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Cuarta parte de piedra de luz. Sigue la persecución de los no muertos a través del desfiladero.
¿Cómo se las apañaran los tres aventureros?
Espero con muchas ganas vuestros comentarios y votos.
La lucha había sido terrible, pero por fin todo parecía que acababa. Montado sobre su carro la figura del rey muerto Alcadizaar resaltaba sobre el campo de batalla. Sus ojos de halcón contemplaban la llanura en la que se encontraba. Habían huesos y cuerpos muertos por todas partes de la escoria que había osado entrar en sus dominios y ya sólo quedaban unos pequeños grupos de resistencia aislados. Aunque sabía que casi había terminado la batalla y que su imponente ejército había vencido, aún había una pequeña zona tomada por cinco de estos guerreros que resistía. Sus hachas derribaban cualquier soldado esqueleto que se aproximara y le preocupaba el no acabar en breve con ellos, pues sabía que si su hierofante estaba muy lejos de su ejército durante mucho más tiempo, sus esqueletos empezarían a perder fuerzas hasta quedarse inanimados de nuevo. Decidió tomar parte él mismo en la batalla. Dio brío con las riendas a sus corceles, antaño grandes sementales convertidos ahora en huesos, para que se dirigieran a toda velocidad hacia los impuros. Una humareda de polvo brotaba de debajo de las ruedas de su carruaje y se elevaba al aire.
Los guerreros, que se dieron cuenta de la carga del general del ejército de no muertos, formaron en fila para intentar repeler el ataque. Nada más lejos de tener miedo, esos brutos parecían disfrutar y alzaban sus destrales al aire y emitían gritos desafiantes de guerra. Con su gran mangual dorado en una mano y una gran lanza de punta de oro en la otra, el rey cruzaba a toda velocidad el espacio que lo separaba de sus enemigos y cuando estuvo a muy corta distancia del choque, su pectoral también dorado, emitió un gran destello que cegó durante unos instantes a sus rivales. En ese momento aprovechó para arrojar la lanza sobre uno de los guerreros traspasándole el pecho a la altura del corazón, cruzando a través de hierro y carne como si fueran de mantequilla. Bajó el arma cuando pasaba a la altura de éstos y oyó el crujir de huesos al impactar. Los corceles pisotearon a otro guerrero y las cuchillas del carro segaron la pierna a otro. Sólo uno de ellos había salido ileso a la terrible carga del general, otros tres cuerpos sin vida yacían en el suelo y otro intentaba ponerse en pie con una pierna menos.
Alcadizaar bajó del carro y se encaró con el guerrero sobreviviente. Éste, aun viendo que no tenía ya compañeros y que todo un ejército lo rodeaba, muy lejos de aparentar miedo se lanzó a la carga. ¿Qué era lo que impulsaba a esas criaturas a la matanza? El seguidor del caos, entre aullidos, lanzó un tajo totalmente horizontal a la altura del abdomen del rey. Con un rápido movimiento de piernas esquivó la acometida del desgraciado. Ahora le tocaba golpear a él y no falló. El golpe impactó de lleno contra el muslo del guerrero y parte de armadura, piel y sangre saltaron por el aire. Las bolas de hierro con pinchos del mangual goteaban sangre e incluso llevaba pegados trocitos de carne. Con esa herida el guerrero no resistiría mucho más y dejó que sus soldados acabaran la faena.
El desierto había acabado una vez más con sus enemigos.
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Apollo, Andreas y Marnel habían corrido por el desfiladero lo que quedaba de día y gran parte de la noche. Habían utilizado las rocas que sobresalían para esconderse cuando veían la más mínima señal del enemigo pero lo cierto es que parecía que no los seguía nadie. Marnel había comenzado a ponerse blanco y un sudor perlado cruzaba su frente. Su hacha la había colgado en la espalda y se sujetaba con la mano izquierda el brazo herido por la espada negra de Teijón. Realmente le tenía que doler mucho para que un guerrero como era el gigantón diera muestras tan evidentes de dolor aunque cada vez que le preguntaban él decía que no era nada, que una vez en Altdorf una prostituta le había hecho peores heridas en una noche de placer descontrolado.
Una débil vegetación acompañaba al paisaje árido y comenzaban a verse brotar pequeñas palmeras.
- Por aquí cerca tiene que haber agua- dijo Andreas.- Tendríamos que buscar un lugar para descansar y comer. Casi no nos quedan provisiones, sólo para unos días más y necesitamos beber.
- Esperad un momento- dijo Apollo.
Apollo se sentó en el suelo y cerró los ojos. Sacó unas pequeñas bolas de cristal de un bolsillo. Mientras las sujetaba en una mano comenzó a susurrar unas palabras. Andreas sabía que estaba invocando los vientos de la magia para que fluyeran a través de él. Marnel continuamente miraba hacia atrás y parecía en continua alerta. Apollo alzó la mano en las que llevaba las bolas y estas comenzaron a elevarse hacia el aire como si fueran plumas mecidas por el viento hasta perderse de vista. Pasaron un par de minutos y Apollo no se inmutaba. Era como si no estuviera allí sentado. Andreas sabía que en ese preciso instante, aunque su cuerpo estaba ahí, no pasaba lo mismo con el alma del mago.
Andreas decidió ponerse cómodo y esperar. No le quedaban casi fuerzas por lo que decidió tumbarse boca arriba en el suelo. Miró al cielo estrellado y contempló las dos lunas hermanas. Ahí estaban Morslieb y Mannisleb. ¿Y si esas lunas fueran otros mundos como el suyo y en esos momentos hubiera alguien como él tumbado en una de ellas y haciéndose la misma pregunta que se estaba haciendo él? O tal vez ¿y si se trataran de adornos que habían puesto ahí para hacer bonito? Había oído alguna vez que la piedra del caos, que era la esencia del caos en su estado puro procedía de Morslieb. ¿Por qué no? Tenía entendido que la piedra era verde del mismo color que la luna. Se quedó mirándola fijamente y una angustia comenzó a invadirlo pero cuando metió la mano en la bolsa y tocó la piedra preciosa que habían robado del templo de los muertos volvió a sentir renovadas fuerzas y se quedó aliviado. Había descubierto anteriormente esa extraña propiedad de la joya.
Marnel seguía allí oteando por encima de las piedras.
-¿Crees que sobreviviremos?- preguntó en voz alta Andreas.
Durante unos breves instantes reinó el silencio. Justo en ese momento Apollo volvió a abrir los ojos.
-Tengo malas noticias.- dijo Apollo incorporándose de golpe.- Los muertos avanzan hacia nosotros en dos bloques: uno es una pequeña avanzadilla de caballería y el otro es el grueso del ejército de los no muertos. He visto miles de esqueletos, tal vez diez mil y por lo que parecen no van a escatimar esfuerzos en recuperar la piedra. No necesitan descansar y su avance es implacable. Pasarán por aquí en un par de horas. Lo bueno es que un poco más hacia el norte hay una pequeña laguna con agua estancada. Por aquí antes pasaba un gran río. Allí podremos beber.
-¿Y qué pasa con el caos?- preguntó Marnel.
-Ya no hay caos- respondió Apollo.
Y comenzaron otra vez a correr.
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Cabezoptec estaba muy contento por cómo iba la cosa. Primero se habían librado de los cuatro caballeros que les atacaron. Bien es cierto que había costado unos cuantos carros y algunos caballos, y que habían quedado en tan mal estado que no los podía haber vuelto a levantar pero todo daba igual. Librarse del paladín de Khorne al final había sido más fácil de lo que pensaba. Se había quedado petrificado cuando vio que resistía el impacto de una carga de uno de sus esqueletos a caballo y como destrozaba a un par de carros más. El ímpetu del que están dotados esos salvajes había sido la mejor magia del hierofante. Estaba tan centrado el muy estúpido en atacar los carros y enfrentarse a ellos que no se dio cuenta de que lo estaban llevando hacia un acantilado. Y una vez allí simplemente voló.
El grueso del ejército llegaría en un par de horas hasta su posición pero no había tiempo que perder. Aún estaba ligeramente preocupado por los tres aventureros y no podían dejarlos huir durante más tiempo. Tenían todavía la piedra de luz, fuente que mantenía la conciencia y daba la vida a su rey. Por ello era tan importante esa piedra. Antaño Cabezoptec requería de mucha energía para mantener todo los encantamientos y fuerzas mágicas necesarias para que el cuerpo de su señor prevaleciera. Para ayudarse a mantener ese equilibrio había ideado, a imitación de la Piedra de Nagash, un canalizador de corrientes mágicas que lograba que éstas fluyeran hacia el cuerpo de su rey. Era el fruto de muchísimos años de esfuerzos y no sabía si lograría hacer algo similar de nuevo ya que había dado parte de su alma, casi inmortal, para lograrlo. No sólo dominaba los cánticos a la perfección sino qué también sabía utilizar los vientos de la magia a su favor.
Todavía le quedaban un par de carros, pero estos no servirían, ya que el terreno se volvía impracticable para ellos dentro del acantilado. Se romperían las ruedas de madera enseguida con tanta piedra. También disponía de varios corceles por lo que decidió enviar a los carros a través del desierto, dando un rodeo enorme al acantilado para que se pusieran a la salida, y él mismo junto con el resto de caballeros esqueléticos les seguirían el rastro. Yendo los vivos andando y los no muertos a caballo, era sólo cuestión de tiempo alcanzarlos. Además disponía aún de unas cuantas sorpresas más.
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