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Javier miró un momento más el manuscrito y lo dejó sobre la mesa. No entendía nada. Nunca había enseñado esa historia a nadie, ni siquiera a sus padres. De algún modo, habían conseguido leer el documento. Era la única explicación que le encontraba a lo sucedido. Aunque empezaba a creer que algo extraño sucedía. Le parecía muy poco probable que alguien hubiese entrado en su casa, abierto cuidadosamente la caja y leído la historia.
En ese momento, el timbre volvió a sonar. Al escritor le dio un vuelco al corazón, y no soltó un grito por muy poco. El novelista salió de su cuarto y se acercó a la puerta despacio, muy despacio. El timbre sonó otra vez. Javier detuvo su paso durante un momento, pero luego siguió su camino. Cuando llegó a la puerta, abrió suavemente la mirilla y miró por ella. Para su alivio, quien estaba del otro lado no era más que el cartero. Suspiró aliviado y abrió la puerta.
-Buenas tardes, señor Pérez –dijo el cartero.
-Buenas tardes, Paco –respondió el escritor, con la voz algo temblorosa.
-¿Le ocurre algo? Parece un poco pálido…
-Estoy bien –dijo Javier-. Sólo un poco estresado con mi nuevo libro.
El cartero le miró un momento, asintiendo con la cabeza, pero parecía que tenía ciertas dudas sobre las palabras del novelista. Entonces, rebuscó entre su cartera de cartas y cogió una de ellas.
-Tiene una carta certificada –dijo-. Tiene que firmar aquí.
Paco le entregó una libretita y un bolígrafo, y el escritor firmó en el lugar correspondiente antes de devolvérsela.
-Muchas gracias –dijo Paco-. Tenga su carta. Espero leer un nuevo libro suyo. Que pase un buen día.
-Gracias a ti –respondió Javier-. Hasta luego.
El escritor cerró la puerta y miró el sobre que envolvía la carta. No era nada importante, sólo un comunicado del banco. Javier se dirigió al salón y dejó la carta sobre el televisor. En ese momento tenía cosas más importantes que atender. Unas simples facturas no le importaban lo más mínimo. Todavía le intrigaba todo lo sucedido. No creía que alguien hubiese leído su relato, pero tampoco podía concebir que sus personajes hubieran cobrado vida.
Entonces, un pensamiento atroz atravesó su mente. ¿Y si se estaba volviendo loco? ¿Y si hubiese perdido el juicio? Quizás Frank, Robert Pacino y Jack Malone eran fruto de su imaginación. Javier meneó violentamente la cabeza. No podía dejarse llevar por el pánico. Seguramente, había estado esforzándose demasiado en su nuevo libro. Un buen paseo sería bueno para despejarle la mente. Podía seguir escribiendo al día siguiente.
El escritor se quitó la bata y el pijama que tenía debajo y se puso en su lugar unos pantalones vaqueros y una camiseta negra. Se calzó con unas botas Paredes y se abrigó con una parca. Entonces, se dirigió a la puerta. Cuando estaba a punto de agarrar la manilla y girarla para abrir la puerta, algo al otro lado la golpeó con violencia. El novelista retiró la mano al instante y miró adelante, conteniendo el aliento. Lo que estuviera fuera volvió a golpear la puerta, y la pared interior se agrietó. Javier pasó las yemas de los dedos por las grietas producidas, y la hipótesis de su posible locura se esfumó. Aquello no era una alucinación. Era algo real.
El escritor se acercó lentamente a la mirilla justo a tiempo para apartarse, al ver algo que se abalanzaba sobre la puerta. La pared volvió a agrietarse, y los goznes temblaron. Uno de ellos se salió de su sitio y salió disparado hacia delante. La cosa que estaba fuera era fuerte, muy fuerte.
Javier corrió hacia su estudio y cogió de uno de los cajones de su escritorio un viejo revólver, que guardaba desde hacía años. Miró dentro de la recámara y comprobó que aún tenía tres balas. Serían suficientes para defenderse. Entonces, volvió al pasillo y apuntó temblorosamente a la destrozada puerta. El escritor contuvo el aliento y esperó durante un tiempo que se le hizo eterno.
De repente, las bisagras saltaron de su sitio y la puerta salió disparada hacia dentro con un terrible estruendo. Javier se apartó justo a tiempo para esquivar el trozo de madera, y luego miró hacia el marco. Delante de él había un fornido hombre, con el pecho descubierto, sobre el que llevaba el tatuaje de un dragón negro. Uno de sus brazos era en realidad un gran mazo de combate y llevaba un casco que le tapaba la cabeza. Llevaba sendas botas metálicas que llegaban casi hasta las rodillas de sus piernas desnudas, y una especie de taparrabos de cuero le cubría sus partes más íntimas. El escritor había caído al suelo en cuanto esquivó la puerta, pero se levantó rápidamente y apuntó de nuevo a su visitante con el revólver. Entonces, notó un nudo en la garganta. Era tal y como lo había imaginado mientras lo describía en su historia, hacía ya veinte años.
Aquel hombre era Zog.
Javier disparó tres veces sobre el tirano, y las balas se incrustaron en su pecho. Zog retrocedió unos pasos ante el impacto, pero pronto avanzó hacia el escritor, sin la menor señal de daño. Impotente, el escritor tiró la pistola al suelo y corrió hacia el interior de la vivienda. Entró en su habitación y, antes de esconderse en el armario, recogió el manuscrito que había dejado encima de la cama. A lo mejor encontraba alguna pista para detener a Él. Podía oír sus pasos mientras Él registraba el piso, buscándole.
Mientras tanto, el escritor rebuscó entre los papeles hasta que encontró la descripción del Emperador. Se saltó las primeras líneas, que hablaban sobre el aspecto físico de Zog, y leyó la parte sobre sus debilidades. Decía así:
“La carne de Zog sólo era vulnerable a un material, procedente del planeta de origen del Emperador. Cuando el planeta de Él estalló, fragmentos de este material cayeron en la Tierra. Sin…”
Javier pensó en las semejanzas con Superman (¡Plagio! ¡Plagio!), llegó al final de la hoja y cogió la siguiente, pero ya hablaban de la oficina de Jack Malone. Al escritor le extrañó el cambio tan brusco, pero cuando miró la numeración de los folios, lo comprendió. Pasaba de la hoja cinco a la siete. Eso significaba que una de las páginas se había extraviado. Daba igual. Tenía suficiente información sobre Él, aunque no tenía ni idea de lo que hacer.
Entonces, Zog entró en el cuarto. El escritor procuró no hacer ni un solo ruido, mientras Él caminaba por la habitación, buscando con la mirada. Javier espiaba al Emperador a través de la cerradura del armario, y fue entonces cuando se le ocurrió. Buscó en el mueble un lápiz, y después de un rato lo encontró. Buscó de nuevo entre los papeles y localizó la descripción de Él. Entonces escribió entre las líneas: “Zog tenía una ligera cojera”. El Emperador no sufrió ningún cambio, por lo que el prosista empezó a perder la esperanza de escapar con vida. Pero luego recordó que siempre había que razonar todo, porque un buen narrador conocía todo sobre sus personajes, por lo que todo tenía una explicación. Así que finalmente escribió: “Zog tenía una ligera cojera, fruto de un accidente cuando era pequeño. Iba paseando por los montes de Z-X, en compañía de su padre, el Emperador Grog, cuando cayó por un acantilado. Tuvo la fortuna de caer encima de una rama, pero se dañó para siempre la pierna derecha”.
De repente, la pierna derecha de Él pareció degradarse un poco, y Zog empezó a cojear levemente. Javier abrió un poco más los ojos y le volvieron las esperanzas. En ese caso, tenía una pequeña oportunidad de escapar, tal vez incluso de acabar con Zog. El escritor esperó, deseando fervientemente a que Él no abriese el armario, a que el Emperador abandonase la habitación, y empezó a escribir de nuevo. Fue junto las líneas donde se hablaba del material que podía acabar con Él y puso: “Uno de estos fragmentos cayó en la casa de campo de un escritor llamado Javier Pérez, autor de obras como ‘La sangre de Satán’ o ‘Vampiros’. Debido a lo fácil que era de manipular este componente y a su resistencia, hizo con él un cuchillo para trinchar pavos, y lo guardó en la caja de recuerdos que se llevó a su piso de Madrid”.
El escritor cerró los ojos, se acercó a la caja y, antes de abrirla y mirar en su interior, los abrió mientras contenía el aliento. Al principio no vio nada, pero después de registrar un poco, encontró un cuchillo dentro de una funda. Javier cogió el arma blanca y lo sacó de la envoltura. Asombrado, vio que la hoja era de un verde brillante. Era un material que al novelista le recordó a la Kryptonita de Superman. Precisamente, de ahí había sacado la idea, un material procedente de un extinto planeta que era lo único que afectaba a uno de sus habitantes. Javier agarró el cuchillo, apretando bien el mango, y salió lentamente del armario. Podía oír a Zog, y por la procedencia del sonido parecía que estaba en su estudio. No sabía lo que pasaba, pero Él tenía que estar destrozándolo todo allí dentro, porque era capaz de oír terribles ruidos de cosas al romperse.
El escritor salió de su cuarto y anduvo despacio por el pasillo, en dirección a su estudio. Cuando llegó allí, se asomó tímidamente a la puerta y, procurando no hacer ni un solo ruido, contempló la escena.
Zog había aplastado la máquina de escribir de Javier. Con un solo movimiento de su brazo-mazo, Él había pulverizado la máquina y, después de echar un vistazo a los nuevos escritos del novelista, que reposaban encima del escritorio, el Emperador los agarró con una mano y empezó a romperlos. Esto fue más de lo que Javier pudo soportar.
-¡No!- gritó-. ¡Mi trabajo!
El Emperador se dio la vuelta con tranquilidad y miró el marco de la puerta bajo el que estaba el escritor. Una desagradable carcajada sonó bajo el casco de Él.
-¡Por fin te encuentro! –exclamó con voz cavernosa-. ¡Ahora podré ser libre! En cuanto te mate, este mundo será mío. ¡Yo escribiré mi propia novela! ¡Y en ella, Jack Malone también morirá!
Zog avanzó unos pasos hacia el escritor, y éste blandió el cuchillo. Él pareció reconocer el material de la hoja, pero no se dejó impresionar. Estiró su brazo-mazo y lo zarandeó hacia el novelista. Javier saltó hacia atrás y el mazo se estrelló contra el marco de la puerta, destrozándola, a pocos centímetros de su cara. Entonces, Javier corrió hacia el Emperador empuñando el cuchillo, pero Zog volvió a mover el brazo-mazo y le golpeó en el hombro. Esto le provocó un dolor atroz, y más cuando Él tiró del brazo y el mazo le desgarró la carne. El escritor cayó al suelo y soltó el cuchillo. El Emperador aprovechó para alzar el martillo y dejarlo caer sobre la cabeza del novelista.
Afortunadamente, Javier rodó sobre sí mismo y pudo escapar del tirano. El mazo golpeó el suelo y la baldosa donde cayó se quebró al instante. Javier recogió el cuchillo y corrió de nuevo hacia Zog, que estaba ocupado intentando sacar el martillo del hueco que había provocado en el suelo. El escritor levantó el cuchillo y, cuando llegó junto al Emperador, se abalanzó sobre Él.
-¡Muere, hijo de puta! –gritó mientras clavaba hasta el mango el cuchillo en el pecho de Zog.
El Emperador aulló de dolor y agarró con ambas manos el mango de la daga. Arrancó el arma de su pecho y lo tiró hacia un lado. Entonces, empezó a maldecir al escritor, pues había truncado sus planes. Sin embargo, después de un rato, se echó a reír. A pesar de que sabía que iba a morir, le consolaba que no todo iba a ser malo. El cuerpo de Él empezó a brillar, ante el estupor de Javier. Entonces, recordó una última cosa antes de que la luz lo engullese.
El noveno piso de un edificio en pleno centro de Madrid explotó de repente. Los cristales de las ventanas saltaron hacia fuera, y un gran estruendo lo llenó todo. Las llamas envolvieron todo el lugar y un humo negro salía de lo que quedaba de las ventanas. Los curiosos se dirigieron al lugar de los hechos y contemplaron atónitos la escena. Un papelito medio chamuscado salió de los restos del piso y cayó al suelo, lentamente. Lo recogió un crío que pasaba por allí, que miró la hoja y descubrió que era la página seis. Lo que leyó fue esto:
“… embargo, Zog había introducido en su cuerpo explosivos, de modo que cualquier ataque contra él, también sería mortal para su atacante”.
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| COMENTARIOS DE LOS POBLADORES |
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¿soñaría Cervantes con Don Quijote? |
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19-05-2006 08:16 |
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Siempre me he preguntado cómo es la relación entre un escritor y sus personajes. Desde luego no me extraña que lleguen a verlos como reales... Está divertido el relato.
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Simpático |
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02-05-2006 18:38 |
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Un relato simpático y bien escrito. Me gusta la idea de que un escritor normal y corriente se enfrente a los delirantes personajes de su infancia. Por otra parte, creo que habría sido interesante explotar más la parte en que cree haberse vuelto loco (haz dudar al lector, ¿por qué no puede ser producto de su imaginación?) y haberle dado un poco más de protagonismo a los "buenos". Mejorable (¿y qué no lo es?) pero en conjunto entretenido y divertido, una idea bien ejecutada.
La aparición del cartero me ha parecido un poco forzada e innecesaria. Por contra, lo del grito de <<hijo de puta>> cuando mata al supervillano es un puntazo, muy al estilo hollywoodiense, como sus personajes.
En la forma, el relato es bastante correcto, aunque me fastidia un poco la repetición del sujeto al principio de las oraciones ("el novelista", "el escritor", "Javier"). Puesto que en gran parte del relato sólo hay un personaje, podrías omitirlo con facilidad sin despistar al lector.
Es mi opinión.
Un saludo.
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Opinión |
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29-04-2006 00:02 |
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Es un relato entretenido, con una buena idea que tampoco necesita de más desarrollo. Está bastante bien creo yo
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Gracioso |
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24-04-2006 09:07 |
Me ha parecido un buen concepto y un relato entretenido, pero creo que podrías haber explotado más el lado cómico de ser una persona normal enfrentada en bata y zapatillas a un supervillano.
Detalles como que tenga una pistola (¿a la que le quedan sólo tres balas? ¿y para qué demonios ha usado el resto?) quitan credibilidad al personaje dentro de la situación absurdo y es difícil empatizar con él.
En cualquier caso, la ejecución es buena, así que el resultado es bueno, aunque mejorable.
ps.- ¿Qué hay de autobiográfico en la primera novela  ?
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RE: Gracioso |
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28-04-2006 12:47 |
Como hacía el escritor del relato, de niño yo también plagiaba bastantes ideas y ponía a mis personajes nombres anglosajones
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