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La historia por capítulos del Duque Negro.
El Duque Negro
Hace ya mucho tiempo, el Ducado de Mousillon era uno de los ducados más fuertes, temidos y prósperos. Poderosos individuos nacieron en la ciudad de Mousillon, como Landuin, uno de los Compañeros del Grial.
Sin embargo, a medida que pasó el tiempo, el ducado se fue corrompiendo lenta y agónicamente. Cuando el Duque Merovech se alzó con el título de Señor de Mousillon, hace tiempo que el ducado estaba ya perdido. Más tarde, Maldred perjudicaría más aún el nombre de Mousillon, junto a su cruel esposa Malfleur.
Desde que Maldred muriera, Mousillon dejó de tener duque, y se convirtió en un refugio de monstruos, ladrones y la gente de la peor calaña de toda Bretonia.
Pero todo esto va a cambiar.
EPISODIO I. La Bestia Vengativa.
Llangreé, Ducado de Quenelles.
El sol despuntaba al alba, y los primeros rayos de luz aparecían por encima de las montañas. Darguud se despertó en cuanto el primer rayo de luz le dio en la cara. Restregándose los ojos, se preguntó por qué el gallo no había cantado esa mañana. Se lavó la cara con un poco de agua, bebió de esa misma agua, y comió un pedazo de pan mohoso que tenía en una mesita al lado de su cama. Se vistió, y salió al exterior.
Se acercó al gallinero, y a medida que se acercaba le extrañaba más aún no escuchar a sus gallinas, que normalmente no paraban quietas. Se encontró a su gallo tirado encima del poste donde cantaba, con una flecha clavada en su garganta. Rápidamente, cogió una horca, y se acercó a las puertas del gallinero. Dentro no había ninguna gallina. Las habían robado todas.
Un grito hizo que el joven Darguud se girara. A la entrada de la puerta vio a su tío Arland, junto a su esposa Marie.
-¿Qué ha pasado aquí, muchacho? –rugió Arland amenazando al joven con un palo.
-No lo sé, tío Arland –respondió el chico dejando caer la horca-. Me desperté, y como no oía cantar al gallo, vine a ver que ocurría. Y cuando llego, me encuentro que las gallinas están todas desaparecidas. ¡Las han robado, tío Arland! ¡Han robado nuestras gallinas!
-¡Oh, qué desgracia! –suplicó Marie, dejándose caer de rodillas al suelo-. ¿De qué viviremos ahora? ¡Esas gallinas eran las que nos daban de comer y de vestir!
Arland levantó a la mujer, y la dejó apoyada en la puerta. Entró adentro, sin cambiar su duro semblante. Se detuvo cuando llegó a medio camino del gallinero, y miró a su alrededor. Observó con detenimiento las jaulas donde las gallinas debían estar. Algo le llamó la atención, se agachó, y estuvo un momento observando un objeto que había junto a una de las jaulas. Entonces se levantó.
-Ha sido la banda del Trovador –dijo con pesar Arland.
-¿Thirou el Trovador? ¿Ese malnacido? –exclamó Marie.
-Sí. Nada podemos hacer, así que avisaré a la patrulla de que Thirou ha estado aquí, y a ver si con la ayuda de la Dama el Duque Conrad no ayuda a salir adelante.
-¿Crees que ese despótico gobernante de Conrad va a ayudar a unos simples campesinos como nosotros? –exclamó lleno de rabia Darguud-. ¡Al Duque Conrad sólo le importa el Duque Conrad!
Arland y Marie abrieron mucho los ojos, y se abrazaron presas del pánico.
-¡Muchacho! –gritó Arland-. ¡Retira ahora mismo eso que has dicho! ¡El Duque Conrad puede no ser el más justo de los gobernantes, pero mantiene a raya a los monstruos de los bosques, a esos endiablados pieles verdes y a los bandidos y forajidos de los caminos!
-¿Eso crees, tío Arland? –preguntó torvamente Darguud-. Si de verdad crees que limpia las carreteras de rateros, ¿por qué el Trovador sigue campando a sus anchas?
Arland se quedó mudo. Se acercó al muchacho y le arreó un sopapo, que hizo retroceder al joven.
-¡Que la ira de la Dama caiga sobre ti, demonio! –gritó Arland, mientras asía su palo para golpear al muchacho. El joven se levantó rápidamente, y cogiendo la horca detuvo el golpe de su tío, y de un rápido movimiento, le hizo caer al suelo. Arland trató de levantarse, pero Darguud puso los dientes de la horca en su cuello. Los ojos de Darguud estaban llenos de furia, y un fuego brillante ardía en ellos.
-¡No estoy furioso por tu actitud, tío! –dijo Darguud al ver la expresión de terror de su tío-. ¡Estoy furioso por la actitud del Duque Conrad! ¡Voy a recuperar tus gallinas, y luego me las veré con ese duque!
De un salto, pasó por encima de su tío, y cuando llegó hasta su tía, le dio un beso en la mejilla. Sin mirar atrás un solo segundo, corrió a través del sendero que corría paralelo al Bosque de los Robles. No dejó de correr hasta el mediodía, cuando el hambre empezó a hacerle mella.
Se internó en el bosque, y allí pudo cazar un conejo. Como había salido de casa corriendo y a toda prisa, no tenía nada para encender un fuego, así que se comió al conejo crudo, tras desollarlo.
Fue entonces cuando oyó unas voces en el interior del bosque.
-Buena caza, ¿eh muchachos? –dijo una voz, riéndose.
-Si, éstas gallinas serán un delicioso manjar en la mesa del duque –dijo otra voz.
-El Duque Conrad estará contento con éstas presas –rió otra voz.
Con la rabia contenida, Darguud sujetó firmemente su horca, y se acercó sigilosamente al origen de las voces. Lo que vio le llenó de odio e ira: sentados alrededor de un fuego, Thirou el Trovador conversaba alegremente con sus secuaces. Detrás de ellos, en una caravana, estaban todas las gallinas.
Profiriendo un grito de rabia y odio, Darguud salió de la espesura y trinchó a uno de los secuaces del Trovador. Estos, sorprendidos ante su agresor, desenvainaron sus espadas. Sin perder un segundo, Darguud desenvainó la espada del bandido muerto.
-¿Qué tenemos aquí? –se burló uno de los bandidos-. ¿No es el sobrino del granjero? Parece que viene buscando venganza.
-¡Ha matado a Matrud! –exclamó otro de los bandidos.
-Démosle una lección a este insolente jovencito –ordenó el Trovador.
Uno de los bandidos saltó hacia Darguud, pero éste esquivó el espadazo, y de un veloz movimiento le clavó la suya en el estómago. La sangre manó a borbotones, cayendo toda encima de Darguud. El otro bandido intentó golpearle con su espada, pero Darguud detuvo el golpe, apartó su espada y le cercenó la cabeza de un fuerte tajo.
El Trovador, aterrorizado, arrojó su espada al suelo y huyó a través de los bosques. Darguud giró su cabeza, justo a tiempo antes de verlo huir, y le arrojó su espada, clavándosela en la espalda.
Limpiándose la sangre de la cara, Darguud soltó un potente grito que se pudo oír en todo el bosque. Entonces, una voz a sus espaldas le habló.
-Darguud, recupera lo que es tuyo –dijo la voz. Darguud se giró, y vio a lo que en principio parecía un hombre, sentado en una rama de un árbol, y que llevaba un hermoso arco a la espalda.
-¿Quién eres tú? –preguntó Darguud. Estaba tranquilo, algo le decía que ese individuo no era un peligro.
-Mi nombre ahora no importa. He venido porque soy un mensajero, y mi mensaje es decirte que recuperes lo que es tuyo.
-¿De quién eres mensajero? ¿Y qué es lo mío? ¿Las gallinas?
-No, no seas ingenuo, joven Darguud. Soy mensajero de alguien muy importante para Bretonia. Y lo tuyo no son las gallinas, ésas son de tu tío Arland.
-Entonces, ¿qué es lo mismo? –preguntó Darguud con el ceño fruncido.
-Lo tuyo es el Ducado de Mousillon –dijo solemnemente el mensajero.
-¿Cómo? –preguntó aún más confuso Darguud.
El mensajero le arrojó un broche de oro, en el que rezaba la siguiente oración: “Mousillon es mi camino, y limpiarlo mi destino”.
-Por ahora no te puedo decir nada más. Habla con tu tío Arland, él te dirá el resto de lo que quieres saber. Adiós, Darguud, nos volveremos a ver.
-¡Espera! –gritó Darguud. Se agachó a recoger el broche, y cuando alzó la vista, el mensajero ya no estaba. Darguud se quedó observando el broche.
“Mousillon es mi camino, y limpiarlo mi destino.”
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