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Moscas


Terror y Suspense

21-04-2006 10:06
Por: Gandalf_Mithrandir

Tomás se despertó de golpe. No sabía por qué lo había hecho, pero en sus sueños notaba un sonido junto a su oreja que desaparecía y volvía a sonar. Miró el reloj que llevaba a la muñeca. Era un vulgar Casio, pero al que tenía mucho cariño, pues llevaba en su muñeca más de quince años. Apretó el botón de la luz y vio que todavía eran las dos y media de la madrugada. Se recostó en la cama y pensó en el sueño. Había sido tan real que no sabía si el sonido había ocurrido de verdad o sólo era una fantasía. Finalmente, decidió que nada había ocurrido. Volvió a cerrar los ojos y se preparó para dormir, pero de repente, oyó claramente un zumbido que pasaba junto su oreja.

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Eso sonaba como un insecto volador, y en su mente vio la figura de una mosca. Tomás se incorporó, escuchando la oscuridad y tratando de captar de nuevo el zumbido. El insecto volvió a pasar junto su oído, y el asesino meneó la mano para ahuyentarlo. Oyó cómo la mosca se alejaba y aterrizaba en algo, probablemente la pared de su derecha, al lado de la ventana. Tomás estaba demasiado cansado para ocuparse de ella, así que decidió dejarla en paz e intentar dormir. Se recostó y cerró los ojos. Justo cuando parecía que iba a conciliar el sueño, la mosca voló de nuevo alrededor de su cabeza. La fatiga del asesino se convirtió en irritación, así que estiró el brazo derecho y encendió la luz de la habitación.

Entonces, descubrió que en su cuarto no había una mosca, sino hasta cinco, todas ellas revoloteando alrededor de su cama. Cuando una de ellas pasó junto a él, el asesino la atrapó con un movimiento veloz del brazo derecho y la aplastó cerrando con fuerza la mano. Siguió con la mirada el vuelo de las demás. Cuando vio una descansando en la pared, el criminal salió muy despacio de la cama y se acercó lentamente a la mosca y la atrapó del mismo modo que a aquélla que se limpiaba las patas al lado de la puerta del salón. El asesino alzó el brazo con que la tenía retenida y lanzó con fuerza al insecto contra el suelo. El bicho cayó con las alas hacia abajo, por lo que Tomás aprovechó para pisotearlo. La siguiente víctima fue la mosca que había aterrizado al lado de la ventana, y acabó como las otras dos. El asesino corrió hacia el armario y cogió de su interior una toalla de baño. La enrolló, la estiró un poco y la usó para azotar a los dos insectos que quedaban. Uno de ellos murió al instante, y el otro cayó al suelo, atontado. Entonces, el criminal lo aplastó con el pie. Se sacó las zapatillas para limpiar los restos de los bichos con la toalla y volvió a la cama.

Sin embargo, después de unos veinte minutos, un nuevo zumbido pasó junto su oreja. Tomás encendió de nuevo la luz y vio cinco moscas volando y chocando entre sí. El asesino tuvo que pellizcarse la mejilla para comprobar que no estaba soñando. Siempre se preocupaba de mantener a esos asquerosos bichos fuera de su casa. En todo el invierno, llegaban a molestarle dos o tres moscas, cuatro como mucho. Pero aquel día, por lo menos veinte moscas habían conseguido entrar en su morada. De repente, empezó a pensar en la extraña muerta de Javier Espinosa y los dos misteriosos individuos que habían visto salir de su mansión.

Tú eres el siguiente, dijo una voz dentro de su cabeza. Ahora van a por ti .

-Pero, ¿quiénes son? –preguntó Tomás en voz alta.

¿Quiénes van a ser?, exclamó su voz interior. ¿Qué relación hay entre ti y Javier Espinosa? ¿Pensaste en su mujer y su amante?

-Pero están muertos –replicó Tomás-. Yo vi cómo morían, yo los maté.

Sí, están muertos, dijo la voz, eso es innegable. Pero, ¿y si han vuelto?

-¿Qué? –repuso Tomás-. ¿Fantasmas? ¿Zombies? ¡Eso es una tontería! ¡Esas cosas no existen!

El asesino alzó la cabeza y lanzó una carcajada, avergonzado por las cosas que había pensado. ¿Cómo se le podía haber ocurrido pensar que los amantes hubieran resucitado? Era algo ridículo. El único problema que tenía era la plaga de moscas, y eso era algo que podía solucionar rápidamente. Se levantó, se puso las zapatillas y una bata y bajó al piso inferior. Entró en la cocina y abrió la alacena que estaba debajo del fregadero para coger el insecticida. No estaba allí. El mundo se le vino abajo. Siempre lo guardaba allí, alguien lo tenía que haber cogido. ¿Pero quién? ¿Para qué? Fue entonces cuando recordó que lo había usado en el salón.

El criminal fue rápidamente al habitáculo y lo encontró encima de la mesa. La puerta estaba abierta, aunque Tomás creía haberla cerrado. No importaba, tal vez se hubiera despistado. Ya le había ocurrido eso más veces. Cuando cogió el insecticida, a la luz de la lámpara que había encendido, vio que más moscas habían entrado, y Tomás usó el spray con furia. Cerró la puerta, memorizando el acto para que no hubiese confusiones, y después subió a su habitación. Allí volvió a evaporar el insecticida y también cerró la puerta para que el veneno hiciese su efecto. Volvió a la cocina y guardó el spray en su sitio. Cuando estaba a punto de salir al pasillo, un extraño sonido llamó su atención. Parecía provenir del interior del frigorífico. Sonaba como un numeroso conjunto de zumbidos. El asesino suspiró. Parecía que el frigorífico volvía a estropearse. Era la cuarta vez en lo que iba de año. De repente, sintió un agujero en el estómago y una imperiosa necesidad de comer se apoderó de él. Jamás había sentido tanta hambre como en aquel momento. Los macarrones ya los había comido, pero aún quedaba algo de ensalada y de fiambre todavía tenía queso, jamón cocido, jamón serrano y algo de pavo. Entonces, abrió la puerta de la nevera.

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Una avalancha de moscas salió del interior del frigorífico con tal fuerza que empujó levemente a Tomás. Ante los incrédulos ojos del asesino, las alacenas de la cocina se fueron abriendo violentamente y de ellas brotaron más moscas. El criminal se apresuró a cerrar la puerta del cuarto para no dejar escapar a ninguna y fue hacia el fregadero para coger de nuevo el insecticida. Su carrera se hizo más lenta de lo que esperaba, porque el muro de moscas era casi impenetrable, y además tenía que pararse a escupir las que le entraban por la boca. Pero al final consiguió su objetivo y volvió a la entrada disparando con el spray y aplastando con las manos a las moscas que se cruzaban con él. Entonces, Tomás espolvoreó el insecticida hasta dejarlo casi vacío y salió de la cocina, cerrando la puerta tras él.

Tomás acabó agotado, por lo que se sentó en el suelo del pasillo, apoyando la espalda y la cabeza en la puerta de la cocina, y dejó caer el spray, que se alejó rodando unos metros y se detuvo cerca del armario del pasillo. El asesino cerró los ojos y respiró profundamente. Su corazón latía a mil por hora, y su cerebro no cesaba de pensar en lo que había ocurrido. Estuvo así durante veinte minutos, que pasaron sin que apenas se diera cuenta, hasta que se percató del sueño que tenía. Se obligó a sí mismo a levantarse y se golpeó las mejillas para desperezarse un poco. Abrió la puerta del salón, entró y la cerró. Quería asegurarse que no quedaba ninguna mosca con vida. Encendió la luz y paseó la mirada por la habitación. Parecía que ya no quedaba ninguno de los bichos en pie. Se acercó a la ventana y abrió la persiana. La tormenta estaba empezando a amainar, pero el viento y la nevada todavía eran fuertes. El asesino suspiró y bajó la persiana. Salió del salón, asegurándose de mantener bien cerrada la puerta. Permaneció unos momentos de pie, en medio del pasillo, pensando qué hacer. Junto al armario había un teléfono, sujeto a la pared. Era un modelo antiguo, de color negro y con una rueda con los números para marcar. Tomás descolgó el auricular y se lo llevó a la oreja derecha. No había señal.

Al principio, el miedo se apoderó del asesino, e incluso estuvo a punto de perder el control. Luego pensó en la tormenta. Era posible que el viento y la nieve hubiesen afectado a las líneas telefónicas. El criminal dejó el auricular, se encogió de hombros y fue hacia la cocina. Había muchas moscas muertas, pero muchísimas más volaban de un lado para el otro. Tomás jamás se había sentido tan asqueado. Tendría que esperar a la mañana para contratar a un exterminador para acabar con esa plaga. Cuando estaba a punto de subir las escaleras para ir a su dormitorio, oyó un golpe sordo que venía del armario del pasillo. No sonaba como los zumbidos de las moscas, sino como si alguien hubiese golpeado una puerta con los nudillos. Tomás se acercó con paso inseguro, sin atreverse siquiera a tocar la llave que abría el armario. Pensó en irse simplemente a su habitación y dormir, pero tenía que saber qué había producido ese ruido, tenía que saberlo. Oyó otra vez esa voz que parecía provenir de lo más recóndito de su cabeza.

Tomás, no lo hagas. ¿Quieres acabar como ese desgraciado de Javier Espinosa? Seguro que ahí dentro están los cuerpos de los amantes.

-Tengo que hacerlo –dijo el asesino-, lo necesito. Aunque ahí dentro hubiese un puto vampiro, lo haría de todas formas.

La temblorosa mano derecha del criminal agarró la llave y la giró. Se oyó un leve chasquido y la puerta empezó a ceder. Tomás cerró los ojos y mantuvo las portezuelas cerradas durante unos momentos, empujándolas con las manos. Entonces, abrió los portones.

Del mueble salió una legión de moscas que se lanzaron directamente hacia el criminal. El asesino se protegió con los brazos, tapándose la cara y el torso, pero aún así no pudo evitar que alguno de los insectos le entrase por la boca, lo que le hizo toser. Miró entre los dedos pegados a sus ojos y vio que las últimas moscas rezagadas salían del armario. A parte de eso, en el mueble no había nada más. Un par de chaquetas y un chubasquero colgaban de las perchas, y en un estante a la izquierda estaban las toallas de baño.

Tomás encendió la luz del armario y se le cortó la respiración cuando vio unas huellas de pies humanos en el suelo. El asesino tocó las huellas y sintió el viscoso tacto del barro. Sin embargo, allí no había nadie. El criminal estaba cada vez más aterrorizado. Esas huellas tenían que haber salido de algún pie. Había dos pares de marcas de pies, unos más grandes y otros más pequeños. A Tomás le recordaron a los pies de un hombre y de una mujer. El asesino cerró el armario y pensó durante un rato. No se atrevía a darse la vuelta y subir a su cuarto, quería estar así, en esa posición, para siempre. Pero sabía que tenía que subir.

Entonces, se dio la vuelta y se encontró cara a cara con un hombre y una mujer. Ambos estaban desnudos y presentaban sendos agujeros de bala en medio de la frente. Tomás los reconoció al instante. Eran la mujer de Javier Espinosa y su amante. De algún modo, habían conseguido volver. Extrañamente, pensó en lo bonito que era el cuerpo de la chica. Se obligó a reaccionar meneando violentamente la cabeza, y trató de correr hacia la derecha, pero la mujer le bloqueó el paso. Miró hacia la izquierda para encontrar otra vía de escape. El canto de la pared le impedía el paso. El amante de la chica estiró el brazo y agarró el cuello del asesino, y éste tuvo la sensación de que millones de moscas rodeaban su garganta. Entonces, miró al rostro del zombie, y vio que su cara se descomponía y se transformaba en miles de moscas. Cuando el chico apretó su cuello, lo único que deseaba Tomás era que aquello acabase pronto.

 

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COMENTARIOS DE LOS POBLADORES
Tema: Autor: Fecha:
   Tambien me ha gustado
13-07-2006 14:43
Tengo que decir que aunque al principio (con tanta descripción del programa "Allá tú") se me estaba haciendo un poco pesado el relato, al final consigues acelerar un poco el ritmo.
Otra cosa que yo suprimiría es cuando dan el parte de noticias con las imágenes de la pareja, e incluso la mención de la misma; hace demasiado previsible el final. Tampoco encuentro explicación a la aparición del barro.
Pero en definitiva es un buen relato. Espero seguir leyéndote

   Esta guay
12-06-2006 11:05
Me ha gustado tu relato, sin embargo yo hubiera suprimido lo de los "zombies" y le hubiera dado otra explicación a lo de las moscas o simplemente lo hubiera dejado sin explicación, simplemente muriendo el personaje. Pero esto último es muy típco de H. P. Lovecraft (si no conoces al autor busca cosas de él, te lo recomiendo). A pesar de ello, me parece un buen relato. ¡Enhorabuena!

   la mosca
26-05-2006 12:22
La mosca: animal despreciable donde los haya... Me gustó el relato. Por ejemplo me llamó la atención ver a un individuo con un oficio tan especial viendo el "Allá tú". Está bien mezclar lo cotidiano con lo extraordinario. También consigues que se haga agobiante y que tenga ritmo.
Algún detalle negativo... Quizás el primer párrafo es un poco repetitivo. Suele pasar cuando escribes: empiezas frases seguidas de la misma forma o insistes en algo que quedó aclarado antes. Pero el relato está bastante bien.

   Referencias cinéfilas
11-05-2006 19:43
Inevitablemente me ha recordado a la famosa obra de Hitchcock, Los pájaros, aunque tus moscas son más vomitivas (eso de meterse en la boca, qué asco) que feroces.

Un buen relato, consigues mantener la tensión, aunque su extensión se me antoja algo excesiva para lo que narras. Aún así, el resultado final, en mi opinión, es satisfactorio.

En la forma, comentarte el mismo error que en tu relato "Él": la repetición constante del sujeto es totalmente innecesaria e incluso irritante. El castellano no es inglés. Puedes omitirlo sin piedad. Hay también algunas repeticiones innecesarias de palabras y construcciones poco convincentes; pero en general está bien escrito.

Por último, te señalo un detalle curioso: "Imagínate que al final tuviese un premio de mierda". No sé muy bien qué pretendes con esta frase cuyo verbo está conjugado en segunda persona, como queriendo implicar al lector en la narración. En principio, he pensado que se trataba de un recurso narrativo, pero como no se ha repetido me inclino por pensar que se trata de un pequeño despiste.

Un saludo.

   RE: Referencias cinéfilas
18-05-2006 14:21
Lo puse en segunda persona porque lo veo como un pensamiento del protagonista del relsto, hablando consigo mismo.

   RE: Referencias cinéfilas
24-05-2006 20:17
Gandalf_Mithrandir dijo:
Lo puse en segunda persona porque lo veo como un pensamiento del protagonista del relsto, hablando consigo mismo.


En ese caso, opino que deberías colocar comillas porque resulta un poco desconcertante (o al menos a mí me lo ha parecido). Como no lo he vuelto a mirar, no estoy seguro de si la frase ya lleva comillas o no. En ese caso, ignora mi comentario y considéralo el desvarío de un lector despistado.

Un saludo.

   Me tienes francamente sorprendido
21-04-2006 10:13
La calidad de tus últimos relatos ha aumento muchísimo. La redacción de este es impecable, bien medida, buen ritmo. Me ha gustado mucho.

Sí que es cierto que he echado en falta algo más de tensión. Desde el principio uno se huele la presencia de los zombies, lo que le da un toque de serie B que desmerece algo el relato.

En cualquier caso, el resultado global me ha parecido muy bueno. Sigue deleitándonos así



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