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Pequeña disertación sobre los problemas que plantea la integración de Turquía en la UE. Con pocas pretensiones de carácter divulgativo, este artículo no tiene ningún otro fin más allá de hacernos reflexionar sobre la situación.
No es ninguna novedad las reticencias que muestran algunos de los socios integrantes de la Unión de Europea ante una probable adhesión de Turquía en el club de los veinticinco, reticencias que se reflejan con una claridad meridiana no tanto en el largo proceso que se está llevando a cabo para fijar un plazo de negociación –hecho sin precedentes en la historia de la UE- como en la postura de la sociedad de algunos de los países históricos tales como Austria, donde más del ochenta por ciento de la población se muestra contraria a una nueva ampliación que tuviese como objetivo integrar a Turquía.
Y es que se nos plantean problemas de distinto orden a la hora de pensar siquiera en la adhesión de este nuevo miembro. Primeramente es necesario señalar la situación interna que está viviendo la UE, en una crisis política sin precedentes tras el estrepitoso fracaso de la constitución europea y las diferentes posturas mantenidas durante el conflicto con Irak por parte de los miembros, divididos en dos bandos frontalmente opuestos. Esta situación es, evidentemente, poco propicia para la entrada de un nuevo miembro con una democracia poco consolidada.
Pero no sólo son problemas externos al ámbito turco lo que provoca estas reticencias en el seno de la UE. Los países miembros han sido siempre estados donde el derecho ha funcionado como norma reguladora del funcionamiento de la sociedad, siendo ajeno a cualquier otra norma reguladora, como la religión, de carácter voluntaria y no coactiva. Es pues que nos encontramos en Turquía un sistema aún no desarrollado donde la religión aún se deja entrever en los vestigios de algunas leyes, lo cual nos plantea una dificultad a la hora de aceptar en el seno de una institución eminentemente laica y que incluso se ha planteado muy seriamente la inclusión en su carta magna los orígenes cristianos de esta.
Y es que la religión es uno de los escollos principales a ojos de la sociedad europea, pues si bien sabemos que el islamismo radical no es un hecho generalizado, sobre todo en un país occidentalizado como Turquía, no podemos evitar asociar la idea de integrar a un estado predominantemente musulmán en la unión -lo que implicaría la libre circulación por los estados miembros- con abrir las puertas al terrorismo que en estos últimos años golpea nuestras sociedades; incluso aunque sea patente que la mejor forma de convivir entre ambas culturas, musulmana y cristiana, pase por la convivencia, colaboración e integración, y que el ingreso de Turquía mejoraría nuestras desgastadas relaciones con el mundo islámico.
Claro que no son sólo motivos culturales lo que siembra temores. Turquía está sumida en una pobreza y crisis económica sólo paliada en cierta medida con los planes de modernización impulsados desde el Gobierno y la inversión extranjera y el turismo. Es cierto que su riqueza puede estar al nivel de otros socios ya integrados en la UE con la última ampliación, pero dado su tamaño, tanto geográfico como poblacional, harían falta grandes aportaciones económicas para allanar las desigualdades. Así mismo, el Gobierno se muestra reticente a reconocer la soberanía chipriota y, pese a los últimos avances, parece aún lejano el día en que Chipre pueda ser un Estado independiente.
También se nos plantea, con vistas al futuro, una situación que no deja de entrañar un debate en el fuero interno de todos los Gobiernos europeos. ¿Dónde tendrá su fin la Unión Europea? ¿Abriría Turquía las puertas para el ingreso de otros países del arco mediterráneo como Marruecos, Egipto o Túnez? Todos sabemos que Turquía es un país asiático pese a tener una ínfima parte de su territorio en Europa. ¿Sería posible que la Unión Europea deje de ser europea en algún momento? ¿Qué nos une?
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