El Toque de Nelson |
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12-04-2006 09:35
Por: Sky Render
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Relato acerca de la batalla de Trafalgar, vista desde distintas perspectivas.
El capitán de navío don Juan Quevedo, comandante del buque de guerra de setenta y cuatro cañones San Leandro, se encontraba parado con las piernas separadas y las manos cogidas a la espalda mientras miraba a través de las ventanas de la sala de oficiales de la nave. Podía ver, como colosales fantasmas de madera y hierro, a los barcos que seguían al suyo surgir de entre la espesa niebla que cubría el mar. Formaban, junto con el San Leandro, una formidable flota de combate que navegaba en irregular línea recta sobre las olas.
Los pensamientos de Quevedo fueron interrumpidos al darse cuenta de que no estaba solo. Desvió un ápice la mirada para ver a través del reflejo del cristal de la ventana al teniente Jorge Cagigas en el umbral de la entrada del compartimento. Se frotaba las manos compulsivamente y parecía intentar encontrar las palabras adecuadas para dirigirse a su superior.
–Cagigas –dijo Quevedo sin volverse. El joven teniente se sobresaltó al oír su voz.– ¿Desea algo?
–Eh... Sí, capitán –Cagigas intentó como pudo recobrar la compostura–. Verá, se trata de esta salida a la mar. Los oficiales tenemos... dudas... respecto a su oportunidad. Hay inquietud a bordo. Creemos que hemos zarpado demasiado precipitadamente. Muchos barcos no se encuentran en óptimo estado y la mitad de la tripulación no se ha hecho a la mar en su vida. Y se dice que habrá tormenta dentro de unos días. Francamente dudo... dudamos que esta escuadra se encuentre en plenas condiciones de presentar batalla ante un eventual...
–Lo que los oficiales y usted piensen me trae sin cuidado –le cortó Quevedo–. Las cosas son así porque el almirante Villeneuve así lo desea. Usted debe limitarse a obedecer órdenes.
Las manos de Cagigas se tensaron. Villeneuve. El hombre a cargo de la escuadra francoespañola de la que formaban parte. Villeneuve el bravo y el cortesano. Villeneuve el ojito derecho de Decrés.
Villeneuve el inútil, el incompetente y el perdedor. Villeneuve, el que fue derrotado de forma aplastante en Finisterre, y el que dejó a su suerte a los navíos españoles que comandaba en esa misma batalla para huir con el rabo entre las piernas.
Eso era lo que pensaba el teniente. Pero sabía que no debía decirlo.
–Pero el almirante Nelson...
–Olvide a Nelson. No entra en esta ecuación.
–¡Ese hombre es un genio militar! Ha revolucionado la táctica naval. Es un enemigo peligroso. Si está al mando de nuestros enemigos nosotros no...
–Permita que le diga –interrumpió nuevamente Quevedo, volviéndose al fin hacia su interlocutor– que en el mar no existe marino invencible. Nelson podrá ser un gran general y tener conocimientos náuticos muy avanzados, pero no va más allá. Ese hombre ha tenido que arreglárselas para escribir con una sola mano precisamente por creerse invencible.
–Aun así, la escuadra navega mal sincronizada. Hay huecos enormes en la formación. Prácticamente cada barco navega por su cuenta...
–Nuestros navíos son los mejores. Los mejores materiales y el mejor armamento. Y contamos con el buque de guerra más potente del mundo entre nuestras filas. Por no hablar de que somos superiores en número frente a cualquier atacante. Eso debería bastar para disipar sus... –Quevedo hizo una mueca– dudas.
–Pero si nos cortaran la línea y rodeasen nuestras naves...
–Cada barco es capaz de defenderse por sí solo –dijo el comandante con demasiada firmeza.
–Yo no creo que...
–¡Por amor de Dios! –tronó Quevedo al fin, descargando un puño sobre la mesa de oficiales y sobresaltando al joven teniente– ¿Se cree que no soy consciente de todo lo que me ha estado diciendo? ¿Cree usted que, de haber estado yo al mando de esta condenada escuadra, hubiera salido a la mar en estas condiciones? Pero la decisión está tomada, y no puede deshacerse. No podemos volver a Cádiz ahora que ya hemos zarpado. No sé qué pretende soltándome esta cantinela. ¡Si tantas ganas tiene usted de volver, teniente, puede usted ir nadando hasta donde se encuentra el almirante Villeneuve y pedirle que dé media vuelta, si así lo desea!
Cagigas se amilanó ante la repentina furia del comandante del San Leandro.
–Mis... –una vez más, el joven teniente de navío se vio intentando recuperar las formas– mis disculpas, señor.
–Retírese, teniente.
–Sí, señor.
Jorge Cagigas dio media vuelta apresuradamente para marcharse de la sala de oficiales.
–¿Teniente?
–¿Sí, señor?
–Considérese usted arrestado –dijo don Juan Quevedo, volviendo a su posición original frente a la ventana.
* * * * * * * * *
–Esto va mal. Todo este asunto huele a podrido, y no me gusta un pelo, Melmon, ¿me oyes?
Melmon Tabain lamentó su suerte por enésima vez en lo que llevaba de jornada. Como si su situación no fuera lo suficientemente mala, de toda la tripulación del buque de guerra en el que se encontraban (formada o bien por pueblerinos muertos de miedo en su mayor parte o bien por veteranos silenciosos de adusta mirada) había tenido la mala suerte de faenar junto a Pietre Armand, un veterano con cincuenta y siete años a las espaldas que hablaba como respiraba y que en ese preciso momento no paraba de despotricar contra todo lo que pasaba por su calva cabeza.
Se encontraba a bordo del Redoutable, un navío de línea de tres puentes y setenta y cuatro cañones. El barco navegaba a la cola, a modo de escolta, del Bucentaure, buque insignia del almirante Villeneuve, comandante en jefe de la flota de guerra francoespañola de la que formaban parte.
–Pues es como te digo, compadre, que yo entiendo de esto. Nos van a escabechar –Armand continuaba su inexorable charla.– Vamos a recibir lo que no está escrito. Mira a la tripulación. Echa un vistazo a todos esos paletos de pueblo: parece que se lo vayan a hacer encima. Y mira la formación. A esto sólo se le puede llamar línea de batalla haciendo un esfuerzo de buena voluntad. Por eso te digo que nos van a dar la del pulpo. No podía ser de otra manera, estando quien está al mando –dijo por lo bajo, echando una mirada de reojo al Bucentaure–. Estamos acabados, créeme, Melmon. Lo sé.
–Tú no sabes una mierda, Pietre.
El grumete autor del comentario se apresuró a trepar como un mono por los obenques del palo mayor para resguardarse de zapatos voladores y otros proyectiles improvisados. Armand emitió un gruñido sorprendentemente similar al de un mastín para acto seguido proseguir con su discurso como si nada le hubiese interrumpido.
–Pues eso, que en cuanto nos corten la línea, que nos la cortarán, no te quepa duda, que parece que les estemos diciendo a los casacones “corte usted por aquí y por aquí”, o como diablo se diga en inglés, en cuanto nos la corten se va a armar aquí la de Dios es Cristo y no va a salir nadie vivo. Y encima vamos a quedar en ridículo. Y todo gracias a nuestro adorado almirante.
Armand se estaba enardeciendo por momentos, y ya se había olvidado de bajar la voz al referirse a Villeneuve. Daba la impresión de que creía que, de haberle dado a él el mando de la escuadra, las cosas pintarían mucho mejor.
Tabain ignoró la cansina perorata del veterano marinero y echó un vistazo a la línea de batalla. A pesar de que se había dado la orden de que cada barco mantuviera una distancia determinada entre sus compañeros de escuadra, había navíos que se quedaban atrás, dando lentos bandazos de izquierda a derecha, creando grandes huecos en la formación y provocando aglomeraciones al alcanzarles los buques que tenían a popa.
Con un suspiro, Tabain supo que la charla que soltaba Armand no era ninguna broma.
Esto va a ser un desastre.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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Realidad |
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21-05-2006 01:36 |
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No voy a jusgar el texto , ya que al ser relativamente corto no puede exponer con claridad los hechos , ni hacerle justicia a la batalla. Pero me parece que se le quita merito a Nelson y se lo otorga a la negligencia de los Jefes nabales franceses. Esto es erroneo , porque Nelson creo una victoria de una derrota , el hizo que su flota jugara con los aliados , no es que tubo suerte y sus enemigos eran incompetentes (que no lo niego) El merito es bien merecido , no hay que sacarselo.
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RE: Cajas en las cajas de las cajas |
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16-05-2006 22:25 |
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Disculpa, pero no entiendo eso que dices de que después del "incomprensible intercambio verbal" se vuelve al pasado. El intercambio verbal se produce, claramente, antes de la batalla.
Y lo de las cajas... Es un recurso que he visto en varias obras de escritores famosos, y nadie les dice nada. No lo entiendo.
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RE: Cajas en las cajas de las cajas |
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24-05-2006 20:10 |
Sky Render dijo: Disculpa, pero no entiendo eso que dices de que después del "incomprensible intercambio verbal" se vuelve al pasado. El intercambio verbal se produce, claramente, antes de la batalla.
Y lo de las cajas... Es un recurso que he visto en varias obras de escritores famosos, y nadie les dice nada. No lo entiendo.
Al principio de la página hay un par de párrafos escritos en presente y el resto del relato está en pasado. Lo que quiero decir es que no he entendido "por qué" ese cambio verbal, no entiendo cuál es tu intención.
Lo de las cajas... bien, yo también lo he visto (obviamente, estaba exagerando con el comentario), pero personalmente creo que es preferible evitarlo. Es mi opinión y bien puede ser equivocada.
Un saludo.
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Fallan los diálogos |
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19-04-2006 00:22 |
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Los diálogos me parecen inverosímiles, y dado que son la mitad del relato, éste se resiente gravemente. Creo que habría ido mejor otro tipo de estructura narrativa, independientemente de que sea parecida a la de Pérez-Reverte.
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Refrito |
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12-04-2006 09:38 |
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La historia está bien narrada, bien estructurada y demás, pero tiene un gran fallo: se parece demasiado a "Cabo Trafalgar" de Arturo Pérez Reverte.
De hecho, la única diferencia significativa que le he encontrado es que los diálogos aquí están en castellano y no en patois.
Espero que nos obsquies con algún relato tan bien escrito pero con mayor orginalidad de argumento.
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RE: Refrito |
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12-04-2006 22:56 |
Digo yo que si relatamos la misma cosa, la batalla de Trafalgar, en algo se tendrán que parecer los relatos. Además, yo me he leído Cabo Trafalgar y he de decirte que la novela de Reverte usa muchos tacos, expresiones coloquiales y burlas que en mi relato no están. Por ello, no veo el refrito. Pero oye, allá tú. Eres el que critica, y por tanto como si me quieres poner un cero, que yo me tendré que aguantar...
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RE: Refrito |
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13-04-2006 09:14 |
Sky Render dijo: Eres el que critica, y por tanto como si me quieres poner un cero, que yo me tendré que aguantar...
No te preocupes por el cero, que ya te he puesto un tres -bueno-, pero me digo que hubiera sido fácilmente un cuatro -muy bueno- si el enfoque hubiera marcado más diferencias.
Lo del lenguaje, como ya te había dicho, es casi la única diferencia, y debo decir que en ello te alabo el gusto. Particularmente me gusta más el tuyo.
Sin embargo, no se trata únicamente de que se represente el mismo escenario, sino de haber utilizado la misma técnica de cambios de narrador de nave a nave, la misma presentación de la batalla -oficial español constatando la incompetencia del general francés; oficial español que le da la razón pero que no admite la insobordinación- el mismo desarrollo del combate y prácticamente las mismas reflexiones a lo largo del relato. Vamos, que parece que hayas condensado el libro de Reverte; eso sí, bien condensado.
Perdona si te ha molestado mi comentario, pero podrías haber previsto que los que han leído Cabo Trafalgar encontrarían demasiadas similitudes. Te sugiero que el próximo relato intentes darle una perspectiva totalmente distinta a la que le den las fuentes de las que bebas. Un saludo,
Akhul
ps.- No tenía ninguna duda acerca de si habías leído o no Cabo Trafalgar
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