La maravillosa historia de Ana María San Diego (cuarta parte) |
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31-03-2006 18:41
Por: pedp
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El terror se desata en toda su forma. Una fuerza maligna se ha apoderado de Ana María, y antes de poder evitarlo se verá involucrada en algo peor que todo lo que pudo haber pensado, algo que podría llegar a destruirlo todo.
Sangre, destrucción, muerte... Ésas eran sólo algunas de las palabras que a alguien se le podrían haber llegado a aparecer en la mente al ver la terrible masacre en la que se había convertido Delsh. Ya no quedaba nada. Cada casa se había desmoronado desde sus cimientos, las calles estaban llenas de sangre y muertos, y había fuego por todas partes. Nadie sabía cómo había ocurrido. De repente, de la noche a la mañana, no quedaba un solo habitante de la comunidad vivo. Todo había sido destrozado, hasta la mansión de Great Schlidderthen. En el aire había un insoportable olor a ceniza y muerte, y nadie tenía la menor idea de qué podía haber llegado a causar eso.
Mientras tanto, otras misteriosas atrocidades azotaban Harven. Varias personas desaparecían todos los días, y nadie volvía a verlas. Muchos asesinatos y muertes inexplicables por todos lados, y mucha más destrucción y caos por doquier. Pero todo ocurría de una forma increíblemente discreta que pasaba desapercibida a todos. Hasta después de ocurrida la tragedia, nadie sabía de ella. Y después nadie tenía la menor idea de las causas de los acontecimientos. Era como si alguien estuviera jugando con todos ellos, como si fueran pequeñas hormigas perseguidas por una mano gigante que se alzaba sobre todo, oculta en tinieblas. Al final, luego del desastre en Delsh, los propios habitantes de la región convocaron una reunión general a la que asistieron todos, para determinar una solución al problema. Se decidió que nadie saldría por las noches de sus casas, y habría una guardia constituida por gente del vecindario en cada pueblo, las veinticuatro horas del día.
Por supuesto, eso no le impidió a Ana María seguir matando. No le costaba demasiado salir de su casa por las noches, atravesar rápidamente el bosque y cruzar de pueblo en pueblo causando todas las maldades que podía hasta que quedaba tan cansada, sucia y hasta a veces herida, que se veía obligada a volver. Siempre se las ingeniaba para que nadie notara lo que hacía, y a la mañana siguiente despertaba en la comodidad de su cama, bajaba a desayunar y salía a dar una vuelta con Tobías por ahí. Ya eran dos jóvenes de trece y catorce años, y se aburrían bastante estando en casa todo el día.
-Creo que ya se va a hacer de noche -dijo él un día, mientras caminaban por las calles del pueblo más próximo.- Y si no vamos para la ruta principal rápido, cuando lleguemos ya va a ser...
-¿Tarde? -dijo ella, medio riendo.- No te preocupes, no va a pasarnos nada.
-Pero... con todo eso de las muertes...
-Vamos... no me digas que...
-No es un chiste -dijo él, serio.- No creo que sea muy seguro estar por acá solos, ya están todos en su casas, y con lo que tardemos en volver...
-No quiero volver -le dijo ella terminantemente- ¿Para escuchar a tu papá gritándonos y todo eso? Prefiero quedarme.
-¿Estás loca? Pero... pero...
-Voy a confesarte algo -Ana María miró al chico fijamente, sin sonreír más.- Yo maté a toda esa gente. Yo hice todo eso. No va a pasarnos nada porque yo soy lo único que puede hacernos algo.
-Basta -dijo él, aunque riendo.- Bueno, se supone que es algo serio... no deberíamos hacer chistes con eso... bueno, ¿volvemos o no?
-Mmmm... bueno, está bien...
Pero Ana María estaba sufriendo muchísimo, a pesar de que todos la vieran siempre tan sonriente y de buen humor. Porque la verdadera Ana María estaba en realidad atrapada dentro de algo más, algo que estaba allí con ella, compartiendo un mismo cuerpo, aunque no una misma alma. La chica ya había perdido toda capacidad de hablar y moverse por su cuenta. Sus días eran simplemente mirar lo que aquella cosa hacía con su cuerpo, desde adentro, sin poder hacer nada al respecto. Porque ella no era una mala persona, estaba segura de ello, estaba siendo manipulada por algo, igual que cuando era chica, sólo que ésta vez ese algo era mucho más fuerte y poderoso, mucho más terrible.
Desde luego, no siempre había sido así. Al principio era sólo una sensación, algo en su cerebro que quería hacer daño, que quería cobrar venganza por cosas que nunca le habían hecho. Después se había transformado en momentos en los que simplemente perdía el control, momentos en donde creía estar actuando bajo algún estímulo, sin saber que no era ella realmente la que estaba actuando. Hasta que finalmente había perdido todo control sobre su cuerpo, y ahora los días eran un constante sufrimiento, una incesante sensación de ira, rencor y miedo, por todo lo que le estaban haciendo cometer a su cuerpo, y por no saber qué era aquello que hacía eso.
Hasta que la soltó. Simplemente, un día abrió los ojos y se encontró allí, en su cama, pero sabía que había algo distinto. Por alguna razón entraba más luz por la ventana, habían más flores en el cantero frente a ella. Sabía que podía ver todo con más claridad, y sentía un extraño calor en todo el cuerpo. Hasta que se dio cuenta de que ya podía moverse. Podía pestañear, mover los dedos... podía hablar, y gritar.
La chica salió corriendo por toda la casa, gritando de alegría. Cuando entró en la cocina, se lanzó en brazos de su novio, llorando. El chico estaba tan aturdido que cayó hacia atrás y derribó la mesa, tirando todo el desayuno al piso. Ana María no recordaba haberse sentido tan feliz en mucho, mucho tiempo. Esa tarde se decidió a contarle todo a Tobías, todo lo que había pasado. Sabía que podía confiar en él, por más horrible que fuera la verdad. Pero algo extraño ocurrió. Ni bien intentó abrir los labios para articular una palabra, una sombra cruzó entre ella y el chico, oscureciendo todo de repente. Por un momento creyó que sería poseída de nuevo, pero no fue así. Sin embargo, tomó eso como una advertencia, y cerró la boca. No quería volver a estar encerrada allí dentro, nunca. Aunque se tuviera que llevar el secreto a la tumba.
Fue un alivio para los habitantes de Harven que las cosas se detuvieran tan enigmáticamente como habían comenzado. No levantaron las medidas que habían tomado, pero a medida que fue pasando el tiempo cada vez fueron menos las personas que las respetaron. Ana María volvió a tener una vida muy feliz y llena de momentos preciosos que atesorar, momentos de libertad, un año más. Semanas después de que recuperara el control de su cuerpo, la chica cumplió sus catorce años, y justo dos semanas antes de cumplir los quince, ocurrió lo que menos hubiera imaginado. No, no volvió a ser poseída, ya que la idea de que algo así pasara nunca había dejado de atormentarla. Lo que ocurrió fue que una noche especialmente entretenida, mientras reía con Tobías en su cuarto de cosas sin importancia, la chica decidió tomarse unas cuántas copas de vino, en honor a la felicidad que la embargaba, y a la mañana siguiente al despertar descubrió que ya no era virgen.
Fue cuestión de poco tiempo para que Ana María notara que, además, estaba embarazada. Sentía que todo había terminado. La felicidad se había ido de golpe. La echarían de la casa si descubrían que estaba esperando un hijo de Tobías, del cual nadie sabía que ella era novia, sin siquiera haberse casado. Allí, en ese lugar perdido en una época tan pasada, eso era sinónimo de suicidio. La chica cumplió sus quince años entre medio de una desesperación insoportable, para descubrir algo que la tomó por sorpresa: al parecer, su madre le había dejado algo antes de morir, y había dicho que se lo dieran al cumplir quince años. La noticia se la llevó Roberto la mañana del cumpleaños. Era un viejo relicario que nunca nadie había abierto después de que Amanda lo cerrara con sus propias manos. Y era para ella.
Aunque al principio a Ana María le emocionó que por fin tuviera algo de su madre en sus manos, luego se empezó a sentir vacía, pensando en qué diría su madre si supiera lo que había hecho... Luego la chica abrió el relicario, con un poco de esfuerzo. Adentro estaban grabadas unas letras bastante prolijas y diminutas, contra la superficie dorada. Formaban un mensaje muy preciso y claro, un mensaje que asustaba mucho más que cualquier otro mensaje que hubiera leído nunca. De repente, todo se desvaneció junto a Ana María, y sólo quedaron esas palabras. Era casi como si alguien lo hubiera hecho a propósito, porque unos días atrás pensaba que nada podría empeorar más las cosas. Pero ahí estaba, más claro que el agua, el fin de todas las cosas...
La chica salió de su casa y empezó a caminar por el bosque, buscando algún lugar para suicidarse. Ningún lugar parecía apropiado. No tenía ni tiempo ni ganas de ir a buscar una soga. Alguien podría acercársele, y entonces empezaría a llorar y a pedir ayuda; una ayuda que, sabía, nadie podía darle. La chica avanzó más y más, y lo único que quería era terminar todo de una vez por todas. Era demasiado injusto. Demasiado...
-¡Ana! -Tobías se acercaba corriendo por entre los árboles, bastante asustado-. Te vi salir corriendo, ¿qué...?
-Tenés que irte, ahora.
-¿Qué pasa?
-Tenés que irte... por favor... es muy importante que... necesito estar sola.
-¿Te sentís bien? -el chico la miró preocupado. Pero no entendía... no podía entender.
-Tobías, yo...
-¿Es por... por eso, no? -dijo él.- Mira, ya encontraremos la forma de…
-¡Basta! -estalló ella, viéndose obligada a utilizar el último recurso que le quedaba-. ¡¿Qué acaso no podés entender nada?! ¡No es tan fácil! ¡Así que va a ser mejor que te vayas, porque ya no quiero volver a verte nunca!
-Yo... -el chico se quedó de piedra, como si le acabaran de tirar un balde de agua fría encima.
-¡Fuera! ¡Largo! -gritó Ana María, se dio vuelta y se fue. Cuando lo perdió de vista rompió a llorar y olvidó su desesperación por morir.
-¡Ana! ¿Qué...? -era Tobías, que había vuelto. Por un momento la chica pensó en gritarle otra vez, pero no lo hizo.
-Tobías... yo...
-Ana, sé que...
-No es eso -se apresuró a decir ella.- No, es otra cosa.
-¿Qué?
-Bueno... yo... es él...
-¿Quién?
-El bebé.
-¿El...? Pero... ¿Qué pasa con él? -Tobías estaba muy aturdido, y la chica no dejaba de sollozar.
-¿Me prometes que no vas a pensar que estoy loca?
-Bueno... sí, lo prometo.
-Bueno, él... -la chica respiró hondo, y finalmente lo dijo.- Él es el Diablo.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Interesante |
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30-04-2006 02:45 |
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Muy intrigante el relato, aunque creo que se habría beneficiado de una estructura más elaborada. Por ejemplo, las muertes que ocurren en los pueblos podrías haberlas detallado más, o al contrario, eliminarlas, porque hasta ahora no aportan demasiado a la trama.
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Sorprendente |
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31-03-2006 18:44 |
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Cada vez tengo menos idea de cómo va la trama, aunque reconozco que es de agradecer. Me tienes totalmente intrigado.
Los diálogos me han desconcertado un poco. ¿Es premeditado que los personajes tengan acento argentino?
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RE: Sorprendente |
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12-04-2006 17:45 |
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Bueno, la descendencia de los habitantes de Harven es mejor explicada en la quinta parte, y creo que le sacaría un poco de gracia hacerlo ahora, pero sí, es algo como eso. Bueno, la verdad estoy bastante ocupado últimamente, así que lo dejaré ahí. Ya nos veremos, compañero.
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