una estrecha grieta del túnel principal. Apenas sumarían veinticinco cuadras entre ambas pero el interior había sido acondicionado hasta convertirlo en un alojamiento bastante acogedor. El primero de los departamentos, ligeramente mayor que el otro, estaba iluminado por cinco lámparas constituidas por yelmos colocados del revés rellenos de hongos fluorescentes que, según les explicó, debía cambiar cada tres o cuatro días. La estancia transmitía cierta calidez merced a las varias capas de láminas de hongos secos que cubrían la piedra del suelo. Sobre éstos, una enorme tela a cuadros amarillos y rojos a modo de alfombra completaba la sensación hogareña. El centro de la pieza estaba ocupado por una mesita realizada, seguramente, a partir de un enorme escudo ogro, a juzgar por los adornos que se adivinaban en su superficie. No había otros muebles ni muchos más objetos, a excepción de una buena cantidad de pergaminos antiguos, enrollados y apilados en un rincón. Niëlde invitó a Marius a sentarse en uno de los extremos de la habitación en el que la mayor concentración de telas y hongos secos conformaba un rudimentario pero confortable camastro. Luego dejó el arco y el carcaj sobre la mesa y se dirigió hacia la otra estancia, pidiendo al sargento que se despojase de la camisa mientras preparaba un ungüento para tratar sus heridas. Marius se dejó caer rendido en el sitio que había indicado la elfa.

En cuanto recuperó el resuello chistó para llamar la atención de Ulber. El alabardero estaba curioseando los cascos que hacían las veces de lámparas. Había descubierto que al menos dos de ellos eran imperiales y ahora se afanaba en buscar la grandiosa frasecita que sabía estaría grabada por algún lado.

techMarius está herido, pero Ulber sigue junto al sargento y por fin la suerte parece sonreirles cu
- Esta es condenadamente buena, señor – rió volviéndose hacia el sargento para atender su llamada – “Contengo los oídos, los ojos, la voz y la voluntad del Imperio”. Quizá le falta algo de fuerza pero, ¡qué rayos!, cómo poco tiene cincuenta malditos años y por aquel entonces no se estrujaban tanto la mollera.
- Acércate, Ulber – susurró Marius serio – necesito que te ocupes de una tarea.
- Claro, señor – se ofreció Ulber solícito, agachándose junto a él para oírle mejor.
- Escucha, no quiero que te descuides ni un momento, hay que mantener vigilada a esa elfa.
- ¡¿Qué?! – exclamó Ulber notablemente molesto - ¿otra vez igual, sargento?
- Razone un poco, por Sigmar – replicó Marius alterándose también – vive rodeada de demonios asesinos, pero tiene las narices de hacerse una casita con cama, mesa y todas las demás comodidades. ¿Cómo puede dormir tranquila con esos seres merodeando por ahí fuera? Está con ellos, Ulber, estoy seguro.
- Señor, sé que le debo un respeto y trato de guardárselo en la medida de lo posible. Pero comportándose como un completo cretino me lo pone condenadamente difícil.
- Pero, ¿cómo puedes estar tan ciego, maldito cabezota? Esas lámparas son yelmos imperiales, la alfombra, un estandarte de Talabecland y fíjate en esa ballesta colgada en la pared. ¿Puedes negarme que se trata de una ballesta de repetición druchii? Hazme caso, es una bruja tan oscura como sus propósitos.

Ulber se giró hacia el lugar que señalaba Marius. Una ballesta de madera oscura e incrustaciones de plata colgaba de la pared. No hacía falta observarla con mucho detenimiento para percatarse de que, efectivamente, era el arma de un corsario Elfo Oscuro. No obstante, tampoco esta evidencia pareció afectar al alabardero que, incorporándose, comentó socarrón:

- O tal vez se trate de un condenado ogro ¿os habéis fijado la mesa que tiene, señor? ¡Por las pezuñas de la Cabra Tuerta!, no ha hecho más que ayudarnos. Descanse y repóngase de sus heridas, la debilidad le hace decir majaderías.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
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23-07-2005 21:26
no an desaparecido los comentarios a desaparecido el articulo i lo han vuelto a meter, aveces pasa. Por eso esta como una novedad.

   Muy bueno
15-07-2005 00:34
Muy bueno, pero te haré un par de apuntes del todo triviales: usas la palabra hombre para un elfo, y el término druchii se supone usado exclusivamente por los propios elfos oscuros, porque es como se autodenominan. Sé que es trivial, y si no tuviese el nivel de trasfondo y a mi juicio calidad literaria que tiene no te haría estos apuntes sobre unos fallos tan comunes.

   Es genial
08-07-2005 13:17
Me ha encantado. Cada vez te lo curras mas. La historia de amor imposible entre dos elfos de distinta raza me recuerda a Romeo y Julieta, solo que ahora hay otros dos personajes mas Marius y Alber. Y yo me pregunto...como van a salir de esa cueva???

Espero que no tarden mucho, que me esta dando claustrofobia.

Un gran relato, si señor.

   RE: Es genial
08-07-2005 14:10
No queda mucho ya...

   ¿Qué ha pasao?!
05-07-2005 09:20
Weee ¿donde están los otros comentarios?

   RE: ¿Qué ha pasao?!
09-07-2005 20:50
jeje, han desaparecido. Estoy leyéndome todas las partes, voy por la cuarta. Cuando acabe te diré qué tal. De momento, está mu guapo. Un saludo.



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