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La Casita Blanca (segunda parte)


Relatos de Fantasía

18-12-2005 18:40
Por: Dersu

El viaje continúa.

Tanto la manera de llegar a La Casita Blanca, en un alocado viaje a través de lugares imposibles, como mi estancia allí, no menos irreal, habrían servido para convencer a cualquier ser humano de que estaba loco; pero, por algún extraño motivo que aún no alcanzo a comprender, yo no creía haber enloquecido, sino que me sentía eufórico, y me acosaba una idea tan extravagante como poderosa, más
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parecida a un presentimiento, que no podía ignorar. Cuanto más tiempo pasaba en aquel lugar, más me convencía de que, en efecto, me hallaba en el lugar mágico que todo escritor que se precie ha visitado alguna vez.

Aquella tierra en la que lo inverosímil vagaba por doquier, me resultaba familiar, como si ya hubiese estado antes allí, como si fuese el hogar que nunca había tenido. El cowboy que me había llevado hasta La Casita Blanca afirmaba que, en el bus que dejamos atrás, viajaban tres personas más, pero no tenía recuerdos de ellos, a pesar de recordar el viaje con todo lujo de detalles.

Así pues, decidí recorrer el pueblo con la intención de buscar a mis invisibles y extraviados compañeros de viaje. Creo que durante horas estuve sumido en un estado hipnótico, pues recuerdo todas las cosas que vi con gran claridad, pero soy incapaz de recordar mi estado al ver aquellas maravillas; sólo sé que predominaba un imperturbable sentimiento de sorpresa.

Tuve la oportunidad de ver, palpar, oler, oír y degustar toda clase de rarezas. Comí una fruta semejante a una manzana, pero de una negrura incomparable, con destellos dorados y de un color que me pareció una mezcla fantasiosa de azul, verde y amarillo. Una vez hube dado el primer mordisco, la fruta se transformó en una sustancia pegajosa, que, sin embargo, me pareció de un sabor delicioso. También tuve el placer de catar una comida, me aseguraron que se trataba de la especialidad de la casa, que parecía arroz, pero era duro como una roca. Faltó poco para que me atragantara. Aún así, cuando aprendí a comerlo, también me pareció sabroso. La bebida poseía un color inidentificable, y un sabor que, ni remotamente, se parecía al de alguna bebida que conociese.

Observé que la mayoría de los edificios estaban ligeramente torcidos, como si fuesen, poco a poco, tumbándose hasta alcanzar el suelo. Algunas casas, cuyas paredes se retorcían de manera, cuanto menos, curiosa, estaban tan cerca de la tierra que parte del suelo había perdido contacto con la hierba húmeda del jardín, y, en oposición a las paredes que caían, comenzaba a alzarse para, supuse, dejar la casa en posición horizontal. Presté atención a una vivienda cuyas ventanas situadas en la zona que caía ya no podían abrirse del todo, debido a la proximidad de la tierra. Intrigado, quise conocer a los habitantes de tan peculiar edificio, así que llamé a la puerta. Ante mí apareció una criatura que carecía de extremidades; de hecho, su cuerpo era una masa amorfa y no creo que fuese capaz de producir ningún sonido, ya que no distinguí en él orificio alguno.

Aturdido, di media vuelta y regresé al camino. Caminé un rato hasta que descubrí que, tras una enorme mansión de chocolate, se hallaba un edificio, a mi juicio un palacio, aparentemente de piedra. Quedé confundido por tan sorprendente, si es que algo podía aún sorprenderme, descubrimiento, y me dirigí, tan rápido como mi avanzada edad me permitió, hacia el palacio.

Llegado a este punto ya había olvidado el motivo de mi "excursión" por La Casita Blanca, y tan sólo deseaba satisfacer mi curiosidad. Me pregunté cómo sería vivir en un mundo en el que nada es lo que parece.

***

Traté de despertarme una y otra vez, convencido de que se trataba de un sueño extraño, pero no dio resultado. Instintivamente, me alejé del cowboy, seguro de su naturaleza perversa y su obsesión enfermiza por hacerme enloquecer. Se atrevía a asegurar, e incluso a apostar, milagros de la vida, que, aparte de yo mismo, habían tres personas más en el bus, y que, cada uno sumido en su propia desesperación, habíamos ignorado la presencia del resto de pasajeros. ¡Qué ridículo! Gente así hay en todas partes.

En La Casita Blanca había todo tipo de criaturas: humanos, gatos de pelaje reluciente como el oro, pájaros de un solo ojo que tenían un hacha de pico, leones que, literalmente, ardían, seres con forma de cono de un color que parecía mezcla de rojo y azul marino, seres reptantes de todo tipo de colores, formas y sustancias, animales de carne punzante, ballenas con patas que, según me contaron, se comían cuando deseaban introducirse en el agua y recuperaban cuando retornaban a tierra, y un sinfín de criaturas más. En verdad, eran demasiadas para un pueblo tan pequeño; me explicaron que la mayoría estaban de paso, que se veían obligados a vagar por las tierras inhabitables de los alrededores, es decir, aquellos territorios que había atravesado en mi viaje. Unos pocos privilegiados tenían derecho a vivir en La Casita Blanca.

Allí se hablaban multitud de lenguas, desde las conocidas en mi mundo, habladas principalmente por los pocos humanos del pueblo, hasta lenguas que consistían en una serie de limitados sonidos ininteligibles, muy común entre seres de poca inteligencia. Otros ni siquiera emitían sonidos. Ya se sabe que en la variedad está el gusto.

Me atrajo especialmente una mansión construida a base de chocolate. Supuse que su amo y señor debía de ser obeso, si es que, como aparentaba, se dedicaba a imitar a Willy Wonka a menudo. Tras ella, se alzaba, imponente, un palacio diferente al resto de viviendas de La Casita Blanca; en lugar de esa sustancia indefinible de la que estaban hechas las demás casas, a excepción, claro, de la fábrica de chocolate, el palacio estaba construido con piedra.

Fue una decepción y un alivio al mismo tiempo; por una parte, me decepcionó ver que un evidente símbolo de riqueza y poder carecía de la magia que envolvía a la población; por otra lado, me otorgaba seguridad el hecho de saber que no estaba completamente perdido en aquel lugar.
Si el padre de Bella se había introducido en un castillo sin permiso, ¿por qué no iba a hacer yo lo mismo? Sólo esperaba que dentro no estuviera la Bestia.

***

La Casita Blanca significaba para mí un regreso a la infancia, la recuperación de la inocencia perdida. Nada más atravesar el arco me sentí desprotegida, perdida, insegura, como una niña que busca a sus padres. Traté de no separarme del cowboy; a pesar de que el hombre no parecía estar en su sano juicio, no podía ignorar ese sentimiento de seguridad que me asaltaba a su lado. Sin él, me sentía desconcertada por la gran cantidad de magia y misterio que albergaba el pueblo.

No me resultó difícil embelesarlo, pues era experta en el arte de la seducción. Ante él, aparentaba madurez y confianza, a la vez que me mostraba deseosa de su compañía, y ansiosa por conocer los secretos del lugar. Deseosa de que él me los mostrase. Le pregunté qué tenía que hacer una muchacha allí para divertirse. Respondió que en ocasiones se celebraban fiestas nocturnas, pero, por el día, no había mejor diversión que contemplar las rarezas que exhibían los mercaderes.

Le rogué que me llevase a bailar cuando cayese la noche; cada vez era mayor la sensación de peligro que crecía en mi
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interior, y la idea de quedarme sola, a oscuras, en el pueblo me aterraba de tal manera que no soy capaz de describir la angustia que me invadió cuando me dijo que esa noche tenía preparada para los invitados, mis compañeros de viaje y yo, una casa entera, y añadió que debíamos acostarnos pronto porque al día siguiente nos esperaban sorpresas inimaginables.

Pero primero, me explicó, debía acudir en presencia del rey de La Casita Blanca, quien, generosamente, había aceptado recibirme, relegando a un segundo plano sus reuniones con gran cantidad de criaturas procedentes de las tierras inhabitables que reclamaban el derecho a poseer una propiedad en el pueblo, el último lugar mágico de la Tierra.

No me gustó tener que presentarme ante el rey, pues no quería que éste advirtiese mi desconcierto y desesperación, que iban en "crescendo". Así pues, traté de deshacerme del cowboy; sin embargo, él parecía complacido con mi compañía y se mostraba reacio a prescindir de ella. Me escoltó por el sendero hasta una curiosa mansión de chocolate, tras la cual se hallaba lo que de lejos parecía un palacio, pero, a medida que fuimos aproximándonos, descubrí que era, en realidad, un castillo. El castillo del rey. En los jardines de la entrada nos cruzamos con un humano, con quien mi acompañante entabló conversación. Yo contemplaba, maravillada, el enorme castillo. Y mientras lo hacía un sentimiento impreciso de terror y atracción me dominó. Y sentí la urgente y poderosa necesidad de adentrarme en el castillo.

Y así, controlada por sentimientos que van más allá de toda comprensión humana, corrí hacia el edificio, presa de una furiosa excitación.

***

Con la pistola en la mano, pregunté al conductor dónde estábamos. El hombre me contestó que el pueblo al que acababa de llegar se llamaba La Casita Blanca, y era el último sitio mágico de la Tierra. Después, me contó que en el viaje fantástico que había hecho, me habían acompañado cuatro humanos. Convencido de que estaba loco, me alejé, seguro de que estaba soñando con mundo irreal. Lo más probable era que estuviese bajo el efecto de alguna droga alucinógena que me hacía tener sueños extraños. No soy una persona de gran imaginación y verme en aquel mundo de pesadilla me daba más miedo que cualquier otra cosa, pero, sobretodo, lo que más miedo me daba era haber salido de mi rutina, encontrarme en una situación que no podía controlar.

El pueblo imaginario me parecía repugnante y quería abandonarlo de inmediato, pero también ejercía sobre mí una enfermiza fascinación. Intenté hacer memoria para recordar los hechos que me habían llevado hasta allí, pero no pude. También intenté llegar a una conclusión lógica a través de deducciones sencillas, directamente relacionadas con mi rutina. Pero tampoco conseguí nada.

Quise apartarme del pueblo para pensar. Confiaba en encontrar una solución al problema y poder escapar de aquel horror. Para eso, era mejor estar solo, en un sitio donde poder pensar con tranquilidad. El palacio que había detrás de la casa de chocolate me pareció el sitio más adecuado para evadirme, y fui hacia allí, aunque mirando constantemente hacia atrás para asegurarme de que no me seguía el cowboy ni ningún ser imaginario que pudiera exaltarme.

Al acercarme, me di cuenta de que el palacio era en realidad un castillo de piedra, aparentemente deshabitado, aunque vi que el jardín estaba bastante cuidado. Con cautela, fui hacia el castillo. Pero, cuando llegué a la entrada, dudé. Dudé porque podía pasar que, detrás de esa enorme puerta que me daba la bienvenida, terminara mi aventura. Inmediatamente, me quité esa idea de la cabeza y entré.

***

Ascendí por una interminable escalera de caracol que me condujo a una sala enorme, presidida por una gran estatua colocada en el centro. No pude evitar fijarme en el curioso detalle de que, por detrás, la estatua poseía un parecido asombroso con mi propia figura. Alrededor de la estatua dos ángeles jugaban y reían y disfrutaban, como si estuvieran en el cielo, rodeados de una belleza sin igual; su risa era música para mis oídos; sus pequeños cuerpos se movían con la destreza de la juventud; su inocencia les permitía alejarse de la cruda realidad. Una lágrima resbaló por mi anciano rostro cuando sus labios, como movidos por un deseo profundo, envolvieron la palabra, expulsándola de su interior al unísono: << Papá >>. En una esquina de la sala, oculta en las sombras, se hallaba mi esposa. Contemplé la escena preso de una emoción indescriptible.

Emprendieron la marcha hacia otra habitación, invitándome a seguirles a través de un largo pasillo repleto de estatuas y cuadros. Avancé confuso, pero un presentimiento me detuvo; volví la cabeza y me percaté de por qué aquella estatua situada en el centro de la estancia se asemejaba tanto a mi propia figura. Era yo. Se trataba de una estatua de bronce; en ella, yo estaba contemplando el ejemplar de un libro titulado La Casita Blanca, y mostraba una amplia sonrisa, de orgullo y satisfacción; una increíble y poderosa satisfacción. Se podía ver en mi rostro la felicidad. En la base de la estatua, se podía leer, con letras de fuego: En honor a Benjamín López, autor de la novela La Casita Blanca. No sé por qué, mas aquella imagen de mi gloria me provocó un terror inimaginable. Sentía que estaba siendo manipulado, controlado por fuerzas tan poderosas que mi mente era incapaz de vislumbrar.

Me dirigí tan rápido como pude hacia el pasillo por el que caminaban mi esposa e hijos, pero de nuevo debí detenerme. A ambos lados del pasillo, se alzaban, vigilantes, más réplicas mías, y, junto a ellas, cuadros que aprisionaban mi rostro, y ejemplares de la inexistente novela que me había hecho famoso en aquel mágico lugar. Traté de apresurarme para alcanzar a mi esposa, pero, cuanto más me aproximaba, más lejos estaba de ella; el pasillo se alargaba, obligándome a recorrerlo sin descanso mientras veía a mi familia en la otra sala; próximos en el espacio, lejanos en el tiempo. Estaba atrapado en una dimensión diferente.

Anduve hasta quedarme sin fuerzas, hasta caer al suelo, exhausto, incapaz de respirar. Miraba a mi alrededor tratando de encontrar un apoyo; sólo encontré rechazo, el de miradas crueles que me condenaban. Mis réplicas se habían vuelto contra mí, me castigaban. Poco a poco, todo comenzó a girar, como llevado por un tornado, y el mundo se oscureció, y me vi envuelto en la más absoluta oscuridad.

***

Allí estaban, en el centro de la sala. No parecían sorprendidos; era como si hubiesen llegado hasta aquel lugar viajando en avión. En primera clase, por supuesto; mis hijos habían adquirido gustos caros, igual que su padre. La rama podrida siempre se parece al árbol podrido. Junto a ellos estaba una adolescente cuya madre era amiga de mi mujer. Desconocía el motivo de su presencia allí, pero me hizo sospechar sobre una posible conspiración en mi contra. No debía, ni por un instante, olvidar que me hallaba en un mundo mágico, y no sabía qué tipo de trampas podían prepararme sus misteriosos habitantes. Tal vez estuviese contemplando una visión, un sustituto de la realidad. Si a los locos les ocurre, ¿por qué no a mí?

He de reconocer que la joven situada junto a mis privilegiados hijos, era capaz de iluminar la habitación por sí sola. Una vez me hubo visto, se aproximó a mí, me agarró del brazo y me condujo hacia un trono colocado en un extremo de la estancia; dicho trono estaba compuesto por esa sustancia indefinible que caracterizaba a las construcciones de
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La Casita Blanca. Había sido decorado de la manera más lujosa que se pueda imaginar; todo él emitía un resplandor cegador, equiparándolo así con el oro puro, imposible de conseguir, según me habían explicado en el pueblo, por los habitantes de La Casita Blanca, pues estaba reservado única y exclusivamente para la sociedad humana.

Al sentarme en aquel trono, experimenté una sensación de poder que nunca había sentido. Ante mí, arrodillada y con la mano demasiado próxima a la entrepierna, estaba la hermosa joven, aparecida de la nada sólo para complacerme. Tras ella, mi mujer, mirándome furiosa, exigiéndome una explicación. Aparté la vista de ella; ya no podía satisfacerme, pues había perdido la gracia de la juventud. No era a ella a quien quería, sino a su recuerdo. Bajé la vista hacia la joven de belleza luminosa e insinuante. Le rompí el vestido, desnudándola, pero, entonces, de manera inoportuna, el mundo oscureció.

***

Había caído del cielo para mí. Era un vestido precioso. Estaba hecho de un material que me era desconocido. A pesar de que tanto los hombros como los brazos y parte de la espalda quedaban al descubierto, y de su fina textura, mi cuerpo se calentó en cuanto me lo puse, dejando atrás el frío que se había apoderado de mí al desnudarme. Se ajustaba a mi cuerpo de manera asombrosa; era como si no llevase ropa, sino que la prenda había pasado a ser parte de mi carne. Aunque no alardeaba de ello, sabía que era hermosa; sin embargo, me pareció que nunca lo había sido hasta entonces. Fue como si abriese los ojos por primera vez y me percatara de mi belleza.

Me sentía una princesa lista para bailar con mi príncipe azul. Me lo creí tanto que, en efecto, comencé a bailar, presa de una excitación incontrolable. Y al iniciar ese baile, surgió él de la nada; el príncipe azul bailó conmigo y para mí, amándome como nadie me amó nunca. La danza nos condujo por pasillos y salas vacías, preparadas para mí, para que yo disfrutase. Al terminar, permanecí mirándolo, embelesada; poco a poco, se fue alejando, hasta el final de la sala. Cuando parpadeé, desapareció durante un segundo; lo volví a hacer y ocurrió de nuevo. Y así, como un sueño que se escapa por mucho que intentes retenerlo en la memoria, su figura se tornaba más borrosa cada vez que yo parpadeaba hasta que no quedó rastro de él. Me arrojé al suelo, sudando, y permanecí acostada, aspirando mi propio olor.

Cuando me hube recuperado, advertí que me encontraba en una sala repleta de espejos, enormes espejos, de una elemento que otorgaba a la imagen una profundidad de la que carecía la estancia. Mi figura se vislumbraba lejana, así que me aproximé, despacio, gozando con mi esplendorosa imagen de princesa. Alcé las manos para tocar el espejo, pues mi propio reflejo parecía tangible; pero no daba la impresión de ser una imagen, sino un clon, tan real como yo, encerrado en aquella dimensión desconocida. Sentí su aliento en mi rostro, y me dominó un pánico repentino, impulsivo, que me obligó a asir una silla cercana y romper el espejo. Mi imagen se desprendió del vestido, dejándome desnuda, y después, se hizo mil pedazos.

***

Arrancado directamente de las leyendas, se mostraba ante mí, en todo su esplendor y belleza, un unicornio. El animal era de un blanco tan puro que ni siquiera me atrevo a considerarlo blanco; era, más bien, simplemente un color puro, por decirlo de alguna manera, desconocido para los humanos. Un color luminoso, pero no cegador, fascinante a la vez que terrorífico, sucio en su absoluta y total limpieza. Aquel ser parecía albergar en su interior toda la bondad y pureza que pudieran existir en la Tierra, y parecía también que había contemplado los actos más viles e impuros que puedan imaginarse. Su existencia, pensé, debía de remontarse hasta antes de la creación de nuestra galaxia, y antes siquiera de la creación del propio Universo, pues éste no podía compararse, ni mucho menos, con su belleza; belleza arcaica, intemporal, que había existido y existiría siempre incluso cuando no hubiese Universo que pudiera contemplarla.

A pesar de la creencia establecida de que a los unicornios no podían acercárseles los hombres, el animal, si es que la criatura podía ser descrita con una palabra tan vulgar, no huyó de mí. Al contrario, permitió que acariciara su suave piel, que aspirara su olor único; todo él desprendía magia. De repente, como si el unicornio me lo pidiera, se apoderó de mí el deseo de montarlo. Y lo hice.

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Me sentía poderoso montado en su lomo. Le acaricié y le susurré al oído palabras amables; echó a correr, aumentando progresivamente la velocidad. Alcanzó tal velocidad que por momentos temí que sus patas se despegaran del suelo y volásemos alto, muy alto, hasta el infinito. Pero no ocurrió, sino que prosiguió su carrera, infatigable; avanzábamos por un paraje desierto que parecía no acabar nunca y se me antojaba desalentador. Sin embargo, no desfalleció, pues yo le animaba y le repetía que íbamos directos a la gloria, al mundo celestial del que había salido. Y así ocurrió. Avistamos a lo lejos un paisaje idílico; repleto de unicornios y dominado por la verde hierba y el canto de los pájaros; gobernado por un sol resplandeciente y un cielo de un azul intenso; allí había aguas melodiosas y cristalinas procedentes de altos picos.

Cabalgamos hacia aquel lugar, pero nunca llegamos, pues el paisaje despareció. Todo se hizo oscuridad y yo, desconcertado, caí del unicornio; al poco tiempo, éste se desvaneció.

 



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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Cambio de género
30-01-2006 16:47
La primera parte se publicó en otros porque no teníamos ni idea de como iba a continuar la historia. Coincidirás conmigo en que esta segunda parte es fantasía pura y dura ;-)

Pero bueno, ahora ya está. En cuanto a la historia, pues apunta bien y, como dijo Akhul, se identifican bien los personajes a pesar de haber leído la primera parte hace tiempo. El único que no recordaba era el pederasta, al resto los reconocí al momento.

Tengo ganas de saber como tratarás el desenlace, porque por ahora estoy a dos velas. No tengo ni idea de por dónde nos puedes salir, je,je,je.

Un saludo, Dersu

   RE: Cambio de género
01-02-2006 19:02
Hola, mik.

Me alegra que te haya convencido la continuación y que te haya intrigado.

Lo del género fue culpa mía, tenía que haberos avisado cuando envié la primera parte pero no lo pensé. En fin, tampoco tiene mayor importancia.

Un saludo, compañero.

   Extraño
15-01-2006 13:33
Pero hermoso. Me he sentido sumergido en "ese mundo" donde cualquier cosa no es lo que parece y se mezclan deseos, pensamientos y realidades.

Una pregunta... ¿las ventanas que no se podían abrir xq el edificio tocaba el suelo? ¿Se abrían hacia afuera? Bueno, claro. Es en ese mundo :-)

He estado predido casi todo el relato, sobre todo cuando cambias entre él y ella... busco la primera parte ahora mismo.

No obstante, transmite inquietud, cambio, movilidad... no sé si eso es lo que querías.

Saludos,

STB

   RE: Extraño
25-01-2006 15:12
En primer lugar, gracias por el comentario.

En segundo lugar, te confundiste con los personajes: no son dos, son cuatro. Es normal que te hayas confundido, pues el relato no está pensado para funcionar como un relato válido por sí solo, sino como parte de una historia más larga que para entender en su totalidad es necesario leer empezando por el principio. Te animo a que te pases por la primera parte y me dejes tus impresiones.

Un saludo.

   good its fine
24-12-2005 01:13
its very good i like very like
read
ok bye

   RE: good its fine
25-12-2005 20:45
Gracias por leerlo. Me alegra que te gustase.

   Intrigante
25-12-2005 14:02
El primer punto te lo has anotado en cuanto me he dado cuenta de que me acordaba de los personajes desde la anterior entrega. Eso quiere decir que los caracterizaste bien, pues en ésta no te molestas en nada en recrearlos de nuevo.

El segundo punto y el definitivo ha sido la facilidad con la que me has adentrado en un mundo extraño, haciéndome partícipe de la sensación onírica que deben sentir los personajes.

Muy buen trabajo. Estoy francamente intrigado y espero que la siguiente entrega no se demore. Un saludo

   RE: Intrigante
25-12-2005 20:53
Gracias por pasarte, Akhul. Intentaré enviar la siguiente entrega en breve para que no se corte el ritmo entre una y otra. Me algegro de que te haya gustado.

Un saludo.



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