Rescate (Capítulo 17.- El cuerno de la Primera Atalaya) |
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10-11-2005 10:05
Por: Criatura del Averno
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Incluso protegidos tras los poderosos muros de Kazebaroth, los compañeros se hallan en peligro, pues la muerte parece seguirlos alla donde se encaminana. O, tal vez, su destino es combatir a la misma muerte.
Arrodillándose ante el trono, en señal de respeto, mientras se apoyaba en su propia espada, Lurien inclinó la cabeza. La Sala Real era, sin duda alguna, la habitación más hermosa de toda la fortaleza. En cada columna estaba tallada la recia figura de cada uno de los Reyes de los enanos que se había sentado en el trono de Kazebaroth, labrados con una pericia tan inigualable que parecían vivos, y si su pecho comenzara a moverse al compás de la respiración, a nadie le extrañaría. Todos estaban armados con hachas o martillos, y la mayoría portaban grandes escudos, similares al del propio Durgin. Cada uno vestía armaduras y ropajes distintos, pero todos portaban la misma corona. Una corona de hierro, engarzada con joyas brillantes como el mediodía. Una corona dura, pero hermosa, como todas las obras de los enanos. La misma corona que el Rey Dúrkik Rumnaheimn, sentado en su trono de piedra, portaba en estos mismos instantes.
-Has solicitado una audiencia, Lurien, Paladín de Heironeous –dijo el Rey con voz tonante. Era un enano de constitución poderosa, tan ancho de hombros como Durgin, o quizá más. La barba negra, en la que habían comenzado a surgir las primeras canas, le llegaba hasta la cintura, y estaba recogida en un centenar de trenzas engarzadas de oro. Su mirada era dura y severa, pero no fría ni cruel, sino sabia. El Rey Dúrkik vestía una armadura de mithril, brillante como la luna llena y engarzada en oro en las hombreras y el pectoral. El escudo se hallaba apoyado a un lado del trono, adornado con mil símbolos que representaban las gestas y heroicidades del Rey y sus antepasados. Pero, incluso sentado en su sitial, Dúrkik empuñaba su martillo-. ¿Qué es lo que tienes que decir?
-Mi señor –comenzó Lurien tras un momento de duda. Había estado apunto de referirse al Rey como “Alteza” pero, por fortuna, comprendió a tiempo que no era un término demasiado apropiado para un enano-, vengo a hablaros del Príncipe de DeMoreby, futuro rey del Trirregne.
***
Ivelios cruzó los brazos y lanzó una mirada hosca. Aunque comprendía que la carismática y meliflua Lurien fuese la encargada de hablar con el rey de los enanos, no entendía por qué tenía que quedarse él al cuidado de su hermano. Apoyado contra una pared, el elfo silvano se sentía más como una niñera que como un guardián, mientras el propio Corvos le miraba con sus ojos fríos y una siniestra sonrisa en la boca.
-¿De que te ríes, demonio? –preguntó el arquero, cansado-. ¿Qué te hace tanta gracia?
-Me pregunto que es lo que pasa por esa cabecita tuya, elfo. No apartas los ojos de mi. ¿Acaso crees que voy a escaparme y apuñalar a alguien por la espalda si apartas la mirada?
-Me han encomendado que te vigile, y eso es lo que hago –le replicó Ivelios-. No creo que apuñales a nadie, aunque más por miedo de lo que pueda pasarte que por compasión hacia tus víctimas, imagino.
-Pero tu trabajo no es imaginar ¿verdad? –dijo Corvos, con voz cruel-. Tu trabajo es disparar y callar. Dicen que los elfos silvanos no son muy listos. Yo no creía tal cosa hasta que te conocí. ¿Ves? A veces, incluso yo me equivoco.
Pero Ivelios reaccionó ante las burlas riendo con su voz clara.
-Puedes decir lo que quieras, demonio. Las palabras no tienen filo, no me herirán. Solo me haces compadecerme de un pobre ser que nació sin alma.
-No quiero un alma. El alma te hace débil. Te hace vulnerable. El alma te hace odiar... y amar ¿no, Ivelios?
El rostro del arquero cambió repentinamente de expresión.
-Así que he dado en el clavo –continuó Corvos, ensanchando su sonrisa-. ¿Acaso creías que no sabía quien es la persona que puebla tus sueños, elfo? ¿Creías que no vería en tu expresión la admiración... la estupidez? ¡Ah! ¿Cómo pudiste ser tan ingenuo? ¡Dejaste tu pueblo persiguiendo un fantasma! ¿No entiendes que ella nunca será tuya? ¡Estúpido, idiota, iluso!
-Te rompieron la nariz una vez, Corvos. Pook me lo contó. No me obligues a volver a hacerlo.
Pero el semiinfernal se acercó a Ivelios, lentamente, hasta susurrarle algo al oído.
-Me gustaría que lo intentases, elfo. Pero ten cuidado, por que puedes acabar como Tinieblas.
-¿Me estás amenazando?
-No, yo solo te aviso. Siempre pueden ocurrir... eh... desgraciados accidentes.
***
En la parte más profunda de la fortaleza enana, se adentraba un túnel excavado en la roca. Nada había en su entrada de la hermosura y las tallas presentes en el resto de la ciudad, incluso algunos podrían pensar que se trataba de una cueva natural, o, en todo caso, la vivienda de algún enano de escaso poder económico, que no podía adquirir nada mejor. Era necesaria una mente sutil para darse cuenta de que aquella zona oscura era la parte mejor defendida de la fortaleza y la más difícil de alcanzar, y que solo un enano de gran importancia merecería aquella posición, de la cual ni siquiera el mismísimo Rey gozaba. Sin embargo, muy pocos poseían una mente capaz de darse cuenta de eso, y de los pocos que la tenían, aún menos se dedicaba a fijarse en tales cosas. Por supuesto, Finzo sintió una terrible curiosidad por saber que clase de persona, lo bastante rica como para comprar ese hogar, no se había molestado en adecentarlo.
El túnel se adentraba muy profundamente en la pared de la montaña. A cada paso que daba, caminando a tientas en la oscuridad, el gnomo sentía como aumentaba el calor... y la magia. No había duda alguna de que existía un magnifico poder mágico al final de la gruta, aunque cual era exactamente su procedencia, Finzo no podía saberlo. Finalmente, allá en el fondo, el mago pudo ver el chispear de una llama, y los rítmicos golpes de un martillo de herrero llegaron a sus oídos.
Trabajando incansablemente, golpe tras golpe, moldeando la hoja de un hacha al rojo vivo, había un enano de edad avanzada, o mejor dicho, increíblemente viejo. La barba, que había sido rojiza antaño, era ahora blanca como la nieve, y su rostro estaba cubierto por profundas arrugas. No obstante, en sus ojos podía apreciarse todavía el fuego de la juventud, y los golpes de su martillo demostraba que había aún fuerza en sus cansados brazos. Alrededor del yunque donde trabajaba y el horno donde calentaba el metal, se hallaba una gran sala cuadrangular, tal vez de cincuenta metros de parte a parte, en cuyas paredes podía apreciarse una ingente cantidad de armas enanas, hachas y martillos principalmente, aunque un urgosh ocupaba una posición preferencial entre las otras. Todas estaban labradas en mithril, como demostraba su pálido brillo blanquecino, y la parte exterior de la hoja, la más cercana al filo, estaba recubierta de runas, cinceladas a la perfección en la blanca superficie.
El anciano herrero se detuvo unos instantes, y tras observar su trabajo, satisfecho, a la vez que se secaba el sudor, puso el arma a enfriar en un cubo de agua que tenía junto al yunque. Luego, con cuidado, desplegó un pergamino que guardaba en su cinturón y lo observó. Finzo quiso ver lo que ponía, pero cuando dio un paso para intentar averiguarlo, el enano lo guardó y, caminando nerviosamente, esperó impaciente a que se enfriase el metal.
Para dejar constancia de su presencia, que el herrero no había advertido aún, el gnomo tosió ligeramente. El enano dio un respingo, y le miró con ojos desorbitados.
-¿Quién eres tú? –bramó-. ¿Qué haces aquí?
-No me apetece ahora mismo decirte mi nombre completo, mejor llámame Finzo –respondió el diminuto mago-. En cuanto a que hago aquí... por el momento, me maravillaba del trabajo de un maestro herrero.
El pecho del enano se hinchó de orgullo.
-Veo que sabes reconocer un buen trabajo cuando lo ves... Finzo. No todos lo hacen. Mi nombre es Trakknir, pero la mayoría me llama por mi título. Soy el Señor de la Forja, el mejor maestro herrero de la ciudadela de Kazebaroth y, si me permites el atrevimiento, el mejor de esta parte del mundo.
Aunque las palabras del enano derrochaban orgullo, algo le dijo a Finzo de que, en realidad, no iba demasiado desencaminado. Todas las armas expuestas exudaban magia en estado puro. Sin duda, eran ingenios tremendamente poderosos. Con extremo cuidado, el gnomo tomó una de las hachas y la sopesó.
-No soy un guerrero, pero me atrevería a decir que este hacha está equilibrada a la perfección, y que pesa mucho menos de lo que cabría esperar, incluso de un arma de mithril.
-¡Oh, bueno! En realidad ese hacha es una de mis primeras obras, y la guardo más por cariño que por valor real. Dudo que en mercado te diesen más de unas cincuenta o sesenta mil piezas de oro por ella.
Finzo tragó saliva, al comprender que el arma que estaba empuñando costaba más que el poblado en que había pasado sus días de juventud, sus terrenos y buena parte de todo aquello de lo que había en ellos. Con respeto, cuidado y manos temblorosas, depositó el hacha en su sitio y miró al enano.
-¿Sesenta mil? ¿en cuanto estimas tu arma más valiosa?
-Bueno... ese urgosh podría costarte unas ciento cincuenta mil... y luego, claro, está el Martillo. Es mi mejor obra, y nunca he tratado de ponerle precio. Se lo regalé al Rey Dúrkik a cambio de esta magnífica sala de trabajo.
El diminuto mago miró a su alrededor. Aun considerando que era la parte más protegida de la fortaleza, y todo el razonamiento que lo había llevado allí, dudaba que su precio llegase siquiera a la mitad de la más triste de las armas expuestas. Sin duda, el Señor de la Forja era un tanto excéntrico.
-La espada que le forjé al hijo del rey de Hinnuvel no estaba mal, tampoco. Claro que una espada no es un hacha ni un martillo, y no me gusta trabajarlas. Pero debo reconocer...
-Espera un segundo... –le cortó Finzo, mientras alzaba una mano para detenerle-. ¿El hijo de DeMoreby? ¿hablas del Príncipe del Trirregne?
-Así es. El joven Freder siempre me ha caído bien, desde que era poco más que un bebé, hará ahora unos quince o dieciséis años. Cuando alcanzó los doce, le forjé una espada...
-¿De qué conoces tú al Príncipe?
-¿A qué viene tanto interés por ese niño? El Trirregne y Kazebaroth siempre han estado en buenas relaciones comerciales. El Príncipe nos visitaba a menudo, y siempre lo consideramos un muchacho digno de confianza. Es uno de los pocos humanos que conoce los túneles secretos que conectan las fortalezas entre sí y con el exterior, y también uno de los pocos que el Rey ha nombrado como “amigo de los enanos”. Le hice una espada...
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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No hay palabras... |
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29-08-2006 11:11 |
...para describir esto.
Antes de nada decirte que me he leído todos los articulos de "Rescate" desde el principio sólo en tres días. Me he enganchado completamente a esta saga y me he desanimado un poco al descubrir que desde Diciembre del 2005 no aparece ninguna contunuación de este magnífico relato.
Sinceramente, escribes con tan soltura, imaginación e ímpetu que el relato no parece, si quiera, que haya salido de una aventura jugada en casa con los colegas (salvo por algunos detalles de...hem...combates por doquier). Pero por otras cosas lo hacen ameno y fácil de leer. Y lo más importante de todo: que engancha al lector.
Como te he dicho, he leído la saga desde el principio. Buscaba algo para leer por la pagina y me tropece (seguramente sin querer) con tu saga. También leí todos los comentarios de los pobladores y muchas veces estaba de acuerdo con ellos y otras veces no.
En cuanto a mí, no he comentado nada en los demás capítulos porque esperaba al último. Y veo que, de momento, es este ( pero espero que no lo sea)
Excelente trabajo de los personages. Cada uno con sus peculiaridades. No son nada planos y eso ayudo mucha a que sobresalga un relato.(Thalia, quizás, el que más me gusta junto a Finzo)
Sólo decirte que los relatos que más me han gustado han sido los del principio (no se exactamente porqué) y que espero que sigas así.
Por cierto, si ya has labrado la continuación rogaría que la colgases. Pero si aun no lo has hecho te animo a que lo hagas, porque, chico, tienes talento
Y después de éste terrible rollo de elgios, me despido. Sólo darte las gracias porque, al leer esto, me he motivado mucho y me has ayudado a conseguir nuevas fuerzas para escribir sobre lo mio.
Animos!
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Nas de Nuevo |
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15-12-2005 03:08 |
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Que tal,Criatura.
Reconozco que hace tiempo que no te leo,con eso de muchos vicios de ordena,curro y cosas por el estilo.De hecho ya ni me acordaba en que capitulo me habia quedado.
Veo que has mejorado un monton desde que empece a ser tu critico favorito (favorito por mi,claro =P ),enhorabuena.De hecho,tal y como describiste en un capitulo anterior a este a la duende,me senti en un principio decepcionado,ya que creia que esa cosa con patas de grillo se iba a unir al grupo,jeje.
Por cierto,tu relato se esta haciendo por momentos mas interesante,aunque en algunas ocasiones me hace dudar si realmente es una partida de rol lo que estas relatando debido a que parece que todos los jugadores parecen hacer siempre todo mas o menos "perfecto".Aunque el toque ese de que Lurien iba a llamar al Rey de la Montaña "Alteza" corrigio eso,un poco.Atencion,esto no es una critica,solo es una opinion como jugador y director de rol (jugador en unos juegos,director en otros,claro).
Bueno,he estado buscando esa decimo octava parte de tu historia,sin resultados.
Venga,hombre,no te hagas de rogar y escribe/posteala ya de una vez XD.
Saludos.
Groobab
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Felicidades |
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12-12-2005 19:14 |
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Criatura, el primer relato que leí fué el tuyo. Espero que contiúes tu relato en breve, la verdad es que es muy adictivo el puñetero...
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quiero mas. |
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11-12-2005 08:54 |
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joer, me e echado todo el relato en un solo dia.
esta barbaro, para cuando mas
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exquisito!! |
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11-11-2005 17:31 |
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Realmente es barbaro!...recomiendo q lean el relato con musica de ambientacion
the reader
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