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El Demonio Rojo baja al infierno para reunirse con el Señor de la Oscuridad y pedirle más poder para así destruir a Lance y sus amigos, quiénes le habían derrotado un año antes.
Capítulo 2: El Infierno
Tal como le había dicho el Señor de la Oscuridad, una embarcación esperaba al Demonio Rojo en el puerto principal de Tursam. Dentro de ella había un rudo y fornido hombre que miró al monstruo con temor. El Demonio Rojo se subió a la barca con rapidez y le ordenó despectivamente al barquero que le llevara a los acantilados de Txüm. En los precipicios se encontraba la entrada de una caverna larga y descendente que llegaba hasta las mismísimas puertas del Infierno. Pronto, el individuo empezó a remar por las turbulentas aguas del Mar de la Muerte, ubicado en pleno Océano de la Desesperación, y calmado gracias al poder del Señor de la Oscuridad. A gran velocidad, el barquero y su acompañante dejaron el puerto y recorrieron rápidamente toda la costa de Tursam hasta llegar a los acantilados de Txüm.
Allí, el Demonio Rojo pudo ver el acceso a una oscura cueva en la que desembocaba un río de ardiente lava que caía al mar. Unas escaleras esculpidas magistralmente en la roca del precipicio llegaban hasta la entrada. El monstruo bajó de la barca de un salto y decidió acabar con la vida del barquero. Necesitaba hacer algo perverso antes de continuar su camino. Se volvió con esa firme intención, pero el hombre ya había partido con asombrosa velocidad y ya se encontraba demasiado lejos para darle alcance. El Demonio Rojo gruñó frustrado y subió velozmente las escaleras para entrar en la caverna.
El interior de la cueva no era muy diferente a otras cavernas. Tan sólo era un larguísimo y estrecho túnel que bajaba constantemente. El Demonio Rojo caminaba por el pedregoso camino con paso firme, mientras la idea de ir al Infierno se iba forjando en su cerebro y su gozo iba en aumento. La luminosidad iba descendiendo según se alejaba de la entrada y llegó un momento en que los rayos del casi invisible Sol no alcanzaban y la oscuridad le envolvió. Pero el Demonio Rojo podía ver todo. No necesitaba la luz para reconocer perfectamente el camino y se adentró aún más en la caverna.
Entonces, el Demonio Rojo vio que el pasadizo ganaba en luminosidad, y no tardó en descubrir el por qué. Comprobó sorprendido que había antorchas encendidas a ambos lados del camino, en las paredes. “¡Vaya!”, pensó sonriente, “¡Esto es nuevo!”. El Demonio Rojo continuó su camino y pronto llegó a un gran portón custodiado por dos demonios de aspecto amenazador, ambos fornidos y con patas y cuernos de carnero.
-¡Abrid la puerta! –reclamó.- He de ver al Señor de la Oscuridad.
-¿Quién te crees que eres? –bramó uno de los guardianes.- Lárgate de aquí antes de que me enfade, gusano asqueroso.
El Demonio Rojo torció el labio en un rictus furioso y miró a los ojos al guardián que había hablado.
-¿Cómo te atreves a hablarle así a un superior? –siseó colérico.- Esto lo vas a pagar muy caro.
-¿Superior? –exclamó el vigilante.- ¡No me hagas reír, idiota! ¡Tú no eres…! –observó de nuevo al monstruo.- ¡Señor Demonio Rojo! ¡No sabía que era usted!
-Demasiado tarde, imbécil.
El Demonio Rojo alzó una mano hacia el guardia y lo pulverizó con un poderoso rayo. Miró de reojo al otro guardián, lleno de odio.
-Y ahora abre la puerta si no quieres recibir la misma medicina que tu amigo –dijo.
El vigilante miró temerosamente al monstruo y se apresuró a abrir la puerta. El Demonio Rojo miró con desprecio al centinela y atravesó el umbral del gran portón, que se cerró rápidamente a sus espaldas. El monstruo miró al interior y sonrió, complacido y henchido de gozo.
Se encontraba en lo alto de unas altísimas escaleras esculpidas sobre una pared vertical. Abajo, podía ver un suelo rojizo atravesado por un río de ardiente lava. También divisaba las almas de los pobres condenados, que servían de esclavos. Varios demonios armados con látigos se encargaban de asegurarse de que los condenados no pararan a descansar. Algunos de ellos eran bañados en lagos de roca fluida como castigo por desobediencia u otros motivos. Una gran cantidad de maquinaria estaba repartida por todo el siniestro paisaje.
El Demonio Rojo sonrió ante esta imagen. Siempre le había encantado el Infierno, siempre y cuando no llegara a él como condenado, claro. Lentamente, paso a paso y escalón a escalón, empezó a descender por la larga escalera de caracol. Cuanto más cerca estaba del suelo rojizo del Infierno más aumentaba su gozo morboso. La sonrisa dibujada en las comisuras de sus labios se ensanchaba a cada paso que daba. Pronto, su rostro adquirió un matiz siniestro y demente. La locura demoníaca se reflejaba plenamente en sus ojos de pupilas rojas. Cuando llegó al suelo, llegó a un estado de éxtasis tal que no pudo contener una terrorífica y sonora carcajada. Los condenados y los demonios que los esclavizaban se volvieron para mirarle, sorprendidos por verle pero no extrañados. Contempló un momento con lujurioso placer el terreno y después siguió su camino para buscar al Señor de la Oscuridad.
Recorrió durante un par de horas el horroroso paisaje en busca de su señor, pero no dio con él. Finalmente, el Demonio Rojo perdió la paciencia y decidió preguntarle a Rötar, tal como le había indicado el Señor de la Oscuridad. No le agradaba mucho la idea. La verdad, no se llevaba muy bien con Rötar. Siempre había competido con él para ser el brazo derecho del Señor de la Oscuridad. Unas veces vencía el Demonio Rojo y otras Rötar. La mayoría de las veces acababa ganando en la contienda el Demonio Rojo, pero, últimamente, el Señor de la Oscuridad apreciaba en gran medida a Rötar. Tanto, que le había cedido un puesto privilegiado en el Infierno. Se encargaba de robarle las almas a los condenados que llegaban. Este puesto era ambicionado por todos los demonios, ya que el encargado adquiría algo del poder de las víctimas.
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